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Full text of "El romanticismo en España"

THE LIBRARY OF THE 

UNIVERSITY OF 

NORTH CAROLINA 

AT CHAPEL HILL 




ENDOWED BY THE 

DIALECTIC AND PHILANTHROPIC 

SOCIETIES 



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PQ6070 

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This book is due at the LOUIS R. WILSON LIBRARY on the 
last date stamped under "Date Due." If not on hold it may be 
renewed by bringing it to the library. 



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EL ROMANTICISMO 



EL 



ROMANTICISMO 



EN ESPAÑA 



POR 



ENRIQUE PINEYRO 






*Vv 



PARÍ 
GARNIER HERMANOS, LIBREA 

6, RUF, DES SAINTS-PÉRES, 6 




RUFINO JOSÉ CUERVO 



INTRODUCCIÓN 



Como el título de este libro desde luego lo indica, 
no hepretendido historiar en él dogmáticamente la 
literatura moderna española durante el período 
romántico, sino estudiar sucesivamente los princi- 
pales escritores que florecieron en España durante 
la primera mitad del siglo xix, que es la época en 
que allí predominó el romanticismo. He agrupado 
los autores, primero, conforme á su importancia 
relativa, en una serie de monografías críticas y bio- 
gráficas, atendiendo sobre todo al género en que 
más han brillado, y no siempre al orden cronológico 
estricto: de este modo Bretón y Vega, por ejemplo, 
anteriores, por la fecha del nacimiento, á Zorrilla ó á 
Campoamor, están, sin embargo, colocados después, 
porque principalmente brillaron en el género cómico, 
mientras que todos los otros se distinguieron, bien 
somo dramáticos, bien como líricos. Los poetas que 

a 



VIII INTRODUCCIÓN 

juzgo de segundo orden, aparecen en seguida, con- 
gregados bajo el título común de Dii minores. Trato 
después aisladamente de dos prosistas celebrados, 
Donoso Cortés y Balmes. Por último, con varios 
poetas más, interesantes,' aunque no acreedores á 
mi parecer á más largo estudio, he reunido los otros 
prosistas, repartidos en una especie de miscelánea 
final. En ese tiempo no fué la prosa cultivada en 
España tan asidua ó tan fructuosamente como el 
verso. No tuvo entonces escritores que ocupen lugar 
parecido al que en Inglaterra obtuvieron Macaulay ó 
Carlyle, en Francia Michelet ó Sainte-Beuve, nom- 
bres que escojo entre varios otros igualmente distin- 
guidos. La novela misma, que tanto prosperó en 
otros países, que tanto renovó y engrandeció el 
dominio de la prosa, llevándola triunfalmente por re- 
giones de la poesía, en manos de artistas tan ori- 
ginales y eminentes como Scott, como Balzac, como 
Víctor Hugo, como Manzoni, como Mérimée, no 
logró crear en España más que pálidas imitaciones 
de las obras del novelista escocés. Mi intención, pues, 
se ha concretado en suma á estudiar, más ó menos 
detenidamente, según los casos, aquellos escritores 
castellanos cuyas obras revelan el desenvolvimiento 
y aplicación al arte literario de las nuevas ideas ó 
combinaciones estéticas, que en España, como en 
todas partes, se comprenden generalmente bajo el 
nombre de románticas. 



INTRODUCCIÓN IX 

No he creído indispensable escoger alguna entre la 
multitud de definiciones que del romanticismo se 
han formulado hasta el presente. Todas son hasta 
cierto punto exactas, ninguna enteramente satisfac- 
toria ; pero sobre el significado general del término,- 
en cuanto designa en cada país un período especial 
del movimiento literario que, iniciado, en Alemania 
desde fines del siglo xvni, fué sucesivamente amol- 
dándose á situaciones diferentes de los países, con- 
formándose á tradiciones nacionales y propagándose 
por Europa y por América, en oposición más ó menos 
declarada á los cánones artísticos predominantes, — 
puede afirmarse que existe acuerdo universal y 
completo y que todos hoy entienden de un mismo 
modo lo que por romanticismo se quiere expresar. 

La situación especialísima en que España se en- 
contró durante el primer tercio del siglo xix ; mejor 
dicho, desde la invasión de las tropas francesas en 
1808, hasta la muerte de Fernando VII en 1833, 
permite deslindar de manera acaso más precisa que 
en ninguna otra parte el comienzo de la era román- 
tica. Con ese monarca y con su sistema de gobierno, 
justamente aborrecido, desapareció, para nunca más 
volver, un mundo de cosas, de abusos, errores, ini- 
quidades ; y en literatura, lo mismo que en política, 
inauguróse instantáneamente un nuevo régimen, 
una nueva existencia. Los que habían ahora de figu- 
rar y brillar en la nueva escena, los corifeos de la 



X INTRODUCCIÓN 

revolución literaria que estalló inmediatamente al 
disminuirla inmensa compresión que todo lo sofocaba 
y extinguía, tenían ya por de contado edad de hombre, 
estaban prontos, preparados, manejaban la pluma 
desde mucho antes; pero unos vivían proscriptos, 
errantes en tierras extrañas, sin público á quien 
comunicar sus ideas, sus creaciones ; otros, arrinco- 
nados en la patria, publicaban sólo lo que censores 
imbéciles ó malignos desdeñosamente les consentían. 
Así fué que, ó al descorrerse el telón político y cambiar 
la escena, aparecieron vestidos con la nueva arma- 
dura, listos á combatir, á propagar y defender las 
nuevas ideas, cada uno conforme á su temperamento 
y al grado de preparación, Larra, Gil y Zarate, Bre- 
tón, Vega, Escosura y los demás ; al mismo tiempo 
que de fuera acudían Martínez de la Rosa, Ángel de 
Saavedra, Alcalá Galiano, Espronceda, todo un estado 
mayor de un futuro invencible ejército, que por va- 
rios lados se formaba y adiestraba. En el prólogo de 
Hernani definió Víctor Hugo el romanticismo diciendo 
que era « el liberalismo en literatura ». La definición 
aplicada á España es bastante exacta. Todos los 
románticos de los primeros años eran liberales, y 
querían libertad en el arte como en el sistema de 
gobierno ; al principio, por lo menos, se pedía uná- 
nimemente. 

Poco después de llegado el siglo al medio de su 
curso, apuntan otras tendencias en la poesía lírica, 



INTRODUCCIÓN XI 

en la dramática, en la novela más señaladamente ; 
los autores nuevos comienzan á apartarse del ejemplo 
de sus predecesores ; se presiente una nueva era 
literaria, y política también. La España agitada, 
convulsa, de la encarnizada guerra civil, de la con- 
trastada regencia de Espartero, de la violenta, im- 
placable reacción de los moderados, satisfechos al fin 
por haber hallado en Narváez el jefe que necesitaban, 
iba lentamente transformándose , preparándose á 
tomar su parte en el progreso de las artes de la paz, 
á afirmar su nuevo porvenir. No habían, por supuesto, 
desaparecido de una vez todos los románticos; algu- 
nos de los más famosos continuaban escribiendo ; 
mas poco á poco, cual era de temerse, esas últimas 
voces, resto de lo que había sido coro tan lleno y 
tan hermoso, fueron también callando. Como el 
himno sublime que los Girondinos de la revolución 
de Francia entonaron, antes de morir, al pie del 
cadalso; canto de triunfo y de luto, cuya intensidad 
iba menguando á medida que el verdugo tronchaba 
las cabezas, cuya última solitaria nota se perdió en 
el espacio al extinguirse, según la expresión de Mi- 
chelet, « la voz grave y santa de Vergniaud », el 
último ejecutado, así se apagó en España, el 23 de 
Enero de 1893, al cesar Zorrilla de vivir, la última 
voz del coro de poetas, que con tan resonante inspi- 
ración había cantado y acrecido la gloria de la patria. 
Pero hacía ya algún tiempo que el romanticismo, 



XII INTRODUCClÓxN 

como escuela preponderante, había perdido su pres- 
tigio y casi toda su influencia sobre la juventud. 

Todos los escritores que en este libro, ó se estudian 
ó brevemente se mencionan, nacieron, ó á fines del 
siglo anterior, ó en los primeros veinticinco años 
del xix. Sírveme, pues, el año de 1825 como límite 
fijo en mi trabajo, y doy al mismo tiempo por sen- 
tado que, cuantos después vinieron, se educaron, se 
formaron y entraron en la lid cuando las enseñas 
románticas se retiraban ya del campo, y fueron, aun 
á veces sin darse quizás ellos mismos cuenta, arras- 
trados por el viento de reacción que comenzaba á 
soplar, que en sus pliegues traía nuevas fórmulas, 
nuevos métodos de observación y de composición 
literaria. 

La lucha entre clásicos y románticos nunca tuvo 
en España la extensión y encarnizamiento que en 
otras partes, que en Francia particularmente. El. 
triunfo fué más fácil; la Academia Española de la 
lengua carecía de la consideración social de la fran- 
cesa, no había Universidad ni cuerpo enseñante fuer- 
temente organizado para defender la educación clá- 
sica y oponerse á toda innovación, ni tampoco el 
público se interesaba y apasionaba tanto como en 
Francia por las disputas literarias. El enemigo tam- 
bién era menos robusto. Toda la literatura del si- 
glo xvm había brotado y crecido en el suelo es- 
pañol como una institución borbónica trasplantada, 



INTRODUCCIÓN XIII 

como una consecuencia de la dinastía traída é im- 
puesta con las armas por Luis XIV, y sus raíces no 
habían penetrado muy hondo en la tierra nacional, 
salvo en los últimos años, y en los primeros del 
siglo xix, por medio de Meléndez, Cienf Liegos, Quin- 
tana. Pero Meléndez y Gienfuegos habían fallecido 
muy al principiar la centuria, y Quintana, coleccio- 
nando y comentando, en el Cancionero de 1796 y en 
su primer Parnaso, romances antiguos y composi- 
ciones líricas, invitaba á todos á volver la vista hacia 
horizontes más dilatados y preparaba, sin expresa- 
mente buscarlo, el advenimiento del romanticismo. 
El teatro, además, el gran arte nacional de la Come- 
dia creada por Lope de Vega, que tan popular había 
sido, desdeñado y olvidado ahora, en su propia 
patria, se admiraba en Alemania, se ensalzaba como 
uno de los grandes monumentos de poesía román- 
tica, por críticos que colocaban á Calderón en puesto 
inmediato al de Shakespeare, que buscaban en la an- 
tigua literatura dramática española ejemplos y estí- 
mulos en pro de la reforma romántica : singular- 
mente los hermanos Augusto y Federico Schlegel, 
lumbreras del romanticismo alemán, cuyas obras 
críticas principales, Curso de Literatura dramática 
é Historia de la Literatura antigua y moderna, 
desde temprano traducidas al francés, eran muy 
leídas en España, y luego también traducidas. — No 
olvido la intervención más directa de Bóhl de Faber, 



XIV INTRODUCCIÓN 

pues se ejerció dentro de España misma, y á que se 
alude en el curso de este libro. 

Uno de los críticos mejores de la época, Alberto 
Lista (1775-1848), profesor eminente, poeta distin- 
guido, clásico siempre por gustos y por educación, 
no mostró en contra de las nuevas doctrinas la tenaz 
é irreconciliable repulsión de los viejos críticos fran- 
ceses. 

Al contrario, por blandura de carácter y por 
cariño á la juventud, en especial á sus numerosos 
antiguos discípulos, atraídos casi todos ellos á las 
nuevas doctrinas por simpatía real y por amor de 
la libertad, miró con indulgencia el romanticismo, 
y en las célebres lecciones del Ateneo de Madrid 
trató de legitimar sus orígenes y fijar su nobleza, 
ligándolo al teatro español del siglo xvn, á Calderón 
más especialmente, pues respecto de Lope de Vega 
no adivinó todo lo que una crítica más moderna le 
atribuye y reconoce. Esas lecciones de Lista, comen- 
zadas en 1822, interrumpidas al año siguiente por 
causa del restablecimiento del poder absoluto de 
Fernando, no fueron reanudadas hasta doce años 
después, en la misma ciudad y el mismo local. Pudo 
así inaugurarlas en ese segundo período, recordando 
el caso parecido de Luis de León, por medio de estas 
palabras : Dijimos en la sesión de ayer, y agregando 
modestamente : « Esta coincidencia con aquel grande 
hombre me sería sumamente lisonjera, si yo solo, y 



INTRODUCCIÓN XV 

no toda la nación, hubiese participado de la terrible 
catástrofe de 1823. » 

Hizo entonces Lista al romanticismo el honor de am- 
pliamente discutirlo, aunque en aquella fecha, cuando 
ya Rivas y Larra habían escrito el Don Alvaro y el 
Macías, no §ra extraordinario favor, ni tampoco no- 
vedad. Redújose en suma á aconsejar tímidamente á 
los románticos que « respetasen las unidades de 
tiempo y de lugar todo* lo posible ». Pero la rehabi- 
litación del teatro nacional, que hubiera emprendido 
sin duda desde 1823, si hubiese entonces podido 
continuar sus lecciones, y que después fué tema 
constante de su enseñanza en la cátedra ó en la 
prensa, fomentó el desarrollo de las nuevas fórmulas 
dramáticas é influyó en el íntimo fecundo enlace de 
escuelas, de formas y caracteres, cuya descendencia 
es la larga sucesión de piezas dramáticas que co- 
mienza en el Trovador y los Amantes de Teruel. 

Otro crítico de menos nota, erudito é investigador 
paciente, Agustín Duran (1789-1862), en un Discurso 
sobre el antiguo teatro español y « el modo con que 
debe ser considerado para juzgar convenientemente 
de su mérito peculiar », prestó servicio mucho mayor, 
aunque por desgracia el folleto en que se publicó 
circuló poco, y desde 1828 no volvió á reimprimirse 
hasta que la Academia Española lo insertó en sus 
Memorias más de cuarenta años después (tomo II, 
1870). Trata en él la cuestión del romanticismo desde 



XVI INTRODUCCIÓN 

un punto de vista más elevado, y deplora que no se 
hubiese dado aún á la juventud española « una idea 
de lo que es el género romántico, á pesar de que en 
Alemania, Francia é Inglaterra está casi terminada 
la discusión sóbrela materia». El trabajo es exce- 
lente y puede hoy todavía leerse con algún provecho. 
Si en medio del silencio, la opresión intelectual que 
afligía á España en ese año de 1828, hubiese sido 
más leído, y provocado el interés que merecía, podría 
señalarse su aparición como la fecha más aproxima- 
damente exacta para dar principio á una historia del 
romanticismo. 

Menos fácil es descubrir algo igualmente preciso 
para marcar el término, el agotamiento déla escuela, 
pues en realidad la muerte de Zorrilla, que para ello 
me ha servido, no significa mucho. Zorrilla se so- 
brevivió largo tiempo, y las producciones de la se- 
gunda mitad de su carrera son inferiorísimas com- 
paradas á cuanto escribió antes de 1852, antes del 
poema Granada, 

También es cierto que si el romanticismo feneció 
entonces como escuela dominante, si no se le había 
de volver á ver por ahora, cual en la época del 
triunfo, imprimiendo á la vez su carácter en todas 
las manifestaciones de la belleza artística, en poesía 
lo mismo que en prosa, que en pintura, escultura, 
música, arquitectura, aisladamente habrá siempre á 
quienes se aplique el título de románticos por éste ó 



INTRODUCCIÓN XVII 

aquel rasgo, éste ó aquel motivo. Así, por ejemplo, 
lo fué el autor de Salammbó, á pesar de contársele 
con razón por su Madame Bovary entre los que pri- 
mero inauguraron en Francia la escuela realista, su- 
cesora inmediata de la romántica ; así Echegaray en 
España, Rostand en la misma Francia, parecen hoy 
en sus piezas casi tan románticos como Vacquerie 
ó como Zorrilla. Pero esto evidentemente es otra 
cosa, otra faz de la cuestión, y no hay para qué insis- 
tir en ello. 

Dos palabras más, y he concluido. 

Este volumen, escrito en París por un hispano- 
americano, editado en la misma ciudad por una casa 
francesa, se encamina especialmente hacia los que 
en América hablan la lengua castellana, y no pre- 
tende, es claro, enseñar cosa alguna á los españoles, 
ni siquiera recordársela. Sigue en esto el autor, dis- 
cípulo humilde, á maestro esclarecido : Andrés Bello, 
en el prólogo de su Gramática de la Lengua, que 
advirtió que no tenía « la pretensión de escribir para 
los castellanos » y que solamente se dirigía « á sus 
hermanos los habitantes de Hispano-América ». Lo 
que él, pudiendo lograrlo, lográndolo en efecto, no 
quiso solicitar de antemano, no lo ha de pretender 
quien tanto dista del incomparable predecesor. 

Fáltame, por último, decir que, al inscribir en la 
primera página el nombre de mi amigo el señor 
R. J. Cuervo, me han movido igualmente la amistad 



XVIII INTRODUCCIÓN 

y la gratitud ; á la amenidad de su trato, á su 
gran saber, á su instructiva conversación, á su 
biblioteca, más rica que la mía en libros españoles, 
debo mucho de lo que en este libro se encuentra. 



EL ROMANTICISMO 

EN ESPAÑA 



MARIANO JOSÉ DE LARRA 



I 



El romanticismo, que allá por el año de 1830 co- 
mienza en España á imponer sus fórmulas y doctri- 
nas; que renovó brillantemente el arte literario, y 
entre muchos poetas líricos y dramáticos produjo 
artistas de tanto valer como Espronceda, Rivas, Gar- 
cía Gutiérrez, Hartzenbusch y Zorrilla, sólo cuenta 
entre sus prosistas á Larra como escritor de primer 
arden, y Larra por desgracia vivió muy poco, pues 
murió á los veintiocho años de edad, gastó lo mejor 
de su ingenio improvisando de un día para otro ar- 
tículos de periódico, literarios ó de costumbres, en 
los cuales sin embargo se funda la importancia de 

i 



2 EL ROMANTICISMO EN ESPAÑA 

sus obras ante la posteridad, la parte principal de la 
reputación que muy merecidamente conserva. Úni- 
camente Donoso Cortés, que nació en el mismo año 
que Larra, podría citarse como prosista eminente del 
mismo período, y Donoso cultivó poco las letras pu- 
ras ; fué más bien jurisconsulto, publicista, filósofo, 
como luego se verá. 

Entre los románticos ocupa Larra y llena él solo 
un momento importante de la historia de la escuela 
en su país ; fué un iniciador, abrió el primero cami- 
nos por donde los demás siguieron. Su Alacias es 
el primer drama romántico en verso y con metros 
variados que apareció en España, y durante mucho 
tiempo se representó con aplauso en los teatros de 
su patria y de la América española. Su novela El 
Doncel de Don Enrique el Doliente, en que sirve 
también el mismo Maeías de protagonista, es la más 
interesante, la mejor trabajada imitación de Walter 
Scott que se hizo en lengua castellana. Como crítico 
dramático no tuvo rival en su tiempo, ni después 
ha habido quien le supere; sus juicios del Trovador 
de García Gutiérrez, de los Amantes de Teruel de 
Hartzenbusch, son hoy todavía lo más exacto, justo 
y completo que se escribió sobre esas dos obras, 
capitales en el desarrollo del romanticismo español. 
En fin, sus artículos de costumbres, los cuadros satí- 
ricos en que tan vigorosamente pinta los hombres y 
los sucesos políticos de su época, son pequeñas obras 
maestras, que reproducen con tanta gracia y pene- 
trante observación como el mismo Cervantes, y con 



MARIANO JOSÉ DE LARRA 3 

dosis extraordinaria de amarga franqueza además, 
la vida pública y privada de España en aquel período 
verdaderamente critico, cuando con Fernando VII 
agonizaba el régimen opresor de absolutismo y pre- 
dominio teocrático, y con su hija Isabel, todavía 
entonces en la infancia, crecía y se ensayaba otro 
régimen de monarquía limitada y libertad relativa. 
Pero antes de fenecer lo uno y de afirmarse un tanto 
lo otro, debía mediar un espacio confuso, incierto, 
borrascoso, de sinsabores y tristezas infinitas. Dentro 
de él precisamente, durante sus siete ú ocho años 
más revueltos y sombríos, empieza y acaba la vida 
literaria de Mariano José de Larra. 

Vino al mundo en Madrid el año de 1809, hijo de 
un médico militar, que á pesar del odio tan exten- 
dido entre los españoles contra el invasor, se man- 
tuvo al servicio de las tropas del emperador Napo- 
león. Cuando el ejército francés comenzó en 1812 la 
retirada final de la península, entraron también 
padre é hijo en Francia. No volvió Larra á su país 
hasta 1817, y volvió sin saber hablar bien, como 
era natural, ni el castellano ni el francés, aunque 
un poco mejor el segundo que el primero. Con mo- 
tivo de la profesión del padre no tuvo al principio 
domicilio fijo; después intentó en varias universi- 
dades el estudio del derecho, con objeto de hacerse 
abogado: así lo dice el autor de la biografía que 
precede á la edición- madrileña (1843) de las llamadas 
Obras Completas. Según las Memorias de un setentón 
de Mesonero Romanos, era medicina lo que estudiaba 



4 EL ROMANTICISMO EN ESPAÑA 

en la Universidad de Madrid (1). Pero la fortuna es- 
casa de la familia, el carácter poco manso y poco 
dúctil del joven y las aficiones literarias que desde el 
principio mostró, le hicieron desistir de ese primer 
propósito, y establecido después en la capital, con 
un pequeño empleo del gobierno, no suficiente para 
darle lo necesario para vivir, mayormente desde que 
cometió la locura de casarse á los veinte años en 
pleno desacuerdo con su familia, se entregó por fin 
al cultivo de las letras, recurso casi siempre, dice 
en uno de los números del Pobrecito Hablador, del 
que no ha tenido otro. 

Engolfado en el movimiento literario de la capital, 
comenzó entonces la vida de café, de teatro, de re- 
dacciones de periódico, escribiendo sin cesar, arre- 
glando del francés y haciendo representar dramas 
y comedias, reuniéndose en el café del Príncipe, el 
Parnasillo, como lo llamaban, con los principales 
escritores y artistas de la época, aunque nunca llegó 
á crearse entre ellos verdaderas simpatías, á causa, 
según Mesonero, de « su innata mordacidad ». Á 
medida que iba creciendo su reputación y se pagaban 
mejor los productos de su pluma, entraba más y 
más en el gran mundo madrileño, donde su juventud, 
su talento, su porte elegante y sus maneras cor- 
teses, predisponían desde luego en su favor. Allí se 
formó relaciones de todo género, anudó intrigas 

(1) Lo supongo error de Mesonero. En otro lugar dice 
equivocadamente que Larra murió á los treinta y un años. 
(Memorias de un retenten, Madrid, 1881, t. II,págs. 53 y 85.) 



MARIANO JOSÉ DE LARRA O 

amorosas, una de ellas tan vehemente y contrastada 
que lo arrastró al suicidio, disparándose una pistola 
en la sien en su propio aposento, al lado de la pieza 
en que se hallaban su esposa y sus tres hijos. Triste, 
penoso fin, mas irremediable, fatalmente inevitable; 
la entrevista trágica con la mujer amada,, que pre- 
cedió inmediatamente al desenlace, no hizo más que 
precipitarlo. Basta leer la serie de opúsculos admi- 
rables escritos por Larra en los últimos seis meses 
de su vida para quedar dolorosamente convencido 
de que sucedió lo que por fuerza tenía que suceder, 
lo que ningún recurso humano hubiera podido evitar. 

En estas pocas líneas está resumida toda la his- 
toria de su vida, lo que de ella importa saber para 
comprender bien sus escritos. Podemos ahora irlos 
siguiendo paso á paso. 

Cuando á los veinte años se halló en Madrid, des- 
conocido, con cargas de familia y forzado á buscar 
el sustento por medio de su pluma, puso natural- 
mente en el teatro su principal esperanza de fortuna. 
No era cosa bien retribuida la ocupación de autor 
dramático, pero éralo de todos modos mejor que 
cualquiera otra. De ella vivían ya Bretón de los 
Herreros y Gil y Zarate, ambos mayores que él, pues 
nacieron en 1796, y habían hecho ya representar 
comedias que, si no muy buenas, no son de las 
peores entre las suyas, como Á Madrid me vuelvo 
del primero y Un año después de la boda del se- 
gundo. También Ventura de la Vega, que era casi 
de la misma edad que Larra, se ejercitaba ya en- 



O EL ROMANTICISMO EN ESPAÑA 

tonces en esas traducciones y arreglos del francés, 
en que tan especialmente llegó á distinguirse. Para 
ganar algo era preciso trabajar mucho, porque la 
tarifa de precios era bien baja; los que más caro se 
pagaban obtenían de los empresarios por cada pieza 
y por toda remuneración una suma de trescientas á 
cuatrocientas pesetas, y luego del editor, por la pro- 
piedad absoluta de la obra, no más de ciento veinti- 
cinco : eso, según el mismo Mesonero Romanos, 
fué lo que Bretón y Gil recibieron por las dos co- 
medias citadas arriba, á despecho del buen acogi- 
miento que merecieron. Empresarios y editores, de 
acuerdo en ello con el público, daban tan poca im- 
portancia á la cuestión de arte, sentían tan reducida 
confianza en la imaginación y valor propio de los 
autores, que pagaban suma igual por las piezas tra- 
ducidas y por las originales (1). Así se comprende 
que hubiese Ventura de la Vega trabajado durante 
veinte años y traducido más de setenta piezas del 
francés, antes de producir la primer obra exclusiva- 
mente suya, El Hombre de mundo, estrenada en 1845. 
Dio á luz Larra sin éxito alguno su primer tra- 
bajo periodístico en 1828, á los diez y nueve años ; 
él mismo reconoció la debilidad de ese ensayo pre- 
coz, que en forma de cuadernos, á intervalos irre- 
gulares, publicó bajo el nombre de El Duende sa- 
tírico, no incluyéndolo en la primera colección de 
sus artículos, formada en 1835. 

(1) Mesonero Romanos, op. cit., t. II, pág. 65. 



MARIANO JOSÉ DE LARRA 7 

El 27 de Abril de 1831 se estrenó con gran favor 
en el teatro una comedia en cinco actos, titulada No 
más mostrador. Muchos la han creído siempre obra 
original de Larra ; el Marqués de Molins, contempo- 
ráneo y amigo particular suyo, la tenía por tal to- 
davía medro siglo después, y así lo afirma en su 
interesante biografía de Bretón de los Herreros (1). 
No lo es en realidad, aunque se encuentren en ella 
pedazos enteramente suyos, además de que en la 
armazón general de la pieza se requería una tarea de 
ajuste, coordinación y relleno, que Larra muy bien 
desempeñó. 

Sobre dos originales franceses, el vaudeville en 
un acto Les adieuxaa comptoir, de E. Scribe, y la 
comedia en tres que el 2 de Fructidor del año X de 
la república francesa hizo representar en el teatro 
Louvois M. Miche^Dieulafoy con el título de Le por- 
trait de Michel Cervantes, están construidos los 
cinco actos de No más mostrador. 

La piececita de Scribe suministra la materia del 
primer acto y mitad del segundo en la comedia de 
Larra. Sugiere además el desenlace, idéntico en 
ambas. Trátase de un matrimonio de comerciantes 
enriquecidos : la mujer, doña Bibiana, llena de afec- 
tación y aspiraciones nobiliarias, pretende que su 
marido, don Deogracias, abandone la tienda y se 
preste á alternar con ella en la buena sociedad y 
buscar algún partido brillante para su hija Julia. El 

(1) Bretón de los Herreros... por el Marqués do Molins. Ma- 
drid, 1883, pág. 155. 



8 EL ROMANTICISMO EN ESPAÑA 

bonachón de marido quiere por su parte casarla con 
el hijo de uno de sus corresponsales, á lo cual la 
obstinada y dominante mujer resueltamente se 
opone. Scribe desenvuelve y desenlaza esta situación, 
vulgar y mil veces explotada, con su habitual maes- 
tría, y compone en suma un vaudeville a couplets 
ligero y agradable. La acción en él se anuda inven- 
tando don Deogracias que el novio por él preferido 
se haga pasar ante doña Bibiana como un Conde de 
título conocido y prototipo de elegancia madrileña. 
Ello se aclara en seguida y todo acaba bien. 

Larra, deseoso de beneficiar mayor terreno exten- 
diéndose hasta cinco actos, toma de la comedia de 
Dieulafoy(l) la idea de hacer aparecer en carne y 
hueso al susodicho Conde, el cual á su vez, por una 
serie de combinaciones que no importa recordar, 
asume el nombre y la situación del primer preten- 
diente, y de uno en otro quid pro quo, alguno bien 
forzado é inverosímil, se arriba lánguidamente al 
término del quinto acto, renuncia doña Bibiana á 
sus ridiculas nociones, pide perdón á su marido y 

(1) Le portrait de Michel Cervantes es una comedia bas- 
tante bien escrita, cuya acción se supone pasar el día mismo 
de la muerte de Miguel de Cervantes. Alguien propone, como 
un episodio, hacia el fin del segundo acto, al protagonista, 
que es un pintor llamado Morillos, la especulación de hacer 
el retrato del « pobre diablo » que acaba de fallecer, porque 
desdeñado en vida no podría menos la gente de querer poseer 
después de muerto su verdadera efigie, pues no se había hecho 
antes otro retrato. De ahí el título. Resulta de ello simplemente 
una serie de juegos de escena y falsas representaciones del 
supuesto cadáver; pero del verdadero Cervantes no se trata más. 



MARIANO JOSÉ DE LARRA 



compendia éste la moral casera de la obra con estas 
palabras antes decaer el telón : « Casaremos á nues- 
tra hija y nos honraremos con el trabajo, que si algo 
hay vergonzoso en la vida, no es el ganar de comer, 
sino el no hacer gala cada uno de su profesión, 
cuando es honrosa. » Moraleja bien llana y vulgar, 
pero no mucho más que la proclamada por don 
Diego al finalizar el Sí de las niñas: « Esto resulta 
del abuso de la autoridad, de la opresión que la ju- 
ventud padece... » 

El argumento, como se ve, no es ni bastante ori- 
ginal ni muy interesante, y á partir del segundo 
acto el andar de la pieza no es todo lo rápido que 
debiera. El éxito que alcanzó se explica únicamente 
por sus méritos de forma, la viveza del diálogo y la 
transparente elegancia del lenguaje ; sin duda por 
eso se conservó mucho tiempo en el repertorio usual 
de las compañías de cómicos trashumantes en Es- 
paña y en América. 

Hasta los días de Moratín no se encuentran en la 
moderna literatura española comedias en prosa bien 
escritas. La prosa castellana se presta difícilmente 
al género cómico. Jovellanos en el Delincuente hon- 
rado, y otros, siguiendo huellas de Diderot ó de Se- 
daine, escribieron con buen estilo dramas en prosa; 
pero en cuanto á comedias, la gran tradición francesa 
del siglo xvín, que va del Turcaret de Le Sage, pasando 
por Marivaux hasta llegar al ingeniosísimo Beau- 
marchais, apenas tuvo en España seguidores. Bretón, 
es verdad, escribió en prosa su primera comedia, Á 

¿ i. 



10 EL ROMANTICISMO EN ESPAÑA 

la vejez viruelas, y tradujo otras del francés, todo 
antes que Larra ; pero el talento de Bretón no brilla 
más que en verso. Su prosa es siempre cualquier 
cosa, mientras que su facilidad de versificar es una 
perenne maravilla. 

Moratín es discípulo declarado de Moliere ; entre 
sus comedias se encuentran cuatro en prosa, dos 
originales y dos traducidas ; prosa excelente, de in- 
tachable corrección, llena á menudo de verdadera 
gracia cómica, pero en el Sí de las niñas hay poco 
para hacer reir; es una comedia sentimental, casi 
un drama, excepto el desenlace. De los dos únicos 
actos de El Café ó La Comedia Nueva, el segundo 
carece enteramente de interés dramático, y en el pri- 
mero, á pesar del vigor satírico con que pone en ri- 
dículo los poetastros de la época, debilitan su efecto 
las tiradas de don Pedro, el personaje por cuya boca 
habla Moratín mismo, que es siempre pesado, de 
una severidad antipática, aunque no sea ésta evi- 
dentemente la intención del autor. De sus dos tra- 
ducciones de Moliere, el Médico á palos, única que 
siempre se representa con aplauso, es un saínete en 
tres actos, no una verdadera comedia, un fin de 
fiesta, « una farsa muy alegre y muy bufa, cual las 
demanda el gusto vulgar », como de ella dijo Vol- 
taire. 

Los discípulos ó continuadores de Moratín, es 
decir, Gorostiza y Martínez de la Rosa primero, luego 
el fecundo Bretón, escribieron en verso, si no todas, 
las principales de sus obras. La buena comedia en 



MARIANO JOSÉ DE LARRA 11 

prosa puede considerarse relegada al olvido, y nada 
hubo entonce^ en España que revelara esfuerzo serio 
de cultivar el género que ha cubierto á Francia de 
gloria en el siglo xix. 

Larra, que no aspira á tanto como acercarse á 
Moliere, que tiene más bien algo de Beaumarchais, 
del Fígaro (á quien luego había de tomarle el nombre), 
no llega ciertamente á la perfección de forma carac- 
terística en Moratín ; tampoco lo busca. Su estilo, 
más suelto, más animado, no produce la impresión 
de frialdad, de dureza, de pulimento excesivo que 
conserva la prosa de Moratín. Manejada por Larra la 
lengua castellana se adapta más fácilmente al efecto 
teatral, así como se presta mejor á un estudio pro- 
fundo de caracteres, á la punzante amargura de una 
sátira que va mucho más lejos que la de su ilustre 
predecesor. Párrafos como el siguiente, llenos de 
frases breves, expresivas, transparentes, que impri- 
men desde luego todo su efecto en el espectador, son 
raros en Moratín. Hállase en la primera escena, la 
exposición de la comedia, y no se encuentra nada 
parecido en el vaudeville de Scribe : 

« Mira, mujer. Bibiana Cartucho eras cuando me 
enamoré de ti, por mi mala estrella; con Bibiana 
Cartucho me casé, que ojalá fuera mentira, para pur- 
gar mis pecados en este mundo ; y para mí Bibiana 
Cartucho has sido, eres y serás hasta que me muera ; 
y si te mueres tú antes, en tu lápida he de poner : 
aquí yace Bibiana Cartucho, y nada más. » He cono- 
cido en mi niñez muchos aficionados al teatro que 



12 



EL ROMANTICISMO EN ESPAÑA 



sabían de memoria esas líneas, hoy ya completa- 
mente olvidadas. 

Con más confianza ahora en sus propias fuerzas y 
apoyado en la notoriedad que á su nombre había 
dado el éxito de la comedia, emprendió en Agosto 
de 1832 la publicación de El Pobrecito Hablador, 
Revista satírica de costumbres, etc., por el bachi- 
ller don Juan Pérez de Munguía, que á intervalos 
irregulares, como el Duende satírico anterior, estuvo 
apareciendo hasta el mes de Marzo del año siguiente. 
La confianza del editor era sin embargo moderada, 
cual convenía á un joven de veintitrés años que se 
erige en censor de costumbres ; propónese, como 
dijo, « la sátira de los vicios, de las ridiculeces y las 
cosas », y anuncia en el artículo-prospecto que la 
publicación no será siempre original, que publicará 
materiales traducidos, arreglados ó refundidos, algo 
así como « una capa con embozos nuevos ». En 
virtud de este sistema, más cómodo que plausible, 
es el primer artículo del primer número una simple 
adaptación á costumbres españolas de otro del escri- 
tor francés Jouy, tan célebre en los tiempos del pri- 
mer Imperio bajo el nombre de « L'Hermite de la 
Chaussée d'Antin ». Pero no tarda el Pobrecito en 
soltar los andadores, y casi todo el resto de la serie 
es original. 

Mesonero Romanos descubre en sus Memorias (1) 
particular empeño de hacer constar que la publica- 
ción de Larra comenzó en Agosto de 1832 y que sus 

(1) Mesonero Romanos, op. cit., t. II, pág. 84. 



MARIANO JOSÉ DE LARRA 13 

artículos de costumbres, luego reunidos bajo el 
título de Panorama Matritense, aparecían desde 
Enero del mismo año en las Cartas españolas. Vano 
empeño ciertamente. Como cuestión deforma, artícu- 
los de costumbres insertos en periódicos no habían 
de constituir un nuevo género literario sólo por ser 
españolas las costumbres retratadas, pues antes y 
después de Jouy, que publicó á principios del siglo 
las Observaciones de su Ermitaño, se trazaron cua- 
dros satíricos del mismo modo. En cuanto al fondo, 
jamás ha habido algo entre sí más desemejante que 
los artículos de Larra y las Escenas Matritenses, 
Sin salir del Pobrecito Hablador, muy inferior á todo 
lo que después produjo Larra con el seudónimo de 
Fígaro, nunca fué Mesonero capaz de llegar al grado 
de agudeza y de vigor que hay en trabajos como el 
Castellano viejo, Empeños y desempeños ó Vuelva 
Vd. mañana, artículos ya notables, aunque sin la 
superioridad de pensamiento ni la trágica, elocuente 
misantropía de los últimos escritos de su eminente 
contemporáneo. El estilo así como la observación del 
Curioso Parlante tienden al suelo por su propio 
peso, son de una llaneza excesiva, mientras que la 
frase de Fígaro se viste de alas y colores que natu- 
ralmente la elevan y abrillantan. 

Cansado de luchar contra la censura suspendió 
Larra la publicación de sus folletos, aunque fueron 
recibido^ por el público con favor, éxito bien de 
apreciarse en aquellos días en que el mismo Pobre- 
cito Hablador nos cuenta que no pudo llegar á ave- 



14 EL ROMANTICISMO EN ESPAÑA 

riguar si en el país no se leía porque no se escribía, 
ó no se escribía porque no se leía. Un rayo inespe- 
rado de luz en medio délas tinieblas del ominoso rei- 
nado de Fernando VII vino, gracias á la última esposa 
del monarca, á iluminar por breve término el hori- 
zonte en 1832 é infundir la esperanza de un poco de 
libertad para las letras, del derecho siquiera de escri- 
bir todo aquello que en nada lastimase los intereses 
permanentes del trono y de la Iglesia. Ya Larra, con 
objeto de conciliarse la censura, había quemado hasta 
inmoderadamente incienso á los pies de Fernando 
en uno de los primeros números del periódico, dando 
gracias á tan benévola Majestad por una serie de 
beneficios que enumera : entre otros, por haber man- 
dado substituir el suplicio del garrote al de la horca 
para las frecuentes condenaciones á muerte que 
entonces ocurrían. 

Pero, con incienso ó sin incienso, el resultado 
había de ser el mismo. La vislumbre de esperanza 
se desvaneció muy pronto. El régimen no aflojaba 
las férreas trabas, y el Pobrecito Hablador murió 
porque donde quiera que volvía los ojos encontraba 
« una pared que fuera locura pretender derribar ». 
Suspendió, pues, la publicación, advirtiendo para 
descargo de su conciencia que « si números enteros 
han sido dedicados á objetos de poca importancia, 
no ha sido porque fuese tal nuestra intención, sino 
por la naturaleza de las cosas que nos rodean », con 
lo cual aludía á la inexorable censura, de la manera 
velada en que era posible hacerlo. 



MARIANO JOSÉ DE LARRA 15 



II 



El romanticismo entró primero en España por 
medio de Walter Scott; de sus traductores franceses, 
mejor dicho : 

« Me he ajustado con un librero para traducir del 
francés al castellano las novelas de Walter Scott, 
que se escribieron originalmente en inglés, y algunas 
de Cooper... Doce reales me viene á dar por pliego 
de imprenta, y el día que no traduzco, no como. » 
Estas palabras pone el Pobrecito Hablador en boca 
de un «autor de todos conocido, que es hombre de 
mérito ». 

La filiación, por lo tanto, es directa y legítima. 
Walter Scott tradujo al inglés en su juventud el pri- 
mer drama de Goethe y la Leonor, balada famosa de 
Bürger, obras que, en cierto modo, puede decirse, des- 
pertaron en él nuevo ardor poético y lo encaminaron 
por nuevas sendas literarias. Francia tradujo al 
novelista escocés y á su imitador americano, y de 
Francia pasaron á despertar también en España la 
afición á la nueva literatura. No olvido que la Fran- 
cia estuvo en contacto por otros rumbos con Alema- 
nia ; pero aquí hablo sólo de España, adonde ni el 
libro de la baronesa de Staél ni las traducciones de 
Goethe y Schiller llegaron hasta más adelantado el 
siglo. 

Durante los últimos años de Fernando, hasta su 



16 EL ROMANTICISMO EN ESPAÑA 

muerte en 1833, los rigores de la censura se ejer- 
cían por igual sobre escritos españoles y sobre los 
que se importaban del extranjero. No penetraban 
fácilmente en Madrid las primeras obras de los 
románticos franceses, sospechosas desde luego por su 
procedencia, su carácter innovador y A el poco respeto 
que las informaba hacia la dignidad real, tal como 
en España se comprendía; y si bien Larra, que cono- 
cía perfectamente el francés, lograría probablemente 
leer las novedades de Francia, de seguro que muy 
pocos en España pudieron poseer y saborear los 
libros de Víctor Hugo y demás románticos, hasta que 
expiró el monarca y comenzó á levantarse la densa 
niebla que cubría el país. En ese año último y som- 
brío de la vida del soberano acopió los materiales y 
compuso Larra su novela El Doncel de Don Enrique 
el Doliente, publicada á principios de 1834. 

Tiene enteramente la apariencia de una novela de 
Scott; el mismo corte, el mismo andar lento de la 
narración, diálogos largos, capítulos sin título, 
siempre precedidos de un epígrafe en verso, tomado 
generalmente de alguna balada ó romance antiguo, y 
al principio de la obra una rápida ojeada sobre la 
historia y las costumbres de la época en que pasa la 
escena. Pero la semejanza real ahí termina; argu- 
mento, personajes, episodios, todo lo demás es en- 
teramente español, aunque haya Juicio de Dios 
como en Ivanhoe, pasadizos que se rompen como en 
Kenilworth y algún otro detalle que recuerde al no- 
velista escocés. 



MARIANO JOSÉ DE LARRA 17 

La leyenda de la vida y muerte trágica ele Macías 
el Enamorado era popularísima en toda España, 
desde Galicia, donde nació el porfiado amador en 
torno de cuyo nombre se han adherido multitud de 
noticias fabulosas, hasta los opuestos confines de la 
península. En el siglo xv, en la época en que era 
Dante el inspirador de toda una provincia de las 
letras españolas, casi no hubo escritor que dejase de 
componer un Infierno más ó menos imitado directa- 
mente de la Divina Comedia ; todos en él cantaron y 
lloraron su desastrado fin. El Marqués de Santillana 
reproduce débilmente el Nessun maggior dolore de 
Francesca para ponerlo en boca de Macías : 

La mayor cuyta que ayer 
Puede ningún amador, 
Es membrarse del placer 
En el tiempo del dolor. 

Pero Larra no cuida de seguir puntualmente los 
pormenores de la leyenda, tales como por primera 
vez aparecen reunidos y completados por Argote de 
Molina en su Nobleza del Andaluzia. El argumento 
ejerce sobre él una especial atracción, pues lo trata 
dos veces, primero como novela, luego como drama. 
Ambas obras, sin embargo, sólo tienen de común el 
nombre del protagonista, la pasión adúltera y el 
desenlace ^sangriento : este mismo diferente por los 
detalles en uno y otro caso. Las demás escenas son 
en ambas muy distintas. 

Demuestra el autor haber estudiado con algún cui- 



18 EL ROMANTICISMO EN ESPAÑA 

dado la historia general de España y de Europa, 
durante los primeros años del siglo xv y últimos del 
anterior, al trazar el fondo de su cuadro. Hay un 
esfuerzo real de reproducir con aproximada exactitud 
el período especial en que encierra su pintura. Es 
verdad que de Macías, el protagonista, apenas se 
sabe cosa alguna con certeza, ni la fecha de su na- 
cimiento ni la de su muerte, casi nada más que su 
condición de enamorado á outrance y las cinco com- 
posiciones que le atribuye el Cancionero de Baena 
y que artísticamente valen poco. Los otros perso- 
najes, principalmente don Enrique de Villena y su 
esposa María de Albornoz, que en la novela hacen 
gran papel, fueron en realidad, según las crónicas y 
las historias, bastante diferentes de como Larra los 
describe y presenta, habiéndose con razón creído 
dueño de acomodarlos á su fantasía. 

Las costumbres, la indumentaria, los mil detalles 
de la vida privada, no se ajustan bien, conforme 
opinión general de los críticos, á la verdad estricta; 
el más reciente, Menéndez y Pelayo, en las Observa- 
ciones preliminares del tomo X de las Obras de Lope 
de Vega, dice : « El que buscara en su obra colorido 
arqueológico, se llevaría solemne chasco. » El juicio 
me parece severo en demasía. Larra, sin duela, no era 
arqueólogo ni coleccionador de curiosidades como 
Scott, pero da pruebas de haber leído con cuidado 
en busca de detalles los poetas, cronistas y escri- 
tores de la época, de haber visitado con atención 
museos de armas y antigüedades, de haber seguido 



MARIANO JOSÉ DE LARRA 19 

con mucho cuidado textos antiguos como el Libro 
de Montería, y la impresión del lector común, al 
acabar la novela después de haber aprendido multi- 
tud de cosas poco sabidas, no concuerda con la de 
los críticos. Lo que en ella falta, considerada bajo 
este aspecto, no creyó probablemente Larra que era 
muy necesario, y se abstuvo de añadir, como Scott 
mismo y otros en casos análogos, notas y referen- 
cias al final para darla á no gran costa de erudito. 
Eso quiso el Duque de Rivas en su Moro Expósito, 
novela en verso del género de las de Scott, y logró 
hacer creer á críticos del peso de Alcalá Galiano y 
Enrique Gil que era el poema del más exacto y admi- 
rable colorido local. Hoy es imposible poner fe en 
la erudición del Duque ; autoridad tan competente 
como D. R. Menéndaz y Pidal nos afirma que com- 
pletamente desconocía la Edad Media española (1). 
Ni siquiera hay que fjar en la exactitud de las listas 
de autoridades de las dos grandes notas finales, pues 
cita en ellas autores que ni aun tratan del asunto á 
que se refiere 0) . 

Puede hoy todavía ser leído con gusto y provecho 
el Doncel de Don Enrique; si no despierta el palpi- 
tante interés de Ivanhoé ó Quintín Dunvard, no es 
en conjunto inferior, por ejemplo, al Cinq-Mars de 
Alfredo de Vigny, una de las tres mejores novelas 

(1) Ramón Menéoclez Pidal, La Leyenda de los Infantes de 
Lava, Madrid, 1896, pág. 169. 

(2) Obras completas de Don A. de Saavedra, Duque de Ri~ 
vas y . Madrid, 1897, tomo III, pág. 546. 



20 EL ROMANTICISMO EN ESPAÑA 

del género histórico en Francia durante el período 
romántico. Las otras dos, como es sabido, son la 
Crónica del tiempo de Carlos IX por Mérimée y 
Notre-Dame de Paris. Vigny imita también mucho y 
muy de cerca á Walter Scott, es indudablemente 
más poeta que Larra, y los personajes de su novela, 
Richelieu, Luis XII, Ana de Austria, el padre José, 
tienen para todo el mundo una importancia que no 
puede compararse con las figuras del triste y pálido 
período de la historia de Castilla escogido por el no- 
velista español. En Cinq-Mars, como en las célebres 
novelas de Scott, que acabo de citar, la naturaleza 
del argumento hace « desaparecer las pasiones par- 
ticulares y privadas ante intereses más generales é 
importantes » (1). Pero Larra mantiene viva una 
fuente de interés que atrae y fascina. La intriga amo- 
rosa que en Cinq-Mars es débil y artificiosa, en el 
Doncel constituye el asunto mismo, y hay tanta 
sinceridad-de pasión en Elvira y en Macías, que el 
efecto general es singularmente conmovedor. El 
último capítulo, con el epígrafe del Conde Claros, dis- 
puesto como para producir un efecto misterioso que 
no tiene por cierto en el romance original, es de 
profunda y dolorosa melancolía. 

El puesto de la obra además en la literatura de 
España del siglo pasado es único. Al que pidiera una 
novela histórica del período romántico no se le po- 
dría ofrecer hoy más que el Doncel de Don Enrique, 

(1) Le Román hiüovique..., parLouis Maigron, Paris, 1898, 
p. 255. 



MARIANO JOSÉ DE LARRA 21 

y sin embargo en ese género probaron sus fuerzas 
Martínez de la Rosa, Espronceda, Escosura, Villalta, 
Enrique Gil y algún otro. El Señor de Bembibre de 
Gil, novela publicada mucho después, en 1844, cuyo 
argumento recuerda un poco el de La Novia de 
Lammermoor, se aleja ya mucho de la senda que 
siguieron Scott y sus discípulos y, aunque obra 
apreciable, sobre todo carece de la entonación viril y 
el movimiento dramático que distinguen á las bue- 
nas novelas de la escuela del autor de Waverley. 



III 



El Macías, « drama histórico en cuatro actos y 
en verso », representado en Madrid « con grandes 
aplausos », según nos cuenta Hartzenbusch (1), el 
24 de Septiembre de 1834, no es tal vez como obra 
de arte tan^interesante cual la novela sobre el mismo 
asunto, pero en la historia de la literatura dramá- 
tica ocupa posición más importante y su influencia 
fué má_s extensa y más fecunda. 

Era una gran novedad, aunque en cierto modo 
alguien ya había tratado de emprender el mismo 
camino. Las nuevas ideas estéticas y las reglas me- 
nos estrictas que desde el año de 1829 habían empe- 
zado á tomar posesión de la escena francesa, supri- 
miendo casi todas las trabas y limitaciones impuestas 

(1) Obras escogidas de Don A. García Gutiérrez, Madrid, 
1866; Prologo, p. xv. 



22 EL ROMANTICISMO EN ESPAÑA 

á la tragedia clásica, ejercieron por primera vez 
influencia en el teatro español el día del mes de 
Abril de 1834 en que se representó La Conjuración 
ele Venecia, « drama histórico » de Martínez de la 
Rosa, primer ejemplo aplaudido de la nueva escuela. 
Larra, que tenía, ya sin duda completo el plan de su 
Macías, redactaba entonces la crítica de teatros en 
la Revista Española de Carnerero, asistió á la repre- 
sentación, aprobó con viva simpatía y le dedicó en 
el periódico un muy favorable artículo. 

El éxito de ese feliz y tímido ensayo de algo nuevo 
le mostraba el camino que contaba seguir, aunque 
la verdad era que Martínez de la Rosa poco recor- 
daba los dramas de Dumas y mucho menos los bri- 
llantes poemas en verso de Víctor Hugo ; era en rea- 
lidad más bien un Delavigne español. El tono general, 
el meticuloso cuidado de no excederse, de man- 
tenerse en el término medio, y el colorido gris de 
escenas á menudo demasiado desleídas, traían in- 
evitablemente á la memoria el autor de Marino Fa- 
ldero ó las Vísperas sicilianas. Pero esta vez al menos 
se veía en España una pieza bien construida, un cua- 
dro histórico vigorosamente trazado á grandes pin- 
celadas : el panteón de la familia Morosini, masas 
de pueblo circulando por la plaza de San Marcos ilu- 
minada, cada "uno diciendo lo que la situación reque- 
ría, seriamente, sin gracioso inútil ni lirismo exa- 
gerado. Luego una conjuración que estalla en pleno 
carnaval, la república que triunfa, y en el acto último 
la sala de audiencia del inexorable tribunal de los 



MARIANO JOSÉ DE LARRA 23 

Diez con las negras colgaduras y las fúnebres ins- 
cripciones, el Presidente que cae desplomado al re- 
conocer su hijo en el acusado, los otros jueces que 
sin piedad condenan y mandan á la muerte en pre- 
sencia de la mujer idolatrada. Todos los elementos 
del más patibulario melodrama, por desgracia no 
.realzados por la versificación, pero iluminados de 
tiempo en tiempo por expresiones magníficas, paté- 
ticas, en una lengua elegante y sobria, y el conjunto 
en fin levantado sobre una base histórica grandiosa- 
mente concebida. 

Larra, que era menos poeta que Martínez de la 
Rosa, que versificaba laboriosamente, pero que ayu- 
dado por su buen gusto y su inspiración de artista 
se sentía capaz de ir más alió que ese irresoluto inno- 
vador, aspiró á componer un drama que fuese de 
amor é histórico juntamente, valerse, como sus an- 
tecesores del siglo xvii, de la más completa libertad 
en el metro y en los movimientos, al mismo tiempo 
que aplicaba' á sus ideas y sentimientos la franqueza, 
el calor y la energía de las piezas románticas fran- 
cesas. El intento no podía ser mejor; pero él tam- 
poco, ~al emprender el nuevo rumbo, tuvo energía 
para ir bastante lejos, quedóse á medio camino y 
otros vinieron detrás que sin miedo corrieron hacia 
adelante y se acercaron más á la meta deseada. 

Carece- en efecto Macías de la riqueza de acción, 
de la realidad pintoresca y animada, de la novedad 
de arte, que eran razón de ser del drama romántico : 
es demasiado seco, demasiado escueto como acción.. 



2Í EL ROMANTICISMO EN ESPAÑA 

Aventajando tan notablemente á Martínez de la Rosa 
en lo poético de la forma y en la intensidad del sen- 
timiento, fáltale la amplitud del cuadro histórico, la 
variedad de interés de la Conjuración de Venecia. 
El drama mismo que consagró Lope de Vega á la 
leyenda de Maclas con el título de Porfiar hasta mo- 
rir, obra que Larra en nada imitó, que consta sólo de 
tres actos, apenas puede decirse que contenga me- 
nos materia, aun descontándole todo lo que hay de 
inútil en la parte del gracioso. 

El argumento del drama y el de la novela de Larra 
son entre sí muy diferentes. En aquél sabe el espec- 
tador desde la primera escena que Macías y Elvira 
se conocen y aman de antemano, que son esposos 
prometidos, que, como en la historia de los amantes 
de Teruel, hay un plazo fijado y que, si él se pre- 
senta antes de su vencimiento, es fuerza otorgarle la 
mano de su amada. Esto naturalmente desfigura y 
debilita la tradición, quitando al amor violento y 
adúltero, á « la porfía » del hombre, el carácter fatal 
de la leyenda y su efecto terrífico. Detenido Macías 
lejos de Andújar, ciudad donde pasa la escena, por 
intrigas de un rival y el malquerer de su señor, que 
es Villena y no el rey doliente, no puede llegar pre- 
cisamente á tiempo, aunque acude presuroso el día 
mismo en que el plazo expira. Desde muy temprano 
se ha precipitado el matrimonio de Elvira con Fer- 
nán Pérez. Cuando al aparecer, hacia el medio del 
segundo acto, demanda Macías á su señor el cumpli- 
miento de la promesa, lo contiene éste hasta el ins- 



MARIANO JOSÉ DE LARRA / 25 

tante en que vuelve de la iglesia el cortejo nupcial, 
pues temiendo su venida se ha celebrado pronta- 
mente la ceremonia. Elvira cae desmayada al reco- 
nocer á su amante, que creía desleal á su palabra, y 
Macías, desesperado, se arroja á los pies de Villena 
gritando : « Señor! ó muerte ó venganza! » — La 
escena es rapidísima, está vigorosamente escrita, se 
oyen sólo frases breves que cierran dramáticamente 
el acto. 

Logra introducirse Macías en la habitación de su 
rival afortunado, allí encuentra á Elvira vestida toda- 
vía con el traje de boda. En el dúo apasionado que 
pone el poeta en boca de los amantes, alegando el 
uno los derechos de su amor, la otra los deberes de 
su nueva situación, se oye respnar en verso algo muy 
parecido á la prosa y á la moral del autor de 
Antony : 

Los amantes son solos los esposos. 
SÜl-azo es el amor : ¿cuál hay más sanio? 
Su templo, el universo : donde quiera 
El Dios los oye que los ha juntado. 
Si en las ciudades no, si entre los hombres 
- Ni fe, ni abrigo, ni esperanza hallamos, 
Las fieras en los bosques una cueva 
Cederán al amor... 

La influencia de Dumas se siente demasiado en 
todo este acto tercero. Los amantes son sorprendidos 
allí mismo ; Macías, frenético, desesperado, al ver que 
Elvira se humilla hasta implorar para él perdón de 
don Enrique, quien lo manda encerrar en una pri- 



26 EL ROMANTICISMO EN ESPAÑA 

sión, .lanza una invectiva violenta, declamatoria, 
pero muy en situación y de una energía en la expre- 
sión por momentos admirable. El actor Valero la 
hizo durante mucho tiempo aplaudir con furor por 
toda España. 

Á esta peripecia sucede una escena que parece di- 
rectamente venir del Enrique III y su corte del viejo 
Dumas. Fernán Pérez, el nuevo esposo, ciego de 
celos, amenaza matar á Elvira blandiendo su puñal; 
ella aguarda impasible el golpe, en lo cual cree él ver 
la prueba de su inmenso amor por el otro, y exclama : 

Le ama, oh cielos, de tal modo, 
que ya prefiere á su olvido 
la muerte... 

Mal haya el que tan amado 
supo ser !... 

como el duque de Guisa después de prueba idéntica 
prorrumpe : Vous Vaimez bien, múdame! Malédie- 
tion sur lui qui esl tañí aimél — Fernán pretende 
también, como Guisa, forzarla á dar una cita al amante 
para perderlo, y al negarse ella la coge del brazo con 
furor y la obliga á gritar : « Por piedad, me lasti- 
máis, señor! », del modo mismo que la duquesa de 
Guisa, al sentir su brazo lastimado por el guante- 
lete de acero, dice : Vous me faites bien mal, Henri, 
horriblement mal! 

Por último, ante la obstinación de Elvira, llama 
aparte Fernán á un servidor para decirle : 

Alvar, cuatro hombres buscadme... 
me entendéis? 



MARIANO JOSÉ DE LARRA 27 

no tan claro, pero con las mismas siniestras inten- 
ciones con que Guisa en otra parte del drama grita : 
Saint-Paul, qu'on me cherche les mémes hommes 
qid ont assassiné Dugast! 

El cuarto y último acto del drama de Larra es 
bastante corto. Elvira, adivinando lo que trama su 
marido, corre á la prisión para prevenirlo. Después 
de un segundo dúo de amor, más bello que el ante- 
rior, y ambos al unísono en el sentimiento esta vez, 
es ya tarde para que logre Macías salvarse de Fernán 
y sus sicarios. Apenas sale á su encuentro vuelve 
mortalniente herido. Elvira se hiere con la daga de 
su amante, que él « alarga débilmente », y muere ella 
diciendo estos versos : 

Llegad... ahora... llegad... y que estas bodas 
alumbren... vuestras... teas... funerales. 

Y si bien estas líneas y la naturaleza de la catás- 
trofe y su colorido poético recuerdan algo el final de 
Hernani, las palabras siguientes de Fernán Pérez 
nos vuelven otra vez á la influencia de Dumas : 

Me vendían. 
Ya se lavó en su sangre mi deshonra. 

Calderón, que más de una vez puso en escena ma- 
ridos que lavan en sangre su deshonra, no concen- 
traba así en breve frase final la catástrofe de sus tra- 
gedias. Fué Dumas quien desde 1831 puso ele moda 
esas cláusulas lapidarias : Elle me résistait, je Vai 
assassinée! 



28 EL ROMANTICISMO EN ESPAÑA 

Dije antes que no era Larra tan poeta como Martí- 
nez de la Rosa, y basta poner al lado una de otra las 
elegías que ambos compusieron con motivo de la 
muerte de la Duquesa de Frías para comprender la 
diferencia. Carecía Larra sobre todo de sentimiento 
en la expresión; hay siempre en él algo de seco, de 
duro, de profundamente agriado y lastimado por los 
hombres y las cosas; llega fácilmente á la elocuen- 
cia ; pero donde se requiere ternura, lágrimas en la 
voz, emoción comunicativa, fracasa casi siempre. 
Sus pasiones son reales y las expresa con sinceridad, 
pero suele haber en ellas tanto de orgullo, de vani- 
dad, como de amor ó simpatía. 

Sabía también hacer buenos versos, y con su 
gusto cultivado, su grande instrucción, la precisión 
de su lenguaje y el natural vigor de su estilo llegó 
á componerlos excelentes, como abundantemente se 
encuentran en el Macías. El teatro exige principal- 
mente energía y claridad en la expresión, y pasajes 
como éstos, llenos de esas dos cualidades, siempre 
serán apreciados y aplaudidos : 

Yo le maté, dirás : tu esposo en celos 

arderá, temeroso de que al cabo 

le vendas como á mí, y hasta tus besos 

mentiras creerá. Cierto; y seránlo. 

Ella, Fernán, me amó, y volverá á amarme : 

si constancia te jura es solo engaño; 

también á mí me la juró, y mentía. 

La poesía de fondo y forma que aquí falte está 
compensada por la fuerza y la brillante concisión. 



MARIANO JOSÉ DE LARRA 29 

Esto sucede no sólo en los endecasílabos \ también 
los octosílabos son á menudo admirables en el Ma- 
clas, que tiene series de redondillas rotundas y per- 
fectas, dignas de todo encomio. 



IV 



Maclas abrió el camino, tras él llegó ya comple- 
tamente armado el drama romántico español, « his- 
tórico ó caballeresco », como al principio se le lla- 
maba. El Trovador de García Gutiérrez y los Amantes 
de Teruel dé Hartzenbusch, ricas primicias del talento 
de quienes iban á ser de los más renombrados y afor- 
tunados entre los vates de España, se estrenaron, 
uno año y medio, el otro dos años después del 
drama de Larra. Hasta se cuenta (1) que Hartzenbusch, 
llevando ya en la mente su obra cuando se repre- 
sentó el Maclas , tuvo que alterar el plan ya formado, 
porque accidentalmente coincidían en puntos esen- 
ciales : lo que no era ^extraño, pues Larra tomó por 
antecedente de su argumento la idea de un plazo 
fijado, detalle capital de la leyenda y de la historia 
de Diego Marsilla. 

En el intervalo que separa el Macías de los dos 
dramas mencionados apareció, no hay que olvidarlo, 

(1) Apuntes para una biblioteca de escritores españoles con- 
temporáneos, por D. Eugenio de Ochoa, París (s. a.), t. II, 
pág. 80. Véase también : Ferrer del Río, Galería de la Lite- 
ratura Española, Madrid, 1846, pág. 163. 



30 EL ROMANTICISMO EN ESPAÑA 

el Don Alvaro del Duque de Rivas, inspirado en 
parte por la novela de Mérimée Las ánimas del Pur- 
gatorio, la misma que sugirió á Dumas su Donjuán 
de Maraña y de rechazo á Zorrilla su Don Juan Te- 
norio. El Don Alvaro, escrito durante la emigración 
del autor en Francia, en nada se parece al drama de 
Larra. Parece concebido de propósito para atropellar 
juntas todas las reglas y tradiciones del arte clásico, 
mas sin poner mucho equivalente en su lugar, pues 
carece de pasión dramática, dé estudio de caracteres 
y de poesía profunda en la ejecución. Escrito sin 
embargo con fuego á veces y siempre con viveza, 
con animación, atrajo y entusiasmó á las masas, 
en virtud de sus grandes y enérgicos brochazos á 
la manera de una pintura en trompe-Voeü, trazada 
para producir efecto. Las escenas populares en prosa, 
que forman contraste con lo terrible de la trama 
principal : el aguaducho del primer acto, el mesón 
del segundo y la portería del convento de los Án- 
geles son admirables en su género, cuadros realis- 
tas de costumbres bien reproducidas, pero del todo 
independientes de la acción principal. 

No tenemos la opinión de Larra como crítico de 
teatros sobre la obra del Duque de Rivas ; en cambio 
poseemos dos notables artículos, uno sobre el Tro- 
vador y otro sobre los Amantes de Teruel. Nunca se 
ha juzgado con mayor simpatía y más talento la 
producción de rivales afortunados. Todos los méri- 
tos están en esos artículos señalados con verdadera 
fruición, los defectos sobria y exactamente indica- 



MARIANO JOSÉ DE LARRA 31 

dos. Ambos dramas son en verso y prosa. Larra no 
reprueba la idea, pero la considera una dificultad 
más que el poeta voluntariamente adopta, y que no 
puede decirse siempre vencida al decidir el autor 
cuáles escenas producen mejor su efecto en ésta ó 
aquella forma. García Gutiérrez y Hartzenbusch, 
cediendo al parecer del benévolo crítico, corrigieron 
en ediciones posteriores los defectos señalados. El 
Trovador refundido es en conjunto inferior á la pri- 
mera versión; no asi la refundición de los Amantes 
de Teruel, más igual y armónica que en la primera 
forma, y es la incluida por el autor en la colección 
definitiva de sus obras. 

Nadie durante todo el siglo xix ejerció en España 
la crítica desde las columnas de los periódicos con 
tanta superioridad; nadie, ni antes ni después, llegó 
á reunir tanta autoridad, tanta instrucción y tan 
elevada é inalterable imparcialidad. Despierta un 
sentimiento de lástima leer hoy esos artículos, im- 
provisados á veces de la noche á la mañana por 
escritor de tal ilustración y tan buen gusto, que 
conservan todavía casi todo su valor y serían joyas 
inestimables si se hubiese dado al autor tiempo y 
ocasión de acabarlos más despacio. Los más de ellos, 
los mejores, fueron reunidos en colección después 
de su muerte, y ni siquiera están corregidas las erra- 
tas de la primera impresión. En todos se descubre 
bien marcado un acento de amargura v desolación, 
como impuesto por el convencimiento de la inutili- 
dad de la tarea, por la supina ignorancia del público 



32 EL ROMANTICISMO EN ESPAÑA 

que, en aquellos agitados días de guerra carlista, 
Estatuto malogrado ó Constitución del año 42, 
apenas se curaba de algo que no fuese la política en 
su forma más opresiva y angustiante. 

Manifestó Larra siempre el más vivo interés por 
el arte dramático é hizo los mayores esfuerzos por 
levantarlo y sostenerlo. Ese género mismo, tan so- 
corrido y fácilmente popular, se consumía ante la 
indiferencia universal ; el teatro « sin actores y sin 
público » era simple « sucursal de la Ópera », como 
dijo en uno de sus últimos trabajos, confesando 
que él también participaba ya de esa indiferencia, 
desesperado en medio « de la noche obscura, tempes- 
tuosa en que nos encontramos, luchando en vano 
con la deshecha borrasca que irá dando al viento 
vela tras vela y desmantelando la barca palo por 
palo ». 

Tanto como de las piezas españolas de teatro tra- 
taba en sus críticas de las novedades del arte dra- 
mático francés á medida que iban traduciéndose, y 
hacíalo siempre con el cabal conocimiento que tenía 
de la moderna literatura francesa (1). Si el público 
de Madrid lo hubiese ayudado un poco, mostrando 

(1) Admiró grandemente á Dumas como autor dramático, y 
en cinco extensos artículos analiza cuatro de sus obras, Tere- 
sa, la Tonr de Nesle, Catalina Howard y Antony. De Víctor 
Hugo, cuyo Hernani juzga muy atinadamente con motivo de 
la traducción en verso de Ochoa, dice que es « uno de los 
mayores poetas que han visto los tiempos », opinión que en 
Francia entonces estaba muy lejos de aceptar la mayoría de 
los literatos, que le ponía encima á Béranger y Lamartine. 



MARIANO JOSÉ DE LARRA 33 

más inteligente aprecio del arte teatral y la crítica 
literaria, habría él llegado á ser algo más que un 
Janin ó un Sarcey español, pues al gran saber aña- 
día peregrino talento de artista ; serían sus artículos 
reunidos algo así tan útil y tan bueno como la Dra- 
maturgia de Ha?nburgo de Lessing. La suerte no lo 
quiso. 

Lleno del espíritu de su época, estudiaba siempre 
la antigua y brillante literatura de su país y sabía 
apreciarla con absoluta independencia, sin atenerse 
á opiniones de otros ni cegarse por ese falso patrio- 
tismo que inspira tantos errores, transmitidos luego 
por la rutina de generación en generación y de tra- 
tadista en tratadista. Su empeño principal era alige- 
rar un tanto el peso excesivo de la tradición para 
encaminar por rumbos nuevos la nueva literatura. 
Estudiar los autores del siglo de oro es útil, es ne- 
cesario, para comprender y admirar el genio de la 
raza y su maravillosa historia, para experimentar el 
vivo placer de analizar y saborear lo que fué y 
siempre será hermoso ; pero muy poco de ellos hay 
que imitar en nuestros días. En un buen artículo, 
titulado Literatura, rápida ojeada sobre su historia 
y su índole general en España, reconoce que super- 
puesta la tiranía política á la tiranía religiosa después 
de la pérdida de lo poco que de la libertad nacional 
quedaba en el primer cuarto del siglo xvi, la litera- 
tura, que en seguida floreció, había nacido conde- 
nada á ser fenómeno prodigioso, pero esencialmente 
transitorio, sin posible desarrollo fecundo y dilatado. 



34 EL ROMANTICISMO EN ESPAÑA 

Explica por qué no hubo en España entonces lo que 
llama escritores razonados, y por qué brillaron sólo 
con deslumbrante fulgor el arte de la novela y el 
arte del teatro, frutos ambos de la poderosa imagi- 
nación de la raza, mientras la prosa seria quedó 
confinada á los escritores místicos ó teológicos, de 
los que (agrega Larra) « podemos presentar una 
biblioteca antigua desgraciadamente más completa 
que ninguna otra nación », y á los historiadores 
como Mariana y Solís, más bien « columnas de la 
lengua », destituidos de espíritu crítico, autores de 
grandes novelas históricas, que se abstuvieron de 
prestar atención alguna al « movimiento de su 
época » y no perciben el más ligero eco de lo que 
fuera de España ocurría y transformaba la marcha 
de la civilización. A esa literatura, que tan rápida- 
mente decayó, sucedió en el siglo xviii la imitación 
francesa, preconizada y practicada por un grupo 
reducido de literatos, que sin preparación « se agre- 
garon al movimiento del pueblo vecino, adoptando 
sus ideas tales cuales las encontraban, y entonces 
nos hallamos en el término de lajornada sin haberla 
andado ». 

Esta nueva reforma resultó estéril también, porque 
las desgracias de la patria atajaron pronto el escaso 
impulso que llevaba. Rechazaba igualmente Larra 
con energía el arte que privaba en sus días, « esa 
literatura reducida á las galas del decir, al son de la 
rima y>, y luchaba por el advenimiento de, otra, 
« hija de la experiencia y de la historia, estudiosa, 



MARIANO JOSÉ DE LARRA 35 

analizadora, filosófica, profunda, pensándolo todo, 
diciéndolo todo, en prosa, en verso, expresión en fin 
de la ciencia de la época, del progreso intelectual 
del siglo » . 

Le impacientaba en extremo ese empeño de escri- 
bir calcando el lenguaje antiguo, ese afán del pu- 
rismo, que desde el siglo anterior habían ya puesto 
de moda, unos por medio de sátiras como Iriarte ó 
Cadalso, otros por medio del ejemplo como Huerta 
ó Moratín. « Marchar en ideología, decía Larra, en 
metafísica, en ciencias, en política, aumentar ideas 
nuevas, y pretender estacionarse en la lengua que 
ha de ser la expresión de esos progresos, perdónen- 
nos los señores puristas, es haber perdido la cabeza. » 
Una cosa es caer en la afectación de remedar io anti- 
guo y otra respetar en lo posible « el tipo, la índole, 
las fuentes, -las analogías de la lengua ». Esto escri- 
bía en 1835, y esto mismo puede repetirse hoy, pues 
no faltan todavía quienes usen como un conjuro esos 
términos de purista y de castizo, que á menudo apli- 
can á ciegas, como tiene que ser en un idioma cuyos 
elementos no se han fijado aún completamente, en el 
que no se han compilado léxicos de la lengua de sus 
grandes escritores, ni siquiera de la de Cervantes, y 
donde la autoridad oficial y suprema es un diccio- 
nario en que faltan muchas voces viejas y nuevas, 
en que las definiciones son defectuosísimas y que 
carece de ejemplos, infinitamente más necesarios 
éstos que sus misteriosas etimologías en signos, in- 
comprensibles para la inmensa mayoría de las per- 



36 EL ROMANTICISMO EN ESPAÑA 

sonas que más han menester consultarlo. Littré 
mismo, en el cuerpo de su útilísimo diccionario, tan 
rico en ejemplos y en otras cosas, que presenta las 
etimologías más detalladamente que la Academia es- 
pañola, se abstuvo del pedantismo de esos caracte- 
res arábigos, hebraicos y sánscritos. 

Larra, que no obstante su poco amor á los pu- 
ristas, conocía bien y estudiaba constantemente su 
lengua, que tenía compuesto, para su uso particular 
un trabajo sobre sinónimos, hablando del diccionario 
de la Academia dijo, con su gracia habitual, que « todos 
le debemos respetar cuando acierta; es decir, que 
tiene la misma autoridad que tollo el que tiene razón, 
cuando él la tiene ». 



Es sabido que durante las postrimerías del rei- 
nado de Fernando VII, el príncipe Don Carlos, su her- 
mano menor, se refugió en Portugal, mostrando bien 
claro, por lo que callaba, por su actitud amenazante 
y por la especie de personas que lo rodeaba, el 
designio de reivindicar derechos al trono, de dis- 
putar por medio de las armas la sucesión y desco- 
nocer el testamento real, invocando la antigua ley 
sálica y la tradición borbónica, proclamada antes más 
de una vez por el mismo Fernando como dogma de 
la monarquía. La hija del monarca, aclamada como 
reina en Madrid inmediatamente después del fallecí- 



MARIANO JOSÉ DE LARRA 37 

miento de su padre, tenía tres años de edad. Casi al 
mismo tiempo se precipitó y reventó el nublado que 
venía formándose en la frontera del vecino reino y 
comenzó la guerra civil, que por espacio de siete años 
iba á inundar de sangre todo el norte de la penín- 
sula. 

Aunque al principio estuvo muy lejos el carlismo 
de la pujanza militar que después llegó á adquirir, 
y muchos tardaron en comprender lo que había de 
serio y de grave en la parcialidad amotinada bajo la 
enseña del todavía ausente Pretendiente, temblaron 
todos al recuerdo de los horrores, las atrocidades de 
una y otra parte cometidas en los seis años de la 
lucha contra el emperador Napoleón. Los mismos 
hombres empeñados en contienda que en sus pechos 
igualmente^ agitaba las pasiones más hondas y te- 
naces, tenían por fuerza que seguir idéntica conducta. 
Milagro sería si al cabo de tan violenta convulsión 
no quedaba el país para siempre dividido en dos frac- 
ciones irreconciliables. 

No había de ser así; horizontes más risueños, 
cielo más apacible aguardaban detrás del desenca- 
denado huracán para los que con energía infatigable 
se aprestaban á defender, junto con los derechos más 
ó menos discutibles, conforme al dogma monárquico, 
de la hija menor del rey, la regeneración de la patria, 
y extirpar de su suelo el despotismo organizado, que 
por trescientos y tantos años había de ruina en ruina 
llevado la nación al estado miserable en que Fer- 
nando VII la dejaba. 

3 



38 EL ROMANTICISMO EN ESPAÑA 

Muchos desde el primer momento comprendieron 
y sintieron cuan vital era para el porvenir el pro- 
blema político que las circunstancias planteaban. 
JLarra fué uno de ellos. 

Por el más extraño encadenamiento de causas y 
efectos esta guerra civil, atizada por el fanático her- 
mano del rey difunto, resultó ser una fortuna para 
JEspaña. Entablóse convencidos desde luego los com- 
batientes de que no había términos posibles de aco- 
modamiento, que la lucha se trababa entre la libertad 
y la esclavitud, y que por primera vez allí los defen- 
sores de la teocracia y el absolutismo político sucum- 
birían fatalmente ante nuevas generaciones, resueltas 
á implantar un régimen en que la voz de los habi- 
tantes legítimamente expresada valiese más que la 
voluntad del monarca. 

Al estallar la guerra de independencia en 1808 los 
hombres más ilustrados y liberales : los viejos como 
Jovellanos ó Valdés, los jóvenes como Quintana, 
Antillón, Arguelles y tantos otros, se colocaron del 
mismo lado que el clero, la mayor parte de la nobleza 
y el pueblo, imprimiendo de ese modo á la lucha un 
carácter nacional y generoso indiscutible. Pero en la 
hora del triunfo, pueblo y clero y nobles y militares 
aclamaron á Fernando como rey absoluto, trataron 
como vencidos á sus aliados liberales, y los enviaron 
á purgar su patriotismo en el destierro ó en las pri- 
siones. Volvió España á lo que antes era, sin haber 
dado un solo paso adelante en la escala de la civi- 
lización. 



MARIANO JOSÉ DE LARRA 39 

Ahora las cosas tenían que marchar y resolverse 
de otra suerte. Los eternos enemigos de la libertad 
habían corrido al lado de Don Carlos, una buena 
tercera parte de la península lo saludaba como rey, 
el clero en masa hacía votos por su triunfo. Tocaba, 
pues, á los liberales declararse defensores del trono 
de Isabel II, hacer los derechos políticos condición de 
su existencia, y sellado el pacto con sangre y man- 
tenido con vigoroso esfuerzo, era claro que no se 
repetirían después de la victoria las escenas inena- 
rrables de perfidia y de crueldad que deshonraron la 
vuelta de Fernando en 1814. 

Para Larra más que para ningún otro fué la muerte 
del monarca una redención. Cuanto había de mejor 
en su talento de escritor, en sus ideas y sentimientos, 
habría quedado para siempre ignorado, si hubiese 
continuado algún tiempo todavía régimen tan dura- 
mente opresor. Era él liberal, profunda y sincera- 
mente liberal ; quería para el pueblo todos los dere- 
chos políticos y creía con fe indestructible en el 
progreso humano, en la perfectibilidad social, como 
lo explicó en el prólogo de la traducción que, con el 
título « El doema de los hombres libres », hizo de 
las Palabí*as de un creyente de Lamennais. Este 
libro famoso, evangelio del socialismo cristiano, que 
ha muerto literariamente á causa de la afectación de 
su estilo calcado servilmente sobre la forma bíblica, 
pareció en su tiempo una máquina demoledora de la 
sociedad ; no á Larra, que sólo vio allí el ardiente 
amor del pueblo y de la justicia que tan vivamente 



40 EL ROMANTICISMO EN ESPAÑA 

lo informa. Lo tradujo con amor, admirablemente. 
Empero él bien sabía que el pueblo español no estaba 
aún suficientemente preparado para el ejercicio de 
ciertos derechos, no olvidaba que los nacidos y edu- 
cados como siervos necesitan aprender primero á ser- 
virse de la libertad. Por eso apenas vio surgir en 1836 
el monstruo del militarismo con todos sus horrores, 
tuvo miedo y desesperó del porvenir de la patria, 
como pocos meses después iba á desesperar también 
de la vida. 

En 1834 el problema no era todavía evitar el 
abuso posible de la libertad. CMxo fantasma por el 
momento más temible se había levantado en las pro- 
vincias del Norte y mantenía los ánimos en penosa 
incertidumbre. No se sintió Larra, como otros, hipno- 
tizado ante el abierto abismo de la guerra civil, y 
emprendió como un deber la tarea de desnudar y 
exhibir el monstruo tal como en realidad era, no 
como la imaginación ó el terror podían hacerlo apa- 
recer. Cuanto hubo de grotesco al mismo tiempo que 
de errado y de fanático en esa insurrección, urdida 
para entronizar un hombre « más cortado para 
monje que para monarca », como ha dicho el histo- 
riador Lafuente, está hábilmente retratado en la serie 
maravillosa de cuadros del carlismo, que trazó en la 
Revista Española bajo el seudónimo de Fígaro: firma 
que desde entonces hasta el fin conservó, y que llegó 
en España á ser más conocida y popular que su 
propio nombre, tanto que las colecciones de sus 
escritos dicen todas en la portada: « Obras de Fí- 



MARIANO JOSÉ DE LARRA 41 

garó. » Recuerdan esos artículos, que en gran parte 
están en forma de diálogo, las comedias de Aristó- 
fanes por la vigorosa energía con que van hasta el 
fondo de las pretensiones que quieren poner en 
ridículo, destruyendo apariencias y desmenuzando 
falsos pretextos de legitimidad y de piedad inven- 
tados para cubrir sórdidas pasiones, como derribaba 
en Grecia el célebre poeta cómico los falsos ídolos de 
la demagogia ateniense. Más decente y comedida, 
estorbada además por las trabas de la censura, tiene 
la sátira de Larra fuerza y eficacia en algo parecidas, 
aunque sea evidente que no pueden literariamente 
parangonarse artículos modernos de periódico y 
comedias en verso escritas por un poeta de genio en 
la época de oro de la literatura griega. 

Ridiculizar la guerra carlista era tarea permitida y 
aplaudida en los primeros años del nuevo reinado ; 
pero la libertad de imprenta estaba aún muy lejos 
de existir, y por mucho tiempo todavía tuvo Larra 
que reducirse principalmente á artículos de cos- 
tumbres y juicios literarios. Sus críticas ganaron 
mucho en variedad y solidez, así como su estilo, en 
los cuadros en que tan agudamente se mofa de ciertos 
rasgos y caracteres de la vida social, llegando á 
adquirir tal flexibilidad, tanto donaire y una tan 
elegante sobriedad, cual no volvieron á encontrarse 
reunidas en ninguno de los que después con más ó 
menos fortuna han cultivado el mismo género. La 
lástima era que, fuera de las piezas de teatro, pocos 
libros aparecían que diesen al talento crítico buenas 



42 EL ROMANTICISMO EN ESPAÑA 

ocasiones de brillar é interesar ; aun entre las pri- 
meras más de una vez esgrimió el acero contra obje- 
tos poco dignos de su esfuerzo. 

La situación política de día en día se agravaba ; 
el carlismo, á pesar de que hombres como él clara- 
mente veían su impotencia final, duraba, y al pare- 
cer se fortalecía, por la incapacidad de los primeros 
generales encargados de batirlo y la falta de recursos 
en el gobierno de la reina. El poder residía en manos 
de hombres bien intencionados, del tipo más ó me- 
nos de Martínez de la Rosa, es decir, asustadizos é 
irresolutos. Aunque convencidos ~de que solamente 
por medio de ideas é instituciones liberales se podía 
oponer barrera inexpugnable á los partidarios de don 
Carlos, escatimaban las reformas, propinándolas á 
dosis mínimas como remedio peligroso, sin pensar 
que al fin podrían arrancarles por la fuerza y en 
malas condiciones lo que espontáneamente conce- 
dido hubiera sido medicamento reconstituyente y 
salvador. 

Como abrumado ó aburrido de tanta contrariedad, 
quiso Larra ausentarse algún tiempo y pasó en Fran- 
cia la mayor parte del año 1835. Salió en Mayo 
por la frontera de Portugal, pues los carlistas inter- 
ceptaban el paso por Vizcaya. Cuál era la disposi- 
ción de su ánimo en el momento de la partida, puede 
deducirse de las siguientes líneas : 

« El Gaya, arroyo que divide la España del Portugal, corría 
mansamente á mis pies : tendí por la última vez la vista sobre 
la Extremadura española; mil recuerdos personales me asal- 



MARIANO JOSÉ DE LARRA 43 

taron; una sonrisa de indignación y de desprecio quiso des- 
plegar mis labios, pero sentí oprimirse mi corazón y una 
lágrima se asomó á mis ojos. Un minuto después la patria 
quedaba atrás, y arrebatado con la velocidad del viento, como 
si hubiera temido que un resto de antiguo afecto mal pagado 
le detuviera, ó le hiciera, vacilar en su determinación, el expa- 
triado corría los campos de Portugal. » 

Desde el extranjero escribió poco para los diarios 
de Madrid. Volvió á los diez meses, atraído, según 
escribió en el primer artículo después de su llegada, 
por la noticia de que la libertad de imprenta andaba 
ya en proyecto : « ¡Yo, que de Calomarde acá rabio 
por escribir con libertad, no había de haber vuelto 
aunque no hubiera sido sino para echar del cuerpo 
lo mucho que en estos años se me quedó en él, sin 
contar con lo mucho con que se quedaron los cen- 
sores! » 

Mas la libertad de imprenta no vino todavía, fué 
sólo que se aflojaron un poco las apretadas trabas. 
A ello debemos las tres deliciosas cartas políticas : 
Fígaro de vuelta, Buenas noches y Dios nos asista, 
que como los tres artículos sobre la guerra carlista 
forman un conjunto precioso, de interés histórico 
tanto como literario, que en todo tiempo leerán con 
gusto cuantos conozcan ó estudien la lengua caste- 
llana. 

Pero el tono empieza áser muy diferente y de aquí 
en adelante la transformación va señalándose más y 
más. Ya en esas cartas apenas quedan huellas del 
Larra festivo y burlón de los cuadros de costum- 
bres, mucho menos se encuentran en los demás tra- 



44 EL ROMANTICISMO EN ESPAÑA 

bajos hasta su muerte ya próxima. También en ese 
año 1836 sufría la cosa pública, como ya indiqué, la 
más grave y desastrosa transformación. Los hombres 
del poder, obstinadamente empeñados en resistir el 
empuje de los que pedían más libertades, no pare- 
cían dar importancia á la agitación popular, á los 
movimientos tumultuosos que por varios lados se 
producían. Tras ese comienzo de anarquía vino inme- 
diatamente la indisciplina en el ejército, síntoma 
fatal, pues el ejército, que con bien desigual fortuna 
luchaba contra la formidable facción carlista y ape- 
nas bastaba en el resto del país^para mantener el 
orden, era el indispensable apoyo del mal afirmado 
trono constitucional. 

El militarismo, en su forma más repulsiva, — la 
tropa armada decidiendo de la marcha de la política, 
generales sin escrúpulo faltando á la fe jurada para 
encaramarse violentamente al poder, — comenzó á 
imponerse en España el 12 de Agosto de 1836, para 
no interrumpir durante cuarenta años su obra ne- 
fanda. En ese día las tropas acuarteladas en La 
Granja, residencia de verano de la familia real, salie- 
ron armadas á la calle sin más jefes que sus cabos 
y sargentos, penetraron en palacio y forzaron á la 
reina madre á proclamarla Constitución de 1812 y 
convocar nuevas Cortes. Mientras tanto caía el go- 
bierno en Madrid, era asesinado el general Quesada 
y los ministros salvaban la vida huyendo ó escon- 
diéndose : entre éstos figuraba el Duque de Rivas, 
el autor del Don Alvaro, amigo particular de Larra. 



MARIANO JOSÉ DE LARRA 45 

Esa Constitución del año 12, que en realidad poco 
ó nada había regido antes, promulgada dentro de 
los muros de Cádiz en plena guerra contra Francia 
y abolida por Fernando apenas ocupó el trono, era 
ya en concepto de Larra una antigualla, una memo- 
ria heroica, digna de respeto solamente « como Cristo 
respetó el Testamento viejo, fundando el nuevo ». 
En efecto, los diputados elegidos conforme ásus pre- 
ceptos resolvieron inmediatamente redactar una 
nueva, que Larra no llegó á conocer, pues no em- 
pezó á regir hasta mediado el año de 1837. 

El motín de la guarnición de La Granja, que divi- 
dió por siempre á los defensores del trono de la reina 
en dos fracciones opuestas é irreconciliables, dejó á 
Larra convencido déla ruina total de sus esperanzas, 
de que era delirio esperar la regeneración de la patria 
por medio de la libertad, cuando el militarismo tan 
insolente y victoriosamente podía atropellarlo todo. 
En la original y fúnebre fantasía el Día de difuntos 
de 1836, en que describe la ciudad entera como un 
vasto cementerio cuyos edificios públicos son monu- 
mentos funerarios con inscripciones como éstas : 
« Aquí yace el trono, nació en el reinado de Isabel 
la Católica, murió en La Granja de un aire colado. » 
« Aquí yace la subordinación militar », y otras del 
mismo jaez, concluye diciendo que su corazón tam- 
bién « lleno no ha mucho de vida, de ilusiones, de 
deseos » es otro sepulcro cuyo letrero es : « Aquí 
yace la esperanza. » Esa fantasía es un poema, una 
admirable sátira lírica en prosa, como lo son La 



46 EL ROMANTICISMO EN ESPAÑA 

Nochebuena, las Exequias del conde de Campo- 
Alanje, Horas de Invierno y alguna otra. Un Larra 
más misántropo, más desesperado que nunca, se 
revela en ellas. 

Guando escribe las tristes líneas siguientes, home- 
naje al joven Campo-Alanje, con motivo de su 
muerte precoz en el campo de batalla, se siente que 
no hay en ellas ficción ni declamación, que son el 
grito sincero de su angustiado corazón deplorando 
su propia suerte tanto como la del amigo malo- 
grado : 

« ¿Qué le esperaba en esta sociedad? — Militar, 
no era insubordinado; á haberlo sido, las balas lo 
hubieran respetado. Hombre de talento, no era intri- 
gante. Liberal, no era vocinglero. Literato, no era 
pedante. Escritor, la razón y la imparcialidad presi- 
dían á sus escritos. ¿Qué papel podía haber hecho 
en tal caos y degradación? » — El hombre que á los 
veintiocho años en tales términos se expresa, si no 
miente, está ya como fatigado octogenario al borde 
del sepulcro, es ya presa designada para la muerte. 
Habíale tocado vivir en infausto momento de la his- 
toria de su patria ; pero el género de su talento y la 
naturaleza de su carácter lo empujaron también ha- 
cia la triste catástrofe final. 

Su natural sombrío, reservado, intratable á veces, 
fué empeorando con el tiempo. Mordaz, cortante en 
la conversación, se creaba fácilmente enemigos, y 
era demasiado orgulloso para desagraviar pronto á 
los que ofendía. No era tampoco feliz,, según parece, 



MARIANO JOSÉ DE LARRA 47 

en el hogar doméstico, por efecto sin dudaí de ese 
terrible mal humor, que allí dejaría correr sin tratar 
de dominarse. Hablando de los satíricos había for- 
mulado esta confesión : « Moliere era el hombre 
más triste de su siglo; entre nosotros difícilmente 
pudiéramos citar á Moratín como un modelo de ale- 
gría... y si nos fuera lícito nombrarnos siquiera al 
lado de tan altos modelos, confesaríamos ingenua- 
mente que sólo en momentos de tristeza nos es dado 
aspirar á divertir á los demás. » 

El éxito mismo de sus escritos, muy real, pero 
limitado, puede muy probablemente contarse entre 
las causas excitantes de la desazón constante de su 
espíritu; él se sentía lleno de ideas, capaz de grandes 
cosas, y lo crBía inferior á sus merecimientos, le do- 
lía verse reducido á improvisar artículos de perió- 
dico, de que se hablaba veinticuatro horas y se- 
olvidaban pronto, mientras que en otros géneros 
más brillantes y duraderos, que hubiera querido cul- 
tivar, otros mejor dotados le aventajaban. Honra 
por tanto á su nobleza el recordar que en nada, á 
pesar de eso, se alteró su imparcialidad, su genero^ 
sidad de crítico. No cayó, como Sainte-Beuve, por 
ejemplo, en el error de creerse humillado por la supe- 
rioridad que en poesía lograron sobre él Lamartine 
y Vigny, Hugo y Musset, de concederles siempre 
algo menos de lo que en justicia les correspondía y 
celebrar en cambio demasiado á otros inferiores. 
Larra, por el contrario, saludó, ya lo dije, con fervo- 
rosa simpatía la aparición en el teatro de dramas que 



48 EL ROMANTICISMO EN ESPAÑA 

por el mayor interés del argumento y el brillo de la 
versificación dejaban en la sombra á su Macías. El 
juicio sobre los Amanto de Teruel, escrito en Enero 
de 1837, es una de las últimas cosas que dio á luz, 
pues pocos días después había dejado de existir. En 
ese mismo período final buscó ocasión de mencionar 
y celebrar rivales como Vega y Bretón, encomiando 
expresamente la traducción felicísima que éste hizo 
de los Hijos de Eduardo, de Delavigne, así como la 
de Hernani por Ochoa. 

Esperó un instante ocupar su actividad tomando 
parte en las luchas de la política y acallar ó sofocar 
en el tumulto del Parlamento la inquietud de su es- 
píritu. Fué elegido diputado á Cortes por Ávila; 
pero el malhadado motín de La Granja le cerró igual- 
mente ese camino y las Cortes no se reunieron. Todo 
conjuraba contra él. En esa exquisita organización 
de artista, en ese talento crítico de primer orden, en 
ese satírico de tan escrutadora mirada, palpitaba un 
corazón de ardiente y extremada sensibilidad, un 
corazón de antemano preparado para sufrir más te- 
rriblemente que ninguno el día que de él hiciese presa 
alguna gran pasión. Y la pasión vino, tremenda, 
avasalladora, de la especie que él había descrito al 
justificar los furores de Diego Martilla, el amante 
famoso de Teruel, « para la cual no nay obstáculo, 
no hay mundo, no hay hombres, no hay más Dios 
en fin que ella misma ». La mujer que la inspiró 
quiso arrancarla ella misma del corazón del hombre 
que tanto la amaba ; no imaginaba quizás cuan hon- 



MARIANO JOSÉ DE LARRA 49 

das eran sus raíces, y al tirar de ellas bruscamente 
se llevó también la vida del infortunado poeta. 

La noticia del suicidio causó en Madrid extraor- 
dinaria sensación. En el curso de ese día 13 de 
Febrero de 1837 muchos le habían visto y hablado 
en diversos lugares, sin notar cambio alguno en su 
modo habitual de ser. Mesonero Romanos, que lo 
tuvo de visita en su casa, lo halló « más templado 
que de costumbre ». El Marqués de Molins celebró 
con él larga conferencia á propósito de una comedia 
que juntos habían empezado á escribir y que debía 
tener á Quevedo por protagonista. Esa tarde misma 
ocurrió la catástrofe. 

Los funerales, costeados por amigos y admirado- 
res, han dejado recuerdo imborrable en la historia 
de las letras españolas. La escena final en el cemen- 
terio, el acto de encerrar prematuramente en un ni- 
cho tanto talento y tanta juventud, que no podía 
menos de ser en todo caso profundamente conmove- 
dor, adquirió particular importancia con la aparición 
de Zorrilla, á la edad de diez y nueve años, recitando 
unos versos ante el féretro, con la voz melodiosa y 
el ritmo cantante que daban siempre tanto realce á 
todo lo que leía. 

Esa composición juvenil, desigual, sin orden y á 
veces sin sentido, no desmerece mucho al lado de 
otros versos líricos del autor en plena madurez, pues 
nunca en ese género rayó Zorrilla á grande altura. 
El poeta renegó de ella después y de su dramática 
entrada en la vida pública; pero será siempre coin- 



50 EL ROMANTICISMO EN ESPAÑA 

cidencia digna de memoria que junto á la tumba del 
gran iniciador y maestro del romanticismo en Es- 
paña, surgiese inesperado el más nacional de los 
poetas románticos españoles, aquél que, sin imitar 
directamente á Walter Scott ni parecérsele en nada, 
produjo leyendas en verso comparables á las del 
insigne bardo nacional de Escocia (1). 

(1) Hay 'ediciones de las obras de Larra publicadas en Es- 
paña, París y Venezuela. La de Madrid :-« Obras completas de 
Fígaro (Don Mariano José de Larra). En la imprenta de Yenes, 
1843 » (4 vols.) es la primera relativamente completa, y la de 
Baudry, París, s. a., reimpresa muchas veces, es su reproduc- 
ción exacta. Después debe citarse únicamente la siguiente: 

« Obras completas de Don Mariano José de Larra (Fígaro), 
ilustradas con grabados intercalados en el texto, por Don 
J. Luis Pellicer, Barcelona, Montaner y Simón, editores, 1886 » 
(1 voi. en 4.°). Reproduce sin adición alguna la biografía que 
llevan al frente las de Madrid y París y, fuera de los graba- 
dos, es idéntica en lo demás, sólo que, á partir de la página 
885, con el título Obras Inéditas, inserta : 1.° Cinco artículos 
en prosa : tres sobre otras tantas piezas dramáticas sin impor- 
tancia, una carta Á ios Redactores de « El Español », prohi- 
bida en su tiempo por la censura, y un fragmento de otra 
Carta de Fígaro á un Viajero inglés. 2.° Fragmentos (22 pági- 
nas) del Tratado de Sinónimos, que compuso Larra para su 
uso particular, y que seguramente no concluyó. 3.° Un Drama 
histórico original en cinco actos y en verso, El Conde Fernán 
González y la Exención de Castilla, que parece ensayo ju- 
venil, muy débilmente versificado. El nuevo editor no dice 
cómo obtuvo el manuscrito de este drama, ni suministra la 
menor noticia biográfica ó bibliográfica, que pueda guiarnos, 
tanto respecto del drama como de todo lo demás que ahora 
publica. 5 o y último. Veinticuatro composiciones sueltas, en 
verso, casi todas fechadas en e! año 1829, ninguna notable 
por su asunto ó por su ejecución, salvo, como dato biográ- 
fico, un romance : Al Exento. Sr. Duque de Frías pidiéndole 
ser padrino de su boda (Agosto de 1829), prosaico en extremo. 



II 

EL DUQUE DE RIVAS 



I 



El día primero de Enero de 1834 entraba en Es- 
paña, por la frontera del lado de Perpiñán, después 
de más de diez años de proscripción, un poeta y 
antiguo diputado á Cortes, llamado Ángel de Saave- 
dra, que pronto se llamaría el Duque de Rivas ; con- 
taba ya al volver á la patria cuarenta y tres años 
de edad y traía en su equipaje : un nuevo tomo 
de versos, que acababa de imprimirle Salva en París, 
y el manuscrito del Don Alvaro, melodrama en 
prosa á la manera de los que con tanto ruido se 
representaban entonces en los teatros de la capital 
de Francia. Por medio de ese volumen, y sobre todo 
de ese manuscrito, retocado, vuelto á escribir hasta 
quedar mitad en verso y mitad en prosa poco más ó 
menos, la renovación del arte literario en España, 



52 EL ROMANTICISMO EN ESPAÑA 

del arte dramático principalmente, que Martínez de 
la Rosa ensayó con timidez, que Larra continuó 
con moderación, iba á ser acometida con intrépida 
osadía. 

Don Ángel, hijo segundo de la casa andaluza de 
los duques de Rivas, nacido en Córdoba, en Marzo 
de 1791, no estaba, por de contado, al retornar á 
la patria en 1834, comenzando su carrera de poeta. 
No solamente era ya autor del. Moro Expósito, de los 
primeros Romances históricos que á éste acompa- 
ñaban en el tomo de París y de la redacción provi- 
sional en prosa del Don Á Ivaro, sino que tenía desde 
antes escritos y publicados muchísimos versos. 
En 1813 había dado á la estampa su primer tomo 
de poesías y compuesto en los diez años siguientes 
media docena de tragedias, algunas de ellas, Aliaiár, 
Blanca de Castilla, representadas y, conforme á uno 
de sus biógrafos (1), aplaudidas. Una segunda edi- 
ción de las poesías se empezó á imprimir en 1820. 
En 1822 fué aclamada con furor por toda España 
otra de sus tragedias, Lanuza, cual era de esperarse 
en aquel período de entusiasmo revolucionario, en 
que, al atacar á Felipe II, se vituperaba á Fernan- 
do VII, y se compadecía en el desventurado Justicia 
de Aragón á una víctima más del despotismo desen- 
frenado. 

Los sucesos de 1823 transportaron al poeta á es- 
cena más agitada y peligrosa que la del teatro. Era 

(1) El Duque de Rivas, por D. Manuel Cañete. Madrid, 1884 ; 
págs. 27 y 28. 



EL DUQUE DE RIVAS 53 

entonces diputado y secretario de las Cortes, y en 
ellas uno de los que provocaron sin miedo la guerra 
contra la Santa Alianza, es decir, contra toda la Eu- 
ropa continental ; de los que se sintieron capaces de 
hacer frente á los cien mil soldados que con el nom- 
bre de « hijos de San Luis » se aprestaban á pasar 
los Pirineos con el Duque de Angulema á la cabeza. 
Es verdad que aun hoy no se ve bien cómo hubie- 
ran podido evitarlo. Formaba parte Saavedra del 
grupo de exaltados que propusieron y arrastraron 
la mayoría á votar la suspensión del rey ; de los 
que resolvieron llevárselo en calidad de prisionero, 
á medida que iban cejando ante el ejército invasor, 
para encerrarse dentro de los muros de Cádiz. Fal- 
tándoles fuerza, prestigio y el apoyo del país, nece- 
sario para deponer el monarca é instaurar otra cosa 
en su lugar, se contentaron con humillarlo y exas- 
perarlo, aunque debían saber demasiado bien, mu- 
chos por experiencia propia, que en aquel rencoroso 
corazón jamás se había anidado el más leve, el más 
fugitivo sentimiento generoso. Cuando Cádiz capi- 
tuló por fin, se vio forzado Saavedra á huir, á emi- 
grar junto con la flor de la nación, mientras el rey, 
con esa mezcla particular de cinismo, inclemencia y 
ferocidad de que tantas muestras dio en 1814, inau- 
guraba nueva serie de persecuciones. Como cuantos 
votaron la suspensión, fué condenado á muerte, á la 
pérdida de sus bienes, y quedó privado de toda es- 
peranza de olvido ó de perdón en tanto que Fer- 
nando viviese. 



54 EL ROMANTICISMO EN ESPAÑA 

Pero la cruel sentencia, de cuyos efectos sólo un 
largo y penoso ostracismo podía librarlo, influyó al 
cabo, por inesperada dispensación de la fortuna, del 
modo más favorable en el desarrollo ulterior de su 
talento, abriéndole nuevos y luminosos horizontes. 
Cuanto había escrito antes del Moro Expósito y el Don 
Alvaro no pasaba de una respetable medianía, ni hay 
motivo para creer que hubiese nunca llegado muy 
lejos por ese camino. Todo ello, con muy rara ó 
ninguna excepción, puede omitirse al fijar su puesto 
en la literatura española, sin cometer injusticia ni 
inferirle gran daño, porque lo mejor de su reputa- 
ción, los timbres de su gloria, se cuentan desde que 
resolvió escribir la célebre novela en verso inspi- 
rada por la leyenda de los infantes de Lara. Lo ante- 
rior comenzó en el acto á palidecer, hasta casi bo- 
rrarse. Su aplaudido Lanuza no vale tanto como el 
Pelayo de Quintana, ni siquiera como La Viuda de 
Padilla de Martínez de la Rosa; sus otras tragedias 
distan inconmensurablemente de la Zoraida ó La 
Condesa de Castilla de Cienfuegos, obras todas del 
mismo género y la misma época. Los dos poemas 
én octavas reales, El Paso honroso y la Florinda, no 
son de cierto mejores que otros muy justamente ol- 
vidados como La Inocencia perdida ó el Deucalión, 
de Reinoso ó Torrepalma, y ninguno por supuesto 
llega á las octavas robustas de Las Naves de Cortés 
de Moratín el padre, cosa sin embargo no del otro 
mundo. De las poesías líricas no hay que hablar; 
Saavedra, poeta dramático y narrativo, nunca en 



EL DUQUE DE RIVAS 55 

ellas sobresalió, ninguna tiene el acento patético de 
la emoción verdadera, déla emoción profunda. 

Don Juan Valera, cuya opinión es siempre de 
atenderse en estas materias, aun en casos como el 
presente en que defiende evidentes paradojas, ha sos- 
tenido (1) que no se operó transformación alguna en 
el talento del poeta durante la emigración, como he 
indicado, y como opinan sus admiradores más apa- 
sionados, Pastor Díaz, Cueto, el mismo Cañete, que 
nunca desperdicia coyuntura de enaltecerlo y endio- 
sarlo. Explica Valera el cambio innegable que se 
observa, tanto en la naturaleza de los temas como 
en los metros preferidos y en la variedad del estilo, 
como simple desenvolvimiento natural de sus facul- 
tades ó, para usar sus términos, « del espíritu del 
poeta ». Es positivo, sin embargo, que el cambio apa- 
reció ante el público de súbito, sin preparación, en 
un mismo año, y que el Moro Expósito, algunos 
Romances históricos y el Don Alvaro se dieron á 
luz cuando el autor se encontraba bastante más allá 
del mezzo del cammin di nostra vita. 

Mucho temo que no hayan convencido á nadie las 
razones con que acompaña Valera su opinión, ñique 
sean de aceptarse los elogios que prodiga á las poe- 
sías amatorias de la juventud del Duque, y mucho 
menos la extraña preferencia que lo mueve á califi- 
car El Paso honroso como « la mejor leyenda, poema 
ó narración del Duque después del Moro Expósito y 

(1) El Ateneo, Revista científica, literaria y artística. Madrid. 
Cuadernos I á V. (Diciembre á Febrero, 1889.) 



56 EL ROMANTICISMO EN ESPAÑA 

de los Romanees ». El Paso honroso, poema en 
cuatro cantos de unas setenta octavas reales cada 
uno, es la obra imperfecta de un joven aprovechado, 
que dócilmente sigue el camino que sus primeros 
maestros le mostraran ; pero se cae de las manos del 
lector menos prevenido en contra, al tropezar desde 
el principio con esta invocación, tan vulgar, tan 
trillada como débilmente escrita : 

Dios de Amatunte, numen poderoso, 
Que en la diestra enojada del Tonante 
Logras helar el rayo riguroso 
Que dio castigo á Encelado arrogante : 
Pues inspiraste el hecho valeroso 
Que hoy el destino quiere que yo cante, 
Mi pecho inflama, dame aliento y brío, 
Y.*al tiempo venza el rudo canto mío. 

El « Encelado arrogante » es reminiscencia de la 
oda de Herrera á Don Juan de Austria, como el pri- 
mer verso de la octava anterior : Canto el amor, la 
noble gentileza,., trae á la memoria el principio de 
La Araucana. Otras de la misma laya en el resto de 
la obra no hacen más plausible la pretensión de 
poner tan alto lo que en buena parte es trabajo 
simple de taracea. 



EL DUQUE DE R1VAS 57 



II 



El día mismo, 1.° de Octubre de 1823, en que recu- 
peraba Fernando VII la autoridad absoluta, pasó 
Saavedra por mar de Cádiz á Gibraltar; de ahí luego 
á Inglaterra, único lugar entonces de Europa en que 
era lícito á las víctimas del despotismo residir tran- 
quilamente; mas el clima inglés no le era favorable, 
y como el territorio francés estaba vedado á emi- 
grados españoles, volvió á Gibraltar. De aquí salió 
después, con intención de fijarse en Roma, provisto 
de un pasaporte que consiguió su familia del Nuncio 
en Madrid y que éste expidió añadiéndole estas 
palabras : « Dado por orden expresa de S. S. » Al 
desembarcar en Liorna supo con vivo desagrado que 
Su Santidad había cambiado de parecer y rehusaba 
la autorización de residir en sus Estados. Como el 
Gran Duque de Toscana tampoco quería liberales 
españoles en sus dominios, logró á duras penas, 
gracias á la intervención del Consulado inglés, que 
siquiera le permitiesen esperar unos cuantos días, 
hasta que estuviera listo un bergantín para llevarlo 
á la isla de Malta. Así perseguía y acosaba á sus 
víctimas por todo el continente la diplomacia de 
Fernando VII, y si esto se hacía con quien, como 
Saavedra, no había en suma representado sino un 
papel secundario en la escena política española, 
calcúlese lo que se habría hecho si el gobierno 



58 EL ROMANTICISMO EN ESPAÑA 

hubiese podido plantar su garra sobre Galiano ó 
Istúriz, sobre Arguelles ó San Miguel. A Malta, pues, 
dirigió su rumbo, llevado por una serie de coinci- 
dencias, como si una fuerza invisible y protectora lo 
impeliese, para por ventura encontrar allí, además 
de la anhelada tranquilidad, la amistad del hidalgo 
inglés que iba tan beneficiosamente á influir en su 
vida y en su futura gloria literaria. 

John Hookham Frere, poeta, crítico, lingüista 
consumado, traductor, sin rival en lengua inglesa, 
de las comedias de Aristófanes, había sido dos veces 
embajador en España y conocía muy bien la litera- 
tura española, la que entonces apenas se estudiaba 
en España misma, pues había traducido pedazos del 
Poema del Cid y daba tanta importancia á esa Edad 
Media olvidada como á los tesoros del siglo xvn. 
En 1825, fecha de la llegada de Saavedra, vivía 
retirado en Malta á causa de la salud de su esposa. 
Acogió en el acto con brazos abiertos al poeta emi- 
grado, y atraído éste, tanto por la suavidad del cli- 
ma como por la compañía de tan culto extranjero, 
decidió igualmente fijar allí por tiempo indeterminado 
su residencia. 

Los consejos de Frere comenzaron muy pronto á 
alejarlo poco á poco de las prácticas literarias apren- 
didas en su juventud, del estilo, los metros, las 
ideas y la tendencia general del arte en España 
durante el siglo xvín y lo que el xix llevaba de 
corrido. Por el Marqués de Valmar, hermano políti- 
co, amigo y constante admirador de Saavedra, sabe- 



EL DUQUE DE RIVAS 59 

mos cuan grande fué la sorpresa que le causó escuchar 
de los labios de aquel antiguo diplomático que « los 
cantares rudos y espontáneos del pueblo, los cuentos 
■y las tradiciones que en forma inculta y desaliñada 
había oído en Córdoba, contenían un fondo de 
poesía más sincera y seductora » (1) que todos los 
modelos literarios del siglo xvm. Poseía Frere una 
rica biblioteca, había recogido en España muchos 
libros raros y curiosos, y puso todo á disposición 
del emigrado. De esta manera pudo nuestro poeta 
leer y estudiar por la primera vez muchas piezas 
para él desconocidas del antiguo teatro español, y le 
fué dado beber en fuentes, si no todavía de las más 
puras y recónditas, copiosas y fortificantes, las que 
formaron luego el gran raudal de la literatura 
nacional en el siglo xvn. 

El cambio en Saavedra se operó lentamente, ya 
lo indiqué; el neófito no era muy joven y las prime- 
ras impresiones habían sido largas y profundas. 
Todavía antes de ponerse á escribir el Moro Expó- 
sito , que no empezó antes de 1829, perdió tiempo 
fabricando una insignificante tragedia, Arias Gon- 
zalo, y una débil comedia, Tanto vales cuanto tienes. 
Críticos hay que descubren ya signos de la evolución 
del poeta clásico hacia formas más brillantes en la 
celebrada poesía Al Faro de Malta, escrita en 1828, 
tres años después de su llegada á la isla y de la 

(1) Discurso necrológico literario en elogio del Duque de 
Rivas. Memorias de la Academia Española. Año I. Tomo II, 
pág. 498 y sigs. 



60 EL ROMANTICISMO EN ESPAÑA 

tempestad á que en ella se alude. Confieso no haber 
llegado nunca á admirar mucho esta composición, á 
mi modo de ver demasiado encomiada por la opinión 
contemporánea. El metro es el mismo de la oda 
clásica, Á la Virgen de Lendinara, pero sin su 
sobriedad y sin la admirable precisión de lenguaje 
de don Leandro Moratín. La imagen principal se 
halla en esta estrofa. 

Tú, con lengua de fuego, aquí está, dices, 
Sin voz hablando al mísero piloto, 
Que como á numen bienhechor te adora 
Y en ti los ojos clava. 

Además de lo rebuscado de la expresión « sin voz 
hablando » , no pudo el símil tener nunca novedad ; 
es de los que á cualquiera le ocurren, pues los faros 
en todas partes se elevan para indicar al navegante 
dónde está el puerto. También hacer á los marineros 
del bergantín Maretino gritar en coro, después de 
unos cuantos días de borrasca : Malta! Malta! como 
gritaron Italiam! Italiam! los compañeros de 
Eneas, ó como saludaron el Ponto los soldados de 
Jenofonte, me parece traer á colación sin gran nece- 
sidad la más manoseada de las citas clásicas cor- 
rientes. 

Comenzado en Malta el Moro Expósito, no fué allí 
mismo terminado ; al año siguiente — Marzo de 
1830 — dejó el autor la isla y desembarcó en Fran- 
cia. Esta vez tampoco le permitieron establecerse en 
París, detuviéronlo en Marsella y luego le designa- 



EL DUQUE DE RIVAS 61 

ron á Orleáns como punto forzoso de residencia. 
Verificóse por fortuna al poco tiempo la caída de los 
Borbones y pudo entonces ir á la capital, reunirse 
con sus antiguos íntimos Alcalá Galiano é Istúriz, y 
esperar donde mejor se encontrase la ansiada hora 
de volver á la patria. 

Francia entonces, en plena revolución romántica, 
podía ofrecerle lo que precisamente le faltaba para 
completar la evolución de su gusto y sus tenden- 
cias, tan oportunamente en Malta comenzada, para 
realzar convivo colorido lo que de septentrional en 
demasía pudieran quizás llevar sus nuevos ideales. 
El romanticismo triunfaba en París, y entre los ído- 
los de la nueva fe literaria se oía enaltecer á Calderón, 
los bardos anónimos del Romancero y los poetas 
franceses del siglo xvi, al mismo tiempo que adora- 
ban á Shakespeare, Byron, Scott, junto con Goethe, 
Schiller y los románticos alemanes. Desde el año 
de 1822 había publicado en francés Abel Hugo una 
colección de Romanees históricos, y en las deslum- 
brantes Orientales de su hermano Víctor apareció, 
aunque disfrazado bajo el nombre de « morisco », 
pero bellamente parafraseado, uno de los más anti- 
guos é interesantes romances del ciclo de los Infan- 
tes de Lara. En el prólogo del Cromwell, manifiesto 
de guerra de la gran campaña, se citaban á Lope de 
Vega y Guillen de Castro, y desde 1828 Sainte-Beuve, 
siguiendo á los Schlégel, preconizaba la brillante y 
fecunda fantasía de los dramas de Calderón (1). Ni 
(1) Portraits littéraires, nouv. édit., 1862; yol. I, pág. 45. 

4 



62 EL ROMANTICISMO EN ESPAÑA 

el Romancero ni el mismo Calderón eran en realidad 
bien estudiados y entendidos ; mas oirlos encomiar 
tanto fuera de la patria, debió sin duda servir á 
Saavedra de grato y poderoso estímulo para acabar 
de sacudir rancios preceptos de otra época y conti- 
nuar con firme paso la senda ya emprendida. 

El Moro Expósito, « leyenda en doce romances », 
como en la primera edición se le llama, lleva delante 
una dedicatoria en inglés ToThe Right Hon. John 
H. Frere, de la que es lícito deducir que fué este 
hábil consejero quien también le sugirió la idea de 
aprovechar U historia de los Infantes de Lara, No 
pudo prestarle el distinguido extranjero servicio 
mayor, porque, fuera de la vida del Cid, tal como 
se cuenta en las canciones de gesta, las crónicas y 
los romances populares, no hay otro asunto en toda 
la Edad Media española tan interesante, tan caracte- 
rístico, tan susceptible de desarrollo, hasta envolver 
el cuadro completo de un período, — un siglo en- 
tero, — de la larga y dramática contienda entre 
mahometanos y castellanos. 

La lastima fué que no hubiese hallado Saavedra 
en la biblioteca de Frere, ni buscado después en 
Francia al continuar y acabar su obra, algo más que 
dos comedias, una de Hurtado Velarde, otra de Matos 
Fragoso, ambas inferiorísimas, y algunos romances 
del mismo tiempo, para conocer los pormenores de 
la leyenda. También que no apelase, para justificar 
el segundo título del poema, Córdoba y Burgos en 
el siglo X, y trazar el fondo histórico de su cuadro, 



EL DUQUE DE RIVAS 63 

más que á las historias de Ambrosio de Morales y 
del Padre Mariana por una parte, y por la otra al 
libro de Conde, hoy tan desacreditado. De ahí el 
ce gran desconocimiento de la antigua Edad Media 
que revela », según el señor Menéndez y Pidal, y de 
ahí que la gran escena de Gonzalo Gustios ante las 
cabezas cortadas de sus siete hijos, tratada por Saa- 
vedra sobriamente y con innegable talento, nos pa- 
rezca débil y demasiado escueta comparada con la 
grandeza épica del romance Paítese el moro Ali- 
cante, descubierto años después ; sobre todo con la 
habilísima restitución de Menéndez y Pidal, quien 
con ligeras y muy defendibles alteraciones ha recons- 
truido sobre los textos manuscritos y más antiguos 
de la Crónica General un sublime fragmento del 
Cantar primitivo. 

Sería empero injusticia notoria insistir en este 
punto ; el poema debe juzgarse conforme á sus pro- 
pios méritos, no olvidando la época en que se es- 
cribió. Designar el género á que pertenece y las 
fuentes de donde se deriva no es cosa difícil ni com- 
plicada, aunque muchos críticos no estén entera- 
mente de acuerdo entre sí ; en especial Cañete se 
devana los sesos para poner nombre á la criatura, 
diciéndonos que se aleja « no x sólo de las grandes 
epopeyas de Oriente, con las que no tiene conexión 
alguna, sino también de la homérica ó virgiliana » 
y agregando con curiosa naweté que « tampoco va 
en busca de la originalidad por el camino del Fausto 
ni de los imitadores de Goethe ». Ello de sobra se 



64 EL ROMANTICISMO EN ESPAÑA 

comprende y no se equivoca el panegirista ; ni Vyasa 
ni Homero ni el gran Pagano alemán tienen algo que 
ver en este caso. Saavedra concibió su plan en Malta, 
esto es, en tierra inglesa, aconsejado por un inglés, 
bajo la influencia de las obras de Byron y Walter 
Scott, entonces en el esplendor de su novedad, que 
estudió y saboreó allí por vez primera, en compañía 
de maestro tan entendido como Frere. Por todo lo 
cual el Moro Expósito, aunque enteramente nacional 
en su argumento y en su forma esencialmente espa- 
ñola, pertenece al mismo género que los cuentos y 
novelas en verso, tan de moda en aquellos mismos 
días, el Corsario ó Marmion, la Dama del Lago ó el 
Sitio de Corinto. El interés del argumento, el tono 
general, los rasgos puramente líricos salpicados en 
medio de la narración, la diversidad del estilo, que 
hábilmente se acomoda á escenas humildes de la vida 
como á trágicos episodios, contribuyen aquí como 
allí á un efecto poético de singular belleza. 

Leyenda de tan sombrío y dramático carácter como 
la de los Infantes de Salas prestábase como ninguna 
á la variedad y rico colorido de la novela en verso, 
forma susceptible del más ameno desarrollo, pues 
aparte del interés natural de la narración abre campo 
á digresiones pintorescas, á trozos líricos inspirados 
por recuerdos ó emociones personales, y á esas bri- 
llantes pinceladas que sólo en verso adquieren toda 
su fuerza y profunda significación, que penetran 
hasta el corazón descubriendo al mismo tiempo lu- 
minosos horizontes. En el talento de Saavedra la 



EL DUQUE DE RIVAS 65 

facultad « maestra », para usar la expresión de 
Taine, el elemento principal y característico, es la 
riqueza exuberante de la imaginación ; el lenguaje, 
el estilo, la versificación, la armonía pueden decaer, 
y en efecto flaquean demasiado á menudo; pero su 
inventiva no se agota fácilmente. He ahí por qué sin 
más auxilio real para los detalles de su plan que dos 
comedias de dos poetas de tercer orden, emprende 
confiadamente la tarea, da rienda suelta ala fantasía, 
agrega rasgos nuevos, crea personajes que no existen 
en las diversas redacciones de la leyenda y despliega 
en todo su vigor la pujanza de su ingenio. Asi- 
mismo se impone y brilla en el Don Alvaro y otras 
de sus producciones. 

Si á tan poderosa y fecunda imaginación hubiese 
acompañado con fuerza igual el don de la expresión 
poética, sería el Duque de Rivas una de las más 
grandes figuras de la literatura castellana. El desas- 
tre, la caída después que la fantasía en algunos 
momentos parece á punto de arrebatarlo y llevarlo 
hasta las nubes, es del más penoso efecto para el 
lector, que con él se siente precipitar en plena prosa 
rastrera y desmayada. Es tal el asombro ante ese 
desequilibrio, esa oposición entre lo muy bueno y lo 
muy malo en una misma composición, en una misma 
página, que no puede uno menos de preguntarse si 
el poeta no ha notado el contraste, ó si no ha sabido 
evitarlo. 

Un ejemplo, entre muchos. Hay en los Romances 
históricos una sección titulada « Recuerdos de un 



66 EL ROMANTICISMO EN ESPAÑA 

grande hombre », en que cuenta episodios de la vida 
de Colón en España hasta el momento del descubri- 
miento del Nuevo Mundo. Uno de ellos relata la 
escena en que, según el narrador, se desprende de 
sus joyas la reina Isabel para costear la empresa. 
AI hacerlo pronuncia ella estas palabras : 

Vuela. En naves castellanas 
Mares nunca vistos rompe, 
Arrostra las tempestades, 
Tu estrella á los vientos dome. 

Lleva á ese ignorado mundo 
Los castellanos pendones, 
Con la santa fe de Cristo, 
Con la gloria de mi nombre. 

El cielo tu rumbo guíe : 
Y cuando glorioso tornes, 
Oh Almirante de las Indias, 
Duque y grande de mi corte, 

Tu hazaña bendiga el cielo, 
Tu arrojo al infierno asombre, 
Tu gloria deslumbre al mundo, 
Abarque tu fama el orbe. 

Hasta aquí los versos son buenos, el estilo tiene 
algo de Calderón, los sentimientos tan precisos como 
noblemente expresados. La continuación nos lleva 
en seguida de tropezón en tropezón al verso final, 
tristemente humilde y desairado : 

En tanto que así decía 
Reina tan ilustre, sobre 
Su cabeza colocaba 
Con altas aclamaciones 

Un ángel, corona eterna 
De luceros y de soles, 



EL DUQUE DE RIVAS 67 

Que mientras más siglos pasan 
Adquieren más resplandores. 

Con ella la admira el mundo 
Y adoran los españoles, 
Guando absortos la recuerdan 
En tan importante noche. 



El Moro Expósito es pues, como decía, una leyenda 
novelesca, una novela en verso del género de las 
de Scott, pero de mucho mayor extensión : el doble 
y aun más que Marmion ó la Dama del Lago. El 
verso también es más largo ; no tiene el movimiento 
ni la ligereza del octosílabo inglés aconsonantado, 
que en Marmion admirablemente se adapta al tono 
rápido y marcial, dejando en el lector una impre- 
sión particular, como la del que viaja en veloz ca- 
rrera sobre poderoso corcel, para usar una expresión 
del mismo Scott. El endecasílabo asonantado esco- 
gido por Saavedra en nada lo ayuda á salir airoso 
de la empresa ; la facilidad de versificar que lo dis- 
tingue, su ninguna afición á limar y pulir, la exce- 
siva llaneza de su dicción, eran un peligro más, un 
motivo frecuente de caer en el prosaísmo ó la 
inarmonía. 

El héroe expósito de Saavedra es el Mudarra de 
las gestas y los romances, el hijo de la renegada, 
es decir, de Gonzalo Gustios, el padre de los siete 
Infantes, y la hermana compasiva del hagib Alman- 
zor que va á consolarlo en su prisión. El poeta mo- 
derno lo transforma al tomarlo por protagonista 
de su obra romántica ; no es ya, como observa 



68 EL ROMANTICISMO EN ESPAÑA 

Menéndez Pidal, aquel mozo corpulento y atolon- 
drado dispuesto siempre á hendir el cráneo del que 
ose echarle en cara su bastardía. El poema empieza 
cuando tiene Mudarra ya veinte años de edad, en los 
momentos mismos en que se le va á revelar quiénes 
fueron sus padres y el deber terrible que la suerte 
le impone de vengar, matando á Ruy Velázquez, 
la emboscada traidora en que sucumbieron los 
siete Infantes y la persecución inicua de que es 
víctima todavía Gonzalo Gustios. Mudarra es ahora 
un joven melancólico, de alnla blanda, llena de 
virtudes : 

El cielo afable engrandeció su mente 
Con alto ingenio, concedió á su alma 
Virtudes y dulzura, y á su pecho 
El germen de las ínclitas hazañas. 

Si con ansia de gloria late altivo 
Su corazón, si ilustres esperanzas 
Se atreve á concebir, y noble gozo 
Su hermosa frente y sus mejillas baña, 

De pronto el azaroso pensamiento 
De que al crimen tal vez, ó á la desgracia 
bebe el vivir, sus ilusiones borra, 
Nubla sus ojos y su faz espanta. 

Son sin duda los rasgos y matices de una figura 
romántica moderna; pero una vez resuelto á mar- 
chará Castilla en busca de su poderoso enemigo, 
Mudarra no vacila, como Hamlet, ni perdona, como 
Hernani; revela sólo momentánea flaqueza en una 
frase de la carta que, antes de emprender el viaje 
terrible, dirige á Kerima, la doncella mora objeto de 



EL DUQUE DE R1VAS 69 

su amor, rompiendo su compromiso, porque ha te- 
nido la desgracia de matar, sin reconocerlo, áGiafar, 
padre de la joven, y porque la misión vengadora 
que lo aleja de Córdoba no permite ya en su pecho 
ninguna otra especie de sentimiento. En la carta se 
pregunta desolado : 

¿Por qué aún no ignoro 
La insigne sangre que en mi pecho abrigo ? 

pero va derecho sin más lamentos adonde el deber 
lo llama. 

Giafar y Kerima son personajes creados por Saa- 
vedra, lo mismo que Zaide, Ñuño y otros. Ñuño, el 
Muño Salido de la gesta, « amo y padrino » de los 
Infantes, no muere junto con ellos, es ahora hasta 
el fin compañero del padre ciego y desvalido. Kerima, 
hermosa y delicada figura, con vivo encanto dibu- 
jada en los dos primeros cantos ó romances del 
poema, que son acaso los mejores, los más originales 
y mejor escritos, se halla presente bajo un disfraz al 
caer muerto Ruy Velázquez en el duelo final y que- 
dar Mudarra gravemente herido. Inmediatamente, 
con extraña precipitación, termina el poema, pues 
concertado el bautismo y las bodas de ambos, en el 
instante mismo de consumarse la ceremonia aparta 
Kerima con horror los ojos, rechaza la mano de es- 
poso que Mudarra le tiende y exclama : 

No... jamás!... Está manchada 
Con sangre de mi padre... 
Yo me consagro á Dios... Cristo es mi esposo. 



70 EL ROMANTICISMO EN ESPAÑA 

Así, bruscamente, concluye el Moro Expósito. No 
es decir que la peripecia final esté en desacuerdo 
con el carácter de la joven mora, con su puro y ar- 
diente corazón; pero creo ver en el romance último 
señales inequívocas de precipitación, como si se hu- 
biese compuesto demasiado aprisa, aguijado el autor 
por vehemente deseo de poner término á su larga 
obra. Tal vez esto sea lo que ha movido á muchos, 
de Enrique Gil acá, á calificar de poco preparado el 
desenlace. Me parece que no se espera tan pronta, ni 
tan violenta, ni tan breve la escena final. 



III 



Pocos meses después de la vuelta de Saavedra á 
su patria, en Enero de 1834, falleció sin sucesión 
directa su hermano mayor y heredó en seguida el 
título de Duque de Rivas, bajo el cual fué desde 
entonces conocido generalmente. Ese duelo de fami- 
lia, para él muy penoso, pues habían sido ambos 
hermanos muy unidos y juntos habían tomado parte 
como valientes en la guerra contra Napoleón, re- 
tardó sin duda la continuación de sus trabajos lite- 
rarios; hasta el año siguiente no tuvo listo para ser 
representado el drama Don Alvaro ó La fuerza del 
sino. Estrenóse por fin en Madrid el 22 de Marzo de 
1835. Recibido al principio con estrañeza, pareció el 

ito dudoso, pero la resistencia vigorosa del pú- 



EL DUQUE DE RIVAS 71 

blico, nos dice Hartzenbusch (1), fué « después debi- 
litada y por último desvanecida ». 

Con frecuencia se ha repetido que Alcalá Galiano 
lo había en París traducido al francés, con objeto de 
hacerlo allí representar primero. No debió ello haber 
pasado de proyecto, á lo más en parte realizado; 
pero es perfectamente cierto que el Duque, una vez 
en Madrid, corrigió y retocó el manuscrito traído de 
Francia, «hizo en él notables variaciones y versificó 
en quince días » (2) sus principales escenas, pues 
estaba todo escrito en prosa, como ya he dicho; en 
este punto la afirmación de Pastor Díaz es decisiva, 
porque para la biografía que compuso del Duque en 
1842 tuvo datos, noticias y documentos por este 
mismo suministrados, y el actual poseedor del título, 
coleccionador de la tercera edición de las Obras com- 
pletas de su padre, la considera como « una especie 
de autobiografía ». Es lástima que no exista el ma- 
nuscrito de la primera versión en prosa; nadie parece 
conocerlo; su lectura -bastaría para decidir sin más 
discusión si tomó ó no tomó realmente Rivas de la 
novelita de Mérimée, Las ánimas del Purgatorio, dos 
grandes escenas del acto último del Don Alvaro, que 
ponen término brillantemente al drama y en esencia 
son idénticas al final de la obra del escritor francés. 

(1) Prólogo á las Obras Escogidas de Don Antonio García 
Gutiérrez, Madrid, 1866. 

(2) Vida del autor. En las tres ediciones de las Obras Com- 
pletas del Duque de Rivas. Madrid, 1854-1855. — Barcelona, 
1885. — Madrid (Colección de Escritores Castellanos). 1894 
y siguientes (todavía publicándose). 



72 EL ROMANTICISMO EN ESPAÑA 

Cañete, olvidándose de las notables alteraciones que 
por informe del Duque mismo se saben hechas al 
prepararlo definitivamente para la escena, proclama 
triuníalmente que, aunque el Don Alvaro se haya 
representado un año después de publicada la novela, 
no pudo haber imitación por parte del dramaturgo, 
pues tenía éste escrita su obra desde mucho antes; lo 
cual deja tan vigente como estaba la dificultad del 
problema. Cueto, el hermano político del Duque, en 
el discurso necrológico leído en la sesión consagrada 
por la Academia Española « para honrar la memoria 
del eminente poeta », se muestra convencido de que 
la novela sirvió de base al desenlace del drama : 
Mérimée, á quien consultó directamente en 1866, le 
respondió que la escena del desafío del fraile con el 
hermano de la mujer seducida era un hecho real, 
que tuvo lugar en París, en el cercado de la Cartuja, 
donde existe hoy el jardín del Luxemburgo y que 
lo había encontrado en papeles viejos. Valera, por 
último, ha asegurado, mucho después, que Mérimée 
conoció el manuscrito del drama antes de escribir su 
novela, lo cual alegado así, sin otra prueba, á des- 
pecho de la declaración directa de Mérimée, nada 
tiene de convincente (1). El problema, pues, perma- 

(1) Tanto menos convincente cuanto que el Sr. Valera no 
aduce más prueba que el haberlo oído decir repetidas veces 
sin advertir cómo ni dónde, y agregando sólo, en otro lugar, 
que creía recordar habérselo oído al mismo Duque y á Galiano. 
Valera, sin embargo, declara que después ele su vuelta, y con 
algún tiempo ya de publicada la nouvelle de Mérimée, rehizo 
el Duque en Sevilla su drama, le volvió al castellano y le puso 



EL DUQUE DE RIVAS 73 

nece sin solución, pero todas las apariencias militan 
en contra del dramaturgo y en favor del novelista, 
No es punto por de contado de suma importancia; 
el desenlace del Don Alvaro no es contrario á lo que 
la lógica y la poesía reclamaban de las premisas del 
argumento, y si tomó el poeta la escena de Las 
ánimas del Purgatorio, como es probable, al apro- 
vecharla y traducirla tan bien no hizo nada que no 
hayan hecho muchos otros en casos parecidos. 

Hay semejanza curiosa entre el punto de partida 
del argumento del Moro Expósito, en cuanto versa 
sobre los amores de Mudarra y de Kerima, y el acto 
primero del Don Alvaro. Mudarra mata sin saberlo 
á Giafar, padre de su amada, como mata Don Alvaro 
sin quererlo y por mero accidente al padre de doña 
Leonor de Vargas, y ese suceso casual impide el 
matrimonio del moro, como desbarata las esperanzas 
del misterioso indiano. Kerima toma el velo de es- 
posa de Cristo, como se encierra Leonor en la ermita 
del convento de los Ángeles. Ambas obras fueron 
escritas hacia la misma época, pero las coincidencias 
señaladas pueden muy bien ser puramente casuales. 

en verso en parte. Es evidente, pues, que la cuestión no ha 
dado un paso y que Valera nada nuevo ni importante trae 
para resolverla. Debe además ser error suyo decir que volvió 
el Duque su drama al castellano hallándose en Sevilla, 
cuando todos concuerdan en que fué escrito en prosa f caste- 
lana en Francia y que Galiano lo tradujo al francés, ó lo em- 
pezó á traducir. Es de suponer que el Duque conservaría 
siempre el original castellano. (Véase El Ateneo, ut antea. 
Madrid, Febrero 1889.) 

5 



74 EL ROMANTICISMO EN ESPAÑA 

Predomina en Don Alvaro la influencia de ideas 
y formas francesas; es del principio al fin una obra 
romántica, y si hubiese quedado toda en prosa pa- 
recería hermana carnal de las de Ducange y otros 
proveedores de los teatros situados en lo que en el 
París de esa época llamaban el « boulevard del cri- 
men » ; pero la variada versificación, el sabor calde- 
roniano y el lirismo de algunos trozos le imprimen 
más elevado carácter y contribuyeron á salvarlo del 
descrédito en que otras piezas más aplaudidas su- 
cumbieron. No poco sin duda á ello contribuirían la 
gracia y viveza de las escenas populares con que co- 
mienzan cuatro de sus jornadas. 

Don Alvaro es un indiano rico, valiente, miste- 
rioso como los héroes de Byron, que reside en Se- 
villa, sin que se sepa de dónde ha venido ni adonde 
va; el autor mantiene de propósito ignorados su 
nombre y su origen ; alguna que otra alusión embo- 
zada apenas ayuda á descifrar el enigma, hasta que 
en las últimas escenas sabemos que es hijo de « aquel 
virrey fementido » que, durante la guerra de Sucesión 
en España, quiso coronarse en el Perú como esposo de 
la heredera de los Incas, pero que, abandonado por 
la fortuna, vivía en una cárcel de Lima. El enigma 
queda, pues, resuelto al fin, mas ya sin objeto, porque 
cuando el público lo sabe faltan sólo unos pocos 
minutos para que, á la vista del espectador, se pre- 
cipite el héroe desde lo alto de un risco. Ya el pú- 
blico entonces no tiene interés en conocer el origen 
ni los antecedentes del personaje, nada han influido 



EL DUQUE DE RIVAS 75 

en el desarrollo de la acción y carecen de todo valor 
histórico, porque la fantástica genealogía es parto de 
la rica imaginación del Duque, y sería tarea inútil 
recorrer en busca del supuesto padre de Don Alvaro 
la lista de virreyes del Perú en el Diccionario Geo- 
gráfico -histórico del coronel Alcedo. 

La exposición es muy hábil, muy feliz. Animada 
conversación entre los parroquianos de un aguadu- 
cho, situado á la entrada del puente de barcas de 
Sevilla á Triana, nos entera de las relaciones amo- 
rosas entre Don Alvaro y Doña Leonor de Vargas, de 
la oposición del Marqués, padre de ésta, y de las 
razones muy sensatas en que se funda. Por allí 
mismo cruza lentamente la escena, en dirección al 
puente, Don Alvaro vestido de camino, y se habla de 
un negro, criado de Don Alvaro, que poco antes ha 
pasado conduciendo tres caballos enjaezados, por lo 
que fácilmente adivinan los presentes el proyecto de 
robar á la novia, proyecto que un canónigo, amigo 
del Marqués, se encarga de ir á revelar. Es cuanto 
se necesita para comprender la acción que va rápi- 
damente á desenvolverse. 

Sorprendido Don Alvaro en el acto de consumar 
el rapto, amenaza con una pistola á los criados del 
Marqués, pero se inclina humildemente ante el padre 
de su novia, y al arrojar lejos de sí el arma que 
tiene en la mano, parte la bala y cae el anciano 
mortalmente herido. Del curso inesperado de esa 
bala perdida depende el resto del drama. 

En la lucha y confusión que sucede á la muerte 



76 EL ROMANTICISMO EN ESPAÑA 

del Marqués, Don Alvaro y Leonor se encuentran 
separados, cada uno cree muerto al otro, y no volve- 
rán á verse hasta la catástrofe final. Leonor se retira 
para siempre á vivir en una « medio gruta medio 
ermita », vestida del sayal de San Francisco. Don 
Alvaro se va á pelear en Italia, bajo un nombre su- 
puesto, contra los alemanes ; ahi lo descubre el her- 
mano mayor de Leonor, que ansioso lo buscaba por 
todas partes; se baten y lo mata. Horrorizado Don 
Alvaro vuelve á España y profesa como hermano de 
la orden de San Francisco, en el mismo convento de 
los Ángeles, próximo al cual se halla la ermita en 
que recluida vive Leonor. 

Mientras tanto, Don Alfonso de Vargas, segundo 
hijo del Marqués, que vuelve del Perú, donde estuvo 
creyendo ir tras él, corre á provocarlo en su celda 
misma del convento y, para forzarlo al duelo, le da 
una bofetada, como en la novela de Mérimée. Don 
Alvaro, exasperado por la afrenta y por el odio 
inextinguible que el joven le revela, acepta el desafío 
y lo hiere de muerte. Para salvar el alma del mori- 
bundo, que implora confesión, golpea Don Alvaro la 
puerta de la ermita pidiendo auxilio al santo peni- 
tente, y estupefacto se encuentra en presencia de lo 
que le parece el espectro de Leonor ; Don Alfonso 
reconoce á su hermana, piensa que estaba allí con 
su seductor, hace un esfuerzo y le asesta una puña- 
lada exclamando : Muero vengado. Don Alvaro, fre- 
nético, corre á la cumbre de un risco al fondo de la 
escena y « con sonrisa diabólica, todo convulso, dice : 



EL DUQUE DE RIVAS 77 

Infierno y abre tu boca y trágame. Húndase el cielo, 
perezca la raza humana. Exterminio, destrucción. . . » 
y se precipita desde lo alto, mientras el padre guar- 
dián y los frailes pronuncian aterrados la frase final: 
Misericordia, Señor, misericordia ! 

No es de sorprender la « resistencia vigorosa » 
que, según Hartzenbusch, opuso en los primeros 
días el público ante tal despliegue de imaginación 
violenta y convulsiva. Era ir en un solo salto á incon- 
mensurable distancia de la Conjuración de Venecia 
y el Hacías. Necesitábase más larga preparación para 
sentarse ante aquel nuevo banquete y gustar de 
manjares tan fuertemente condimentados. Sólo des- 
pués de vistas en la escena española piezas como la 
Tour de Nesle, Catherine Howard y aun otras más 
espeluznantes, era posible recibir sin asombro des- 
enlaces como el de Don Alvaro, No es que en rea- 
lidad fuese contrario á la lógica de la situación, 
pues viene á coronar una obra que, á pesar de todas 
sus exageraciones, conserva su dignidad de creación 
literaria ; pero en la marcha que seguía la reforma 
romántica en España equivalía, como Larra hubiera 
dicho, á encontrarse en el término de una jornada 
sin haberla andado. 

Creo que el poeta no estuvo acertado al dejar en 
prosa la última escena del drama. Las herejías y 
maldiciones de Don Alvaro enajenado ante el horror 
de la situación, habrían sorprendido y chocado 
menos. Lo mismo otras escenas, como la primera 
entre Don Alvaro y Leonor, que de pronto, á la mitad, 



78 EL ROMANTICISMO EN ESPAÑA 

pasa de verso á prosa ; y también el final de ese pri. 
mer acto. Las palabras de Don Alvaro arrodillado á 
los pies del Marqués, antes de echar la pistola al 
suelo, contienen imágenes atrevidas, excesivas, que 
mejor estarían con el auxilio de la rima. He aquí 
una muestra : « Vuestra hija es inocente », dice 
Don Alvaro... « tan pura como el aliento de los án- 
» gelesque rodean el trono del Altísimo. La sospecha, 
» á que puede dar origen mi presencia aquí á tales 
» horas, concluya con mi muerte, salga envolviendo 
» mi cadáver como si fuera mi mortaja. » En prosa 
casi es ridicula esta última figura ; la música del 
verso le habría quizás prestado algo para elevarla al 
nivel de la situación. Mejor hubiera sido dejar en 
prosa únicamente las escenas populares, que tienen 
tono de comedia, realzan por el contraste el drama 
y son cuadros excelentes de costumbres, con la 
más deliciosa diversidad de caracteres, como va- 
ciados en el molde preciso, fijados con tino y 
verdad por medio de unos cuantos rasgos magis- 
trales. 

La versificación es en extremo desigual ; fácil y 
armoniosa á menudo, decae y desciende otras veces 
á rastrero prosaísmo ; superior en brillantez y va- 
riedad al metro único, monótono y sordo del Moro 
Expósito, pasa alternativamente de la redondilla al 
romance octosílabo, de la silva á la décima. Conserva 
no obstante los mismos defectos ya apuntados, y 
aquí como allí en buena parte nacidos de la insou- 
ciance del poeta, que se contenta con vocablos y 



EL DUQUE DE RIVAS 79 

giros débiles, imperfectos, tales como naturalmente 
acuden en el primer momento. 

El único carácter en todo el drama fuertemente 
trazado es el de Don Alvaro. Leonor y su padre y 
sus dos hermanos son pálidas figuras que van ocu- 
pando sucesivamente la escena, sin dejar honda 
impresión ni en el lector ni en el espectador. Don 
Alvaro mismo es un personaje lleno de contradic- 
ciones; la melancolía profunda que exhala en sus 
dos largos monólogos apenas se compadece con la 
jactancia, la acometividad que despliega en otras 
ocasiones. Autor de la ruina de toda la familia de 
Vargas, no puede afirmarse que cause involuntaria- 
mente tanta desgracia ; si el primer duelo con Don 
Carlos, como lance entre militares, puede conside- 
rarse inevitable, no así el segundo, y tampoco, por 
consiguiente, la muerte de Leonor. 

El otro título del drama, La fuerza del sino, que 
ni era necesario ni está bien justificado por la marcha 
del argumento, debe haber influido mucho en la dis 
cusión que varios importantes críticos antaño sos- 
tuvieron para decidir si es « el fatalismo griego » lo 
que informa el drama, si puede ó no llamarse Don 
Alvaro el Edipo cristiano; discusión en que por 
fuerza ha habido que evocar el conocido mito helé- 
nico y traerá colación la célebre tragedia de Sófocles. 
A estas horas el problema, debatido principalmente 
entre amigos y admiradores personales del Duque, 
carece de interés. Sean los que fueren los méritos y 
defectos que en la pieza se reconozcan, su principio 



80 EL ROMANTICISMO EN ESPAÑA 

informante nada tiene que ver con el mito pavoroso 
de la religión de los helenos, ni con la obra maestra 
del gran poeta antiguo. 



IV 



Apenas establecido en Madrid, renacieron sus an- 
tiguas aficiones políticas y fundó un periódico, el 
Mensajero de las Cortes. En él empezó sosteniendo 
opiniones idénticas á las que le habían costado la 
larga expatriación ; mas por corto tiempo. Cuando 
heredó la corona ducal y entró por derecho propio 
en la Cámara alta, que se llamaba Estamento de 
Proceres, fuéronse poco á poco modificando esas opi- 
niones, y pronto se afilió en el partido que sus anti- 
guos compañeros Istúriz y Alcalá Galiano reorgani- 
zaron. Incorporado, pues, entre los que Espronceda 
más adelante llamaría « rabiosos moderados », fué 
Ministro de la Gobernación bajo la presidencia de 
Istúriz, en Mayo de 1835. 

Si no hubiese venido la política á inquietarlo y 
amargarle la existencia, me parece que hubiera 
podido considerarse Rivasel más feliz de los mortales. 
Su carácter afable, su buen humor de verdadero 
andaluz, su fortuna, su talento, su interesante fa- 
milia y su amor á las letras, habrían ampliamente 
bastado á ocupar y embellecer todas las horas de 
su vida. Pero engolfado por otros rumbos tocóle 
pasar algunas horas realmente desagradables. Vol- 



EL DUQUE DE RIVAS 81 

vio á ser Ministro en 1854. El primer Ministerio 
había durado unos tres meses, el segundo no llegó á 
tres días. En ambas ocasiones dejó el puesto preci- 
pitadamente para ir á guarecerse de posibles des- 
manes del populacho , una vez en la Embajada 
inglesa, otra vez en la francesa. 

Nada más divertido que leer en el libro de George 
Borrow, The Bible in Spai?i, la relación de las 
entrevistas de ese originalísimo inglés solicitando 
del Duque, como Ministro, permiso de imprimir una 
edición del Nuevo Testamento en castellano. Bien 
recomendado el misionero por el Embajador britá- 
nico, amigo personal además de Galiano, quien es- 
taba con Rivas en el mismo Gabinete, debió recibirlo 
con toda amabilidad ; pero no le dejó exponer sus 
pretensiones, sino lo mandó entenderse con el subse- 
cretario, el cual, le agregó, « tendrá el mayor gusto 
en servir á usted ». El subsecretario era Olivan, 
aragonés cerrado, de ideas poco liberales, y no tuvo 
naturalmente tal gusto ; pero nunca consiguió Borrow 
del Ministro respuesta diferente, y por último evitaba 
cuidadosamente S. E. toda entrevista con el pobre 
pretendiente, hasta el punto de escabullirse por una 
puerta trasera para no verlo (1). 

Disuelto el Ministerio por decreto real, después de 
pasar Rivas algunos días oculto en casa del futuro 
Lord Clarendon, logró, disfrazado y con muchas pre- 

(1) The Bible in Spain. The Journeys, Adventures and 
Imprisonments of an Englishman. By George Borrow. — 
T. Nelson. — London, 1893. — Págs. 133 á 145. 

5. 



82 EL ROMANTICISMO EN ESPAÑA 

cauciones, salir de Madrid y llegar á la frontera de 
Portugal. De Lisboa luego pasó á Gibraltar. Esta se- 
gunda expatriación no duró tanto como la otra, no 
pasó de quince meses, y en Gibraltar mismo juró 
ante el Cónsul la novísima Constitución de 1837. 
Esto le permitió volver á su hogar y lanzarse otra 
vez en la política como senador electo. Pero la abdi- 
cación de María Cristina, el triunfo afirmado de los 
liberales y la regencia de Espartero abrieron nuevo 
paréntesis en su vida pública, y permaneció tres ó 
cuatro años tranquilo en Andalucía, entregado al 
cultivo de las letras. Tranquilo, pero no conforme. 
En sus versos líricos de ese tiempo, Lamentación, 
la Asonada, acumula, á despecho de su ingénita 
cortesanía, injuriosos epítetos sobre el partido triun- 
fante y lo juzga todo perdido, por ser el general Es- 
partero y no el general Narváez quien encabezaba 
en Madrid la procesión. La historia tendrá siempre 
mucho que decir contra esos militares jefes de fac- 
ciones políticas, pero contra Narváez de cierto más 
que contra todos. 

En 1841 reunió nuestro poeta los romances que 
aparecieron al mismo tiempo que el Moro Expósito, 
con muchos otros compuestos después para formar el 
tomo publicado con el título : Romances históricos 
del Excmo. Sr. Duque de Pavas. Cuentan sucesos, 
tradiciones, anécdotas del período de la historia de 
España que va desde el reinado de Don Pedro de 
Castilla hasta la batalla de Bailen. Era idea muy feliz 
narrar poéticamente los acaecimientos más caracte- 



EL DUQUE DE RIVAS 83 

rísticos de cinco siglos de la historia de la nación, 
y fué, cual era de esperarse, acogida con fruición 
por pueblo tan orgulloso de sus proezas y de su 
gloria como el español. El metro esta vez, el romance 
octosílabo, era el que el pueblo conocía bien y estaba 
acostumbrado desde tiempo inmemorial á guardar en 
la memoria y repetir de generación en generación. 
Por una de tantas desviaciones del gusto nacional pro- 
ducidas en el siglo xvm, era ya menos usado el ro- 
mance octosílabo por los poetas eruditos, y nunca en 
la forma y carácter con que lo emplearon, cultivaron 
y de nuevo popularizaron Sepúlveda,Timoneday sin- 
número de otros. Además, como Hermosilla, precep- 
tista cuya autoridad imponía todavía algún respeto 
en 1840, había dicho que el romance, aunque lo 
escribiera el mismo Apolo, tendría siempre « el 
corte, el aire y el sonsonete de jácara », creyó nece- 
sario Rivas precediese á los suyos una corta diserta- 
ción en defensa de la forma métrica con que presen- 
taba al público sus cuadros históricos. Al efecto, sin 
tomarse el trabajo de distinguir para mayor claridad 
entre el simple metro octosílabo asonantado y la com- 
posición poética llamada Romance, cita, para probar 
que todo género de asunto cabe dentro de esa for- 
ma, lo mismo á poetas dramáticos, Lope, Calderón, 
Guevara, que á Góngora, Quevedo y Meléndez, con- 
tentándose al remontarse un poco con insertar unos 
cuantos pedazos de romances puramente artísticos 
del siglo xvi. Mientras tanto parece siempre ignorar 
la indispensable distinción entre los romances mo- 



84 EL ROMANTICISMO EN ESPAÑA 

demos eruditos y los verdaderamente viejos y po- 
pulares, y olvida por completo, si es que lo sabía, el 
verdadero título de nobleza del octosílabo asonantado, 
su gloriosa vida primera como hemistiquio del gran 
verso heroico de diez y seis sílabas, el metro de los 
cantares perdidos, el que restableció Jacobo Grimm, 
como durante sus viajes pudo verlo el Duque en la 
Silva de romances viejos de ese célebre filólogo, 
publicada en 1815 y en 1831. 

Mucho mejor defiende su causa por medio del 
ejemplo, de la brillante serie de composiciones, líri- 
cas más bien que épicas, de que consta este volumen. 
Carecen por de contado del vigor y sobriedad de los 
romances antiguos, desprendidos directamente délos 
viejos cantares, y sería demasiado buscar en ellos la 
naturalidad y sencillez de las épocas primitivas, 
aunque el prólogo anuncie el intento de volver ese 
género de composición « á su primer objeto y á su 
primitivo vigor y enérgica sencillez ». Ni á él ni á 
nadie era lícito lograr tanto ; no pueden estos nuevos 
Romances históricos disimular su corte enteramente 
moderno, su sabor fuertemente romántico, sobrecar- 
gados como están de descripciones, consideraciones 
morales ó filosóficas, rasgos y recuerdos esencial- 
mente personales. Pero el conjunto forma una obra 
de carácter bien nacional, que merecía llegar y llegó 
hasta el corazón del pueblo, evocando fantasmas 
brillantes del pasado, memorias gloriosas que espar- 
cían el ánimo, lo consolaban délas amarguras de la 
guerra civil y la anarquía militar, abrían en fin más 



EL DUQUE DE RIVAS 85 

grata perspectiva detrás del triste y encapotado hori- 
zonte que en esos años de prueba entenebrecía y 
cerraba el porvenir de la nación. 

Por ese tiempo, además de completar y dar á luz 
pública los Romances, escribió cuatro grandes piezas 
dramáticas, Solaces de un prisionero , La morisca de 
Alajuar, El crisol de la lealtad y El desengaño en 
un sueño. Ninguna de ellas vale lo que el Don 
Alvaro, El autor, lejos de las influencias exóticas 
que en Malta y en Francia tan ventajosamente actua- 
ron sobre él, se empeña ahora en seguir más de 
cerca é imitar sus ascendientes del siglo xvn. El cri- 
sol de la lealtad y Solaces de un prisionero, con 
sus tres jornadas y su inevitable gracioso, que no 
siempre hace reir, pudieron haber sido escritas por 
un contemporáneo de Calderón ; y como todo lo que 
no ha brotado espontáneamente en el espíritu, ape- 
nas suben más allá del nivel de la medianía. 

Pero en El desengaño en un sueño se da libre 
campo la imaginación del poeta, desarrollando á su 
manera un tema idéntico al que sirvió para componer 
La vida es sueño, obra maestra de Calderón'. Res- 
pecto al estilo y á la rica versificación conocía y 
poseía el Duque tan bien á su modelo, que algunas 
veces compite brillantemente con él; pero respecto 
á la concepción del argumento la diferencia entre 
ambas obras es demasiado grande y toda en favor 
del predecesor. 

En La vida es sueño, Segismundo, el protagonista, 
criado entre cadenas en una prisión al pie de una 



86 EL ROMANTICISMO EN ESPAÑA 

torre edificada entre montañas, por miedo del rey su 
padre á ciertos presagios y cierto horóscopo fatal, es 
de pronto puesto en libertad y conducido á ocupar su 
rango en la corte. Allí, obedeciendo á sus primeros 
impulsos de fiera, pues como fiera ha sido educado 
y tratado, se comporta de tal modo que por medio de 
nuevo narcótico es preciso llevarlo otra vez á la 
cárcel y á la situación en que se encontraba. Ante 
tan violenta y repentina transformación piensa me- 
lancólicamente el príncipe que es un sueño todo lo 
que ha pasado ; pero el espectador lo ha visto, sabe 
bien que todo es verdad y compadece sinceramente 
el inmenso infortunio de Segismundo. Hay, pues, una 
situación dramática interesante, con vigor concebida 
y realizada, que envuelve y arrebata á todos los per- 
sonajes, al rey, al padre, al alcaide, á su hija, á la 
familia real entera, y el público conmovido aguarda 
con ansiedad el desenlace. El desengaño en un sueño, 
á pesar de su título de drama fantástico, carece de 
acción; es una doble alegoría, cuyo objeto y alcance 
conoce el espectador desde el primer momento y que 
no puede por consiguiente interesarle. Su radical 
inverosimilitud va más allá de lo que á la imaginar- 
ción es permitido corregir ó completar. 

Marcolán, viejo mágico, y Lisardo, su hijo, viven 
en un islote desierto del Mediterráneo ; Lisardo apa- 
rece, como Segismundo, « vestido de pieles y con 
aspecto de salvaje », porque á él también le tienen 
las estrellas anunciada una existencia terrible de 
borrascas y miserias, y porque, manteniéndolo allí 



EL DUQUE DE RIVAS 87 

confinado, quiere evitarlas el prudente padre. En dé- 
cimas, también como Segismundo, cuenta Lisardo 
al público su penosa situación ; décimas, si bien en 
forma menos artística, no tan afectadas y gongorinas 
cual las famosas de Calderón : « Apurar, cielos, 
pretendo... » Es tal su desesperación que resuelve 
arrojarse al mar; el padre, que adivina todos sus 
sentimientos, lo adormece por medio de un conjuro, 
y durante el sueño lo hace pasar, para escarmen- 
tarlo, por todos los crímenes, horrores, remordi- 
mientos y miserias inauditas que los astros le reser- 
vaban. De tal modo impresiona al joven la larga 
pesadilla, que, al despertar, al final del quinto acto, 
responde al padre cuando le pregunta si insiste aún 
en huir de allí y abandonarlo : « No, padre mío, 
jamás », abrazándolo « con la mayor expresión de 
terror ». 

Tal es en breve sinopsis este drama filosófico, que 
Cañete coloca ala cabeza de todas las obras del autor 
y que, según el Marqués de V.almar, no « desdeciría 
entre las mejores producciones de Goethe y de Lord 
Byron ». Por otra parte Don Juan Valera, más acer- 
tadamente á mi parecer, lo considera « una obra 
falsa que no puede interesar ». 

El autor creyó siempre que era posible represen- 
tarlo en el teatro, con esa esperanza lo concluyó, 
pero no se realizó hasta varios años después de su 
muerte y, cual era de temer, el éxito fué escaso. La 
fiesta tuvo mucho de ceremonia oficial y homenaje 
de respeto. El Fausto, el Manfredo, á pesar de toda 



88 EL ROMANTICISMO EN ESPAÑA 

su tramoya y su profundo simbolismo, son impre- 
sentables, porque hay en ellos verdadero drama, 
conflicto de pasiones, lucha de sentimientos honda- 
mente sentidos y sinceramente expresados. En el 
Desengaño en un sueño el artificio está constante- 
mente á la vista del espectador, pues no obstante los 
frecuentes cambios de decoración que el drama 
exige, debe siempre permanecer « inmutable » du- 
rante toda la representación, siempre visible en una 
esquina de la escena, « la gruta de Marcolán y éste 
dentro estudiando ». Los personajes no son seres 
vivos, sus palabras y movimientos son como de 
muñecos, de títeres vestidos de rey, de reina, de 
ministro, etc., agitándose sobre un retablo, y maese 
Pedro, en vez de hallarse dentro, está allí delante 
sentado en la gruta. ¿Qué ilusión, qué interés puede 
nacer en tales circunstancias ? Aquí todo es alegórico, 
frío, vano; no hay Margarita, que sufre de veras y 
cae palpitante de dolor sobre el suelo del calabozo ; 
no hay Manfredo henchido de orgullo, devorado por 
remordimientos, que desafía impasible en la hora de 
la muerte el poder del cielo y del infierno. 

El Desengaño está sin duda mejor escrito que el 
Don Alvaro, la versificación es más artística, más 
perfecta, como es más firme el estilo, aunque no atrae 
ni seduce en tanto grado, porque le falta la frescura, 
los colores juveniles de la primera obra. En los bue- 
nos momentos de ésta se siente bullir la inspiración 
llena de calor y de vida; en la otra el esfuerzo es 
más visible y predomina demasiado un defecto te- 



EL DUQUE DE RIVAS 89 

rrible, carencia casi completa de emoción comunica- 
tiva, y lo que es su consecuencia inevitable, de sin- 
ceridad en la expresión. 



Cada vez que lograba nuevamente el partido 
moderado subir al poder, volvía también Saavedra 
á la vida pública. Así desempeñó en dos ocasiones 
encargos diplomáticos; primero en Ñapóles, donde 
con carácter de embajador pasó varios años; luego 
en París, donde estuvo poco más de uno. Más ade- 
lante fué presidente del Consejo de Estado. 

Fruto de la larga residencia en la capital del reino 
de las Dos Sicilias, es su único trabajo importante en 
prosa : el estudio histórico titulado « Sublevación de 
Ñapóles capitaneada por Masanielo con sus antece- 
dentes y consecuencias », para cuya composición 
aprovechó todos los datos y documentos que allí era 
posible reunir. Es un trabajo merecedor de grande 
aplauso, se lee con interés y revela en el autor loa- 
ble imparcialidad, pues reconoce la culpa que en 
aquel movimiento popular, lo mismo que en otros 
antes y después, tuvo la « desacertada administra- 
ción de los sucesores de Carlos V y Felipe II ». 
Escribía en prosa el Duque con gran facilidad, igual 
que en verso, y como los inconvenientes de fiarse 
demasiado á la natural espontaneidad de la inspira- 
ción y de no corregir y pesar con cuidado los tér- 



90 EL ROMANTICISMO EN ESPAÑA 

minos y sus diferencias, en prosa no acarrean con- 
secuencias tan infaustas como en verso, conserva 
bien el tono de la narración histórica, á pesar de la 
familiaridad de los giros y la llaneza de la expresión. 
No estaba en las fuerzas del Duque aspirar y llegar á 
las cualidades de los mejores historiadores españoles 
de sucesos particulares, como Mendoza, Solís y el 
mismo Meló, ni parece haberlo pretendido; pero supo 
producir una obra digna de crédito como historia y 
no destituida de encanto literario. 

Atrájose completamente en Ñapóles el afecto de la 
familia real, y en sus despachos oficiales trata siem- 
pre á Fernando II, el Rey Bomba, como en Italia se 
le solía llamar, con gran admiración, celebrando sus 
« humanos sentimientos, su leal y bondadoso ca- 
rácter », prendas tal vez no muy visibles entre las 
del monarca ; no deja de sorprender elogio tan entu- 
siasta por parte de quien tan enérgicamente había 
combatido y reprobado el despotismo de Fer- 
nando VIL Hizo cuanto á su alcance estuvo para 
alentar y sostener al rey de Ñapóles en su trono, un 
momento bamboleante, así como para activar los 
aprestos de la expedición que mandó España en so- 
corro de Pío IX. Sin embargo, su embajada acabó 
tristemente. En 1850 descubrió que, á sus espaldas 
y en el mayor misterio, había concertado el rey las 
bodas de su hermana con el hijo mayor del Don 
Carlos pretendiente vencido en la guerra civil de 
España. Cuando en Madrid se supo, le dieron orden 
de cortar inmediatamente las relaciones y embarcarse. 



EL DUQUE DERIVAS 91 

Alejado en Ñapóles de los vaivenes é intrigas de 
la política de partidos en su patria, halló tiempo su- 
ficiente, no sólo para escribir el libro sobre Masa- 
nielo, sino también para renovar antiguas aficiones 
y cultivar la pintura, arte que, estudiado en Malta, 
le había eficazmente ayudado en Francia á ganar el 
sustento. Acabó varios cuadros que, enviados á 
exposiciones académicas en Madrid, obtuvieron, 
según su biógrafo, bastante éxito. Son contadas las 
personas que pueden sobresalir, y aun simplemente 
distinguirse, en ocupaciones tan diferentes como la 
historia y la pintura al óleo, la poesía, la política y 
la diplomacia. Cuando el talento se despilfarra así, 
en tan variados ejercicios, suele suceder que en nin- 
guno logra dar prueba cabal de su verdadero alcance. 
Quizás por eso se descubre más de una vez en los 
versos del Duque la mano del aficionado, del ama- 
teur, más bien que del artista empeñado en arrancar 
al arte preferido sus difíciles y recónditos secretos. 

En Ñapóles también compuso la última de sus 
obras importantes : La Azucena milagrosa, leyenda 
en que revive la rica imaginación del Moro Expó- 
sito y los Romances, aunque ya menos contenida, 
menos bien dirigida. Las otras dos leyendas poste- 
riores, Maldonado y El aniversario, son más cortas, 
y si estuviesen totalmente escritas en octosílabos con 
¡ asonantes, como en su mayor parte lo están, entra- 
rían muy bien en el número de los Romances histó- 
ricos, cuyo mismo carácter tienen. 

La Azucena milagrosa se diferencia de los demás 



92 EL ROMANTICISMO EN ESPAÑA 

escritos del Duque por el exceso de misticismo, que 
suprime el interés dramático, en su segunda mitad 
principalmente. La primera en general es mejor, más 
cuidadosamente escrita; pero la idea de un cráneo 
humano, de una calavera con ojos y con lengua, 
que aguarda durante veinte años en el campo de los 
alrededores de Sevilla que vuelva de América Ñuño 
Garcerán para que tropiece allí con ella, y llamarle 
por su nombre y revelarle el misterio de la traición 
que sirve de punto de partida al cuento, pasa de los 
límites de la verosimilitud y no produce el efecto 
terrífico buscado. 

Fácilmente se adivina lo que al Duque movió á 
tanta religiosidad en esta composición. Zorrilla le 
había dedicado su Azucena silvestre, « leyenda re- 
ligiosa del siglo ix », y muy agradecido en cambio 

El don le ofrece de sabroso cuento 
A quien da otra azucena el argumento. 

No pretende el vate andaluz competir con el cas- 
tellano, idea que explícitamente rechaza, pero ejecuta 
el tour de forcé de crear él solo todos los elementos 
de una leyenda religiosa sin apelar á tradición ni 
conseja anterior. La Azucena milagrosa tiene más 
vasto y glorioso argumento, pues en ella se des- 
cribe la toma de Granada, la conquista de Nueva Es- 
paña, en medio de grandes cuadros militares, de her- 
mosas pinceladas históricas ; pero le falta la música 
de los versos de Zorrilla. 

Al retirarse el Duque de la embajada de España en 



EL DUQUE DE RIVAS 93 

Francia, á principios del año 1858, puede decirse que 
terminan juntamente su carrera literaria y su carrera 
política. Vivió entre crueles padecimientos hasta 1865, 
y por todos honrado y respetado falleció en Julio de 
ese año. 

Por cualquier lado que se mire es una hermosa 
figura de la literatura española. Sumados y confun- 
didos en la mente méritos y deficiencias, surge siem- 
pre la imagen de un poeta eminente dotado de la 
fuerza, el aliento de los que componen grandes 
cosas. Si en ninguno de los géneros que cultivó puede 
en rigor decirse que ocupe el puesto primero, en 
todos ha dejado algo notable, y en ninguno entera- 
mente fracasó. Si hubiese poseído la técnica de su 
arte de manera cabal y perfecta, quizás muy pocos 
lo vencerían ; pero el instrumento, que á ocasiones tan 
vigorosamente logró pulsar, no siempre respondía 
á su esfuerzo y demasiado á menudo notas destem- 
pladas lastiman el oído. Su estilo y su lenguaje pa- 
recen á veces no disponer de medidas precisas para 
ajustar bien la vestidura artística en torno de sus 
pensamientos y sus imágenes. Pero su magnífica, 
brillante fantasía, si no siempre conmueve, siempre 
interesa. Es posible que la posteridad le asigne un 
puesto no muy distante de aquél á que sus contem- 
poráneos lo elevaron. 



III 

ANTONIO GARCÍA GUTIÉRREZ 



Distingüese antes que nada García Gutiérrez entre 
los corifeos de la escuela romántica española, por 
haber cultivado sola y exclusivamente el género dra- 
mático y en él ganado toda su reputación. Es verdad 
que dio á luz dos pequeñas colecciones de versos 
sueltos, una con el simple título de Poesías en 1840, 
y otra con el de Luz y Tinieblas en 1842; también 
el año de 1850 publicó en un semanario la leyenda 
El Duende de Valladolid, « tradición yucateca » ; 
pero todo ello de ley tan inferior que para nada hay 
que recordarlo ya. De su prosa no dramática, fuera 
de dos débiles bocetos en Los Españoles pintados 
yor sí mismos, solamente conozco el discurso al tomar 
asiento en la Academia, también de muy escaso valor 
literario. Del poeta dramático tenemos, pues, única- 
mente que hablar aquí. 

Nacido en el extremo meridional de la península, 



96 EL ROMANTICISMO EN ESPAÑA 

cerca de Cádiz, en 1812, cuando comenzaba á pre- 
pararse, por complacer á su familia, para la profe- 
sión de médico, abandonó hogar y estudios á los 
veinte años de edad y se encaminó á Madrid, en 
busca de fortuna por medio de su talento literario, 
empresa nunca muy fácil en España, pero menos 
difícil ya en aquellos momentos en que cambiaba el 
régimen político de la nación. Empezó, como los de- 
más, traduciendo piezas de teatro, de Scribe princi- 
palmente. Más adelante estudió y tradujo dramas de 
Alejandro Dumas, guía y maestro de los dramáticos 
españoles de la época, cuya influencia sobre García 
Gutiérrez es evidente, cuyo ejemplo fácilmente se 
sigue reflejado en toda la primera mitad de la ca- 
rrera del discípulo, desde El Trovado?* hasta Simón 
Bocanegra. No en balde, no sin adherírsele muchas 
cosas, pudo manejar y transportar al castellano dra- 
mas de Dumas tan característicos como Calígula, 
Don Juan de Maraña y La Toar de Nesle, esta última 
traducida con el título de Margarita de Borgoña. 

Después de varios ensayos infructuosos que no ha- 
llaron acogida entre los directores de teatro, que no 
se representaron por tanto, y pertenecen al género 
cómico, para el cual nunca mostró grandes disposi- 
ciones, concibió en una hora feliz, inspirado por el 
éxito del Maclas y el Don Alvaro, arrastrado por el 
impulso revolucionario que esas dos obras iniciaron, 
la idea de un drama que calificó de « caballeresco » 
y tituló El Trovador. Presentado al director Gri- 
maldi, no desconoció éste lo que el brillante ensayo 



ANTONIO GARCÍA GUTIÉRREZ 97 

tenía de nuevo y de atrevido, pero lo devolvió di- 
ciendo aue se advertía en él toda la osadía del 
Duque de Rivas « sin que escudase al autor una 
celebridad bien sentada » (1). Al cabo de varias otras 
tentativas inútiles, cuando el autor, perdida toda 
esperanza, había sentado plaza como uno de los cien 
mil soldados con que Mendizábal contaba aniquilar 
la facción carlista, lograron sus amigos (entre ellos 
Espronceda) que el actor cómico de la compañía del 
teatro del Príncipe, á pesar de que no había en el 
drama papel de gracioso ni cosa parecida, escogiese 
Ja obra de García Gutiérrez para representarla en la 
noche de su beneficio. De ese modo se estrenó El Tro- 
vador en Madrid el 1.° de Marzo de 1836. El éxito fué 
tan grande y ruidoso como inesperado; acompañóse 
además de multitud de rasgos curiosos, que se han 
hecho célebres. Tuvo el autor que salir á la escena, 
después de terminada la representación, á recibir los 
plácemes del público, y era la primera vez que eso 
sucedía. El poeta, que sin permiso se había esca- 
pado del cuartel de reclutas donde lo adiestraban 
para su nuevo oficio, estaba tan mal ó tan poco ves- 
tido, que debió aceptar prestada la levita de Ventura 
de la Vega para presentarse decentemente al público. 
Pero la victoria literaria lo allanó y transformó todo : 
á los pocos días recibió del Ministro de la Guerra el 
perdón de su falta y la licencia absoluta. 

No fué flor de un día, no fué boga de una sola 

(1) Ferrer del Río. — Op. cit., pág. 256. 



98 EL ROMANTICISMO EN ESPAÑA 

estación. Ningún otro drama romántico, excepto el 
Don Juan Tenorio de Zorrilla, en cuya popularidad 
entra en cantidad menos apreciable el mérito lite- 
rario, abrió tan pronta y hondamente su surco en 
la masa del país. Hoy conserva todavía su reputa- 
ción casi intacta, superior á la de Don Alvaro y á la 
de Los Amantes de Teruel, únicos que pudieran ha- 
bérsela disputado. — Fu vera gloria? — La sentencia 
parece ya pronunciada. El Trovador es la obra mejor 
de García Gutiérrez y la más famosa del romanticismo 
español. No la mejor en absoluto; pero, como el Her- 
nanide Víctor Hugo, como Los Bandidos de Schi- 
11er, fué la aparición juvenil y triunfante de algo 
nuevo, destinado á simbolizar siempre el apogeo 
luminoso de una revolución del gusto en el teatro, 
de una escuela y de un período literario. 

Hay en El Trovador dos acciones distintas, no 
quizás tan bien « enclavijadas » como pensaba Larra, 
pero que sin apartarse demasiado de la verosimilitud 
poética prestan al argumento una extensión, una am- 
plitud, que desde luego concurren á asegurarle su 
principal novedad : el vuelo poético y la libertad ro- 
mántica. Con una de las dos acciones, la rivalidad 
de Don Ñuño y el Trovador disputándose el amor de 
Leonor, hubiera bastado para edificar un drama inte- 
resante á la manera de Lope de Vega ó Calderón. El 
poeta, en busca de algo más, crea entonces la trágica 
figura de Azucena, la gitana, que durante años y 
años prepara una venganza terrible; así agranda el 
poema y hace de él vasto cuadro de pasiones violen- 



ANTONIO GARCÍA GUTIÉRREZ 99 

tas, de amor y odio, con horizonte dilatado, perso- 
najes que se destacan sobre un fondo histórico : la 
ciudad de Zaragoza y el reino de Aragón durante los 
primeros años del siglo xv, en los días de la rebelión 
del en su tiempo célebre Conde de Urgel. 

El drama adolece de grandes defectos, casi todos 
nacidos de la inexperiencia del autor ; algunos corri- 
gió después, pero en conjunto sin mejorarlo verda- 
deramente y quitándole algo del perfume de juven- 
tud, de frescura, que la primera versión conserva 
todavía. Esa refundición toda en verso está hoy com- 
pletamente echada á un lado, y el texto primero es 
el que únicamente aparece en la colección de Obras 
Escogidas, publicada en obsequio del autor por sus 
admiradores en 1866. 

La exposición, en prosa como la de Don Alvaro, 
dista mucho de la claridad y animación que á esta 
última distingue. Pero el defecto principal de toda la 
pieza parte de la naturaleza misma de su argumento, 
que es confuso y, como dijo Larra, más bien de 
novela que de drama ; los dos grandes resortes de 
su acción, el amor de Leonor y la venganza de Azu- 
cena,, están poco apretadamente combinados y sus 
consecuencias á veces flotan inciertas, sin propen- 
der unidas al efecto artístico, lo que con mayor 
esfuerzo y atención no hubiera quizás sido difícil 
conseguir. Hay por tanto dos exposiciones en reali- 
dad : así lo requiere el doble desarrollo del argu- 
mento. 

Al alzarse el telón los criados de la casa de ArtaL 



100 EL ROMANTICISMO EN ESPAÑA 

antes de hablarnos de la pasión amorosa de Don 
Ñuño y de los celos que en éste despierta la prefe- 
rencia que muestra Doña Leonor por Manrique, el 
Trovador, recuerdan sucesos anteriores para contar- 
nos que existió un hermano mayor de Don Ñuño, 
robado á los dos años de edad por una gitana cuya 
madre antes había sido mandada quemar como he- 
chicera por orden de Don Lope de Artal. Ese her- 
mano perdido es el Trovador, protagonista del drama. 
Nadie lo sabe : Azucena, la gitana que lo robó, le ha 
hecho creer que es su propio hijo ; los demás 
siempre dieron por muerto al niño robado. Hace 
.veces de segunda exposición la escena entre madre 
é hijo con que comienza la jornada tercera : refiere 
en ella Azucena la muerte horrorosa de su madre 
en la hoguera, el robo del hijo mayor de la casa 
Artal y el error terrible cometido por ella en su fre- 
nesí arrojando al fuego en expiación, no al niño ro- 
bado, sino á su propio hijo. « ¡ Vuestro hijo ! exclama 
Manrique »; pues y ¿quién soy yo, quién? » La 
extraña madre recoge apresurada la confesión ; pero 
el espectador sabe desde entonces que Don Ñuño y 
el Trovador son hermanos, y al verlos tan furiosa- 
mente empeñados en lados opuestos de la contienda 
política y prendados ambos de Leonor, presiente la 
catástrofe final, adivina la espantosa venganza de 
Azucena y la aguarda ansiosamente. 

Sorprende, podría decirse repugna, en esta escena, 
sin agregar mucho al interés del argumento, ese de- 
talle inesperado y no fácil de explicar, ese hijo que- 



ANTONIO GARCÍA GUTIÉRREZ 101 

mado por equivocación ó por horrendo refinamiento 
de crueldad. He conocido personas (no de raza es- 
pañola ni conocedoras del texto castellano) que han 
oído muchas veces la ópera de Verdi 11 Trovatore sin 
haber podido llegar á explicarse bien el sentido de 
esa escena, por cierto puesta en música con gran 
vigor por el artista italiano. 

Diríase que escribió García Gutiérrez su poema 
previendo que sería puesto en música y facilitando 
de antemano la tarea del compositor. No existe acaso 
otro drama en que se conceda tanta parte á la mú- 
sica. Manrique aquí, como en la obra de Verdi, 
anuncia su llegada con una trova cantada entre bas- 
tidores ; igualmente Azucena comienza con una can- 
ción, que en la ópera se ajusta á idéntica letra y á 
idéntica situación. Cuando Leonor toma el velo de 
monja se oye también dentro, en el uno y en la otra, 
un responso, y no cesan canto y órgano hasta el fin 
del acto. La magnífica escena llamada el Miserere, 
cuyo plan y corte sólo un músico parecería capaz de 
concebir así, no debe nada dramáticamente conside- 
rada, ni á Verdi ni al libretista italiano : coro de voces 
fúnebres ahogadas, lamento del tenor, explosión 
apasionada de la infeliz mujer, todo se encuentra 
dispuesto por Gutiérrez para producir el mismo paté- 
tico efecto, y Verdi no tuvo más que transponer al 
otro arte la inspiración del poeta español. Hízolo, 
como es sabido, con superior maestría, y cuéntase 11 
Trovatore entre las tres ó cuatro obras mejores de 
Verdi en plena madurez. La poesía y la música son 

6. 



102 EL ROMANTICISMO EN ESPAÑA 

empero artes tan desemejantes, su técnica y sus re- 
cursos tienen tan distinto carácter, que no han po- 
dido perjudicarse mutuamente, y los adoradores de 
ambas versiones reciben de cada una impresión to- 
talmente diferente. 

El don precioso de García Gutiérrez, el que desde 
su primer drama aparece en todo su esplendor, que 
apenas muestra haber sufrido algún desgaste en el 
curso de su larga vida, que lo mantuvo libre hasta 
el fin de los adefesios de la decadencia de otros y 
que brilla por igual en Juan Lorenzo, su último 
drama, y en El Trovador, es la versificación, cons- 
tantemente fácil, dulcísima, melodiosa. Unido ese don 
á la melancolía natural de su carácter, á la tristeza 
instintiva de su poesía, creóse así naturalmente el 
más conmovedor, el más penetrante y más patético 
de los poetas dramáticos modernos de España. Es 
muy posible que en ningún tiempo haya existido en 
toda su literatura quien, mirado bajo esa luz, me- 
rezca comparársele. 

La memoria del éxito del Trovador, instantáneo, 
fabuloso, pesó fuertemente sobre él y sus trabajos 
posteriores. Fué el triunfo del romanticismo, la vic- 
toria decisiva que completó, coronó la campaña ini- 
ciada con los encuentros difíciles y reñidos del 
Macías y el Don Alvaro; pero no volvió el autor á ob- 
tener del público ovación parecida, ni tal vez tan calu- 
rosa ó tan sincera, hasta muchos años después con 
su drama Venganza catalana, representado en 1864. 
Era sin disputa El Trovador algo más nuevo y bri- 



ANTONIO GARCÍA GUTIÉRREZ 103 

liante que cuanto le había precedido; romántico en 
la forma por la mezcla de verso y prosa, por el co- 
lorido variado y deslumbrante, por el tono general 
de reconcentrada tristeza y pasión dolorosa, recor- 
daba también obras del siglo xvii por la fuerza de la 
acción, la libertad y movimiento de las escenas, por 
el sabor en fin de poesía caballeresca tan de propó- 
sito y marcadamente impreso. 

El Paje, representado un año después, fué, á de- 
cir de Ferrer del Río y de otros, bien recibido del 
público, sin embargo de no valer lo que El Trova- 
dor, salvo en la versificación, que es tan buena por 
lo menos. Pero el argumento es desagradable, repe- 
lente. Un hijo que mata ó va á matar á su madre, 
como en Lucrecia Borgia y en La Torre de Nesle, 
necesita para interesar un cuadro histórico, perso- 
najes de otras proporciones que los del drama de la 
vida privada ideado esta vez por García Gutiérrez. 
Leído hoy no se le juzga merecedor de buena aco- 
gida en el teatro ; la influencia de lo menos reco- 
able de Alejandro Dumas y otros es en él dema- 
siado visible. 

U Rey Monje, también en verso y prosa como 
los otros dos, está aún mejor, más arrobadoramente 
versificado, es el cénit de su carrera de puro y ele- 
gante escritor. Pudo llegar, y en efecto llegó des- 
pués, á un grado mayor de sobriedad y precisión en 
su lenguaje; pero nunca superó la fluidez y espon- 
taneidad de forma, que en los dramas de este período 
es un encanto perdurable, a joy for ever. El drama 




104 EL ROMANTICISMO EN ESPAÑA 

no se representa ya, pero la escena de la confesión 
en el acto último, sobre todo las quintillas deliciosas 
que empiezan : 

Enlutada misteriosa... 

son en España por todo el mundo sabidas de memo- 
ria. Más que drama es El Rey Monje una crónica 
dramática, cuadros sucesivos de la vida de Ramiro 
el Monje, rey de Aragón, desde su juventud hasta su 
muerte. 

Después del fracaso relativo de El Encubierto de 
Valencia, drama enteramente en verso, como de ahí 
en adelante casi todos los suyos, envuelto cual los 
-demás en suntuoso lenguaje poético, que el público 
madrileño, á causa de su desenlace inesperado, con- 
tradictorio y de poco efecto teatral, silbó sin consi- 
deración (1), volvió por su honra y obtuvo una 
compensación por medio de Simón Bocanegra, drama 
en cuatro actos y un prólogo, representado con muy 
buen éxito á principios de 1843. 

El argumento de este drama es también como el 
de una novela, aún más extenso y complicado que 
el del Trovador. Requiérese algún esfuerzo para darse 
cuenta bien de los diversos sucesos que llevan la 
pieza á su desenlace y que no siempre se combinan 
de manera natural y perfecta. El prólogo es por sí 

().) Ferrer del Río, amigo y compañero, dice que el drama 
fué bien recibido ; pero J. M. Villergas, que presenció el estreno, 
afirma que acabó entre silbidos. (V. Juicio crítico de los ^poe- 
tas esp. contemp. París, 1854, pág. 95.) 



ANTONIO GARCÍA GUTIÉRREZ 105 

solo un pequeño drama interesante. Vuelve á su pa- 
tria lleno de gloria el famoso marino genovés Simón 
Bocanegra con la esperanza de hallar viva aún á 
Mariana, hija del noble Jacobo Fiesco, á quien años 
antes había seducido. La encuentra muerta, consu- 
mida de dolor y vergüenza por su abandono; y en 
esos mismos momentos el pueblo, entusiasmado 
con sus hazañas heroicas, lo proclama Dux de la re- 
pública. 

Una hija de Mariana y de Bocanegra, que desde la 
infancia ha desaparecido del lugar donde la tenía él 
depositada, y reaparece ahora ante su padre del 
modo más inesperado, es como el centro á que con- 
vergen los diversos episodios de la pieza. Sería difí- 
cil relatarlos brevemente, y sería inútil. Simón Boca- 
negra muere grandiosamente en la última escena, 
envenenado por un su amigo y favorito que pretende 
al amor de María, la hija perdida. Transmite la co- 
rona ducal á Gabriel Adorno, antiguo é implacable 
adversario con él reconciliado por la influencia de 
María. En el curso del drama se conduce Simón como 
un tirano, una especie de Rosas, cuyo duro corazón 
ablanda sólo el amor de la hija ; pero á medida (fue 
se acerca al final se eleva á superior altura, la proxi- 
midad de la catástrofe le inspira como á Macbeth 
frases impregnadas en profunda melancolía : éstas, 
por ejemplo, mientras desde su balcón mira hacia 
el Mediterráneo : 

Ay ! esas puras 
Ráfagas de la mar que el aire bañan, 



106 EL ROMANTICISMO EN ESPAÑA 

Consuelo son de mi mortal angustia. 

La mar ! la mar ! Guando en su claro seno 
Gallarda y altanera se columpia 
La armada nave, que á cruzar se apresta 
La inmensidad del piélago profunda, 

Ah ! mil recuerdos de placer, de glorias, 
En mi mente fantásticos se agrupan 
Con incansable afán que me devora, 
Con brillo seductor que me deslumbra. 

La mar ! la mar ! ¿ por qué, desventurada, 
En ella no encontré mi sepultura, 
Sin la ciega ambición que me sujeta 
De esta prisión dorada a la coyunda ? 

Un instinto poderoso de dramaturgo fértil en re- 
cursos y combinaciones teatrales, un oído finísimo 
de versificador fácil y abundante y el talento de 
crear figuras adorables de mujer, como la Leonor" 
del Trovador, la Isabel del Rey Monje, las tres Ma- 
rías exquisitas del Encubierto de Valencia, de Si- 
món Bocanegra, de Venganza catalana, y la Ber- 
narda perfecta de Juan Lorenzo, serían elementos 
más que suficientes para formar un grandísimo 
poeta dramático, si durante los años insubstituibles 
de la juventud hubiese al mismo tiempo hallado 
ocasión de variar y completar los estudios indispen- 
sables que forman el verdadero artista. Faltó cultura 
extensa y variada en el buen momento á García Gu- 
tiérrez, y á esto añadióse luego desventajosamente el 
carácter del hombre, por todos sus contemporáneos 
descrito como en extremo perezoso, indiferente á la 
gloria y á los aplausos. Ferrer del Río habla sin 



ANTONIO GARCÍA GUTIÉRREZ 107 

rodeos de su « dejadez y su abandono ». Los dos 
mejores retratos que de él conocemos, ambos muy 
parecidos, uno en la edición antes citada de Obras 
escogidas, y el otro por Maura, que lo representa ya 
anciano, en Autores dramáticos contemporáneos y 
Joyas del Teatro español del siglo XIX (Madrid, 
1881), conservan bien la expresión de su dulzura y 
bondad ingénitas. 

No eran tales prendas de carácter las más propias 
para luchar con ventaja en el campo revuelto de po- 
lítica personal, que era Madrid, donde el principal 
interés consistía en la continua subida y bajada de 
ministerios, que se sucedían con extraordinaria ra- 
pidez ; faltábale actividad, aplomo ó confianza en sí 
mismo para ganar algo en aquella rifa de empleos y 
honores, y como el teatro no bastaba á sostener 
cómodamente ni aun á los autores más aplaudidos, 
y como el periodismo para hombre tan poco agre- 
sivo tenía que serla más incierta de las ocupaciones, 
profundo desaliento se apoderó de él. Resolvió de 
pronto irse á América en busca de mejores condi- 
ciones de existencia. Embarcóse en Santander con 
rumbo á la isla de Cuba, en cuya capital vegetó 
obscuramente un poco de tiempo en la redacción de 
la Gaceta Oficial, el menos literario de los perió- 
dicos, allí donde todos lo eran entonces bien poco. 
Dio en la Habana al teatro una traducción muy bien 
hecha del célebre melodrama francés La Gracia de 
Dios. Pasando luego á Méjico, residió principalmente 
en Mérida de Yucatán con no mayor provecho. A los 



108 EL ROMANTICISMO EN ESPAÑA 

cinco años de inútil peregrinación volvió á su país, 
tan pobre y desanimado como había salido. 

Hasta esa fecha no había escrito para el teatro más 
que dramas ó comedias, bien originales, bien tradu- 
cidas. Después de su llegada descubrió nuevo filón 
que explotar y empezó á producir libretos de zarzue- 
las, ocupación, si menos literaria, infinitamente de 
más provecho que la anterior. En Junio ele 1853 se 
puso en escena su primera zarzuela, El Grumete, 
la más aplaudida quizás de todas, y de ahí á Febrero 
de 1864, fecha de la aparición de Venganza cata- 
lana, produjo, según el catálogo ordenado por 
Hartzenbusch al frente de las Obras escogidas, nada 
menos que doce « letras » para otras tantas zarzue- 
las, unos treinta actos por todo. 

Un paréntesis sólo hubo en esa sucesión de obras 
de pacotilla: el drama Un duelo á muerte, imita- 
ción de la Emilia Galotti de Lessing, escrito con 
amor, en el estilo ya más dramático y concentrado 
de la madurez, aunque con menos de la melodía bri- 
llante y apasionada de las primeras obras. Es la his- 
toria de Virginia, la víctima del decenviro romano 
á quien su propio padre mata por salvarla del des- 
honor, transportada por Lessing á una pequeña 
corte italiana, tratada conforme á ideas modernas y 
desenvuelta con cierto esfuerzo y dificultad por el 
poeta alemán para encajarla bien dentro de los cinco 
actos de su tragedia. García Gutiérrez empieza redu- 
ciéndola á solos tres actos con grave perjuicio de 
la verosimilitud del desenlace, y acaba desfigurándola 



ANTONIO GARCÍA GUTIÉRREZ 109 

completamente, pues no es ya el padre, sino el ma- 
rido, quien mata á Emilia para salvarla de la 
lujuria del gran Duque de Toscana, en cuyo poder 
se halla, víctima de una emboscada, pocos instantes 
después del matrimonio, cuándo corrían en coche 
ambos esposos á refugiarse en Módena, lejos de la 
garra del tirano florentino. Esta alteración desastrosa 
trae consigo la supresión de un personaje esencial 
en el plan de Lessing, Odoardo Galotti, padre de 
Emilia, figura delineada con gran vigor, militar 
fanático y sombrío, que desde el primer momento 
debe aparecer como capaz de la terrible resolución 
final. Junto con él desaparecen otros rasgos capi- 
tales : por ejemplo, para citar uno solamente, las 
palabras misteriosas de Emilia, en que manifiesta 
dudar-de sí misma, de su resistencia, si se la deja 
sola y expuesta á los halagos del Duque, )o cual 
sugiere la idea de que ella ya tal vez lo ame, y es 
una razón más que impulsa al padre á empuñar el 
arma fatal y cometer el atentado. De esta manera 
molifica y deslíe García Gutiérrez en el agua perfu- 
mada de su versificación cuanto cree áspero y duro 
en la materia que sirvió á Lessing para modelar su 
obra. 

García Gutiérrez era andaluz de nacimiento y edu- 
cación, pasó en Madrid la mayor parte de su vida, 
pero le gustó siempre buscar argumentos en la his- 
toria de Aragón ó de las regiones limítrofes bañadas 
por el Mediterráneo. En ellas pasa la escena del Tro- 
vador, el Rey Monje, el Encubierto de Y alenda, y 

7 



110 EL ROMANTICISMO EN ESPAÑA 

en esa misma historia se inspiró al componer los 
dos hermosos dramas de la segunda parte de su ca- 
rrera : Venganza catalana y Juan Lorenzo. Para el 
primero se preparó con cuidado leyendo la crónica 
de Muntaner, el libro de Moneada, otros documen- 
tos, y haciendo lo que antes no solía hacer, es decir, 
acompañar sus piezas con notas explicativas y eru- 
ditas. 

Los protagonistas de Venganza catalana, Roger 
de Flor y María, Princesa de Bulgaria, no son espa- 
ñoles. Roger es el famoso aventurero italiano, el 
« hijo del diablo », que á la cabeza de una expedi- 
ción organizada en Italia y principalmente compuesta 
de mercenarios aragoneses y catalanes que se ha- 
llaron sin ocupación después de la paz de Calatabe- 
llota, se puso al servicio del bamboleante imperio 
bizantino. María, su esposa, es prima del emperador 
Miguel Paleólogo. Ambos viven en el palacio impe- 
rial, colmado Roger de honores en premio del gran 
servicio anteriormente prestado. Pero Miguel, rece- 
loso de su gloria y de la fuerza que ciegamente le 
obedece, lo hace asesinar á traición en un banquete. 
Esto ocurre, no á la vista del espectador, en el acto 
cuarto. 

El quinto, es decir, el último, cuya acción 
pasa poco tiempo después, es el de la expiación del 
crimen, la venganza memorable que toman los sol- 
dados de Roger « cansándose » de matar griegos y 
auxiliares alanos ó genoveses en una batalla campal, 
cuyas diversas fases sigue anhelante la viuda de Ro- 



ANTONIO GARCÍA GUTIÉRREZ 111 

ger desde los muros de la ciudad donde se ha refu- 
giado el Emperador. 

En sangre puede nadar 
El ataúd que lo encierra ! 

exclama el catalán Berenguer, que reemplaza á Ro- 
ger á la cabeza de la expedición ; María, alma de la 
acción, inspiradora de la tremenda hazaña, responde : 

¡ Bien habéis cumplido, hermanos 
De aquel varón noble y fuerte ! 
¡ Habéis cansado á la muerte 1 

Con ojo certero extrajo el poeta un buen argu- 
mento de la verídica é interesante crónica catalana 
en que Ramón Muntaner, uno de los expedicionarios, 
cuenta los episodios de esa « extraña, romántica, 
heroica, bárbara y sangrienta odisea » (1). El drama 
no podía contener todos sus episodios ; redújose el 
poeta á lo que cabía dentro de los límites de la repre- 
sentación escénica, y prescindió del resto de la ex- 
traordinaria historia de esos aventureros que llega- 
ron después hasta el Ática, fundaron en tierra 
clásica un nuevo estado y nombraron Duque de 
Atenas á uno de los suvos. 

No oculta el autor empeño repetido de hacer vibrar 
notas patrióticas, de excitar sentimientos especiales 
de orgullo y entusiasmo nacional. Es muy de creerse 
que entraran en fuerte proporción esos elementos á 

(1) G. Schhimbergér. Expédition des ■' Almuga vares ou Rou- 
tiers catalans en Orient de Van 1302 á 1311. Paris, Plon. 



112 EL ROMANTICISMO EN ESPAÑA 

aumentar el grande éxito de la pieza: cosa hasta 
cierto punto de sentirse, pues siendo Venganza ca- 
talana quizás el mejor drama histórico de la escuela 
romántica, no necesitaba de otro aditamento que su 
valor poético para merecerlo. El patriotismo ha bas- 
tado en otras ocasiones á hacer pasar por excelentes 
dramas tan medianos como Guzmán el Bueno, de. Gil 
y Zarate, ó Isabel la Católica, de Rubí, mientras que 
la obra de García Gutiérrez se cierne sin más auxilio 
que el de sus propias alas en regiones superiores. 
Sus personajes invocan el nombre de España, de su 
gloria y de su fuerza, en el sentido que sólo ha podido 
tener en la edad moderna. A principios del siglo xiv 
no podía ser el mismo ; era nada más que una 
expresión geográfica, igualmente aplicable en rigor 
á catalanes y aragoneses, que á navarros, portugue- 
ses ó castellanos, en esos días tan frecuentemente en 
guerra unos contra otros. 

No crece, mengua antes bien, el valor poético é 
histórico del drama confundiendo así sentimientos 
de épocas diferentes. Cuando María hace tocar la 
campana convocando después de la muerte de Roger 
á sus soldados, le pregunta el Emperador lo que 
significa el tañido ominoso, y ella responde : 

¡ Pregunta necia ! 
Anuncia el fin de la Grecia ! 
Anuncia el rencor de España ! 

Puede el auditorio aplaudir con frenesí, sentirse 
arrebatado por ese final de acto; pero un espectador 



ANTONIO GARCÍA GUT1ERRFZ I 13 

imparcial y amante de la exactitud pensará proba- 
blemente que María es griega de Bizancio, que el 
muerto es un condottiere nacido en Italia de padre 
alemán, y que á España por tanto poco puede afectar 
aquella situación. En muchos otros lugares busca 
el poeta con los mismos medios idénticos efectos. 

En cuanto á María se refiere, ha previsto el autor 
sin duda esta objeción, pues en el acto siguiente á 
María misma encarga de la respuesta. No es del todo 
convincente, pero la expresa en bellos versos, que 
merecen recordarse. « Mas tú, en fin, ¿dónde has 
nacido? » pregunta Miguel. He aquí su respuesta: 

En los brazos de Roger. 

La patria de la mujer 

Es el amor del marido, 

Y más la que consiguió 

En él lanías dichas juntas. 

Tú, Miguel, tú, me preguntas 

Dónde mi vida empezó? 

— En la gloria de sus hechos, 

En su cariño aquí fijo : 

En su grandeza ! en el hijo 

Que he alimentado á mis pechos ! 

Esta contradicción, que, después de todo, no es de 
tanta gravedad y se puede contar entre la facultad 
quidlibet audendi en los poetas reconocida, movía 
quizás á García Gutiérrez cuando negaba á Venganza 
catalana el primer puesto entre sus creaciones y 
reservaba ese honor para Juan Lorenzo, drama 
en cuatro actos, representado en Diciembre de 1865. 
Está en efecto superiormente escrito, mejor quizás 



114 EL ROMANTICISMO EN ESPAÑA 

que todos los otros, pero no tiene en la historia de 
la escuela la importancia de El Trovador, ni llega 
en amplitud y vigor de inspiración al nivel del vasto 
cuadro de Venganza catalana. 

Hay en Juan Lorenzo, igual que en casi todas las 
composiciones del autor, una adorable figura de 
mujer, Bernarda, revestida del más poético encanto. 
Es de gran efecto el contraste final: la novia, en traje 
de boda, que llega á buscar á Lorenzo, su prometido, 
y lo encuentra sentado en un sillón, al parecer dor- 
mido, en realidad muerto, herido en el corazón, de 
antemano enfermo, por el golpe punzante del des- 
engaño más amargo. Pero el protagonista es un ser 
indeciso, dibujado con mano incierta, como si el 
artista mismo no estuviese bien seguro del fin que 
se ha propuesto. El terreno era enteramente nuevo 
para el poeta ; distinguido hasta entonces entre los 
poetas por su alejamiento de la política activa, mi- 
litante, entra ahora en ella, aunque de modo indi- 
recto, poniendo la escena de su drama en Valencia 
durante las famosas Germanías, que tan gravemente 
revolvieron y ensangrentaron el país en el primer 
cuarto del siglo xvi ? y presentando un carácter y 
una situación que fácilmente podían hallarse seme- 
jantes á lo que en el movimiento de reforma política 
y social pasa en nuestros días. Mas pronto se vio 
que no era su musa divinidad bastante guerrera para 
penetrar y luchar en tan intrincados laberintos. 

Juan Lorenzo, tímido y conciliador por tempera- 
mento, carácter física y moralmente débil, es sin 



ANTONIO GARCÍA. GUTIÉRREZ 115 

embargo el jefe designado de la revolución popular 
que en Valencia se prepara. Cuando descubre que no 
son sus brazos bastante fuertes para gobernar el 
timón en tiempo tan borrascoso ; que las masas 
desbordadas no escuchan en la hora del combate la 
voz apagada de caudillos irresolutos ; que las seducen 
y arrastran fácilmente otros menos honrados, pero 
más sagaces, más violentos y más libres de escrú- 
pulos, — se le caen desalentado las alas del corazón, 
se compara él mismo al Faetonte de la mitología, y 
exclama : 

¡ Noble y santa libertad, 
Mi consoladora idea !... 
Vuelve á Dios, no te desea 
La mísera humanidad. 

Si esta tempestad del alma del personaje ocurriera 
en medio de una acción fuertemente combinada é 
interesante, importarían poco las vacilaciones y la 
candidez del protagonista ; pero nunca fué la inten- 
ción del poeta describir un alma, inferior, como la de 
Hamlet, á lo que de ella las circunstancias deman- 
daban. Aun, conforme á su propio plan, si el 
Conde de*** y la Marquesa y el mismo Guillen So- 
rolla, el falso tribuno, fuesen algo más que siluetas 
ligeras apenas abiertas sobre el metal de la plancha, 
si la intriga estuviese mejor anudada y si la muerte 
ds Lorenzo no pareciese un simple accidente, el 
drama, realzado por su elegante versificación, hu- 
biera triunfado y no sería preciso, cual lo hace un 



116 EL ROMANTICISMO EN ESPAÑA 

distinguido historiador (1), atribuir su escaso éxito 
á c< la intolerancia de los partidos » ó al « fanatismo 
de bandería ». De un modo ú otro se hubiera im- 
puesto al público y no habrían faltado miembros de 
otros partidos que lo aplaudiesen y lo sostuviesen. 

Después de Juan Lorenzo continuó escribiendo 
siempre y publicó más zarzuelas, comedias y dramas: 
nada ya á la altura de sus obras anteriores. El go- 
bierno que en 1854 le había dado el empleo, bien 
poco en consonancia con sus antecedentes, de Comi- 
sario Interventor de la Comisión de Hacienda en 
Londres, lo premió luego de manera más adecuada 
nombrándolo, primero cónsul en Bayona, más ade- 
lante en Genova, hasta encargarlo en 18"2 de la 
dirección del Museo arqueológico nacional. En ese 
puesto permaneció, por todos querido y considerado, 
hasta su fallecimiento en el mes de Agosto de 1884. 

(1) La literatura española en el siglo XIX, por el P. Fran- 
cisco Blanco García (Madrid, 1891). Tomo I, pág. 234. 



IV 
JUAN EUGENIO HARTZENBUSCH 



Después de El Trovador no hubo, en el período 
triunfante del romanticismoespañol, drama másaplau- 
dido, más frecuentemente puesto en escena y más 
característico que Los Amantes de Teruel de Hart- 
zenbusch. Los dos dramas, junto con el Macías y el 
Don Alvaro, son el nombre, el terreno y la ocasión 
de las cuatro grandes batallas de la campaña que 
decidió y afirmó la victoria de la nueva escuela. 
Tienen, entre varios rasgos comunes, la cualidad de 
ser, al mismo tiempo que románticos en el sentido 
universal de la palabra, esencialmente españoles, por 
la naturaleza del argumento, la métrica variada, la 
fibra de poesía nacional que íntimamente los une á 
las obras de los dramaturgos famosos, que en el 
siglo xvn con tanto esplendor y tanta riqueza de 
invención crearon y desarrollaron un teatro nacional. 

Fué una gran fortuna, peculiar á España, que 

7. 



118 EL ROMANTICISMO EN ESPAÑA 

pudiera su literatura, al romper con los ejemplos y 
ataduras del siglo xvín, remontándose sólo unos 
cien años en la tradición nacional, hallarse en te- 
rreno fértil admirablemente adecuado á sus necesi- 
dades presentes, serle lícito al mismo tiempo ba- 
ñarse, robustecerse de nuevo, en las fuentes ricas y 
fortificantes que, desde Lope de Vega hasta Calderón, 
tan abundantemente corrieron y se encauzaron. En 
Francia, por el contrario, tuvo la separación román- 
tica que convertirse desde luego en divorcio abso- 
luto, no ya del arte imperante en el xvm, sino 
también del que hasta entonces era orgullo y prez 
de toda su historia, el siglo de oro, la grande época 
en que brillaron Gorneille, Racine, Moliere y tam- 
bién Boileau, el legislador literario umversalmente 
respetado. El drama romántico podía parecer, super- 
ficialmente considerado, fundido en el mismo molde 
anterior, pues era el metro invariablemente el mismo, 
constante el martilleo de los pareados alejandrinos; 
pero en realidad argumentos, versificación, estruc- 
tura, carácter general, todo era muy distinto, sin 
antecedente en la misma literatura, todo infinita- 
mente más cerca de Shakespeare, de Schiller ó de 
Goethe que de Racine y de Gorneille. El drama espa- 
ñol, concebido y criado en tan nuevas condiciones, 
iba, sin embargo, deliberadamente, á soldarse como 
un eslabón más en la gran cadena de la tradición 
nacional. Suprimía lo mismo de que los franceses 
prescindían, saltaba por encima de las mismas ba- 
rreras, pues en España el siglo xvín había sido 



JUAN EUGENIO HARTZENBUSCH 119 

imagen imperfecta del mismo período francés ; pero 
no iba en busca de modelos más allá del siglo de los 
Felipes de la casa de Austria, y la semilla francesa, 
fecundada en terreno nacional, creció y fructificó 
bajo la influencia directa vivificante de los ilustres 
precursores. Lengua, métrica, poesía, libres movi- 
mientos, se reproducían ahora bajo cielo más abierto, 
en terreno más amplio, con horizontes que en todas 
direcciones se ensanchaban y abrían campo libre á 
todas las ideas, á todos los sentimientos. 

Fuera del ¡Hacías de Larra, es el drama de Hartzen- 
busch, entre todos los románticos, aquél á que mejor 
cuadra esta definición, pues los del Duque de Rivas 
posteriores al Don Alvaro en gran parte parecen 
imitaciones demasiado directas, casi pastiches, de 
Calderón. Hartzenbusch además, y nada tanto como 
esto lo diferencia del mismo Rivas, de García Gu- 
tiérrez, de Zorrilla y de los otros, fué poeta y eru- 
dito juntamente, no siendo fácil decidir cuál de los 
dos elementos efectivamente predomina en el con- 
junto de sus cualidades. 

De madre española, de padre alemán, artesano, ve- 
nido de las inmediaciones de Colonia á establecerse 
como ebanista en Madrid, nació Hartzenbusch en esta 
misma capital y en el año de 1806. La ocupación del 
padre fué también suya hasta pasados de los veinte 
años de edad, y en talleres diferentes, pues desde 
temprano había quedado huérfano de madre y padre. 
Recibió, no obstante, buena educación durante la 
niñez en uno de los mejores colegios de Madrid, y 



120 EL ROMANTICISMO EN ESPAÑA 

desde muy temprano reveló su afición á las letras, 
al teatro principalmente. Cuando dejó el oficio de 
ebanista poco después de la muerte de su padre, 
aprendió taquigrafía y entró á practicarla empleado 
en la redacción de la Gaceta, donde empezó real- 
mente á cultivar las letras y el arte dramático; hasta 
entonces, por escasez de recursos, sólo « de tarde en 
tarde » había podido apenas concurrir á los teatros. 
Empezó haciendo traducciones de piezas francesas, 
refundiendo otras antiguas españolas y, después de 
algunos ensayos infructuosos, ya originales, tenía 
concluida una primera versión de Los Amantes de 
Teruel, asunto que desde algún tiempo antes estu- 
diaba y preparaba, cuando llegó á sus manos un 
ejemplar del Macías de Larra. No había podido asis- 
tir ásu representación. Al leerlo quedó absorto ante la 
extraordinaria semejanza que, por rara coincidencia, 
descubría en el argumento y en el desarrollo escénico 
de su manuscrito y de la obra de Fígaro. Se puso 
en seguida, sin afligirse ni desanimarse, á rehacer 
el trabajo. La laboriosidad paciente era en él virtud 
connatural, transmitida por sus ascendientes ale- 
manes. 

Este pequeño infortunio, que había sin duda lle- 
gado pronto á oídos de Larra, previno probable- 
mente al crítico en favor de su cofrade, al dar cuenta 
al público del estreno en el teatro del Príncipe, el 
19 de Enero de 1837, de Los Amantes de Teruel. 
Lo cierto es que el juicio, que inmediatamente im- 
primió, de la nueva obra, se distingue singularmente 



JUAN EUGENIO IIARTZENBUSCH 121 

por un tono de entusiasta simpatía, que debió sor- 
prender en crítico tan agudo y tan severo, pues 
Hartzenbusch era enteramente un desconocido; em- 
pezaba en ese momento su carrera, aunque contaba 
tres años más de edad que Larra mismo, quien 
veinte días después iba á terminar su vida, dejando 
una reputación igual por lo menos á la del más ilus- 
tre de sus contemporáneos. « Pasar cinco ó seis lus- 
tros obscuro y desconocido », escribe el juez con sin- 
ceridad inequívoca, « y convocar á un pueblo, hacer 
tributaria su curiosidad, alzar una cortina, conmo- 
ver el corazón, subyugar el juicio, hacerse aplaudir 
v aclamar... es nacer, es devolver al autor de núes- 
tros días por un apellido obscuro un nombre claro, es 
dar alcurnia á sus ascendientes en vez de recibirla 
de ellos... Y tener mañana un nombre, una posi- 
ción, una carrera hecha en la sociedad, el que quizá 
no tenía ayer donde reclinar su cabeza, es algo, y 
prueba mucho en favor del talento ». Concluye, 
después del más detenido examen, invitándolo á pro- 
seguir, ce no ya como jueces de su obra, sino como 
émulos de su mérito, como necesitados de sus pro- 
ducciones ». Repito que el elogio nada tiene de inme- 
recidamente exagerado; no se hubiera arrepentido 
de haberlo formulado en tales términos si hubiese 
vivido más años; sólo, á mi parecer, pensaría que el 
autor nunca llegó más lejos y que son los Amantes 
de Teruel, en definitiva, la suma de sus facultades, el 
punto culminante de su esfuerzo. Siéntese en cuanto 
escribió Hartzenbusch el estudio, el saber profundo ^ 



122 EL ROMANTICISMO EN T ESPAÑA 

la aplicación constante, el buen gusto adquirido fir- 
memente en el comercio incesante con grandes auto- 
res; pero no siempre, después de ese primer drama, 
el efecto brillante de una inspiración libre y espon- 
tánea. Compuso ese poema admirable en momento 
sin igual, la hora feliz en que la voluntad y el numen 
poético pudieron proceder todo el tiempo de consuno, 
armonizarse y confundirse en excepcionalmente grata 
ocupación. 

La leyenda, que muchos hoy en España conside- 
ran todavía como verdadera, supone que á princi- 
pios del siglo xiv existían en Teruel dos amantes, 
Diego Marsilla é Isabel de Segura, á cuyo enlace, 
desigual ó imprudente en cuanto á la fortuna, se 
oponían los padres de la novia, que preferían casarla 
con un ricohombre de la misma ciudad, llamado 
Azagra. Concedieron á Marsilla un plazo para ir en 
busca de fortuna y volver, si la conseguía, á recla- 
mar la mano de su amada. Cuando, logrado su em- 
peño, retorna rico, ansioso, lleno de esperanzas, es 
ya demasiado tarde; llega el día mismo en que fe- 
nece el término, la hora precisa en que se bendecía el 
matrimonio de Azagra é Isabel. En el mismo templo, 
según una de las versiones, ó poco después, al 
encontrarse ambos enamorados, muere Marsilla tras- 
pasado de dolor, y cae Isabel expirante sobre su cadá- 
ver. Hay naturalmente, respecto á los detalles, ver- 
siones diferentes que no importa enumerar; pero 
desde el siglo xvu el historiador Blasco de Lanuza 
calificaba el suceso de fabuloso; y las pruebas que 



JUAN EUGENIO HARTZENBUSCH 123 

otros aducen insistiendo en su cabal veracidad, distan 
mucho de ser convincentes, aunque A. Fernández- 
Guerra opine lo contrario (i). 

De otras regiones de Europa durante la Edad Media 
nos han venido tradiciones afines, y ésta de los 
amantes que mueren de amor, forma, como es sabido, 
uno de los cuentos del Decamerón de Bocaccio, con 
pormenores algo diferentes, pero siempre el mismo 
desenlace. Ha dicho Fernández-Guerra, obstinado en 
reivindicar el origen español de la historia, que 
desde muy temprano debió haber llegado á oídos del 
gran narrador florentino alguna trova sobre ese 
asunto por medio de alguno de los aragoneses, que 
entonces dominaban en Sicilia y traficaban por toda 
Italia. Pura hipótesis, que deja cosas y dudas en el 
mismo estado. Lo positivo es que no hay documento 
fehaciente anterior al siglo xv, y que muy bien 
pueden ser de otras personas los esqueletos conser- 
vados en Teruel. 

Antes que Hartzenbusch intentaron varios trasla- 
dar la leyenda al teatro : Rey de Artieda, Tirso de 
Molina, Montalván, todos con escasa fortuna. El ar- 
gumento se amolda difícilmente á las exigencias de 
la escena; el desenlace, la muerte súbita de amor, 
requiere de antemano larga preparación para lograr 
verosimilitud, para imponerse, aun á espectadores 
que lo saben y la aguardan, como sucede á la mayor 
parte de los que hablan español. Sepárase en esto 

(1) Obras completas de J. E. Hartzenbusch. Madrid, 1886. 
Tomo I, pág. 43. 



124 EL ROMANTICISMO EN ESPAÑA 

desfavorablemente de otras obras famosas, fáltale el 
elemento trágico y más hondamente conmovedor que 
en Francesco, da Ri?nini, en Romeo y Julieta, en 
Tristán é hola, precipita la catástrofe, explica la 
muerte y prensa cruelmente el corazón del lector ó 
el espectador : es decir, la espada asesina del her- 
mano ultrajado, el doble suicidio en el camposanto 
de Verona, la herida de arma emponzoñada que re- 
cibe Tristán y que Isola únicamente puede sanar. 

Hartzenbusch explica muy bien la tardanza del 
amante, prisionero de los moros en Valencia, mien- 
tras lo aguardan en Teruel. Nos hace igualmente ver 
bien la triste necesidad en que Isabel se encuentra 
de devorar sus lágrimas y aceptar por marido á Aza- 
gra. Pero la muerte de Marsilla ocurre como en la 
leyenda; muere de amor, de amor desdeñado, por- 
que la encuentra casada y porque ella, en un mo- 
mento de despecho, temiendo que, al batirse con 
Azagra, haya él inutilizado el sacrificio de dar su 
mano por salvar el honor de su madre, le dice : Ya 
te aborrezco! 

Escribió el poeta este drama dos veces, sin contar 
el primitivo canevas, que inutilizó por su seme- 
janza con el Macías. Dejando éste á un lado, pues 
nadie, según entiendo, parece haberlo conocido, hay 
en realidad tres textos publicados de Los Amantes 
de Teruel. El primero es el de la edición original de 
183T, el segundo es el que se insertó por Ochoa en 
la colección de Obras Escogidas editada por Baudry 
(París, 1849). Existe, por último, un texto definitivo 



JUAN EUGENIO HARTZENBUSCH 125 

que puede verse en el tomo III de las Obras Com- 
pletas (Madrid, 1886). Éntrelas ediciones de 1831 
y 1849 las diferencias son en extremo importantes : 
unas simplemente de forma, otras que modifican pro- 
fundamente el argumento. Éstas mejoran notable- 
mente la pieza; de aquéllas algunas son de aplau- 
dirse, como el reducirjos cinco actos á cuatro, muy 
suficientes para su desarrollo, y como el poner en 
verso varias de las escenas antes en prosa; no así 
otras muchas en que, movido por escrúpulos excesi- 
vos, corrige pequeños defectos de estilo y versifica- 
ción, olvidos insignificantes, á costa de la frescura y 
espontaneidad de la primera inspiración, en gran 
parte menoscabada. Es justo apreciar hoy la obra 
conforme á la versión definitiva nada más; pero no 
es posible olvidar ciertos méritos de la primera. 

El primer acto, todo en verso y de admirable 
poesía, pasa en el reino de Valencia. Marsilla, que 
volvía rico y contento á la patria, vive allí cautivo 
del Amir y faltan no más que seis días para cumplirse 
el plazo improrrogable fijado en Teruel para aguar- 
darlo. Zulima, la sultana, prendada de él, de su per- 
sona y de su arrojo en las diversas ocasiones en que 
ha tratado de romper sus cadenas y escaparse, le 
ofrece la libertad con lal de huir con ella. Desairada 
con dulce firmeza por quien reserva su corazón para 
la mujer que esperándolo quedó en la ciudad natal, 
se cree menospreciada, y como tiene de todos modos 
que salir de Valencia temiendo las iras del sultán, 
conocedor de sus traiciones, jura furiosa vengarse de 



126 EL ROMANTICISMO EN ESPAÑA 

Marsilla y de Isabel. Estalla en ese momento formi- 
dable conspiración dentro del palacio mismo, Mar- 
silla presta su brazo y su valor á la causa del Amir, 
le ayuda á triunfar, y en galardón de sus servicios- 
obtiene la libertad y le devuelven las riquezas que 
le habían quitado. 

¡Ojalá se hubiese contentado el poeta con sólo reto- 
car, como lo hizo, cuidadosa y felizmente, el ajuste 
y carácter de las escenas, ciertos pormenores del 
argumento, sin desfigurar en varias partes el bellí- 
simo coloquio entre Marsilla y la sultana, supri- 
miendo sin necesidad redondillas ó alterando otras 
sin mejorarlas! Cuando Marsilla, al relatar las aven- 
turas de sus seis años de guerras y peregrinaciones, 
menciona la batalla de las Navas de Tolosa, exclama 
Zulima : 

Lugar maldito del cielo. 
Donde la negra fortuna 
Postró ele la Media Luna 
La pujanza por el suelo ! 

La interrupción es verosímil, natural en boca de 
una mujer mahometana, y aunque no precisamente 
indispensable, no se comprende que haya desapare- 
cido de la edición definitiva. Otra redondilla hay, 
dulce y fluida cual ninguna : 

Mi nombre es Diego Marsilla 
Y cuna Teruel me dio, 
Ciudad que ayer se fundó 
Del Turia en la fresca orilla. 



JUAN EUGENIO HARTZENBUSCH 127 

El autor, una vez engolfado en sus correcciones, 
recordó que Teruel no es, políticamente hablando, 
ciudad, sino villa, y que el río, que pasa cerca, no se 
llama Turia sino después de haber pasado, siendo 
atetes el Guadalaviar. Aunque no debe ello interesar 
mucho á la sultana, substituyó los dos versos con 
éstos, menos buenos : 

Pueblo que ayer se fundó 
Y es hoy poderosa villa. 

Otros ejemplos de la misma especie pudieran ci- 
tarse, mas pienso que bastan para dar idea exacta 
de lo mucho que siempre hubo de escrupuloso, de 
meticuloso y hasta de nimio, en la « manera » 
artística de este habilísimo poeta. 

Isabel de Segura es la figura más vivida y brillan- 
temente creada en todo el drama. No es ya una niña 
de catorce años como Julieta que se deja ciegamente 
arrastrar por la pasión, ni una inocente sin voluntad 
como la Novia de Larnmermoor . Es una mujer de 
temple heroico, que ha aguardado seis años con 
paciencia y firmeza ejemplares la vuelta de su pro- 
metido y que solamente cede ante obstáculos y des- 
gracias ineluctables. Azagra, el pretendiente, posee 
cartas que deslustran, comprometen la reputación de 
Margarita, madre de Isabel; cartas que han llegado 
á su poder de una manera extraña, pero suficiente- 
mente explicada. Isabel oye sin quererlo la escena 
entre Azagra y su madre, sorprende así el terrible 
secreto y resuelve sacrificarse como víctima expiato- 



128 EL ROMANTICISMO EN ESPAÑA 

ria, aceptando el odioso enlace si, vencido el plazo, 
no aparece Marsilla, al cual en esa hora amarga 
tiene por perdido, por muerto sin duda, pues no 
hay de él desde mucho antes la menor noticia. Como' 
el espectador sabe que al volver de Palestina ha 
caído en manos de piratas y que ha logrado salir 
ileso de los baños de Valencia, cuenta con su vuelta 
de un momento á otro y presiente formidable peri- 
pecia. La emoción dramática es por tanto lógica, 
natural, profundamente desgarradora. 

Zulima, personaje menos poético, elemento melo- 
dramático de la pieza, signo innegable de la época 
y de la escuela, como la Azucena del Trovador, 
interviene ahora para precipitar los sucesos y pre- 
parar la catástrofe. Poseída de un espíritu de ven- 
ganza violenta y hasta cierto punto, puede decirse, 
inverosímil, pues no lo justifican los motivos de su 
resentimiento, trae á Isabel la nueva falsa de la 
muerte de su amante, concierta con unos bando- 
leros que se apoderen de Marsilla y lo detengan 
mientras se celebra la ceremonia religiosa en Teruel, 
y no satisfecha todavía con lo que su maldad ha con- 
seguido, esconde una daga emponzoñada para matar 
tanto á Isabel como á Marsilla. Por fortuna muere 
antes á manos del emisario que tras ella ha despa- 
chado su esposo, el rey de Valencia. 

La gran escena que precede al desenlace, escena 
capital que requería indispensablemente alto grado 
de pasión y elevación poética para producir su efecto 
y arrancar el asentimiento del espectador subyugado 



JUAN EUGENIO HARTZENBUSCH 129 

por la emoción, es muy hermosa, sobre todo después 
de esmeradamente retocada y en parte rehecha para 
la edición definitiva, borrando algunos lunares y 
Varios versos lánguidos, débiles ó prosaicos de 
expresión. Éste, por ejemplo : 

Respeta los ¿ecretos de una dama, 

humilde respuesta de Isabel cuando Marsilla ansio- 
samente le pregunta cuál es la razón, el motivo 

Del prodigio infeliz de su mudanza. 

La escena, escrita toda en endecasílabos con el aso- 
nante a-a, es de un vigor y rotundidad que no logró 
tan cumplidamente Hartzenbusch en ninguna otra 
ocasión. En general el verso heroico no respondía á 
sus esfuezos tan fácilmente y tan bien como el metro 
octosílabo. En éste, bajo todas sus formas, la redon- 
dilla lo mismo que el romance ó la quintilla, llega á 
una habilidad consumada, una maestría que, aunque 
de carácter muv diferente, se iguala á la erran faci- 
lidad y la melodía expresiva de García Gutiérrez. Sus 
poesías líricas, ninguna de ellas notable, sólo ascien- 
den de un nivel mediano cuando están escritas en 
versos cortos, como Al Basto de mi. esposa, La 
Cama de matrimonio ó la Despedida. Ni aun en la 
silva logra subir muy alto, como se ve en las tra- 
ducciones de Schiller, La Campana, La Infanticida, 
elegantemente escritas, pero casi privadas ya de la 
solemnidad y movimiento lírico de sus originales. 



130 EL ROMANTICISMO EN ESPAÑA 

Mas es indudable que el autor del primero y del 
último acto de Los Amantes de Teruel nada nece- 
sita envidiar entre todo lo que de mejor escribieron 
sus contemporáneos; nadie en todo el teatro román- 
tico rayó á superior altura. La pareja inmortal de la 
leyenda, tomando ahora su forma definitiva por vez 
primera, animada al soplo de fecunda poesía, queda 
esculpida en materia más pura y duradera que el 
bronce ó que la piedra, segura ya de no borrarse en 
la' memoria. 

No le mató la vengativa mora, 

exclama Isabel, antes de caer sobre el cadáver de su 
novio : 

Donde estuviera yo, ¿quién le tocara? 
Mi desgraciado amor, que fué su vida... 
Su desgraciado amor es quien le mata. 
Delirante le dije : — Te aborrezco. — 
Él creyó la sacrilega palabra 
Y expiró de dolor. 

... Mi bien, perdona 
Mi despecho fatal. Yo te adoraba. 
Tuya fui, tuya soy : en pos del tuyo 
Mi enamorado espíritu se lanza (1). 

Unos dos años después de ese triunfo en el teatro, 
con éxito un poco menor, pero grande siempre, se 
representó su segunda obra notable : Doña Mencía 
ó La boda en la Inquisición, drama en tres actos, 
todo en verso. El argumento, enteramente original, 

(1) Esta redacción definitiva del final en casi nada se pa- 
rece á Ja versión primera por tantos años aplaudida en toda 
España. Apenas si conservan una ó dos cláusulas iguales. No 



JUAN EUGENIO HARTZENBUSCH 131 

sin carácter ni histórico ni legendario, es un estudio 
penetrante de la vida en España á principios del 
siglo xvii. La escena pasa en Madrid, la Inquisición 
proyecta negra sombra sobre la pieza toda. Traza, 
efi forma verdaderamente artística, sin exceso de 
encono retrospectivo, como no se había hecho antes, 
el cuadro vigoroso de Jos desastres y terrores ince- 
santes que en esos días inquietaban é infernaban la 
existencia de un gran número de españoles, espan- 
tados, rastreados por sabuesos que con el nombre de 
familiares del Santo Oficio buscaban víctimas en 
todas partes, atormentadas y despedazadas luego por 
el implacable tribunal hasta perder la vida ó la razón, 
como sucede á los personajes de este drama. Sin los 
apostrofes violentos ni las maldiciones inútiles del 
Carlos II el Hechizado, de Gil y Zarate, representado 
poco antes, comunica Hartzenbusch con habilidad y 
perspicacia de poeta la impresión de la verdad, pone 
ante los ojos la imagen exacta de lo que pasaba, de 
lo que se sufría, no ya dentro de los muros del 
Santo Oficio, que eso hubiera sido más fácil y de 

debe empero olvidarse, á título de curiosidad artística, la 
forma original, aunque menos bella que la segunda : 

... Yo le maté; quise alejarle... 

Que le odiaba le dije... El sentimiento, 

El espanto... Y mentí !... 

Pero también de mí se apiada el cielo. 

Ya de la eternidad me abre la puerta ^ 

Y de mis ojos huye el mundo entero, 

Y una tumba diviso solamente 

Con un cadáver, y á su lado un hueco. 
Marsilla ! yo te amé, siempre te amaba. . 
Tú me lloraste ajena... tuya muero. 



132 EL ROMANTICISMO EN ESPAÑA 

efecto vulgar, sino en el interior del hogar domés- 
tico, en la vida íntima, entre seres indefensos y des- 
validos. Describir, pintar esos martirios del alma y 
del cuerpo en un cuadro de proporciones reducidas, 
no con trazos de brocha grosera, sino con pinceladas 
delicadas, en un lenguaje sin tacha y una versifi- 
cación exquisita, no se había hecho antes y no sé si se 
ha intentado después en el teatro. Es lo que Hartzen- 
busch admirablemente realizó. 

Hoy Doña Mentía, desde hace tiempo, no se re- 
presenta ; los setenta años transcurridos, alejando y 
confundiendo en el horizonte histórico los rasgos 
más terribles de la realidad de la institución polí- 
tico-religiosa ya para siempre abolida, pero que Fer- 
nando VII hubiera muy bien querido restablecer en 
su vigor original, han quitado al drama mucho de 
lo palpitante de su interés. También es propósito 
deliberado entre gran parte de la sociedad culta 
española considerar de mal tono el revivir esos 
recuerdos desagradables. Pero Doña Mentía adolece 
de un grave defecto ; el argumento es obscuro, in- 
trincado, lleno de cambios y peripecias difíciles de 
comprender, y no resulta la impresión final tan clara 
y definida como pudiera ser. 

Don Gonzalo de Mejía, peruano, esposo prometido 
de Doña Mencía, que ha servido á su metrópoli como 
capitán en los tercios de Flandes, se encuentra denun- 
ciado al Santo Oficio por poseer en su casa : 

una Biblia en romance 
y un retrato de Lutero, 



JUAN EUGENIO HARTZENBUSCH 133 

y es llevado á la prisión por un anciano, que es 
tutor de la novia y familiar de la Inquisición. Doña 
Mencía espontáneamente acude al tribunal, obede- 
ciendo á su tutor, que le aconseja ir á exponer los 
escrúpulos que la agitan por haber estado enamorada 
de un sospechado de veliementi. Tiénenla también 
por sospechosa, sufre un mes de prisión, es atormen- 
tada, cree salvarse confesando cuanto le preguntan, 
la fuerzan á casarse por poder con Don Gonzalo, y 
sale en fin de allí enajenada de vergüenzas de dolor, 
pero fiada en la promesa que le han hecho de ver 
pronto libre á su esposo. Es condenado éste á largo 
término de prisión en un convento de Toledo. Logra 
escaparse disfrazado de fraile; llega á casa de Mencía, 
donde, al cabo de sorpresas y combinaciones diver- 
sas, se descubre que es él en realidad el padre de su 
propia mujer. Los alguaciles están á punto de entrar 
y apoderarse de Don Gonzalo, quiere matarse, 
Mencía le arrebata el puñal que se clava ella misma 
en el corazón, mientras que á él se lo llevan conde- 
nado á prisión, que « durará lo que su vida ». Hay 
más aún en el drama, hay una hermana bastarda de 
Mencía, infamada también por sentencia oprobiosa, 
fulminada contra su padre por la Inquisición. Al 
principio del drama es á ésta á quien ama Don Gon- 
zalo, y al fin debe entrar corno monja en un con- 
vento: figura poética que cual víctima inocente cruza 
la escena, coronada de flores, llena de gracia y en- 
canto juvenil, á sepultarse en perpetua clausura. 
Otros sucesos complican todavía más el conjunto de 



134 EL ROMANTICISMO EN ESPAÑA 

la obra, por fortuna sin debilitar demasiado el efecto 
dramático, de los actos segundo y tercero singu- 
larmente, cuyas escenas finales desgarran el co- 
razón. 

Continuó largo tiempo más escribiendo para el 
teatro, pero no volvió á desplegar tan ampliamente 
la inspiración que dio vida á esas dos obras armó- 
nicas, simétricas y esplendentes, testimonio ante la 
posteridad del alcance de sus facultades. Por ellas 
se le ha de juzgar. En las otras los defectos se fueron 
pronunciando, más visibles cada vez, en la elección 
de los argumentos y desarrollo del plan, á medida 
que la vena poética iba gradualmente disminuyendo. 
El vigor dramático de la imaginación menguaba, pero 
la forma continuaba siempre de un gran valor. El 
hábil obrero manejaba cada vez más diestramente su 
instrumento y cincelaba aún mejor el fino metal, la 
materia de sus creaciones. 

En Alfonso el Casto, que con un año de intervalo 
sucedió á Doña Mencía, á pesar del estilista, el in- 
terés ya decae y la supuesta pasión del rey por su 
hermana deja frío é indiferente al lector ó espec- 
tador. 

Esas pasiones extranaturales t para adquirir 
fuerza trágica, necesitan adivinarse más bien que 
comprenderse, al través de la incurable melancolía 
del Rene de Chateaubriand ó la pavorosa misan- 
tropía del Manfredo de Byron. No había esa fibra en 
el talento deHartzenbusch; la pieza es endeble, pero 
tiene trozos de la misma fuerza que tantos otros de 



JUAN EUGENIO HARTZENBUSCIÍ 135 

Marsilla, ó de Inés en Doña Mentía, que no se olvi- 
dan, como éstos : 

i Qué poco, serrana bella, 
Te ennegrecieron los soles ! 
¡ Qué poco se ha ejercitado 
La mano con que avergüenzas 
El blanco vellón que coges ! 
■t- 

O estos otros, en la misma escena : 

Con ese desdén, zagala, 
Con que tus elogios oyes, 
Me pagó también un día 
La ingrata de mis amores. 
Era una tarde de otoño, 
Trasponía el horizonte 
El sol, dorando la cima 
De los árboles mayores 
Que daban sombra á una casa 
Coronada de una torre : 
Cantaban allá á lo lejos 
Alegres trabajadores, 
Que cerraban los portillos 
De unos rotos paredones : 
Percibíase á otro lado 
El eco de una harpa, dócil 
Á una mano que en la tuya 
Hizo el Señor que se copie... 

Después de un drama en que, bajo el título de 
Primero yo, traslada á España con poca fortuna un 
episodio de novela filosófica alemana, fué en 1845 
mejor acogida La Jura en Santa Gadea. El héroe, 
siempre simpático á todo público español, aparece 
aquí un poco diferente del que pusieron en escena 
Guillen de Castro y Corneille; acércase un tanto más 



136 EL ROMANTICISMO EN ESPAÑA 

al Cid de las gestas ó de las crónicas ; es el Rodrigo 
intrépido y tenaz que arranca el famoso humillante 
juramento con que niega el rey su complicidad en la 
traición de Vellido Dolfos. Lánguido á veces, y en 
suma demasiado recargado de inútiles detalles por * 
escrúpulo excesivo de seguir la tradición, ofrece una 
ó dos escenas realmente bellas, en que hay íntima 
conexión entre la situación dramática y la expresión 
poética. Ninguna de sus otras composiciones llega á 
valer tanto como ésta. Ni la Madre de Pelaijo, drama 
sombrío que revive con nombres españoles, algo pa- 
recido á la historia de Mérope, argumento déla que 
es acaso la mejor entre las tragedias de Voltaire; 
ni La ley de raza, representada en Abril de 1852, de 
carácter más obscuro y efectos más rebuscados que 
ninguna de las anteriores. Pero la forma en ésta, 
última desús obras digna de mención, es la de antes, 
la de siempre, consiguiendo de cuando en cuando, á 
fuerza de lima, de trabajo, de paciencia, el encanto 
de la naturalidad, la seducción de la aparente faci- 
lidad. 

Poco á poco el erudito fué superponiéndose al 
poeta. Su larga ocupación en la Biblioteca Nacional, 
de que llegó á ser director en 1862, después de 
cerca de veinte años de asistencia constante como 
uno de sus oficiales; las varias ediciones de autores 
clásicos, dramáticos principalmente, de que se en- 
cargó, estudiando textos por nadie antes examinados 
ó comparados; y su preponderante intervención en 
las publicaciones de la Academia de la lengua, era- 



JUAN EUGENIO HARTZENBUSCH 137 

bargaban todo su tiempo y lo alejaban de trabajos 
poéticos. 

Se aplicó á esas tareas con esmero y constancia 
ejemplares, aunque no con todo el escrupuloso res- 
peto que hoy se espera del erudito. Su imaginación 
de poeta contribuyó tal vez á extraviarlo, sugirién- 
dole en casos dudosos soluciones innecesarias ó 
cambios peligrosos 4 . Hizo una edición del Quijote, 
en que de tal modo llegó á desfigurar la prosa del 
gran maestro, que tuvo él mismo que arrepentirse 
de su obra. En muchos tomos de la Biblioteca de 
Autores, editada por Rivadeneyra, cree el estudiante 
leer frases y palabras de escritores del siglo de oro, 
que pertenecen sola y exclusivamente al colector, 
como lo ha observado, sin disimular su justísima 
sorpresa, el Sr. Cuervo en su Diccionario de Construc- 
ción y Régimen de la lengua castellana. 

Nunca tomó parte en la política, conservó siempre 
las mismas ideas liberales de su juventud y aceptó 
únicamente cargos públicos de acuerdo con sus estu- 
dios y aficiones. Murió un mes antes de cumplir 
setenta y cuatro años, en Agosto de 1880 y en Ma- 
drid mismo, su ciudad natal. Fué excelente poeta, y 
al mismo tiempo hombre dulce, modesto, laborioso, é 
instruido en literatura, como muy pocos en su pa- 
tria. 



8, 



ESPRONCEDA 



I 



Espronceda es el hombre- tipo del romanticismo 
español, su Représentative Man, para usar la expre- 
sión ya por Emerson consagrada. Esto no sólo por 
sus escritos, intensamente personales y revolucio- 
narios, sino también por muchos otros rasgos : su 
carácter, su apariencia física, sus excesos, su vida 
entera de combatiente y de poeta. Muy probable- 
mente hubiera terminado su existencia empeñado, 
como Byron, en alguna grande empresa de lucha 
militar y de heroísmo, si hubiese tenido á su dispo- 
sición una gran fortuna y si, como el patricio inglés, 
se hubiese visto obligado á abandonar la patria en 
abierta hostilidad contra la opinión pública escanda- 
lizada, forzado á buscaren otra parte ocupación á su 
actividad y á su amor del ruido y de la gloria. 



140 EL ROMANTICISMO EN ESPAÑA 

Mil veces se le ha llamado el Byron español y no 
es posible evitar repetirlo cada vez que de su vida y 
de sus obras sea necesario tratar, porque no sola- 
mente está en contacto con el autor del Don Jua\i 
por el tono general y varios pormenores de algunos 
de sus escritos principales, sino que, aun sin esa 
relación directa, subsistiría siempre semejanza mar- 
cada con quien indudablemente es prototipo de las 
más prominentes entre sus mejores y peores cuali- 
dades. 

No fué, sin embargo, más que poeta lírico; en nin- 
gún otro género llegó al mismo elevado nivel. Su 
única novela, Sancho Saldaría, los fragmentos cono- 
cidos del drama Blanca de Castilla, dicen muy claro 
que mejor para su gloria habría sido abstenerse de 
probar sus fuerzas en esos ejercicios. La parte 
satírica del Diablo Mundo es débil, sin profundidad 
y sin alcance, al revés de lo que en Byron acontece; 
nada en aquel poema vale tanto como la parte lírica : 
los arpegios brillantes de la Introducción ó las apa- 
sionadas octavas del Canto á Teresa. Lo mismo en 
el Estudiante de Salamanca : lo mejor es el delirio, 
la muerte de Elvira, y el ímpetu lírico-fantástico del 
final. En cambio, el encuentro de Don Félix y el 
hermano déla víctima en la casa de juego, carece de 
la fuerza dramática que la situación imperiosamente 
demandaba. 

Otro lírico de igual calibre no cuenta la literatura 
española en todo el siglo. Ni Tassara, ni Zorrilla, ni 
Campoamor, tres contemporáneos nacidos poco des- 



ESPRONCEDA 141 

pues que él, los tres por cierto en un mismo año 
(1811), ni otro alguno de sus sucesores, puede hasta 
el presente decirse que lo supere. Habría que remon- 
tar á las grandes composiciones de Quintana para 
encontrar algo que poéticamente valga tanto como 
los versos líricos de Espronceda, y son por de con- 
tado cosas esencialmente distintas. Quintana, du- 
rante los primeros años del siglo, señaló en sus odas 
al Combate de Trafalgar, á España, al Armamento 
de las Provincias, el punto más alto á que podía lle^ 
garse con las fórmulas y cortapisas del siglo xviii, 
mientras Espronceda, rompiendo las tradicionales 
ataduras, emprendió vuelo por nuevos cielos y fué á 
beber inspiración en nuevas fuentes. 

Las vicisitudes de su agitada existencia encuén- 
transe además en íntima armonía con el carácter y 
forma de sus escritos, recíprocamente se explican, y 
para bien juzgar estos últimos conviene tener muy 
presente la historia de su vida. 



II 



Nació por accidente en una pequeña ciudad de 
Extremadura, Almendralejo, en 1809, porque su 
padre, coronel de ejército, se encontraba operando 
con su tropa en aquellos contornos y su esposa 
viajaba con él. Era la época en que vivamente ardía 
la guerra contra Napoleón y en que la fábrica secu- 



142 EL ROMANTICISMO EN ESPAÑA 

lar, como sacudida por inmenso volcán, temblaba 
sobre sus cimientos (1). 

En Madrid pasó niñez y juventud. Después de un 
breve ensayo de preparación militar en el colegio de 
Artillería de Sevogia, á cuya disciplina no pudo 
probablemente doblegarse, hizo estudios literarios 
bastante buenos en el colegio de San Mateo, que 
acababa de fundarse, dirigido por eclesiásticos, entre 
los que descollaba el sabio profesor y poeta Alberto 
Lista. Allí estuvo hasta ser cerrado el instituto 
en 1823, cuando Fernando VII volvió á empuñar el 
cetro de monarca absoluto, é inauguró entre su- 
plicios y persecuciones, que ni por un instante habían 
de cesar, la estupenda última década de su vida y su 
reinado, oponiéndose cínicamente á todo conato de 
cultura ó adelanto y condenando el país á vivir otra 
vez los días más tristes de opresión, miseria y ais- 
lamiento de épocas pasadas. 

Espronceda, como casi toda la juventud algo 
ilustrada, y más que nadie, por su carácter revoltoso, 
de audacia y acometividad nada comunes, no podía 
vivir resignado bajo semejante régimen. Apenas 
salido del colegio á fines de ese año de 1823 en que 
vio Madrid, entre otros horribles espectáculos, la 



(1) Casi todos sus biógrafos, Ferrer del Río, Escosura, Blanco 
García, dicen, ó dan á entender, que nació en 1810. Don E. 
Rodríguez Solís (Espronceda. Su tiempo, su vida y sus obras } 
un vol. ; Madrid, 1883), que parece haber escudriñado mejor 
el punto, afirma que fué « en la primavera de 1809 ». Ninguno 
puntualiza diciendo el mes ó el día. 



ESPRONCEDA 143 

muerte innecesariamente cruel de Riego en el patí- 
bulo, comenzó á conspirar. Jóvenes de tan pocos 
años no habían de ser admitidos en las sociedades 
secretas existentes ; organizó con otros de igual 
edad una nueva agrupación llamada de los Numan 
pinos, al poco tiempo descubierta y sus adhercntes 
encausados. Espronceda fué condenado á cinco años 
de encierro en un convento franciscano de Guadala- 
jara. La> pena duró menos tiempo del señalado, 
porque el guardián prefirió soltarlo á conservar en- 
tre sus novicios mancebo tan inteligente y exal- 
tado. Por probable complicidad en un pronun- 
ciamiento militar abortado en Extremadura, según 
Escosura; según Espronceda mismo, por deseo ins- 
tintivo de ver el mundo, abandonó la patria poco 
después, entró en Gibraltar, de donde salió pronto 
por mar en dirección á Lisboa (1). 

La breve y animada descripción de ese pequeño 
viaje marítimo de Gibraltar á Portugal concluye con 
una frase muy citada y muy característica : c< Visi- 
tónos la Sanidad y nos pidieron no sé qué dinero. 
Yo saqué un duro, único que tenía, y me devolvieron 
dos pesetas, que arrojé al río Tajo, porque no quería 
entrar en tan gran capital con tan poco dinero. » 
Cuando esto escribía, tan al principio de sujuven- 



(1) Tres poetas contemporáneos, discurso leído por Don 
Patricio de la Escosura en la sesión inaugural de la Academia 
Española, 1870. — De Gibraltar á Lisboa. Viaje histórico. 
Publicado en El Pensamiento, reproducido por Rodríguez 
Solís. (Op. cit., pág. 77.) 



144 EL ROMANTICISMO EN ESPAÑA 

tud, tenía ya endosado el disfraz y adquirido el 
hábito de esas boutades á lo Byron, manía, no siem- 
pre inofensiva como esa vez, que hasta el fin con- 
servó. De su futuro talento poético había ya dado 
pruebas en Madrid, concibiendo y en parte escri- 
biendo, por consejo y bajo la dirección de Lista, su 
maestro, el poema épico Pelayo, del que aparecen 
fragmentos al frente de sus obras. No los poseemos 
naturalmente tales como se compusieron antes de 
los diez v ocho años de edad sino retocados, corre- 
gidos al ser incluidos en la primera colección de 
sus poesías, formada en 1840. 

Lista dispuso el plan y ayudó á desenvolverlo. 
Hay en efecto, según Escosura, en la edición pos- 
tuma por éste dirigida y publicada después de su 
muerte en 1884, dos estrofas enteramente del maes- 
tro, que están quizás más correctamente escritas, 
pero que no son mejores que las del discípulo. 
Otras muchas estrofas se entretuvo Lista en pre- 
parar, desenterradas luego por Escosura é insertas 
en el apéndice de la misma edición; pero el viaje 
súbito, la desaparición del alumno, dejó todo en 
suspenso, y así quedó para siempre. Teniendo pre- 
sente que se escribieron tan temprano y suponiendo 
que las correcciones hechas después no pasasen de 
verbales, es fuerza reconocer que son esos frag- 
mentos ensayo muy notable, anuncio cierto de fu- 
turo gran poeta. 

El argumento, más que de poema épico, parece de 
una larga leyenda en doce cantos, á la manera semi- 



ESPRONCEDA 145 

clásica, con reminiscencias eruditas de antecesores 
famosos, desde Virgilio hasta el Tasso y Voltaire, 
cual hizo el Duque de Rivas en su Florinda : género 
y modo de proceder á distancia inmensurable de 
aquello á que aspiró luego el cantor del Pirata y el 
Diablo Mundo. 

El argumento en sí, á pesar de la importancia 
que ha tenido siempre el nombre de Pelayo en el 
patriotismo nacional, jamás ha inspirado á ningún 
artista "español obra digna de grande encomio. Ni 
en la época de las gestas^ y los romances popu- 
lares, ni en siglos posteriores, hay una sola compo- 
sición notable de carácter épico con el legendario 
Duque de Cantabria por personaje principal, y si se 
exceptúa el Pelayo de Quintana, obra mejor escrita 
<jue concebida, más elocuente que poética, tampoco 
hay en el teatro cosa alguna que pase de la me- 
dianía. Los españoles pueden en él personificar el 
principio de la reconquista nacional, el heroísmo 
de la lucha tantas veces secular; pero ni con mucho 
representa Pelayo en su arte ó su literatura tanto 
como el Conde Fernán-González ó el fabuloso Ber- 
nardo ó el Cid Campeador. No es de creerse que en 
esa ó en otra época de su vida hubiese podido Es- 
pronceda sacar de este tema mejor partido que los 
demás. 

En Lisboa no logró permanecer mucho tiempo. No 
era Portugal región hospitalaria entonces para los 
mal avenidos con el despotismo de Fernando VIL 
Don Miguel de Braganza acababa pronto por encar- 

9 



146 EL ROMANTICISMO EN ESPAÑA 

celarlos ó expulsarlos; no tardó Espronceda en 
embarcarse para Inglaterra . 

Entre los que aguardaban en la orilla inglesa el 
buque en que él llegaba, sabiéndolo de antemano 
lleno de emigrados españoles, hallábase, según es 
fama, una joven de singular belleza, que había Es- 
pronceda conocido en Lisboa y por quien había 
concebido vehemente pasión ; libre ella cuando él la 
conoció, no lo era ya, pues estaba desde poco antes 
unida en matrimonio á un comerciante español 
establecido en Inglaterra. Era Teresa, la mujer cuyo 
amor debía encadenar sus pasos durante largo 
tiempo, que moriría abandonada, desesperada, des- 
pués de haberse ambos causado mutuamente toda la 
suma de males que trae consigo la pasión ardiente 
acompañada del atropello de las leyes ó las costum- 
bres de la sociedad, inspirando por último al antiguo 
amante, que no mucho debía sobrevivirle, la más 
hermosa, sincera y elocuente, aunque la menos 
hidalga y generosa, de todas sus poesías. La unión 
malhadada allí contraída debía ser fuente inagotable 
de dolores y miserias; pero el talento del artista iba 
en cambio allí mismo á crecer y fructificar al con- 
tacto de una nueva poesía, de la fecunda y admirable 
literatura inglesa, enriquecida entonces con las obras 
de Byron, de Scott, de Shelley, de Keats, de tantos 
otros, prosistas ó poetas. 

Sus estudios juveniles, primero en el colegio, 
luego en la casa de Lista, lo tenían bien preparado 
para recibir y conservar la impresión del nuevo 



ESPRONCEDA 147 

arte; completando con la práctica del idioma las 
nociones teóricas que traía, llegó á leer corriente- 
mente y asimilarse obras de aquellos insignes escri- 
tores. Luego en París, al contacto de otra especie 
de romanticismo, amoldado al carácter y la edu- 
cación francesa, más en consonancia con la suya, 
leyó con igual entusiasmo á Béranger, á Víctor 
Hugo, acaso también los primeros ensayos de Al- 
fredo de Musset, llenos de atrevimiento y de ironía, 
cual cuadraba al débui de ese Byron vestido á la 
francesa. Pero todavía no se siente en cuanto 
escribió Espronceda antes de su vuelta á España la 
profunda revolución que en sus ideas literarias iba 
operándose. La elegía Á la Patria, la canción ins- 
pirada por la muerte en campaña del coronel De 
Pablo, el soneto á Torrijos y sus cincuenta y dos 
compañeros fusilados en Málaga, eran solamente el 
fruto natural de las lecciones de Lista y del ejemplo 
de Quintana ; no se levanta allí todavía el acento del 
admirador de Byron y Víctor Hugo, que pronto se 
oirá vibrar en el Pirata y en el Reo de muerte. 

La caída de los Borbones de Francia, el encum- 
bramiento del Duque de Orleáns al trono, abren para 
Espronceda un período de política activa y de agita- 
ción convulsiva, período de tres años, hasta la muerte 
de Fernando y la amnistía sin limitaciones, en el 
cual es claro que debieron faltarle tiempo y oca- 
siones propicias para el empleo de sus facultades 
poéticas. Apenas los numerosos emigrados tuvieron 
noticia de la resolución del rey de España de no 



148 EL ROMANTICISMO EN ESPAÑA 

reconocer oficialmente á Luis Felipe, volaron de 
todas partes á agruparse en los departamentos fran- 
ceses fronterizos, armarse y acechar el momento 
oportuno de penetrar en la patria tiranizada y pro- 
vocar luchas parciales hasta obtener el levanta- 
miento general contra el opresor. Víctimas todos de 
las ilusiones y el desconocimiento completo de la 
realidad de las cosas, males que suelen aquejar 
y extraviar á los emigrados políticos, esperaban 
obtener fácilmente el apoyo, tácito por lo menos, 
del gobierno francés, y se figuraban que el pueblo 
español, cansado ya del ingrato é indigno monarca, 
respondería en el acto y se alistaría con ellos para 
marchar al encuentro de las tropas reales. Fué 
Espronceda de los primeros que bajaron las faldas 
de los Pirineos por el lado de Navarra. Iba en la 
partida que llevaba por jefe al coronel De Pablo, 
compuesta de doscientos hombres, ó poco menos, 
de diversas nacionalidades; y muy pronto, casi al 
salir de Valcarlos, halláronse enfrente de más de 
mil realistas que los esperaban gritando á una : 
« ¡ Viva el Rey absoluto ! » Formaba el centro de 
éstos una compañía de navarros, del regimiento 
antes mandado por De Pablo, quien, creyó que su 
voz y presencia bastarían á despertar entre sus anti- 
guos subordinados los sentimientos de amor y res- 
peto de otros días. Vana esperanza : partió la pri- 
mera descarga y cayeron varios, entre ellos De 
Pablo, mortalmente heridos. Los demás volvieron á 
Francia como pudieron, entre ellos Espronceda, que 



ESPRONCEDA 149 

había peleado animosamente al lado de su infortu- 
nado jefe. Las otras partidas sufrieron todas suerte 
igual; lo mismo Mina, Valdés, Méndez Vigo por el 
norte desde Cataluña hasta Galicia, que al año si- 
guiente Torrijos en Andalucía. 

Cuando vio Fernando cómo pululaban adversarios 
en la frontera francesa, se apresuró á reconocer ofi- 
cialmente á Luis Felipe. Aumentáronse entonces las 
dificultades de organizar en Francia expediciones 
contra España ; hasta los más obcecados debieron 
convencerse de su inutilidad, pues la masa del 
pueblo español soportaba muy alegremente á su 
rey, por inercia ó por el recuerdo de tantos sacrifi- 
cios como había hecho por defenderle el trono con- 
tra Napoleón. Ansioso de moverse y combatir, volvió 
entonces los ojos Espronceda hacia la pobre Polonia, 
pues como el Zar de Rusia andaba también remiso 
en reconocer al soberano francés, se juzgó posible 
organizar, con el apoyo moral de Luis Felipe, un gran 
movimiento de todos los amigos de la libertad 
hacia el Vístula, hacia la interesante región que 
bullía entre fuego y sangre en un último vasto 
esfuerzo por su independencia. Pero esta esperanza 
también se desvaneció ; Nicolás amainó, depuso su 
altivez para saludar, conforme al protocolo inter- 
nacional, á su nuevo colega, y Casimir Périer subió 
á presidir el Consejo de ministros, con especial 
intento de descorazonar á todos los revolucionarios. 
Polonia sucumbió otra vez y España siguió en su 
marasmo. 



150 EL ROMANTICISMO EN ESPAÑA 

Faltaban aún cerca de dos años antes de que pudie- 
ran entrar los emigrados españoles en su patria. 
Acompañado siempre de Teresa pasó Espronceda la 
mayor parte de ese tiempo en París, interesado, 
atraído por el espectáculo del activo renacimiento lite- 
rario de la gran capital, modificando quizás un poco 
su carácter en la escuela de la adversidad, aunque 
no mucho, pues nunca dejó de ser lo que de sí mis- 
mo dijo : 

Siempre juguete fui de mis pasiones! 

No se vio por fortuna como otros enteramente 
destituido de medios .de vivir, ni forzado á aceptar 
humillante limosna de las autoridades francesas. Su 
familia no lo había abandonado, recibía auxilios de 
ella de tiempo en tiempo, á pesar de la suspicacia 
del gobierno en Madrid, que hostilizaba á cuantos 
suponía en relaciones con los agitadores en el ex- 
tranjero, mayormente con quien tan sin rebozo cons- 
piraba. 

Murió Fernando, y abiertas las puertas de la patria 
á los ausentes, era pronóstico de su pronta regenera- 
ción la lista sola de los hombres que iban llegando y 
tomando inmediatamente parte en la vida política y 
literaria : Martínez de la Rosa, Saavedra, Alcalá 
Galiano, Arguelles, tantos otros, y entre ellos, para 
los más todavía casi enteramente desconocido, este 
poeta de veinticuatro años, que naturalmente, sin 
esfuerzo mayor, por la educación poética recibida en 



ESPRONCEDA 151 

el destierro y por el vuelo espontáneo de su fantasía, 
estaba destinado á ser uno de los corifeos en el 
nuevo teatro. Más aún, hubiera muy bien llegado á 
serla figura prominente de toda la literatura española 
del siglo, á haberse contentado con el porvenir de 
grande artista que ante él se abría, sin engolfarse 
tanto en la política y para ella reservar lo mejor de 
su actividad. Pero su elegancia natural, su apuesta 
figura, su posición de fortuna relativamente holgada, 
su prodigalidad, la ostentación de sus vicios, su 
talento y su energía, contribuyeron, en los dis- 
turbios incesantes de la política interior de España, 
á hacer de él, al mismo tiempo que el arbitro de la 
moda, rey de la juventud, un agitador popular, á la 
manera de Alcibíades, escéptico y ambicioso, dis- 
puesto siempre á descender á la arena y arriesgar su 
vida, como el héroe griego. 

Sonrióle al principio la idea de abrazar la carrera 
militar, imitando ásus condiscípulos Pezuela y Esco- 
sura, siguiendo también el ejemplo de su padre, bri- 
gadier de ejército, que vivió hasta el año después 
de su vuelta. Entró, pues, en el cuerpo de tropa esco- 
gida llamado de Guardias de Corps, mas por poco 
tiempo. Cometió la imprudencia de escribir unas 
décimas, hoy perdidas, que fueron recitadas en un 
banquete, en que so color de enaltecer la libertad 
maltrataba al gobierno. Por ellas fué preso, expul- 
sado del Cuerpo y desterrado al pueblo de Cuéllar, 
cerca de Segovia, lugar que le inspiró su novela 
Sancho Saldaña, ó El Castellano de Cuéllar , pu- 



152 EL ROMANTICISMO EN ESPAÑA 

blicada más adelante. Como ya indiqué, vale poco : 
sucesión de cuadros con pretensiones históricas va- 
gas, poca ilación é interés escaso. 

De Cuéllar volvió á Madrid sin permiso, en los 
momentos en que Martínez de la Rosa subía al poder, 
y públicamente se dijo que el ministro poeta pro- 
tegía al colega y excusaba su desobediencia, suges- 
tión que Espronceda se apresuró á desmentir por 
la prensa con su genial desenfado : « Vine á Madrid 
confiado sólo en mí mismo, como voy á todas par- 
tes, y nunca bajo la protección de ningún ministro 
ni potentado. » 

Este primer tropezón le hizo tomar otro rumbo. 
Fundó á principios de 1834, junto con Ros deOlano, 
Ventura de la Vega y otros, El Siglo, periódico de 
oposición, pero bastante razonable, como que mere- 
ció la aprobación y ayuda de hombres de más edad y 
juicio : Quintana, Lista, el Duque de Frías. Estábase 
aún lejos entonces en Madrid de algo que pudiera 
en realidad llamarse libertad de imprenta, y El 
Siglo, acosado por la censura, sus materiales des- 
cuartizados y desfigurados sin cesar, pereció al fin de 
muerte violenta, después de haber vivido unas siete 
semanas y dado á luz catorce números. El último 
apareció en blanco, con los títulos nada más de los 
artículos que en él debían haber salido y que el cen- 
sor había borrado. « Nos deja en el siglo xiv », 
escribió graciosamente Larra, « es decir, en la Edad 
Media ». Se ha dicho siempre que fué Espronceda 
quien sugirió la idea de ese original desenlace. 



ESPRONCEDA 153 

Hallóse, pues, convertido álos veinticinco años en 
personaje político. De que por tal lo tenían recibió 
pronto la prueba. En la madrugada de un día de 
Julio de ese mismo año penetró súbitamente en su 
casa la policía, ocupó sus papeles y lo condujo á la 
cárcel pública. Estuvo en ella vanos días, incomu- 
nicado al principio; luego, sin otra forma de pro- 
ceso, le leyeron una Real orden, concediéndole ocho 
días de término para arreglar sus asuntos y marchar 
á Badajoz, « con prohibición expresa de volver á 
Madrid y sitios reales ». Trabajo costó que revocasen 
la orden. 

Acaeció esto siendo siempre ministro Martínez de 
la Rosa. Al año siguiente, bajo otro hombre de letras, 
no poeta, sino historiador, el Conde de Toreno, no 
estaba la libertad individual mejor garantizada ; 
creíase siempre posible combatir el « obscurantismo » 
de Don Carlos y escatimar juntamente la intervención 
del pueblo en la cosa pública. En Agosto de 1835 se 
sublevó la milicia nacional de Madrid contra el 
ministerio y con ella Espronceda, capitán en el ter- 
cer batallón, que tuvo así ocasión de enseñar á sus 
paisanos algo de lo que había visto en París del arte 
de levantar barricadas en las calles. Cayó Toreno; 
pero al año siguiente otra sublevación más seria, 
repercusión de la que en La Granja había forzado á 
la reina Cristina á resucitar y proclamar la Consti- 
tución difunta de 1812, echó igualmente al suelo al 
sucesor de Toreno, que se llamaba Istúriz. 

No intento enumerar los vaivenes de la política 



154 EL ROMANTICISMO EN ESPAÑA 

nacional de España en aquellos revueltos dias. 
Espronceda continuó conspirando, ó pregonando 
ideas más y más avanzadas cada vez, ó excitando al 
pueblo contra Cristina, idolo en un tiempo de los 
liberales, objeto ahora de implacable encono. En 
Septiembre de 1840, perseguido ante el jurado el 
periódico El Huracán por sostener la incapacidad 
legal de Cristina para ejercer la tutela de la reina su 
hija á causa de su matrimonio secreto con Don Fer- 
nando Muñoz, se presentó Espronceda en su 
defensa y pronunció un discurso inflamado en que 
anunciaba atrevidamente el porvenir de la idea repu- 
blicana, previendo el día en que para extirparla 
sería preciso « fusilar la humanidad entera ». 

En ese momento el general Espartero, vencedor 
del carlismo, era ya primer ministro, la oposición 
liberal había hallado en él un jefe lleno de prestigio 
militar y Cristina abdicó la regencia. En ese mismo 
año perdió Espronceda á su madre, pérdida grande, 
irreparable para él, pues era ella quien con incesante 
afán administraba la fortuna y subvenía sin tasa á 
sus necesidades, á sus hábitos arraigados de prodi- 
galidad, desorden y despilfarro. Su posición per- 
sonal cambió, pues, profundamente al mismo tiempo 
que cambiaba la situación política del país. 

Reunidas nuevas Cortes á mediados de 1841, asu- 
mió Espartero la Regencia y fué nombrado Arguelles 
tutor de la reina, de quien era ya Quintana « ayo 
instructor ». A fines del mismo año Espronceda, 
séase por cansancio de tanto bregar, séase porque 



ESPRONCEDA 155 

la falta de su madre había momentáneamente dismi- 
nuido sus recursos, aceptó el cargo de secretario 
! de legación en los Países Bajos , empleo relativa- 
mente secundario, en desacuerdo al parecer, si no con 
su edad, con sus servicios y su reputación literaria. 
Lo ocupó pocos meses ; electo diputado á Cortes por 
Almería, volvió á la patria al principiar 1842, tomó 
asiento en el Congreso y aceptó con toda seriedad 
sus nuevas funciones, pidiendo á menudo la palabra 
y tratando las cuestiones, no brillantemente, pues 
carecía de grandes dotes oratorias, pero con aplica- 
ción y verdadero empeño de dominar la materia. 
También físicamente era ya otro hombre ; su impe- 
tuosa intervención en la política de partido, sus 
excesos de todo género, su deprimente, no fingido, 
hastío, teníanlo demasiado preparado para caer víc- 
tima de la primer enfermedad que lo asaltase. Habló 
por última vez en las Cortes el 16 de Mayo, asistió 
á la sesión siguiente, y seis días después, el 23 de 
Mayo, había dejado de existir, á los treinta y tres 
años. Una angina, quizás no muy bien atendida, 
que se agravó rápidamente, privó á la patria, en el 
período fecundo de la renovación de su arte literario, 
del más hábil artífice en verso lírico de toda su lite- 
ratura. 



III 



En Mayo de 1840 se reunieron y publicaron por 
primera vez en volumen las composiciones de Es- 



156 EL ROMANTICISMO EN ESPAÑA 

pronceda. El tomo sin duda estaba listo y pronto á 
aparecer desde antes, pues el prólogo por García de 
Villalta tiene fecha de Junio de 1839. Contiene lo 
mejor que produjo nuestro poeta, exceptuando sólo 
El Diablo Mundo y la composición Al Dos de Mayo. 
Esta última fué escrita y publicada en los periódicos 
de ese mismo año. 

Es cierto que sin £7 Diablo Mundo falta en esa pri- 
mera edición lo más original y brillante de Espron- 
ceda; pero las canciones El Pirata y El Mendigo, por 
ejemplo ; la lúgubre fantasía El Reo de muerte, la 
leyenda El Estudiante de Salamanca y los versos 
Á Jarifa, bastan para comunicar la impresión exacta 
y honda del vigor y alcance de su genio. 

La canción del Pirata es algo casi perfecto, una 
de esas raras composiciones acabadas, en que realiza 
el artista precisamente lo que ha querido conseguir 
y dejan á un tiempo satisfechos tanto al lector menos 
cultivado como al crítico literario más exigente. La 
idea ó el intento de escribirla vino al poeta proba- 
blemente después de leer, ó al recordar, el canto de 
los compañeros de Conrado con que principia el 
Corsario de Byron. No es la misma cosa, pero el 
efecto es semejante. No hay imitación directa, pero 
el ambiente artístico que envuelve ambas composi- 
ciones es el mismo. La diferencia por otra parte es 
muy marcada. En Byron el tono solemne de sus 
magníficos pareados, de su estancia heroica, como 
él la llama, revela desde luego la intención de com- 
poner una narración de carácter épico ; en Espron- 



ESPRONCEDA 157 

ceda la variedad del metro, la diversidad de los rit- 
mos anuncian, aun antes de llegar al refrain, al 
estribillo musical con que se completa cada una de 
sus coplas, que el poeta no narra, que traza una sola 
figura, de cuerpo entero y proporciones heroicas, 
sobre un fondo luminoso de paisaje marino, y que 
con la música deliciosa de su versificación y la simé- 
trica armonía del conjunto introduce una poesía 
nueva, un arte diferente. Otros poetas, Luis de León, 
Quintana, escribieron grandes poesías líricas, expre- 
saron pensamientos más vastos, crearon imágenes 
de inolvidable precisión ; pero nunca antes se había 
desplegado en el idioma tanta variedad, cuadros tan 
llenos de verdad poética, de fuerza plástica, en ver- 
sos más armoniosamente robustos y de más brillante 
colorido. 

El Mendigo, vaciado en molde igual, es más bien 
una sátira y el conjunto parece falto de realidad, 
sobrado de artificio. Pero en España, donde las cos- 
tumbres y la práctica de las comunidades religiosas 
han hecho otras veces de la mendicidad ocupación 
reconocida, del mendigo una figura extraña y sinies- 
tra, podía sin escándalo de nadie el pordiosero pen- 
sar y decir lo que el de Espronceda : 

Que mis rezos 
Si desean, 
Dar limosna 
Es un deber... 
Y doquiera 
Vayan leyes, 
Quiten reyes, 



158 EL ROMANTICISMO EN ESPAÑA 

Reyes den, 
Al mendigo 
Por el miedo 
Del castigo, 
Todos hacen 
Siempre bien. 

Después de las canciones, la más conocida y popu- 
lar de sus poesías es la que intitulad Jarifa, en una 
orgía, notable sobre todo por el acento de emoción 
personal, que persiste, que penetra al través del tono 
ampuloso y afectado que le hace prorrumpir en 
gritos como éste : 

¡ Sólo en la paz de los sepulcros creo ! 

Pero la variedad del ritmo aquí también es admi- 
rable. Compárense estas dos estrofas tan iguales y 
musicalmente tan desemejantes : 

Yo me arrojé, cual rápido cometa, 
En alas de mi ardiente fantasía, 
Doquier mi arrebatada mente inquieta 
Dichas y triunfos encontrar creía. 



Pasad, pasad en óptica ilusoria 
Y otras jóvenes almas engañad : 
Nacaradas imágenes de gloria, 
Coronas de oro y de laurel, pasad! 



El Estudiante de Salamanca, cuento fantástico, 
tradición popular vestida con toda la gala y esplendor 
de la poesía romántica, es la perla de la colección de 
1840. De todas las obras de Espronceda también es 



ESPRONCEDA 159 

la que más directamente ha recibido el reflejo de la 
inspiración de Byron. Don Félix de Montemar, estu- 
diante en Salamanca, libertino, « segundo Don Juan 
Tenorio », corteja, seduce, abandona y causa así la 
muerte de Doña Elvira de Pastrana, fechoría que 
llena ante la justicia divina la medida de sus crí- 
menes. Es provocado á un desafío por Don Diego de 
Pastrana y 

También de Elvira el vengativo hermano 
Sin piedad á sus pies muerto cayó. 

Terminado el duelo, encuentra Don Félix en su 
camino « una mujer velada en blanco traje », tras 
de la cual se lanza corriendo por lugares nunca 
vistos, fantásticamente descritos, hasta encontrarse 
con su propio entierro, con el espectro de Don Diego 
« traspasado el pecho de fiera estocada », con el de 
Elvira en forma « de cariado, lívido esqueleto ». Sin 
saberlo ha muerto él también y son sus víctimas las 
, que así vienen á recibirlo. 

Toda esta última parte, cuarta de la leyenda y 
más extensa que las otras tres juntas, parece ya muy 
envejecida. Era larga y exagerada, aun en los días 
en que privaba la forma más violenta del romanti- 
cismo, tal acumulación de colores chillones, rojo de 
sangre, amarillo de fuego, negro de muerte : 

Todo en furiosa armonía, 
Todo en frenético estruendo, 
Todo en confuso trastorno, 
Todo mezclado y diverso. 

Pero tan grande es la riqueza verbal de la des- 



160 EL ROMANTICISMO EN ESPAÑA 

cripción, tan extraordinario y armonioso el estilo 
poético, tan hábil el ascenso y descenso del metro, 
pasando del verso de dos sílabas al de arte mayor y 
recorriendo en impulso vertiginoso toda la métrica 
española, que en su género ha de recordarse r y citarse 
siempre. 

Las dos partes primeras conservan idénticos su 
interés y su valor. El retrato de Don Félix en estrofas 
de octosílabos es perfecto ; el de Elvira, en octavas 
reales, un poco más vago, también muy hermoso. 
La figura de la infeliz mujer, dibujada con pincel 
delicado sobre un fondo de poesía exquisita, toda la 
descripción de su amor, su delirio, su muerte, forma 
una melodía continuada y deliciosa. Recuerda mucho 
la Haidée de Byron, y si no fuera por la carta final 
que dirige Elvira á Don Félix, poco antes de morir, 
sería una creación tan pura, tan divinamente trágica 
como la joven griega, víctima del otro Don Juan, que 
permanece silenciosa, espantada, sin proferir una 
palabra, un lamento, todos los días que vivió, desde 
que le arrebataron su amante, hasta morir triste, 
impasible, resignada, y « solas sus facciones alte- 
radas por la muerte revelaron á los circunstantes 
que había dejado de existir ». 

Pone Espronceda como epígrafe de ese canto de 
su poema los versos últimos de la estrofa que des- 
cribe el sepulcro de Haidée en la isla desierta : 

... no dirge except the hollow sea's 
Mourns o'er the beauty of the Cyclades (1). 

(1) Es curioso que en todas las ediciones se inserte ese epí- 



ESPRONCEDA 161 

A su lado no desmerece mucho la pintura del se- 
pulcro de Elvira : 

... Tristes flores 
Brota la tierra en torno de su losa, 
El céfiro lamenta sus amores. 

Sobre ella un sauce su ramaje inclina, 
Sombra le presta en lánguido desmayo, 
Y allá en la tarde, cuando el sol declina, 
Baña su tumba en paz su último rayo. 

Muy extraño, inexplicable casi, es que el poeta 
español imite, y en parte literalmente copie, para 
servir de carta de adiós á Elvira, la despedida misma 
que en canto anterior del poema de Byron dirige á 
Don Juan la mujer casada que se prendó de él y lo 
sedujo, Doña Julia, al entrar en el convento donde 
por su falta la encierra su marido. La carta es trozo 
elocuente sin disputa, pero la situación es distinta. 
Espronceda se apodera brillantemente de lo que tra- 
duce; mas la diferencia de caso y de personaje parece 
tan profunda, que siempre, al que sepa y recuerde de 
dónde viene, ha de parecer disonancia injustificable. 

La imitación de Byron, precisa, directa, que hay 
en El Estudiante no se encuentra ya lo mismo en El 
Diablo Mundo. Dueño mejor de su talento, no busca 
tanto el artista donde apoyarse, y este poema, que 
por su carácter general, la mezcla constante de poesía 
lírica, satírica y narrativa, la línea en zigzag de su 
estructura, de su argumento, interrumpido á rae- 

grafe sin las dos primeras palabras, y quede así enteramente 
sin sentido. 



162 EL ROMANTICISMO EN ESPAÑA 

nudo, de propósito, al capricho de su humor, perte- 
nece á la misma especie heroico-satírica del Don 
Juan, es sin embargo obra bien original, en que 
vierte Espronceda tesoros de poesía enteramente 
suya. 

Hay dos cosas que distinguir antes que todo en 
El Diablo Mundo : el poema no acabado, en cinco 
cantos, que desenvuelve á su manera el título que 
lleva, y el llamado Canto á Teresa. Éste es una ele- 
gía, de carácter completamente distinto : cuarenta y 
cuatro octavas, admirables, tan variadas de forma, 
tan mágicamente construidas, tan poderosamente 
lanzadas una tras otra en impetuoso movimiento, 
que es difícil recordar algo en castellano que se le 
pueda comparar. 

Teresa y Espronceda unidos, como ya dije, desde 
que el poeta, casi niño todavía, desembarcó en Ingla- 
terra, concluyeron por separarse definitivamente en 
Madrid el año de 1836, después de sinsabores y 
disgustos infinitos. Ella murió en 1839, El Diablo 
Mundo empezó á publicarse por entregas á fines 
de 1840 y el canto á Teresa salió en la segunda. 

Amores de esa naturaleza, tan públicos, termina- 
dos ruidosamente y sobre los cuales la muerte com- 
pasiva viene pronto aechar el velo del olvido, parecen 
exigir del cómplice que sobrevive el silencio más 
profundo. Por lo menos no es de esperar que los 
recuerde al mundo en la forma violenta, con la ruda 
franqueza que ostenta Espronceda en ese canto^ 
Cuando Musset publicó su famosa Noche de Octubre, 



ESPRONCEDA 163 

vivía George Sand, la mujer que con tan feroz elo- 
cuencia apostrofa y maldice; era ella, como él, una 
gran, figura literaria, capaz de vengarse, de replicar 
con armas iguales, como lo hizo, diciendo al mundo 
en el momento que le convino lo que de su parte 
había que alegar. La infeliz Teresa, triste resto de 
lastimoso naufragio, había muerto, había dejado 
hijos, y no era ni equitativo ni digno insistir tan 
duramente como lo hizo Espronceda, en los des- 
órdenes de su vida durante el tiempo transcurrido 
entre la separación y la muerte. Es justo, pues, vitu- 
perar enérgicamente la conducta del poeta ; pero 
también no debe olvidarse que viene á ser garantía 
de la sinceridad de su inspiración. Expresó lo que en 
realidad sentía, lo escribió con sangre de sus venas ; 
desahogó verdaderamente su corazón, como él mismo 
dijo. Por esa razón es, á despecho del inútil, imper- 
tinente sarcasmo final, patética y desgarradora como 
pocas elegías. Apenas tiene rastro de lima, de es- 
fuerzo, de preparación literaria ; su talento en plena 
madurez, excitado por la ocasión, por el caso único 
en la historia de su vida, pasó al verso imperecedero 
lo que en aquel momento oprimía cruelmente su 
corazón. 

El Diablo Mando y el Fausto de Goethe se parecen 
un poco, pero sólo al principio y muy superficial- 
mente. La idea de rejuvenecerse un viejo y comen- 
zar nueva vida flota en la atmósfera del arte desde 
fecha inmemorial; no es seguro que Espronceda haya 
mirado con especial atención la obra del poeta ale - 



164 EL ROMANTICISMO EN ESPAÑA 

man. De todos modos, el Fausto de Goethe no es « un 
hombre ya caduco » que obtiene, por vías no expli- 
cadas bastante, la juventud y la inmortalidad al 
mismo tiempo ; ni hay luego en el desarrollo de lo 
poco que Espronceda llegó á escribir punto de con- 
tacto entre ambas composiciones. Parece aquí igual- 
mente seguir más bien el ejemplo de Byron : éste 
escoge como héroe oar ancient friend Don Juan, 
de la manera misma que apela Espronceda á otro 
c< antiguo amigo » para servirle á componer un 
poema 

Con lances raros y revuelto asunto 

De nuestro mundo y sociedad emblema, 

propósito idéntico al de lord Byron, cuyo Don Juan 
está lleno también de 

Batallas, tempestades, amoríos, 

Por mar y tierra lances, descripciones 

De campos y ciudades, desafíos 

Y el desastre y furor de las pasiones; 

Goces, dichas, aciertos, desvarios, 

Con algunas morales reflexiones 

Acerca de la vida y de la muerte 

De mi propia cosecha, que es mi fuerte. 

No creo tampoco posible edificar una obra filosófica 
cual la de Goethe sobre las bases que traza Espron- 
ceda. El héroe, su Adán, es un ser que acaba de nacer, 
no un anciano rejuvenecido, de su primera forma 
nada le queda ni guarda conciencia de ella. Es un 
joven fuerte y vigoroso, que entra en la vida como 



ESPRONCEDA 165 

el Raspar Hauser aparecido en las calles de Nürn- 
berg en 1828, sin haber aprendido cosa alguna, 
habiendo hasta entonces vivido en completo aisla- 
miento, encerrado, alejado de toda sociedad humana. 
Imposible ponerse á mayor distancia de la leyenda 
del sabio que ha apurado toda la ciencia humana y 
vende su alma al diablo á trueque de un instante de 
verdadera felicidad, felicidad que va buscando en 
todas las fuentes del placer, en todos los caminos de 
la actividad humana. Espronceda no pretende tanto, 
nada más que campo abierto para jugar, reir, bur- 
larse, dar rienda suelta á la fantasía (1). 

Si no es El Diablo Mundo, á pesar de que así se 
anunció, de que así lo pretendió, « traslado fiel 

de la vida del hombre y la quimera 
tras de que va la humanidad entera », 

es ciertamente reflejo exacto del alma y de la vida 

del que lo escribió, de cuanto soñó y anheló en el 

curso de una existencia, aunque breve, llena singu- 

■ larmejite y agitada; de sus errores, sus pasiones, 

(1) Tal vez lo único parecido que se encuentra entre el Fausto 
y El Diablo Mundo sea la octava primera del Canto á Teresa: 

¿Por qué volvéis ala memoria mía... 

que recuerda algunos versos de la dedicatoria (Zueignung) 
también en octavas, del poema alemán : 

lhr nacht euck wieder, schwanliende Gestalíen... 

Quizás los leería Espronceda en alguna traducción y acu- . 
dieron á su memoria al comenzar la elegía, ó quizás sea simple 
coincidencia, en definitiva lo más probable. 



166 EL ROMANTICISMO EN ESPAÑA 

sus penas, sus ilusiones, los desengaños de su ambi- 
ción, las amarguras de su experiencia. Tendió sobre 
todo, aun sobre secretos íntimos del corazón, velo 
ligero de sarcasmo é ironía, y se juzgó autorizado á 
no ocultar nada, á confesarse en público, á burlarse 
de los demás como de sí mismo se reía. 

La Introducción del poema es, como las « obertu- 
ras » de los dramas musicales, un trozo á grande 
orquesta, sinfonía bellísima en qué cada forma mé- 
trica castellana concurre, como cada instrumento 
músico, con su acento propio al efecto general. 
Toda la poética romántica está ahí en su mayor es- 
plendor, y ningún otro poeta español ha poseído me- 
jor el arte de la frase armoniosa, que por sí misma, 
por la sucesión delicada de los sonidos sugiere un 
sentimiento ó expresa una imagen, sin caer nunca, 
ó casi nunca, en la vacuidad ó la insignificancia. 

El primer canto es también trabajo de orden su- 
perior; la ironía, la sátira, el chiste y la poesía se 
unen, á veces en una misma página, en una misma 
estrofa, con encanto peregrino. No desfallece la ins- 
piración, va segura, sin vacilar, hasta la octava en 
que promete el otro canto : 

El cual sin falta seguirá, se entiende 
Si éste te gusta y la edición se vende. 

Vale más que el canto inicial del Don Juan, tiene 
más gracia, más variedad, aunque no deje la impre- 
sión de fuerza, de poder que va siempre con el gran 
bardo inglés. Por desgracia la inspiración en los 



ESPRONCEDA 167 

otros cantos decae mucho, el canto VI y los frag- 
mentos incluidos en la edición postuma son ya de- 
masiado débiles. El talento se empobrecía á medida 
que, aun antes de la enfermedad final, iba agotán- 
dose la fuerza física. 

Tan prematura decadencia, tan lastimoso desen- 
lace trae á la memoria el recuerdo de Alfredo de Mus- 
set, que nació casi exactamente en la misma época 
y vivió mucho más, hasta 1857. Cuanto produjo el 
poeta francés después de los treinta años revela igual- 
mente que rápidamente amenguaban, se gastaban 
sus grandes facultades. Hubiera podido morir á la 
edad misma de Espronceda y nada habría perdido la 
posteridad. Ambos quisieron vivir demasiado aprisa 
y llegaron fatigados á una meta : para ellos punto 
final, para otros punto de partida de nuevas mar- 
chas y de nuevos triunfos (1). ¡ 

' (1) La única colección completa de poesías de Espronceda 
es el primer volumen de la edición que con el título : « José de 
Espronceda, Obras poéticas y Escritos en prosa » se principió 
en Madrid bajo el nombre de Doña Blanca Espronceda de Es- 
cosura (hija única, hoy difunta, del poeta y de Teresa) el año 
de 1884. El segundo volumen, que debía contenerlas « Obras 
dramáticas y Escrito? en prosa », no se ha publicado. Prece- 
den á ese primer volumen : una advertencia « sobre los mo- 
tivos y condiciones de esta edición », por Patricio de la Esco- 
sura (muerto en 1878) ; el mismo prólogo por G. de Villalta y 
la misma biografía por Ferrer del Río de la edición de 1840; 
y á más, largo estudio de Escosura, que comprende la parte 
referente á Espronceda del discurso ya citado y leído en la 
Academia en 1870, y algunas noticias sobre las poesías viejas , 
y nuevas incluidas. De éstas, muchas habían ya sido publica- 
das en periódicos y casi todas porG. Laverde. Con el rótulo de 



168 EL ROMANTICISMO EN ESPAÑA 

« Inéditas hasta el día, » añade Escosura seis composiciones. 
La primera es la dedicada Al Dos de Mayo, ya publicada por 
Laverde y otros, pero ahora con algunas variantes de poca 
importancia; las otras son piezas cortas ó fragmentos de valor 
escaso, salvo el Canto del Cruzado, un simple borrador, pero 
más largo, que incluye las redondillas La vuelta del Cruzado, 
publicadas antes entre las de Laverde con algunas diferencias. 
Ni Laverde ni Escosura insertan por de contado los versos 
más ó menos obscenos que han corrido y corren por España 
atribuidos á Espronceda. No me atrevo á afirmar que sean 
todos apócrifos; hay en las mismas poesías de esta colección 
alguna, como la dedicada á Carolina Coronado, que mejor hu- 
biera sido suprimir. No es obscena, sino terriblemente inde- 
licada. 

Además de la tragedia Blanca de Borbón, de que se han 
publicado fragmentos, y de lo demás anunciado en la cubierta 
del tomo, es sabido que en vida del poeta se representaron 
dos obras dramáticas suyas : una comedia en tres actos y en 
verso, el 25 de Abril de 1834, Ni el tío ni el sobrino, anun- 
ciada como obra de dos ingenios, que son Espronceda y su 
gran amigo Ros de Olano. Larra habló de ella poco favorable- 
mente en la Beuista Española. (Vid. E. Rodríguez Solís, op. 
cit., pág. 118). La otra es un drama en prosa, Amor venga sus 
agravios, por Luis Senra y Palomares, representado en Sep- 
tiembre de 1838; bajo ese seudónimo, ya usado antes por 
Espronceda, se ocultaban él y su colaborador E. Moreno Ló- 
pez. (Vid. Laverde, en la edición de Escosura, pág. 237, y 
R. Solís, pág. 161.) 



VI 
JOSÉ ZORRILLA 



1 



En sus Recuerdos del tiempo viejo, libro poco de 
fiar en cuanto á precisión de memoria y exactitud 
cronológica, pero lleno de amenidad y sincero deseo 
de relatar la verdad, ya en su mente muy obscure- 
cida y alterada por los años, cuenta Zorrilla que 
muy poco después del día aquél del entierro de Larra 
en que leyó los versos, que de un golpe lo colocaron, 
antes de cumplir veinte años, en la primera fila de 
los literatos de la época, fué llevado por García de 
Villalta á casa de Espronceda. Establecióse desde 
luego entre los dos poetas la más íntima amistad. 
« Yo creía, yo idolatraba en Espronceda », dicen los 
Recuerdos. « Si aquel oráculo divino desaprobaba 
mis versos, desdeñaba el homenaje, no tenía más 
remedio que suplicar contrito á mi padre que me 
matriculase en la universidad de Vergara. » El ídolo 
recibió muy bien al neófito, al adorador; siguié- 

10 



170 EL ROMANTICISMO EN ESPAÑA 

ronse viendo á menudo, solos, después de media 
noche, cuando se retiraban los amigos políticos que 
venían á acompañar al ya célebre poeta, convale- 
ciente entonces de grave enfermedad. De ese modo 
conoció Zorrilla algo más que las poesías ya por Es- 
pronceda publicadas en los periódicos, oyó y discutió 
también con él las que en esa época escribía ó tenía 
en proyecto, los versos á Jarifa, el Estudiante de 
Salamanca, quizás los primeros borradores de la 
introducción del Diablo Mundo. 

Formaba parte Zorrilla ya en esa fecha de la re- 
dacción de El Español, dirigida por Villalta. Publi- 
caba versos en la edición especial del domingo, que 
le pagaban, aparte de un sueldo fijo como uno de los 
redactores de ese papel, muy leído y acreditado, en 
que había escrito Larra y era Espronceda uno de los 
principales colaboradores. Firme así sobre sus estri- 
bos desde tan temprano, pudo pronto dar rienda 
suelta y emprender sin miedo la carrera. * 

De este José García de Villalta, que de tal manera 
le abrevió y suavizó las asperezas del noviciado, se 
hace en los Recuerdos un brillante elogio. Era ya 
conocido como autor de El Golpe en vago, novela 
que tuvo algún éxito, cuadro de los males causados 
por la Compañía de Jesús en España durante el si- 
glo xviii, como lo había sido Doña Mencía de la an- 
gustia social producida en el siglo xvn por la cruel é 
intolerante vigilancia del Santo Oficio. Mas para la 
posteridad es Villalta sobre todo conocido como au- 
tor de una traducción en verso del Macbeth de Sha- 



JOSÉ ZORRILLA 171 

kespeare, la cual, puesta en escena en pleno período 
romántico desapareció entre risas y silbidos después 
de la primera representación (1). El fracaso, célebre en 
los anales del teatro del Príncipe, no puede atribuirse 
enteramente al traductor, cuyo trabajo es digno de 
aprecio y, por partes, de grande elogio. Débese más 
bien quizás á la escasa simpatía y admiración que 
en España se ha sentido siempre por la literatura 
inglesa, con la sola y por otros motivos explicable 
excepción de las novelas de Walter Scott. Todavía 
hoy, crítico tan conocedor de varias literaturas como 
Don JuanValera clasifica de esta manera al más grande 
•de los ingleses : « Siempre le dejaré bastante alto 
para los españoles poniéndole, como le pongo, ya 
que no á la altura de Cervantes, al nivel de Calde- 
aron, y c(isi hombreándose con Lope. » Para los que, 
sin haber nacido en España, descendemos del mismo 
tronco, desde la infancia hablamos y estudiamos la 
misma lengua y creemos sentir vivamente cuanto hay 
de hermoso en Cervantes, en Lope de Vega y Calde- 

(1) Mucho la encomió Enrique Gil en dos artículos del Co- 
rreo Nacional de Diciembre de 1838, inmediatamente después 
•de la primera representación, y cita varios pasajes como bien 
^traducidos. Uno más hay que hubiera yo citado. Cuando en 
el primer acto viene el soldado herido acontar la batalla con- 
tra el traidor Maedonwald, dice : Fortune, on his damned 
quarry smiling. — Show'd lik'e a rebeVs whore, frase que Villalta 
traduce asi : 

La fortuna al principio sonriendo 
Mozuela del rebelde parecía. 

Paréceme difícil traducirla mejor. 



172 EL ROMANTICISMO EN ESPAÑA 

ron, tales palabras penetran en los oídos como una 
herejía literaria, casi como una blasfemia. 

En algún lugar de estos mismos Recuerdos llama 
Zorrilla á los ingleses « los más antipáticos indivi- 
duos de la raza humana », y no tomó ciertamente 
de los escritos de Espronceda, de su Estudiante de 
Salamanca en especial, nada de lo exótico y byro- 
niano, sino lo esencialmente español ; pero fué pro- 
bablemente su influencia la que lo apartó de insistir 
tanto como al principio en el género puramente lírico, 
en producciones de la especie de El Reló ó El Día 
sin sol, en que no le era dable pasar de cierto límite 
inferior, ó de continuar imitando débilmente Orien- 
tales de Víctor Hugo, como en sus primeros libros 
se nota. Su porvenir estaba en otra dirección, por el 
camino de la leyenda nacional, de la narración ani- 
mada y pintoresca. En ellas brilló desde muy tem- 
prano, con El Cristo de la Vega, sobre todo con el 
Capitán Montoya, que es, como Don Félix de Monte- 
mar, nueva encarnación del tipo nacional é impere- 
cedero de Don Juan Tenorio y que, presentado luego 
por él mismo en otra leyenda y en un drama aplau- 
didísimo, estaba destinado á ser el firme asiento de 
su gran popularidad. 



II 



Dio Zorrilla á la política de su país aún menos aten- 
ción que García Gutiérrez ó que Hartzenbusch, y como 



JOSÉ ZORRILLA 173 

no hay nada extraordinario en su vida que contar, 
cabe lo esencial de su historia en corto espacio. Na- 
ció en Valladolid el 21 de Febrero de 1817 : 

Valladolid, hoy triste y silenciosa, 
En otro tiempo alegre y bulliciosa 
Y de la corte de Castilla asiento. 

En Madrid comenzó su educación, estuvo luego en 
la universidad de Toledo y en la de Valladolid mismo, 
obedeciendo á deseos de su padre, antiguo magis- 
trado, que le reservaba idéntica carrera. Súbitamente 
un día abandonó los estudios y volvió á Madrid. Ayu- 
dado por la pronta notoriedad de sus primeros ver- 
sos, en Madrid se quedó, escribiendo otros, mientras 
hubo editor ó periodista que se los pagase, director 
de teatro que le comprase y pusiese en escena sus 
composiciones dramáticas. Cuando sintió sus versos 
menos aplaudidos y menguada su popularidad, fué á 
residir algún tiempo en Francia, á escribir su poema 
Granada, de que se hablaba ya mucho antes, y en 
París imprimirlo por su cuenta. El negocio no resultó 
bueno, un librero quebró, otros no pagaron, y en 
Bélgica, así como en algún punto de América, reim- 
primieron la obra sin reconocerle derechos de autor. 
En esa fecha había ya perdido en España á sus padres, 
de quienes nada heredó; al contrario, como dijo, 
« por salvar su honor vendí rni hacienda ». Estaba 
tan desligado de todo elemento oficial, que ni siquiera 
había tomado posesión en Madrid como miembro de 
la Academia de la lengua y sentádose en la silla de 

10. 



174 EL ROMANTICISMO EN ESPAÑA 

Lista que le otorgaron. Nádalo atraía, nada lo suje- 
taba al suelo patrio y determinó á fines de 1854 emi- 
grar á América, establecerse en la república mejicana. 
Más de once años pasó, unas temporadas en la Ha- 
bana, otras más largas en la ciudad de Méjico, publi- 
cando versos en periódicos ó repartiéndolos de casa 
en casaásuscriptores, muy agasajado por compatrio- 
tas, que tenían hecha su fortuna en la industria ó el 
comercio, y complacían su vanidad protegiendo las 
letras en la diminuta y simpática persona del autor 
de obras tan populares en España y América como el 
Don Juan Tenorio y El Zapatero y el Rey. Á la ma- 
nera de un juglar, de un trovador antiguo, iba de 
liceo en liceo, de ciudad en ciudad, leyendo públi- 
camente, con voz grave y entonación algo monótona 
de canturía, a lo Espronceda, versos muy inferiores 
á los de su juventud. Pero quien, por propia confe- 
sión, « no buscó jamás á la fortuna », tampoco es- 
taba destinado á encontrarla. Pareció un momento, 
por excepción, entrar en la vida política durante el 
malaventurado imperio de Maximiliano. Pero en apa- 
riencia únicamente; el Emperador lo nombró, pri- 
mero director de su teatro particular, luego su Lec- 
tor « á condición de no leer », todo ello con sueldos 
suficientes para sus gastos, ó muy poco más. 

« Un acontecimiento que sólo dependía de Dios 
varió completamente mi posición social », dice en los 
Reeuerdos sin otra explicación, y decidió entonces 
volver á España por corto tiempo, de acuerdo con 
Maximiliano, pues le confió el encargo de escribir, 



JOSÉ ZORRILLA 175 

con datos y documentos que había de comunicarle, 
cierta parte de su historia para publicarla en Europa. 
Pero las cosas se dispusieron de otro modo y el fusi- 
lamiento del Emperador trastornó sus planes. No 
podía pensar en volver á Méjico. « Hallóme, dijo, 
sumido en la aflicción y cargado con mis deudas, 
pero libre de mi palabra y dueño de escoger tierra 
donde morir. » 

Quedábale aún de vida bastante tiempo, pues con- 
taba cincuenta años cuando tan sangrientamente ter- 
minó en Uuerétaro el triste segundo ensayo de mo- 
narquía en suelo mejicano. De ahí á su fallecimiento, 
más de un cuarto de siglo después, escribió mucho, 
forzado por la pobreza, según sus melancólicas pala- 
bras, « á la vida insegura, azarosa y sin porvenir en 
España del trabajo literario ». No se ha reunido en 
colección todo lo que compuso en esos cinco últimos 
lustros, ni parece probable por ahora que se haga. No 
acudió más la inspiración de sus buenos tiempos y 
nada de ello necesita aquí recordarse. La Academia 
volvió á elegirlo ; no desdeñó él esta vez aceptar y es- 
cribir el discurso de ingreso ; hízolo por cierto en verso 
y siguió siendo, por supuesto, el menos académico de 
los poetas españoles presentes y futuros. Para el acto 
de la recepción se consideró insuficiente el salón de 
sesiones de la Academia, y tuvo efecto en el paraninfo 
úe la Universidad Central, presidido por el Rey. 

El público compraba poco y al parecer leía menos 
sus últimos escritos ; pero algunos de sus dramas, 
el Don Juan Tenorio especialmente, continuaban 



176 EL ROMANTICISMO EN ESPAÑA 

representándose, y para todos era el autor glorioso 
monumento de época pasada, del ya extinto roman- 
ticismo ; se le llamaba « el poeta nacional ». Como á 
tal pusiéronle en las sienes, tres años antes de su 
muerte, en Granada, en el palacio de Carlos V, una 
corona fabricada « de oro nativo del Darro ». Hasta 
el fin, á pesar de achaques inevitables, se mantuvo 
ágil, erecto, de buen humor. Apenas expiró, el 23 
de Enero de 1893, poco antes de cumplir setenta y 
seis años, en una buhardilla de Madrid, revivió el 
entusiasmo de las ceremonias anteriores, se le dis- 
puso un gran entierro. Pidió un periódico que se en- 
volviese el féretro en la bandera nacional, y muchos 
se indignaron al saber que el gobierno, por no ser 
« conforme á los precedentes », se negaba á ordenar 
gran golpe de tropas de todas armas en el acto de los 
funerales. En vida el poeta no se mostró gran amigo 
de la pompa ; húbola sin embargo en fuerte dosis. 

Como el héroe legendario por excelencia de la 
tradición nacional, ganó batallas aun después de 
muerto. El año antes, cuarto centenario del des- 
cubrimiento de América, se había abierto certa- 
men para recompensar con mil pesetas al autor del 
soneto mejor en alabanza de Isabel la Católica ; el 
jurado premió el de Zorrilla, y entregó á la viuda 
el dinero. Conocido el soneto premiado, parece 
difícil creer que hubiesen sido peores los otros pre- 
sentados al concurso (1). 

(1) Véase la interesante pintara de Zorrilla en sus últimos 
años por M. Boris de Tannenberg, La Poésie castillane con- 



JOSÉ ZORRILLA 177 



III 



Lo avanzado de su edad, junto con el recuerdo de 
su constante pobreza, de su carácter desinteresado, 
contribuyeron sin duda á producir la explosión de 
entusiasmo provocada por su muerte. El nombre de 
poeta nacional hacía ya tiempo que se le daba, 
aunque entre el pueblo era probablemente conocido 
más bien como dramaturgo que como narrador de 
esas numerosas leyendas en verso sobre tradiciones 
nacionales, que son lo mejor que escribió, lo que 
justifica el glorioso dictado. Á no ser que se entienda 
sin significación especial, como el de « poeta lau- 
reado en Inglaterra » ; con la diferencia de que en su 
caso no fué el gobierno, sino la voz pública quien, 
aparte de la pensión oficial, le reconocía el título. 

A ese título y á esa reputación muy desde el prin- 
cipio deliberadamente aspiró. En la dedicatoria á Do- 
noso Cortés y Pastor Díaz, sus primeros padrinos 
literarios, del segundo tomo de sus versos, declara 
pomposamente que es él ante todo español y cris- 
tiano y que como tal tiene á mengua « cantar him- 
nos á Hércules, á Leónidas, á Horacio Cocles y á 
Julio César, y abandonar en el polvo del olvido al 
Cid y á Don Pedro Ansúrez ». Mejor hubiera sido 

temporaine, París, 1889. Para los detalles de la muerte, en- 
tierro y premio poético postumo, véase Nuevo Teatro Crítico 
de Emilia Pardo Bazán. Año III, números 25 y 26. 



178 EL ROMANTICISMO EN ESPAÑA 

mantenerse siempre fiel á ese programa, olvidarse 
de héroes griegos, sin injertar por consiguiente en 
una de sus composiciones líricas más aplaudidas, 
Gloría y orgullo, estos versos sonoramente ri- 
dículos : 

Por ti una noche con aliento extinto 
Tumba Leónidas demandó á Platea. 

Ello poco á poco fué convirtiéndose en una afecta- 
ción, en una pose, mucho menos artística y transcen- 
dente que el dandysmo byroniano del grupo de Es- 
pronceda, hasta parar en algo tan absurdo como el 
juramento formulado en esta pobre redondilla de 
las Vigilias del Estío : 

Fálteme la luz del sol 
Si algo impío ni extranjero 
Que haya en mis versos quiero ! 
Que al cabo nací español. 

Bien raro es que escribiera estas líneas, ya bien 
adelantado en su carrera, el hombre que comenzó 
traduciendo Orientales de Hugo y fué luego á buscar 
en Alejandro Dumas lo mucho que en su Don Juan 
Tenorio no pertenece á los primeros originales. 
Simple debilidad por supuesto, no por eso menos 
vituperable, pero que los aplausos del público, incli- 
nado á favorecer en el escritor esa vena de españo- 
lismo, contribuyeron á exagerar : tal vez porque uno 
y otro, inconscientemente, buscaban contrapeso á lo 
mucho que por fuerza tuvo que haber de extraordi- 



JOSÉ ZORRILLA 179 

nario, de exótico, en un arte fecundado, rejuve- 
necido al contacto de otros elementos, que habían 
venido del extranjero envueltos en deslumbrante 
aureola. Era indisputable, sin embargo, que Espron- 
ceda, por una parte, con todo su empeño de aseme- 
jarse á Byron y seguir sus huellas, había escrito en 
un magnífico lenguaje y grandemente aumentado la 
riqueza, la belleza de la versificación castellana; y 
que el arte dramático, por la otra, tan abatido en el 
siglo xviii y principios del xix, había revivido, cul- 
tivado con brillo no menor que en los días de Moreto 
y Calderón por García Gutiérrez, Rivas y Hart- 
zenbusch. La lengua y las tradiciones literarias bas- 
taban, sin apelar á innecesaria afectación de exclu- 
sivismo patriótico, á comunicar sabor nacional 
característico á cuanto ahora se escribiera conforme 
á nuevas ideas y á nuevos cánones del gusto. 

No hay uno solo de los cuentos, tradiciones ó 
leyendas en verso de Zorrilla anteriores al poema 
Granada, que son cerca de treinta en número, cuya 
escena y cuyos personajes no sean españoles. Lo 
mismo puede decirse de sus composiciones dramáti- 
cas, también unas treinta, todas colocadas en terri- 
torio español, salvo Sofronia y La Copa de marfil, 
dos ensayos de tragedia, poco felices, aunque llenos 
de soberbios endecasílabos. 

El Capitán Montoya y Margarita la Tornera son 
las más conocidas y por muchos las más celebradas 
éntrelas leyendas, no acaso las mejores. Perjudica 
á la primera su semejanza con el Estudiante de Sa- 



180 EL ROMANTICISMO EN ESPAÑA 

¡amanea, pues aunque brillan en la narración los 
grandes méritos de facilidad y rotundidad que de ahí 
en adelante serán siempre en el autor característicos, 
no tiene el alto vuelo lírico ni la firme elocución de 
Espronceda. 

Margarita la Tornera, nueva versión como la otra 
leyenda de un cuento popular, le es muy superior ; 
el plan es menos incoherente, las escenas se suceden 
más lógicamente, aunque se advierta demasiado, como 
en todas, la falta de estudio y meditación. El público 
pedía sus versos y él los suministraba, sin darse el 
tiempo de prepararlos y corregirlos suficientemente. 
Eso mismo hacía Lope de Vega é hicieron otros 
antes y después del gran dramaturgo ; pero en Zo- 
rrilla, cuyas cualidades eran sobre todo externas, 
musicales, de ejecutante y virtuoso, que carecía de 
imaginación poderosamente creadora y del senti- 
miento de lo sublime, el efecto de ese abandono tenía 
que ser y fué con frecuencia desastroso. 

Otras leyendas superan á esas dos y elevan el au- 
tor á la altura de Walter Scott, como La Prifieesa 
Doña LtiZy La Azneena silvestre y el poema Granada, 
que cierra el período brillante y fecundo de su vida. 
En todas se hallan trozos admirables : redondillas, 
quintillas, romance, versos cortos, octavas reales, 
casi no hay combinación métrica que alguna vez no 
ensaye sobre las teclas del sonoro piano que tan 
magistralmente hace resonar. Ni en una sola de sus 
leyendas puede decirse que falte alguna estrofa, al- 
gunos versos dignos de recordarse. 



JOSÉ ZORRILLA 181 

Su influencia en España y en los países hispano- 
americanos fué muy grande, aunque en último re- 
sultado perniciosa quizás. Sus defectos, la verbosidad, 
la monotonía, el abuso de los epítetos, el ruido y la 
hojarasca cubriendo la vulgaridad de la imagen ó la 
ausencia de la idea, eran fáciles de imitar, mientras 
que sus cualidades, simple don de la naturaleza, no 
hijas del estudio ni de lento cultivo, eran suyas so- 
las y formaban conjunto único é inimitable. Pero 
de seguro no faltarían, aquí y allí, literatos expertos 
y prudentes que supiesen recibir y aprovechar de 
él lo mucho bueno que había en su fecunda inspira- 
ción, como Andrés Bello en las composiciones de la 
última parte de su vida. Permite suponerlo esta bella 
imagen, que Bello agregó á la traducción de La Ova- 
ción por todos, y no se encuentra en el original 
de Víctor Hugo : 

... Que cual del ara santa 
Sube el humo á la cúpula eminente, 
Sube del pecho candido, inocente, 
Al trono del Eterno la oración : 

feliz reminiscencia acaso de estos versos de La Azu- 
cena silvestre : 

Como al pie del altar, del vaso de oro 
De perfumo oriental se exhala y sube 
Pura, ligera y transparente nube 
Que embalsama la regia catedral, 
Así á los cielos la oración del justo 
Sobre sus alas místicas se eleva. 



11 



182 EL ROMANTICISMO EN ESPAÑA 



IV 



Los argumentos de varios de los mejores dramas 
de Zorrilla, El Zapatero y el Rey, Sancho García, El 
Alcalde Ronquillo, el del mismo Don Juan Tenorio, 
aunque solamente en parte, son también asunto de 
otras tantas de sus leyendas. Siguió en eso, como en 
otras cosas, el ejemplo de Dumas y demás románti- 
cos franceses que gustaban de convertir en dramas 
sus novelas. 

Cada cual con su razón es la primer obra dramá- 
tica de Zorrilla aplaudida en el teatro, pues no cuento 
otra menos buena escrita en sociedad con García 
Gutiérrez. Si Cada cual con su razón estuviese es- 
crita en lenguaje un poco arcaico, pasaría hoy sin 
dificultad por una comedia de capa y espada, si no 
de Calderón, por lo menos de Moreto ó de Francisco 
Rojas Zorrilla; ¡ tan empapado estaba al principio en 
la tradición literaria nacional! Mas pronto se con- 
venció de que por ese camino no se iba al triunfo en 
el teatro; el público sólo soportaba « refundidas », 
es decir, muy alteradas las obras antiguas ; lo que en 
las leyendas podía mantenerse por su propio carác- 
ter, debía acomodarse en la escena al gusto nuevo, 
á los hábitos que desde la fecha de La Conjuración 
de Venecia y el Maclas habían ido arraigándose, 
favorecidos por tantas obras, originales y traduci- 



JOSÉ ZORRILLA 183 

das, más y más revolucionarias cada vez, que anual- 
mente se representaban en Madrid. 

Para la posteridad el primero que cuenta entre 
sus dramas hoy es El Zapatero y el Rey. Muchos lo 
consideran el mejor; muy probablemente lo es, sobre 
todo la segunda parte, á pesar del inconveniente de 
necesitarse el conocimiento de la anterior para com- 
prender bien la figura del capitán Blas Pérez, para 
que su lealtad y ciega obediencia al rey no parezcan 
tan « fantásticas y exageradas », como pareció á 
Larra el « honor castellano » en el drama de Víctor 
Hugo. 

Pedro el Cruel, personaje pintoresco y popular como 
ninguno entre los reyes de Castilla, dio argumento 
desde muy temprano á infinitos romances, cuentos 
y consejas antes que Zorrilla de todo se apoderase 
para sus dos dramas, sirviéndose además de muy 
directa manera para el segundo de una comedia del 
siglo xvii por Hoz y Mota, El montañés Juan Pas- 
cual y Primer Asistente de Sevilla, pieza que, según 
el Sr. Menéndez y Pelayo, quizás sea refundición de 
otra más antigua, acaso del mismo Lope de Vega (1) . 

La anécdota del joven zapatero que mata en ven- 
ganza al noble Don Juan de Colmenares, asesino de 
su padre, sirvió á Zorrilla para una leyenda, Justi- 
cias del rey Don Pedro, y para esta pieza. Blas Pérez 
se disculpa de este modo : 

Mató á mi padre, señor, 
Y el tribunal por su oro 

(1) Obras de Lope de Vega. Madrid, 1899. Tomo IX. 



184 EL ROMANTICISMO EN ESPAÑA 

Privóle un año del coro, 
Que en vez de pena es favor. 

El rey á su vez declara : 

No han de decir, vive Dios, 
Que á ninguno de los dos 
En mi justicia prefiero, 

y condena al vengador á no hacer zapatos durante 
un año. De las mismas palabras se sirve el poeta en 
ambas obras. 

Hay « el germen de un drama », como dijo mo- 
destamente Zorrilla, en esa parte del Zapatero y el 
Rey; pero su experiencia, escasa todavía, del teatro 
y su audacia juvenil inventan sucesos y escenas sin 
cuidado de prepararlas y darles el grado mínimo de 
verosimilitud indispensable. La popularidad de Don 
Pedro, sus valentonadas y sus alardes de justiciero, 
expresados en versos fáciles y galanos, arrebatan al 
público y deciden el éxito. 

La segunda parte es otra cosa. La catástrofe, pre- 
sentada sin desfigurar demasiado los acaecimientos 
históricos : el asedio en Montiel, la conducta inicua 
de Beltrán Duguesclín, la lucha cuerpo á cuerpo de 
los dos hermanos, y la muerte aleve de Don Pedro, 
aquí lo mismo que en la crónica de Ayala ó en la his- 
toria de P. Mérimée ó en los romances del Duque de 
Rivas, embargan al espectador interesado por la trá- 
gica y violenta situación. Zorrilla añade por su parte 
á esa página histórica, por sí misma tan llena de 
poesía dramática, la hermosa figura del zapatero 



JOSÉ ZORRILLA 185 

convertido en el capitán Blas Pérez, lealmente agra- 
decido y adherido á su señor hasta el punto de sacri- 
ficar su amor y su vida por vengarlo, formando 
ambos, el rey y el vasallo, grupo escultural gran- 
dioso de dos figuras inseparablemente unidas en la 
memoria, como Don Quijote y su escudero : valga la 
comparación, sin olvidar la diferencia de proporciones. 
El estilo en la segunda parte es también superior 
al de la primera, un poco más sobrio, mucho más 
poético, aunque la trama llena como siempre de agu- 
jeros y escabrosidades. Casi todo lo que dice el Ca- 
pitán es de una tristeza, de una nobleza de senti- 
mientos admirable. He aquí un ejemplo ; Inés, su 
amada, que implora en vano su libertad, se retira 
emplazándolo ante Dios; el Capitán, solo, dice : 

Emplaza, emplázame, sí : 
Breve ha de ser este plazo, 
Pues tu muerte de rechazo 
Me dará la muerte á mí. 
Oh! si asomarte pudieras 
A mirar mi corazón, 
Moviérate á compasión 
El ver cuál me lo laceras... 
Mas ¡ay! con cuánta verdad 
Me culpas mi villanía! (Pausa.) 
Y atrás no me volvería 
Por toda una eternidad. 

El acto tercero termina magníficamente con la par- 
tida de Don Pedro al campamento francés y estos 
versos de Blas Pérez : 

Ahora, ó trono para él, 
Ó tumba para los dos. 



186 EL ROMANTICISMO EN ESPAÑA 

La escena final, que vence la dificultad de mante- 
ner palpitante el interés después de la muerte del 
protagonista, acaba igualmente muy bien con estas 
palabras del Capitán á Don Enrique : 

Vos por tan fiera traición 
Su corona os ceñiréis, 
Mas de espinas llevaréis 
Coronado el corazón, 

pues en ese momento sabe Enrique que es su hija la 
Doña Inés sacrificada en represalia de la muerte de 
Don Pedro. 

Tan populares como El Zapatero y el Rey son los 
dos pequeños dramas en un acto El Puñal del Godo 
y La Calentura, escrito el primero, según los Re- 
cuerdos, en veinticuatro horas. Ambos tienen el 
mismo corte, el mismo carácter ; la acción continúa, 
las primeras escenas en octosílabos, las otras en 
endecasílabos, todos llenos, magníficos, de la más 
robusta entonación. Es verdadera proeza haber 
escrito setecientos y tantos versos buenos en espacio 
tan corto de tiempo. Fuerza es creerlo, aunque en la 
dedicatoria á Rubí, cuyo testimonio se invoca, so- 
lamente se anuncia como compuesto en « determi- 
nado número de horas ». Más increíble es que no 
hubiese tenido otros elementos para idearlo y des- 
arrollarlo que las cuatro líneas de la historia del 
Padre Mariana, que cita. El tour de foree sería en- 
tonces mucho mayor. El Sr. Menéndez y Pelayo ha 
puesto perfectamente en claro que Zorrilla conocía, 
aunque ignorara la lengua inglesa, ei poema de Sou- 



JOSÉ ZORRILLA 187 

they Roderic, the last of the Goths ; de él tomó el 
nombre de Romano, que atribuye al monje en cuya 
cabana ó ermita vive Don Rodrigo después de la 
fuga del Guadalete, aguardando inquieto al Conde 
Don Julián que debe, según una profecía, venir á 
asesinarlo con su mismo puñal. Si pertenece al poeta 
inglés la mejor parte del argumento del Puñal del 
Godo, puede el mismo también reivindicar todo el de 
La Calentura. En ésta vuelve á la cabana Rodrigo, 
después de haber combatido bajo nombre supuesto 
en Covadonga, y viene fantásticamente Florinda 
desde el África « de ola en ola » á buscarlo, perdo- 
narlo y morir en sus brazos. Rodrigo, espantado, sale 
de allí sin permitir al fiel Theudia que lo acompañe, 
exclamando : 

Solo en la culpa, solo en el castigo, 
La maldición del cielo me acompaña. 

Es frecuente en Zorrilla encontrar así, al fin de la 
escena ó del acto, la frase breve y enérgica que la 
resume brillantemente. 

Poco más de dos años después se estrenó el drama 
que había de ganar en popularidad á éste y á todos 
los demás de Zorrilla : Don Juan Tenorio. El favor 
tan grande y tan persistente de que ha gozado y goza 
todavía, sería uno de los enigmas indescifrables de 
la literatura, si debiera suponerse para ello alguna 
posible honda razón literaria. Hay positivamente 
algo raro y misterioso en la costumbre establecida 
de representarlo todos los años durante la semana 



188 EL ROMANTICISMO EN ESPAÑA 

del mes de Noviembre, que incluye las fiestas á 
todos los Santos y conmemoración de los Difuntos. 
Es posible, es probable que sea capricho, moda pasa- 
jera y que el día menos pensado cese; pero hasta el 
presente, según ha dicho M. Ernest Mérimée, parece 
« una institución nacional, como las corridas de 
toros ». 

Un crítico apreciado , Manuel de la Revilla 
(1846-1881), cuya muerte prematura fué muy sen- 
tida, ha dicho, en extenso ensavo sobre las diversas 
manifestaciones del tipo de Don Juan Tenorio en 
todas las literaturas, que « es Tenorio la personifi- 
cación acabada del carácter español, y singular- 
mente del andaluz, en todo lo que tiene de bueno y 
de malo », y lo describe en suma como « indefinible 
mezcla de altivez romana, fiereza goda y generosidad 
árabe, que en las alturas del bien produce los Cides 
y Guzmanes y en las profundidades del mal los 
Tenorios y Corrientes ». Quizás sea éste el camino 
hacia la explicación del problema de la constante 
popularidad del drama ; quizás también sería princi- 
pal motivo de condecorar á su autor con el dictado 
de poeta nacional por excelencia (1). 

(1) Obras de Don Manuel de la Revüla, con prólogo del 
Excmo. Señor Don Antonio Cánovas del Castillo. Madrid, 1883 ; 
pág. 433. El artículo se titula : « El tipo legendario de 
Don Juan Tenorio y sus manifestaciones en las modernas lite- 
raturas. » Al final menciona simplemente el poema de Byron, 
el drama de Dumas y La morte de Don Joño por Guerra Jun- 
queiro. No cita ni á Hoffman, ni á Pouchkine,ni á Musset,ni á 
otros extranjeros. * 



JOSÉ ZORRILLA 189 

Pero sin duda no preocupó á Zorrilla toda esa 
metafísica del comentador. Conocía El Burlador de 
Sevilla, su refundición por Zamora, el Don Juan de 
Moliere, el libreto del Don Giovanni de Mozart y, 
más que nada, el Don Juan de Maraña de Alejandro 
Dumas, tanto el original francés como la traducción 
de García Gutiérrez. Atraíalo en el personaje la vasta 
notoriedad, el renombre popular, lo que en el rey 
Don Pedro igualmente había buscado; y con recuer- 
dos más ó menos inconexos de todas esas obras an- 
teriores se unció á la tarea, se puso á improvisar 
con la pluma en la mano, en pleno vigor de sus 
facultades, en 1844, á los veintiocho años, con su 
hasta entonces feliz facilidad, el drama, cuyo éxito 
extraordinario á él mismo sorprendió, tanto como 
hoy á todos puede extrañarnos. 

Es muy notable su semejanza con el drama de 
Dumas. M. E. Mérimée ha podido con verdad decir 
que el poeta español, « en vez de rejuvenecer y mo- 
dernizar modelos anteriores, se contenta con copiar 
á Don Juan de Maraña, del cual son casi exclusiva- 
mente las más notables modificaciones que impuso 
á la leyenda tradicional » (1). Zorrilla en los Re- 
cuerdos olvida mencionar predecesor tan importante 
para él, como nada dice en el lugar oportuno de 
Southey y su poema, que tan útiles le fueron para 
ganar una apuesta, componer El Puñal del Godo y 
completarlo después con 1m Calentura. 

(1) Bulletin Hispanique, vol. III, pág. 73. 

11. 



190 EL ROMANTICISMO EN ESPAÑA 

A la tradición original, tal como la llevó Tirso de 
Molina á la escena antes que nadie, según parece, 
agregaron algo Zamora, Moliere y Lorenzo da 
Ponte, ajustándola mejor á exigencias del teatro, 
quitando al criado la importancia excesiva del Cata- 
linón, el gracioso de Tirso, y concentrándola en cua- 
dro más compacto y firmemente delineado ; pero 
Zorrilla, influido, extraviado por el melodrama 
francés, que está muy lejos de merecer contarse 
entre los buenos de A. Dumas y cuyas principales 
escenas son más de Las Ánimas del Purgatorio de 
P. Mérimée que de Dumas mismo, completamente la 
desnaturaliza. El pavoroso y trágico desenlace de 
todas las versiones anteriores se convierte en vulgar 
escena de comedia de magia, con empeño predomi- 
nante de ofrecer al tramoyista ocasión de disponer 
un fin glorioso « entre flores y perfumes, al son de 
una música dulce y lejana, iluminado el teatro con 
luz de aurora, mientras las almas de Don Juan y 
Doña Inés, representadas en dos brillantes llamas, 
se pierden en el espacio ». En tanto la formidable 
estatua animada del Comendador, una de las más 
originales y vigorosas creaciones del arte poético 
moderno, ha pronunciado en balde el terrible : Ya 
es tarde, y vuelve triste y calladamente á su pedes- 
tal. Don Juan obtiene el perdón de todos sus críme- 
nes porque en el último instante se ha arrepentido. 
El alma del asesino vuela en forma de llama hacia 
la bienaventuranza; las víctimas yacerán entre los re- 
probos. Teología á la verdad incomprensible, pues 



JOSÉ ZORRILLA 491 

Donjuán está ya muerto cuando muestra contrición; 
él también, como Don Félix de Montemar y como el 
* capitán Montoya, ha asistido á su propio entierro; 
el Comendador mismo se lo dice : 

i Juan. ¿Conque por mí doblan? 

Estatua. Sí. 

Juan. ¿Y esos cantos funerales? 
Estatua. Los salmos penitenciales 

Que están cantando por ti. 
Juan. ¿Y aquel entierro que pasa? 
Estatua. Es el tuyo. 
Juan. ¡ Muerto yo! 

Estatua. El capitán te mató 

A la puerta de tu casa. 

No es posible incoherencia mayor. La bella versi- 
ficación, cual manto purpúreo y luminoso, lo cubre 
todo, deslumhra los ojos. Encantado y hechizado por 
la melodía deliciosa, no hay auditorio español que 
resista á su influencia. No está mejor escrito que 
otros dramas del mismo autor; al contrario, nótase 
más descuido y precipitación de lo habitual en él ; 
pero la antigua simpatía del público por el personaje 
ayuda á salvar escollos y defectos ; el insolente em- 
baidor de mujeres continúa impávido seduciendo 
víctimas y derribando enemigos. 

Si se me preguntara cuál á mi juicio es la mejor 
composición dramática de Zorrilla, titubearía un poco 
y probablemente diría que El Zapatero y el Rey. 
Zorrilla en caso igual no vacilaba un segundo, se 
declaraba siempre decidido por Traidor, Inconfeso 
y Mártir, drama compuesto expresamente para el 



192 EL ROMANTICISMO EN ESPAÑA 

beneficio de una actriz, lo último digno de mención 
que dio al teatro. Es un ejemplo más de padre que 
prefiere al más joven de sus hijos. Como había es- 
crito sus otros dramas muy de prisa y ninguno com- 
pletamente le satisfacía, creyó quizás que compo- 
niendo uno algo más despacio y esmerándose mucho 
en los detalles, lograría quedar más satisfecho. En 
parte este drama parece en efecto más pulida y cuida- 
dosamente escrito que los demás. Pero el argumento 
no es interesante. 

Fúndase en la famosa impostura del pastelero de 
Madrigal, que sirvió á Escosura para su novela Ni 
Rey ni Roque, y fué objeto de una causa célebre, 
que dejó todo completamente averiguado. El prota- 
gonista del drama no es el Gabriel Espinosa que pre- 
tendió hacerse pasar por el rey Don Sebastián, sino 
éste mismo, en carne y hueso, que después de haber 
vivido catorce años en Madrigal de pastelero, es sor- 
prendido de viaje en Valladolid por el alcalde de casa 
y corte Don Rodrigo de Santillana y vuelto á Ma- 
drigal, donde es procesado, sometido á tormento y 
condenado á muerte como impostor. La intriga se 
anuda por medio de otro personaje, Doña Aurora, 
joven y hermosa mujer que acompaña á Gabriel, ado- 
rándolo como un dios, y que al final resulta ser hija 
del terrible alcalde Santillana. Aurora, que se des- 
maya al salir el condenado para el patíbulo, presen- 
cia luego delirante, desde una ventana, todo el suplicio 
del hombre en quien adoraba ciegamente. Al saber 
quién es su padre, se vuelve furiosa, enajenada, á 



JOSÉ ZORRILLA 193 

maldecirlo. Esta escena, trazada en vista de las fa- 
í cultades de la actriz, que especialmente brillaba en 
esas situaciones, peca por falta de armonía, por so- 
bra de violencia, como inspirada por motivos ajenos 
( á la poesía y á la marcha lógica del argumento. 

Ya que el poeta quiso presentar al falso Gabriel 
como verdadero rey Don Sebastián, debió explicar 
más claramente los motivos, el objeto de su larga 
residencia en un pueblo obscuro ocupado en tan bajos 
quehaceres. No basta que eluda la cuestión contes- 
tando : 

Vero yo haccr.no sabía 
Otra cosa que pasteles. 

El resorte principal de la intriga es demasiado 
común, demasiado gastado. Cuéntanse por docenas 
los melodramas en que padres se encuentran al final 
con hijas que creían perdidas. Pues la escena de dos 
,de sus actos pasa en Valladolid, y no tuvo escrú- 
pulo el autor, por otra parte, de alterar fundamental- 
mente los hechos reales; hubiese quizás sido buen 
modo de agrandar la acción poner de alguna manera 
á Don Sebastián en presencia del rey de España, y 
hacer resaltar la razón de estado, que inexorable- 
mente exigía la muerte del resucitado importuno. 

Es lo cierto que no obtuvo el éxito de los ante- 
riores. Atribuyelo el autor á deficiencias del célebre 
actor Julián Romea, encargado de la parte del pro- 
tagonista, y advierte que fuera de Madrid, en las 
provincias y en América, fuédespués muy aplaudido, 



194 EL ROMANTICISMO 'EN ESPAÑA 

confiado á otro primer galán, Catalina, el cual, se- 
gún recuerdo, estaba mejor en la comedia y nunca 
recitó bien los versos serios. « Desde entonces, dice 
en los Recuerdos del tiempo viejo, dejé de escribir 
para el teatro. » 



Réstanos hablar de Granada, poema oriental. La 
historia de los últimos días de la dominación de los 
árabes en ese rincón de Andalucía llamó la atención, 
excitó la inspiración de Zorrilla desde muy temprano. 
La Sorpresa de Zallara y el Último rey moro de 
Granada Boabdilel Chico, dos joyas de su corona, 
brillan entre las primeras cosas que escribió; nunca 
lanzó su lira notas más tiernas y sencillas que el 
lamento aquél de los árabes al abandonar sus ho- 
gares : 

Y si huyendo de Noviembre 
Las arrecidas neblinas 
Vemos á las golondrinas 
De nuestra patria volver, 

Al dintel de nuestras tiendas 
A saludarlas saldremos 

Y de gozo lloraremos 
Mientras se alcancen á ver... ! 

Cansado de triunfos, que podía creer efímeros, 
cuya duración no podía prever, quiso completar ese 
período central de su carrera, que encierra cuanto 
de él interesa á la posteridad, escribiendo algo, más 



JOSÉ ZORRILLA 195 

extenso que sus otras obras, sobre la historia árabe 
de Granada, vistiendo al mismo tiempo con el am- 
plio ropaje de la epopeya los personajes de la escena 
final, el término de la larga contienda de la Cruz y 
la Media Luna, lo que España considera timbre su- 
premo de su escudo y de su gloria. 

Cuatro años empleó en preparar y escribir los dos 
volúmenes publicados en París en 1852. Visitó los 
lugares, estudió el árabe, leyó multitud de libros y 
cuidó más que antes su versificación y su lenguaje. 
Por desgracia, el resultado no respondió al esfuerzo, 
no halló ni la ganancia material que justamente espe- 
raba, ni el acrecimiento de gloria que los amigos de 
su talento le deseaban. 

Sólo una pequeña parte de lo que concibió y pre- 
paró pudo terminar. Del vasto plan del Cuento de 
cuentos, en que debía entrar, en forma de leyendas 
separadas, la historia entera de Granada, compuso 
únicamente la primera, la Leyenda de Muhamad Al- 
Hamav en cinco libros. El Poema Oriental, consa- 
grado á la última campaña de los Reyes Católicos, no 
llega más que hasta la toma de Alhama. Es de du- 
darse que hubiese en el talento de Zorrilla energía 
bastante y en su carácter constancia, fijeza de pro- 
pósito suficientes, para rematar tan vasta empresa. 
Ante las primeras dificultades con comisionistas y 
libreros, que él mismo se había creado, pues impri- 
mió y publicó por su propia cuenta, se dio por ven- 
cido; desalentado lo abandonó todo, resolvió emigrar 
á América en busca délo que en Europa no sabía en- 



196 EL ROMANTICISMO EN ESPAÑA 

contrar, y durante los cuarenta años de vivir que lo 
quedaban, ni publicó ni completó el tercer tomo de 
la obra. En España apenas leyéronlos dos elegantes 
volúmenes de París; en América, donde su notorie- 
dad era tan grande ó mayor que en su patria, es- 
timaban sobre todo los dramas y las leyendas cortas, 
pero retrocedían asustados ante el bulto de los dos 
tomos. 

El que á leerlos se resolviera hallaba en seguida, 
por donde quiera que comenzase, versos y versos que 
á menudo nada decían á la inteligencia, que nada 
parecían significar, pero que iban creando en torno 
una música exquisita, un concierto de vaga y flo- 
tante melodía que arrulla, adormece los sentidos, 
meciendo el espíritu hasta sumirlo en deliquio arro- 
bador. Como el poeta de la introducción del Diablo 
Mando y el final del Estudiante de Salamanca, casi 
no deja ninguna medida de verso ni combinación 
métrica sin ensayar; es infinita la variedad de rit- 
mos y cortes de sus versos; pero la frase no se 
ajusta siempre con cabal precisión, los adjetivos á 
veces se acumulan sin aclarar el sentido, no se sien- 
ten brotar los consonantes del pensamiento exacto ó 
de la imagen misma. Atestó su memoria de frases 
árabes, comparaciones, alegorías tomadas del Corán 
y de otros libros ó de las inscripciones de los edifi- 
cios, para repartirlas á granel en el curso del poema : 
desplegó empeño particular de acomodar los nom- 
bres propios á la ortografía original desfigurán- 
dolos de propósito, como hizo en francés Leconte de 



JOSÉ ZORRILLA 197 

Lisie con los nombres griegos ; pero éste no preten- 
día escribir poesía popular, sino erudita y muy eru- 
dita, mientras que los lectores habituales de Zorrilla 
no podían reconocer á Boabdil en su nuevo Abú-Ab- 
dil ni otros cambios de la misma especie. Todo eso y 
el dividir la leyenda de Al-Hamar el Nazarita en 
libros con títulos al gusto oriental : Libro de los 
Sueños, de las Perlas, de los Alcázares, de los Espíri- 
tus, de las Nieves, imparte á la obra algo de artificial 
y rebuscado, quitándole esa gracia de espontaneidad 
y de frescura que, en medio de sus descuidos, había 
sido principal atractivo de sus narraciones, y ha- 
ciendo su dicción más verbosa y redundante de lo 
que siempre había parecido. 

No faltan, vuelvo á decirlo, momentos deliciosos, 
en la parte dedicada ala historia árabe mayormente, 
de incomparable suavidad y dulzura. Por ellos, en de- 
finitiva, debe ser juzgado, pues el poema, á causa de 
sus desigualdades y por haber quedado incompleto 
tan de comienzo^, sin que sea posible apreciar el plan 
general ni á sabiendas deplorar la pérdida de lo de- 
más, es de antemano obra para antologías, leída 
entera sólo por críticos de conciencia ó editores de 
trozos escogidos. Mucho de esto sucede ya también 
con las grandes leyendas de Walter Scott. 

No disimula, no esconde la simpatía profunda que 
le arranca el trágico fin de la dinastía soberana de 
Granada. Lleno de fe en sí mismo evoca la sombra 
de la sultana Moraima para exaltarla y prometerle la 
inmortalidad de sus versos : 



198 EL ROMANTICISMO EN ESPAÑA 

Pálida sombra ele Moraima ! escucha : 

Oye mi voz que te habla en las tinieblas... 

Tú serás la sultana de mis cuentos, 

Yo en mi laúd lamentaré tus penas, 

Te llevaré conmigo á los alcázares 

En donde tiene su morada regia 

La noble, omnipotente poesía 

Que sobre el mundo soberana impera... 

Adiós, sultana de las sombras ! huye : 

Yo me quedo cantándote en la tierra. 

Hállanse estos versos hacia el fin de la parte que 
poseemos y aumentan nuestra lástima de que tan 
sincera y generosa simpatía, intenciones tan noble- 
mente poéticas, quedasen irrealizadas, perdidas para 
el arte y para la gloria del artista, interrumpido todo 
para siempre por el viaje intempestivo é insensato 
en busca de mejor fortuna, que mató en pañales lo 
que hubiera quizás llegado á ser la mejor de sus 
producciones. 



VII 



LA COMEDIA DURANTE EL PERIODO 
ROMÁNTICO 



Bretón de los Herreros. 

El ilustre poeta cómico Leandro Fernández de 
Moratín murió lejos de su patria, en París, el año 
Ae 1828; algunos años antes había muerto lejos tam- 
bién- de la patria, en Orthez, el distinguido poeta 
trágico Nicasio Álvarez de Cienfuegos ; éste, pros- 
cripto por haber resistido enérgicamente en Madrid 
al invasor francés; aquél, perseguido por haberse 
débilmente plegado á las circunstancias y aceptado 
de José Bonaparte el título de Bibliotecario real. No 
son ésas ciertamente las únicas anomalías ó contra- 
dicciones de idéntico carácter que en España, du- 



200 EL ROMANTICISMO EN ESPAÑA 

rante todo el primer tercio del siglo xix, rápidamente 
se sucedieron. 

Antes de fallecer triste y desengañado el pobre 
Moratín, pudo llegar á su noticia el grande éxito 
obtenido desde Octubre de 1824 por una comedia 
en prosa, representada en el teatro del Príncipe, con 
el título de Á la vejez viruelas, comedia que era 
fruto directo y legítimo de sus lecciones y de su 
ejemplo. El autor, joven nacido en la Rioja el año 
de 1796, tenía escrita la pieza desde 1817 y se lla- 
maba Manuel Bretón de los Herreros, aunque, por 
brevedad y por esconder en aquellos días revueltos 
antecedentes liberales, no firmaba todavía con su 
nombre entero. De la villa de Quel, su pueblo natal, 
había ido con su familia á vivir en Madrid, donde 
hizo estudios no muy detenidos ni completos, hasta 
que se alistó como soldado en 1812. Peleó en Va- 
lencia y Cataluña contra las tropas francesas, y al 
acabarse la guerra había ascendido á cabo primero. 
A fines de 1818 fué á incorporarse al ejército que 
se aprestaba en Andalucía para reconquistar, según 
se esperaba y se creía , las regiones de América 
que habían sacudido ya el yugo de la metrópoli. El 
grito resonante de Riego en las Cabezas de San Juan 
el día primero de Enero de 1820, repetido de cam- 
pamento en campamento por las tropas acantonadas 
en mira de la infausta empresa, libró á nuestro poeta 
del azaroso viaje á América. Poco después obtuvo 
licencia absoluta. 

Consiguió también de los que gobernaban el país 



BRETÓN DE LOS HERREROS 201 

í 

durante el trienio liberal algún empleo administra- 
tivo en provincia ; estaba entonces tan sinceramente 
imbuido en ideas liberales, que cuando los hom- 
bres de 1823 se vieron en el caso de librar la última 
batalla contra el ejército real, auxiliado por los cien 
mil soldados que trajo consigo el Duque de Angu- 
lema, no vaciló en alistarse otra vez y ponerse á 
las órdenes del general Ballesteros, manteniéndose 
luego en Cartagena, defendida por Torrijos, hasta 
que llegó la hora de rendir la plaza. Tras breve 
residencia en su pueblo juzgó más seguro volver á 
Madrid y, apartado de toda política, vivir obscure- 
cido y tranquilo al lado de su madre. 

En el período de reacción violenta que se iniciaba, 
á pesar de que no era ya cosa tan odiosa cual antes 
haber sido afrancesado como Moratín, poco ó nada 
se representaban en Madrid las comedias del insigne 
escritor. Los primeros discípulos, Martínez de la 
Rosa, Gorostiza, andaban como el maestro fuera de 
España; pero /en 1824 había por fortuna llegado la 
hora de reconocer y proclamar el triunfo de la 
comedia moratiniana, triunfo que se debería á dos 
jóvenes, uno ya de veintiocho años de edad, el otro 
no más que de diez y ocho, ambos los verdaderos 
alumnos y continuadores del autor del Sí de las 
niñas, muy pronto sus émulos gloriosos. Eran Bre- 
tón y un hijo de Buenos Aires educado en Madrid y 
llamado Ventura de la Vega. Por curiosa coinci- 
dencia en esa noche del 14 de Octubre de 1824 en 
que, iluminado el teatro del Príncipe por ser cum- 



202 EL ROMANTICISMO EN ESPAÑA 

pleaños de Fernando VII, iba á ponerse en escena la 
primera obra original de Bretón , representábase 
también allí mismo « la primera obra dramática de 
Ventura de la Vega » (1). 

Ni en la colección de Obras escogidas « autorizada 
por su autor y selecta por sí mismo », como anuncia 
la portada (Baudry, París, 1853), ni en la postuma 
más completa de Madrid (1883), ordenada conforme 
á indicaciones que Bretón mismo dejó escritas, se 
encuentra esa comedia Á la vejez viruelas, en que 
por primera vez apareció ante el público su nombre, 
sin embargo de que, como atestigua Hartzenbusch, 
presente en el teatro la noche de su estreno, fué 
muy favorablemente acogida (2). Pero el autor, con 
razón sobrada, la juzga « ensayo imperfecto » de su 
inexperiencia (3). Lo mejor, lo más feliz quizás de 
la obrita, es su título. La intriga y el estilo recuerdan 
demasiado á Moratín, y si Bretón en verso cómico se 
eleva á gran distancia del autor de La Mojigata, 
como prosista no le llega á la suela del zapato, si 
vale la expresión vulgar. Bien lo sabía y sentía él 
mismo, pues á pesar de haberse ejercitado durante 
años en traducir en prosa y hacer representar crecido 
número de piezas tomadas" del francés, reservó 
siempre el verso para la inmensa mayoría de sus 

(1) Bretón de los Herreros, por el Marqués de Molins, Madrid, 
1883, pág. 33. 

(2) Obras Escogidas de Don M. B. de los Herreros, París , 
1853, pág. vin. 

(3) Obras de Don M. B. de los Herreros, Madrid, 1883, 
pág. LVII. 



BRETÓN DE LOS HERREROS 203 

obras originales. Escribió, en efecto, según el deta- 
llado catálogo puesto como apéndice á la biografía 
del Marqués de Molins (1), unos trescientos setenta 
actos originales, de los cuales están en prosa sola- 
nlente unos veintitrés. En verso tradujo admirable- 
mente ; la versión de Los Hijos de Eduardo, de C. 
Delavigne, es un dechado de fidelidad y de elegante 
facilidad ; mas en prosa no llegó á la gracia ligera de 
las traducciones de Vega ó de la Crítica del Sí de 
las niñas, y Vega, por su parte, no puede tampoco 
habérselas en esa línea con el que tan acabadamente 
vertió al castellano Le médecin malgré luz. Todos á 
una encomian muy merecidamente en Bretón el 
hablista, el estilista incomparable en verso; tenía de 
su lengua conocimiento perfecto, y en sus poesías 
festivas, lo mismo que en su teatro, cada dificultad 
de rima ó combinación métrica era siempre ocasión 
de triunfar por medio de salida ó agudeza inesperada. 
En prosa nunca hizo cosa equivalente ; el ejemplo 
del maestro poco en eso le valió, y nada suyo es 
digno de ponerse en parangón con las deliciosas 
cartas familiares de Moratín, publicadas en las Obras 
Postumas (Madrid, 1867) ; acaso no exista epistolario 
igual á éste en toda la literatura española, sin que 
pueda hacérsele otro reparo que el estar demasiado 
bien escritas, pues sorprende corrección tan escru- 
pulosa en cartas tan familiares, tan íntimas como 
las dirigidas á Melón, su antiguo y fiel amigo. 

(1) Repetido y completado en el tomo primero de la edición 
postuma de 1883. 



204 EL ROMANTICISMO EN ESPAÑA 

Ocupó Bretón el espacio de más de siete años que 
corrió entre la representación de su primera comedia, 
y el 30 de Diciembre de 1831, cuando se puso en 
escena Marcela ó ¿ Á cuál de los tres ?, estudiando 
y produciendo juntamente. Su educación había sido 
muy deficiente, había aprendido pocas cosas y se 
consagró con empeño á llenar ese vacío, al mismo 
tiempo que espoleado por la escasez de recursos de 
la familia trabajaba con ardor para el teatro. En ese 
período compuso cincuenta y seis obras dramáticas, 
las más traducidas del francés; pues, según su pro- 
pia confesión , se pagaban casi lo mismo que las 
originales, y era « harto más fácil el trabajo de tra- 
ducir », además de que se comprometía mucho 
menos la reputación del escritor. Entre las originales 
de ese tiempo cuéntanse aquéllas en que abierta- 
mente se mostró fiel discípulo de Moratín, igualán- 
dolo á menudo, pero manteniendo siempre su inspi- 
ración dentro de los moldes del maestro. A la cabeza 
de todas ellas va su primer triunfo indudable, Á 
Madrid me vuelvo, comedia en tres actos, versificada 
toda en romance octosílabo, con el mismo asonante 
en cada acto ; forma y fondo estrictamente dentro 
de los cánones y la tradición consagrada. 

La Marcela es la esbelta columna miliar que 
señala el punto donde cambia la dirección de su ruta, 
desde donde se abre solo, por terreno diferente, un 
camino nuevo. Es también, conforme al orden cro- 
nológico, la primera de las cinco ó seis obras maes- 
tras bretonianas, modelos en su género, que seguirán 



BRETÓN DE LOS HERREROS 205 

r siempre quizás poniéndose en escena, que constan- 
temente se leerán con gusto y admiración, modelos 
inmortales de lengua, de versificación y de gracia 
inagotable. Moratín continuará de ahí en adelante 
* respetado por él como antiguo maestro, no más 
seguido humildemente como supremo modelo. Obe- 
decerá el poeta á la influencia de todo lo nuevo que 
empezaba á surgir, de todo lo extraño que iba viendo 
en torno suyo, y también al ejemplo de los extranje- 
ros, cuyas obras tan asiduamente se consagraba á 
traducir : Scribe y sus colaboradores, la María Es- 
tuardo de Schiller, al través de la imitación infeliz 
de Lebrún, y un Wallenstein no representado, que 
se encuentra en el catálogo de obras de Bretón antes 
mencionado; y aun directamente de Víctor Hugo, 
pues en el mismo se cita como traducido un pedazo, 
acto y medio, de Marión Delorme. La magistral 
adaptación en verso de Los Hijos de Eduardo supera 
al original en cuanto á fuerza de estilo y perfección 
poética; representada en 1835 por los mejores acto- 
res de la época, Concepción Rodríguez, Latorre, 

' Julián Plomea, triunfó como si hubiese sido una 
obra original. 

La novedad de la Marcela principalmente consistía 
en la suma variedad de rítmica por el poeta intro- 
ducida, con intento deliberado de imitar « la feliz 
independencia, fecunda en primores » de Lope y 
Tirso, de Moreto y Calderón. El asonante al efecto 
cambia, cuando lo emplea, en cada una de las escenas, 
y en las demás se encuentran redondillas, cuartetas 

12 



206 EL ROMANTICISMO EN ESPAÑA 

octosílabas, quintillas, una letrilla, un soneto, silvas 
y varias décimas, todo perfecto, de mano ágil de 
obrero excelente, de artífice exquisito. La intriga en 
cambio es de una sencillez extremada, apenas más 
complicada en esencia que la de un paso ó égloga 
del teatro primitivo. Una viuda con tres preten- 
dientes que le declaran su amor por escrito y á los 
cuales ella desahucia uno á uno, en entrevista final, 
para la que convoca antes á todos. Larra, juzgando 
otra comedia del mismo Bretón, Un novio para la 
niña, que tiene idéntico argumento, como antes lo 
había tenido también Un tercero en discordia, 
observó agudamente que con semejante asunto cual- 
quiera se hubiera visto apurado para hacer una come- 
dia : « el autor, agrega, ha hecho sin embargo con él 
tres dramas diferentes ». Esta crítica dolió vivamente 
á Bretón y dio origen á una desavenencia entre los 
dos, seguida después de una reconciliación en 
público, célebre en los fastos literarios de la época. 
Pero no le sirvió de lección, pues no son tres, sino 
cinco, las piezas que compuso con argumento pare- 
cido ; hay que añadir á las mencionadas: Cuentas 
atrasadas, escrita en 1841, y Un novio á pedir de 
boca, en 1843. 

Es el defecto grave, incompensable, de toda la 
poesía dramática de Bretón. Dentro de sus planes 
demasiado elementales, de una simetría monótona y 
demasiado repetida, se mueven, superficiales como 
sombras chinescas, vagas como siluetas de carica- 
turas, « fantoches » risibles, de la clase de los pre- 



BRETÓN DE LOS HERREROS 207 

tendientes de Marcela : el poeta melancólico, el goloso 
encanijado, el capitán hablador y vanidoso, Don 
Amadeo, Don Agapito y Don Martín Campana y 
Centellas. Todos sus personajes, hombres y mu- 
jeres, viejos y jóvenes, no más estudiados y profun- 
dizados. El buril no penetra, el pincel no es bastante 
fino, la pluma corre demasiado aprisa, el improvi- 
sador abusa del don que tan generosamente le otorga 
la naturaleza. 

El mal era de los que no tienen remedio. En los 
últimos dos ó tres años de su vida, que pasó ence- 
rrado en sus aposentos de la calle de la Montera, 
saliendo poco á la calle, alejado de toda ocupación 
activa, se puso asiduamente á revisar y corregir una 
por una todas sus piezas para la edición definitiva. 
La dicción poética quedó cada vez más firme, más 
abundante, menos sembrada de repeticiones, más 
correcta en fin é impecable; pero planes y carac- 
teres quedaron forzosamente como estaban. Repasaba 
todavía cuidadosamente durante la primera parte de 
la noche del primero de Noviembre de 1873 su co- 
media El Cuarto de hora; al día siguiente no pudo 
ya levantarse de la cama y falleció una semana des- 
pués. Hasta lo último hizo lo que pudo y fué artista 
de conciencia. 

En la serie de cinco piezas que acabo de citar des- 
cuellan las dos primeras, Marcela y Un tercero en 
discordia, por la riqueza y galanura de la versifica- 
ción. Nunca á mi parecer caerán en el olvido, se 
leerán y representarán probablemente mientras el 



208 EL ROMANTICISMO EN FSPAÑA 

castellano se hable ó se "estudie. Supera en gracia 
festiva y en brillantez de dicción poética á cuantos 
escribieron antes que él y todos sus contemporáneos 
juntos, Segovía y Fray Gerundio, Villergas y Rodrí- 
guez Rubí y Estébanez Calderón y tullí quanti no 
valen tanto como él. 

El aura romántica, que ya en 1834 comenzaba á 
ganaren fuerza por Madrid, lo llevó también desde 
entonces por ese camino en que Larra, un mes antes 
nada más, había obtenido el honroso triunfo de su 
Macías. No estaba sin embargo para esa excursión 
tan bien preparado Rretón como para la otra, y la 
ofrenda del nuevo culto, quizás en él no muy volun- 
taria, según propia confesión (1), fué un drama en 
verso y en cinco actos, Elena, para cuya composi- 
ción se sirvió de todas las libertades de la escuela 
romántica. Su valor no pasa de muy modesta me- 
dianía. Ni esa vez, ni en otras, pues reincidió á des- 
pecho de su declarada escasa fe en las nuevas doc- 
trinas, hizo cosa alguna que merezca recordarse. 

Pero la influencia del triunfante romanticismo no 
se redujo á hacerle arrastrar más ó menos involun- 
tariamente su talento por sendas tan escarpadas; 
nótase también en sus comedias, en algunas de las 
mejores, como Muérete ¡y verás! por muchos esti- 
mada la primera de todas. El argumento es, en otro 
terreno y con personajes de diferente género, exac- 
tamente el mismo que el de un famoso melodrama 

(1) Obras... Madrid, 1883. Tomo I, pág. 189, nota. 



BRETÓN DE LOS HERREROS 209 

de Alejandro Dumas, Catalina Hoivard, asunto idén- 
tico tratado en tono de comedia elegante y trasladada 
la escena á nuestros días, es decir, á la época en que 
se escribió, á Zaragoza en 1837, cuando más fiera- 
mente ardia la guerra civil por el norte de España. 
La escena del drama de Dumas pasa en Inglaterra, 
dura la acción los meses que duró el matrimonio de 
Enrique VIH con Catalina Howard, su quinta mujer, 
y termina con la muerte de ésta, en el patíbulo, á 
la vista del espectador ; todo en cabal armonía con 
el empuje violento y declamatorio de un romanticismo 
desbordado/Hacía ya un año que Madrid había visto 
y admirado ese melodrama traducido por N. de la 
Escosura, cuando ocurrió á Bretón ofrecerle el mismo 
asunto en forma de comedia. 

El protagonista, Don Pablo, no es como el Ethel- 
wood de Dumas, par de la alta nobleza de Inglaterra, 
no es más que un oficial movilizado, que ha ido a la 
guerra, que pasa por muerto en ella y que al volver 
á Zaragoza halla — para usar la antítesis de Dumas 
mismo — que la mujer que debía acordarse se había 
olvidado y la que debía olvidarse se ha acordado. 
El drama francés es una pintura de venganza impla- 
cable que con vertiginosa rapidez se precipita á vio- 
lenta catástrofe, mientras la comedia, obedeciendo á 
la ley de su desarrollo, termina en una escena llena 
de artificio, lentamente preparada, en que se aparece 
Don Pablo « cubierto de pies á cabeza con un manto 
blanco », como un fantasma, para asustar la concu- 
rrencia, en la sala misma donde se firma el contrato 

12. 



2-1-0 EL ROMANTICISMO EN ESPAÑA 

.matrimonial ele la mujer infiel con otra persona, 
amigo del supuesto difunto. Don Pablo no pretende 
llevar el escándalo más lejos, quiere sólo castigar 
con desdeñoso perdón á la ingrata y ofrecer ante 
todos su mano á la enamorada silenciosa que no lo 
ha olvidado, diciéndole : 

Flor de mi tumba ! ¿ por qué 
Tan tarde te conocí ? 

La mayor diferencia entre las dos obras resalta 
bajo el aspecto puramente literario : el drama está 
escrito en prosa muy común y de una pompa vulgar, 
sin novedad, sin estilo; la comedia, por el contrario, 
superiormente versificada, en claro y vigoroso len- 
guaje, rico y hasta la profusión abundante en chistes 
y epigramas. Es ésta además entre las obras de 
Bretón una de las más sólidamente construidas y 
en que las escenas más lógicamente se suceden, 
ajustándose mejor al conjunto y al efecto general. 
Predomina, como en todas, demasiado, un propó- 
sito docente, á pesar de que el argumento en puridad 
se reduce á-una anécdota, un suceso particular dis- 
puesto en demostración de un dicho vulgar: ¡Muérete! 
-advierte el adagio, y si volvieres á la vida verás 
cosas estupendas. Lo que se ve en la comedia real- 
mente no es extraordinario, acaece todos los días, 
aunque en general no medie espacio tan breve de 
tiempo entre el día de las honras funerales y el de 
la boda de la que era esposa prometida del difunto. 

El Pelo de la dehesa, otra dé las más aplaudidas, 



BRETÓN DE LOS HERREROS 211 

es una excelente comedia de figurón. Ofrece, como 
suele suceder éntrelas de su especie, sólo un carácter 
bien trazado v estudiado, el del figurón, Don Frutos 

tí i O 7 

Calamocha, el rústico enriquecido que no so amolda 
á las costumbres de la capital. Los demás personajes 
son figuras tenues, siluetas descoloridas y el desen- 
lace se ve venir desde el principio. 

Discutióse vivamente entre amigos de Bretón y 
críticos, en los periódicos, antes y después de la re- 
presentación de La Batelera de Pasajes, si esa pieza, 
estrenada en 1842, era drama ó comedia. El autor la 
llamó al principio drama, pero la incluyó luego con 
título de comedia entre sus Obras completas. En rea- 
lidad es, á mi modo de ver, una composición de ca- 
rácter híbrido, con un primer acto precioso y los 
otros tres muy inferiores. La escena tiene lugar, 
durante el primer acto, en el puerto de Pasajes, en 
la época de la guerra civil, cuando en ese puerto se 
hallaba la escuadrilla inglesa que llegó en auxilio 
de los defensores del trono de Isabel II, y el cuadro 
de la vida y movimiento en la ensenada con 
sus. numerosas bateleras y sus bulliciosas remeras 
está con Suma gracia y viveza reproducido. El resto, 
que pasa todo en una tienda-cantina del campamento 
isabelino, es débil; los pormenores de la acción algo 
inverosímiles, porque el autor velis nolis necesita 
que sus personajes se sucedan y se reúnan allí mismo. 
El desenlace también, inesperado, por medio de un 
desafío, sin que antes se haya hablado bastante del 
motivo ni siquiera mencionado al provocador, es del 



212 EL ROMANTICISMO EN ESPAÑA 

género de los que se fabrican para poner de cual- 
quier manera término á una situación difícil. 

En el acto segundo la posición respectiva de la 
batelera Faustina y el capitán Bureba, que la ha 
engañado, trae á la memoria otra situación idéntica 
de la hija del Alcalde de Zalamea y el capitán Don 
Alvaro de Ataide en el drama de Calderón, sin que 
pueda decirse que haya imitación directa, acaso ni 
aun reminiscencia, salvo involuntaria en alguno que 
otro pensamiento, como en estos versos déla batelera 
al increpar al seductor y mostrarle que le sobra aliento 
para obligarlo 

á cumplirme la palabra 
que me distes á la faz 
del cielo, y á que me vuelvas 
— que nada tuyo me das ! — 
la honra que me robaste, 

parecidos, pero no menos oportunos y enérgicos que 
estos otros de Calderón : 

...Un honor os pido 
que me quiuásteis vos mesmo, 
y con ser mío parece, 
según os lo estoy pidiendo 
con humildad, que no es mío 
lo que os pido, sino vuestro. 

Cuando escribió Bretón esta comedia, había ya 
pasado sobre su hasta entonces persistente fortuna 
y popularidad de autor dramático aplaudido, una 
nube obscura, que alteró un tanto su carácter y señala 
¿orno el principio de un segundo período en que todo 



BRETÓN DE LOS HERREROS 213 

resultó para él menos fácil y venturoso. La musa le 
sonreía menos afectuosamente y la política revuelta 
de la patria ayudó también á ejercer sobre su bien- 
estar maléfica influencia. Sin renunciar á las ideas 
liberales de la juventud, fué poco á poco encontrán- 
dose rezagado en la marcha rápida del liberalismo 
hacia otras cumbres. A la manera de tantos que 
habían sido ardientes defensores de ideas muy avan- 
zadas en Cádiz y en el período de los « llamados 
tres años », militaba ahora con casi todos sus amigos 
en las filas del partido « moderado ». Espartero 
subió al poder á gobernar apoyado en los á progre- 
sistas » ; aquellos amigos perdieron toda influencia 
en la cosa pública, y unas alusiones satíricas á de- 
fectos y rasgos ridículos, demasiado ciertos y evi- 
dentes en la triunfante Guardia nacional, que aventuró 
Bretón en La Ponchada, pieza de circunstancias 
representada en 1840, desataron una borrasca sobre 
él. Tuvo que esconderse, se vio privado de su empleo 
de Bibliotecario en la Nacional y se afectó hasta el 
punto de pensar seriamente en dejar la patria y 
eniigrar. 

Todo fué calmándose lentamente, mas no volvió 
en el mismo grado á gozar del favor popular. Su 
estilo mismo, después de la Batelera de Pasajes, 
escrita en 1841, no vuelve á desplegar de esa fecha 
en adelante con fuerza igual la naturalidad, lozana 
abundancia y gracia festiva que rebosan en Marcela, 
el Cuarto de hora, el Pelo de la dehesa y todo el 
grupo de lindas piececitas en un acto : Una de tantas, 



214 EL ROMANTICISMO EN ESPAÑA 

Ella es él, Mi secretario y Yo... Juntamente fué el 
carácter del hombre agriándose cada día, hasta llegar 
á ser ejemplo nuevo del hondo mal humor que tan 
á menudo acompaña « á los que aspiran á divertir á 
los demás », como de sí mismo tan amargamente 
dijo Larra. 

Ninguna de las veinte y tantas piezas originales 
que dio á la escena desde entonces hasta el año 1849 
despertó interés parecido al de otros días. Sin duda 
por ese motivo, atribuido en gran parte al disfavor 
personal en que había caído, y con objeto, según su 
propia declaración, de que « una producción suya 
se juzgase sin preocupación alguna, ni favorable ni 
adversa, respecto del individuo », formó el plan, 
que puntualmente realizó, de hacer levantar el telón 
y comenzar la representación de su comedia en cinco 
actos ¿ Quién es ella ? sin que de antemano hu- 
biesen hablado de ella en pro ó en contra los perió- 
dicos y sin que el público sospechase siquiera el 
nombre del autor. 

El éxito no fué muy grande, ni merecía más del 
que obtuvo en el primer momento, favorecido por 
el misterio y la curiosidad del auditorio. Está muy 
lejos de valer tanto como otras del autor y no la 
recomienda en realidad más que lo que á todas en 
grado mayor ó menor acompaña: la habilidad y faci- 
lidad de la versificación. En ella hace gran papel 
Don Francisco de Quevedo ; no es, sin embargo, el 
protagonista, y no tiene en la marcha de la comedia 
muy importante intervención. Es un Quevedo ya 



BRETÓN DE LOS HERREROS 215 

viejo, que circula en medio de una intriga semitrá- 
gica, de esas que nunca logra Bretón concentrar con 
acierto, cuyo acto tercero se pasa en una prisión 
donde un personaje condenado á muerte aguarda su 
perdón de Felipe IV, á quien ha profundamente 
enojado. El título de la pieza está tomado del estri- 
billo de una letrilla, lo mejor de la obra toda, en 
que desahoga Que vedo su antipatía al bello sexo para 
terminar después, en la escena última, con una pali- 
nodia en quintillas, algo así como el artificio final 
de pólvora, el bouquet de una función de fuegos 
artificiales. La letrilla es chistosísima, aunque es de 
creerse que si el verdadero Que vedo, el autor de la 
sátira en tercetos famosos contra el matrimonio, la 
hubiese escrito, la habría sazonado más enérgica- 
mente v no habría cambiado tan fácil mente y 
vuelto tan pronto la casaca para cantar la palino- 
dia final. 

La extraordinaria fecundidad del poeta fué casi 
insensiblemente disminuyendo ó deteriorándose con 
la- edad, pues en los diez y siete años que separan á 
¿Quién es ella? de los Sentidos corporales, su úl- 
tima obra dramática, produjo todavía unas dos doce- 
nas de piezas originales ; entre ellas una, La Es- 
cuela del matrimonio, representada en Enero de 
1852, que generalmente se enumera entre sus me- 
jores, y que Molías llama el remate de su corona. 

Reúne, en efecto, esta comedia los principales 
dones de su talento, y sus mismas deficiencias están 
casi tan bien disfrazadas como en la época más feliz. 



216 EL ROMANTICISMO EN ESPAÑA 

Quizás el estilo sea más conceptuoso y sólido que 
nunca, aunque parezca menos chispeante y ligero, 
de gracia menos aguda y destellante. Tres matrimo- 
nios levemente desavenidos, pues no ocurre entre 
los cónyuges nada realmente grave, nada irrepa- 
rable, son sin gran dificultad apaciguados y llevados 
á propósito de enmienda por una joven casada, 
amiga de todos, que por sí misma se encarga de la 
tarea y proclama al final la tesis moral del argu- 
mento en estos versos: 

Que miren cómo y con quién 
antes de casarse dos, 
y si no les sate bien 
¿qué hacer? Llevarlo por Dios... 
que cuando enferma un consorcio 
de achaques de desamor, 
mal remedio es el divorcio 
y el escándalo peor. 

Hay sin duda más movimiento y complicación en 
los tres actos de esta comedia que en toda la Mar- 
cela, ^en los cuatro de Muérete... y ¡verás! ó los 
cinco del Cuarto de hora y el Pelo de la dehesa; los 
sucesos se encadenan bien y la acción se desen- 
vuelve más llena y directamente. Pero el desenlace 
es artificioso, poco natural, como en tantas otras; 
aquí la amigable componedora congrega á cuatro de 
los cónyuges, les otorga sucesivamente la palabra, 
los oye y falla sobre sus diferencias. Los personajes 
son tipos demasiado marcados que frisan en la farsa : 
Micaela, la Marisabida, es pedante hasta la carica- 



BRETÓN DE LOS HERREROS 217 

tura, su marido demasiado pazguato, el General de- 
masiado brusco y asombra que un banquero como 
Don Luciano llegue á tanta suma de simpleza y 
fatuidad. 

Por el mismo íiempo escribió la más importante 
de sus obras no dramáticas, el poema jocoserio en 
doce cantos, La Desvergüenza, no impreso hasta 
1856. Consta de más de seiscientas octavas reales y 
viene á ser como un abundante repertorio de rimas 
extrañas y difíciles. Algunas parecen traídas por los 
cabellos de muy lejos y multitud de nombres propios 
de la mitología y de la historia aportan notable con- 
tingente para triunfar en la contienda de los conso- 
nantes. De ellas dos, historia y mitología, abusa 
también en las comedias, pues si á veces una alu- 
sión como ésta, á propósito de la gatita de Marcela 
llamada Glitemnestra : 

Está postrada en su lecho 
la viuda de Agamenón, 

no parece mal en boca del poeta Don Amadeo, sor- 
prende en cambio que el capitán Bureba requiebre 
á la simple batelera, á la que anda sobre la escena 
con « el bello pie desnudo », en estos términos: 

Así como tú eres, 
debió surgir del Ponto 
la diosa de Citeres, 

y que la ignorante moza lo comprenda y replique : 

Vaya ! . . . Me da vergüenza 
tanta lisonja. Galle ! 

13 



218 EL ROMANTICISMO EN ESPAÑA 

En La Desvergüenza las dificultades están bus- 
cadas, adrede acumuladas y las réussites son fre- 
cuentes é ingeniosísimas. Es lo más notable del 
poema ; la sátira, demasiado bonachona, ni punza ni 
quema ; no va más allá de la superficie, ni aun en 
el canto dedicado á la Política, la cual lo trató sin 
embargo de modo tal, que á cualquier otro hubiera 
dejado la boca algo más amarga. Muy poco enristra 
contra la empleomanía y nada contra el militarismo 
y los pronunciamientos de generales, las dos úlceras 
del cuerpo nacional en aquellos días. 

El Abogado de pobres y Los Sentidos corporales, 
representadas ambas cuando contaba ya el poeta 
setenta años, son el término de la espléndida ca- 
rrera, las llamaradas últimas del fuego sacro que tan 
vigorosamente había ardido. Pero aún quedaba en 
su inteligencia fuerza y actividad bastantes para con- 
sagrarse con tenaz empeño á las tareas de la Acade- 
mia de la lengua. Desde la muerte de Gallego, á prin- 
cipios de 1853, era el secretario perpetuo, y ningún 
otro miembro le ganaba en constancia y aplicación 
á los trabajos de la corporación, incesantemente 
ocupada en sus ediciones de la Gramática y el Dic- 
cionario. Tomó parte principal, preponderante, tanto 
en las discusiones de cada artículo durante las se- 
siones, como en la revisión final y en la tarea deli- 
cada de reunir las partes, retocar y redondear el mo- 
numento. 

Era de suponerse que labor tan en armonía con 
sus gustos y con la tendencia natural de su talento 



BRETÓN DE LOS HERREROS 219 

ocuparía hasta el fin agradablemente su existencia. 
Así hubiera sido sin la obstinada porfía, la terque- 
dad en mantener siempre su parecer á todo trance é 
imponer como infalible la autoridad que en materia 
de lenguaje todos unánimemente le reconocían. 
Jamás cedía. Cuando se veía numéricamente arro- 
llado en la discusión, la cortaba pasando á otro 
punto y, según Molins, agregando desdeñosamente : 
« Supongo que nada de esto constará en actas. » Y 
nadie reclamaba cuando en sesión siguiente se veía 
que, en efecto, de nada de ello quedaba alguna me- 
moria en el acta. 

Al llegar el momento de poner mano á los tra- 
bajos preparatorios de la duodécima edición del Dic- 
cionario de la lengua, surgió profundo desacuerdo 
entre lo que Bretón proyectaba y las ideas que en 
la mayoría de la Comisión especial predominaban. 
Fuerza era esta vez al secretario asentir ó provocar 
rompimiento definitivo. Ni un momento vaciló. Apeló 
á la Academia en sesión plena y, al hallarse en mi- 
noría, pudo más la inflexibilidad del carácter que las 
infinitas consideraciones de amistad y de interés 
personal que en sentido opuesto lo arrastraban. De- 
claróse enfermo en seguida, dejó de concurrir á las 
sesiones, traspasando toda la carga á otro interi- 
namente nombrado. La Academia hizo cuanto pudo 
por apaciguarlo y le otorgó el supremo honor de 
considerarlo siempre presente en las sesiones. Nada 
valió. Aunque continuó durante más de un año 
ocupando sus Jiabitaciones ordinarias como secre- 



220 EL ROMANTICISMO EN ESPAÑA 

tario perpetuo, y á pesar de repetidas instancias de 
muchos, ni una sola vez pasó del umbral de la sala 
de reuniones, aun cuando cftizase por delante de la 
puerta diariamente para llegar á su departamento. 
Por último, se mudó á otra casa y á otra calle y vivió 
los dos años y medio que le quedaban triste, ator- 
mentado por imaginarios resentimientos. Al fallecer 
el 8 de Noviembre de 1873 faltábale sólo un mes 
para cumplir setenta y siete años. 






TI 
Ventura de la Vega 



Nació Ventura de la Vega (Buenaventura, según 
la fe de bautismo) en la ciudad de Buenos Aires el 
14 de Julio de 1807. Su padre, que desempeñaba 
empleo de alguna importancia en la administración 
de la hacienda pública, murió dejándolo en la infan- 
cia, y antes de los doce años de edad la madre, que 
era argentina, lo mandó educar á España, al cuidado 
de un tío paterno. Pusiéronlo en el colegio de San 
Mateo ; allí tuvo por maestros á Lista y á Hermo- 
silla, por condiscípulos á Espronceda, Felipe Pardo, 
Ochoa, Molins y varios que luego fueron generales 
y brillaron en la milicia; entre éstos Pezuela, conde 
de Cheste, que fué su amigo hasta el fin y compuso 
el Elogio fúnebre leído en junta de la Academia 
Española de Febrero de 1866, la mejor y más cir- 
cunstanciada biografía de Vega que poseemos (1). 

(1) Incluido en las Memorias de lav-Academia Española. 
Año I. Tomo II, págs. 434 y sig. 



222 EL ROMANTICISMO EN ESPAÑA 

Completados los estudios, quiso la madre que vol- 
viese á su lado, y llegó en efecto á estar designado 
el buque y el momento de) efnbarque ; pero la nave 
partió sin él, quedóse en Madrid, domicilio suyo en 
todo tiempo, y expresó los motivos de la súbita re- 
solución en un soneto, que merece citarse, porque 
es bueno, y porque no está en la colección de sus 
obras, por él mismo escogidas, impresa en París, 
1866. Dice así: 

Surca sin mí los espumosos mares, 
Saluda ¡ oh nave ! de mi patria el muro, 

Y déjame vagar triste y obscuro 
Por la orilla del lento Manzanares. 

Si osa turbar la paz de sus hogares 
De extranjera ambición el soplo impuro, 
Otro defienda con el hierro duro 
Su libertad y mis nativos lares. 

Así exclamaba yo, cuando las olas 
Rompió la nave en que partir debía 

Y abandonó las costas españolas. 
Ella al impulso plácido del aura 

Voló á las playas de la patria mía, 

Y yo á los brazos me volví de Laura (1). 

Pezuela nos revela el nombre verdadero de la 
Laura por quien se quedó en España, por quien 
renunció á la patria americana, que nunca más 
visitó, á pesar de que su madre permaneció siempre 
allí y vivía aún cuando Pezuela leía el elogio del 

(1) El texto que Pezuela inserta en el Elogio, citándolo 
probablemente de memoria, es un poco diferente. Yo lo 
copio de las Rimas Americanas, por Don Ignacio Herrera 
Dávila. (1 vol. ; Habana, 1833.) 



VENTURA DE LA VEGA 223 

hijo en la Academia. Pero no olvidó Vega á sil patria 
enteramente, y si su recuerdo no le inspiró nada 
notable, y si ni siquiera la menciona en ninguna 
de sus obras importantes, dramáticas ó líricas, la 
tuvo siempre presente y le dedicaba palabras afec- 
tuosas cada vez que ponía versos en el álbum de las 
paisanas que 9 pasando por Madrid, se lo pedían. 
Treinta años después de la fecha del soneto habían 
cambiado radicalmente sus sentimientos, y dirigién- 
dose en 1856 á un amigo que partía para Buenos 
x\ires, escribió : 

Oh ! cuánto fuera mi consuelo, cuánto ! 
Si en esa nave huyéramos los dos ! 
Oh ! si á este suelo, donde sufro tanto, 
Pudiera darle mi postrer adiós!... 

Mas ya que quiere mi fatal estrella 
Con duros lazos sujetarme aquí, 
Por mí te postra y con tus labios sella 
La tierra amada en que feliz nací. 

Sin embargo, sus aficiones literarias, sus ideas, 
sus aspiraciones todas, fueron siempre las de los 
españoles de Europa, no las de un español ameri- 
cano, que es como él mismo se llamaba. Ello es lo 
natural, pues en España se educó y vivió. La polí- 
tica además nunca lo atrajo, y si hubiera vuelto á 
su tierra como su condiscípulo Felipe Pardo, « el 
satírico limeño », no se habría burlado tan cruel- 
mente, como lo hizo éste, délas instituciones repu- 
blicanas y de los desmanes del pueblo soberano. 

Llegó á edad de hombre, al desarrollo completo de 



224 EL ROMANTICISMO EN ESPAÑA 

sus facultades, en los momentos en que la planta 
transportada del romanticismo florecía y fructificaba 
ya en el suelo español. Fué de los que más la ayu- 
daron á extenderse y prosperar, traduciendo á des- 
tajo y « arreglando » del francés comedias, dramas 
y melodramas en verso y prosa, buenos, malos y 
medianos; pero como medio de ganar la subsistencia 
solamente ; sus aficiones románticas nunca en él 
penetraron muy hondo : 

... de aquella fiera pesadilla 
conseguí despertar con transudores 
á las voces de Lista y Hermosilla. 

Moratín, ídolo de Hermosilla, fué desde entonces 
el modelo supremo, el dios de Ventura de la Vega. 
Nadie ha hablado en términos más entusiastas y 
encomiásticos del teatro de ese escritor, de sus cinco 
comedias originales, cinco estrellas, como las 
llama : 

Cinco no más! pero de luz tan pura, 
de juventud tan fresca y tan lozana... 
que vivirán, cuanto en la edad futura 
viva la hermosa lengua castellana. 

Escribió para el teatro aun menos obras origi- 
nales que su gran maestro, pues se reducen sola- 
mente á tres: una comedia, un drama y una tra- 
gedia. 

El drama, Don Fernando de Antequera, es ente- 
ramente romántico, en el fondo y en la forma, 
aunque de un romanticismo pálido, desvanecido ya 



VENTURA DE LA VEGA 225 

al salir de sus manos. Cambia la escena en cada 
uno de sus tres actos y la métrica es bastante 
variada, predominando sin embargo el romance, 
tanto de ocho como de once sílabas. Hay en él cierto 
esfuerzo por imprimirle color local, pero el argu- 
mento es flaco y sin interés. Don Fernando fluctúa 
durante los tres actos entre aceptar ó rechazar el 
trono, que los grandes de Castilla le ofrecen, por no 
despojar de su derecho al niño de dos años, legítimo 
heredero, que se halla bajo su protección. PÑo hay 
ninguna razón, ninguna necesidad dramática que 
forzosamente imponga una ú otra solución, y el 
público indiferente ve entrar ó salir personajes que 
no le interesan, que apenas tienen carácter, menos 
uno: San Vicente Ferrer, el cual, sin embargo, no 
interviene directamente en la acción. Viene á ser 
como un fragmento de crónica nacional débilmente 
puesto en escena, aunque bien dialogado. 

La tragedia, La Muerte de Cesar, dada á luz cerca 
de veinte años después de representadas las otras 
dos obras, es fruto de un muy largo esfuerzo. 
Escrita toda en romance endecasílabo con el mismo 
asonante en cada uno de sus cinco actos, conserva, 
á pesar de eso y de la fecha avanzada en que apare- 
ció (1865), mucho de romántico; los personajes 
nuevos que introduce, es decir, que no están ni en 
la tragedia de Voltaire ni en el drama de Shakes- 
peare, como Servilia, madre de Bruto, como otros 
menos importantes, son precisamente los que comu- 
nican á esta obra neoclásica vago sabor de roman- 
ía, 



226 EL ROMANTICISMO EN ESPAÑA 

ticismo algo trasnochado. El protagonista de la tra- 
gedia no es el Julio César tirano y egoísta de los 
republicanos franceses del siglo xvm, ni el Impe- 
rator Ccesar, primero, único, según Mommsen, en 
la memoria de los hombres. Un nuevo elemento, 
por nadie antes puesto á tanta luz, es resorte motor 
de la tragedia española. César dictador es aquí sobre 
todo el padre de Bruto, el seductor de Servilia, her- 
mana de Catón, esposa de Junio Bruto, madre del 
futuro matador de su propio padre. Desde una de las 
primeras escenas aparece un César desconocido, un 
César tierno y melancólico, en cuya alma reside 
dominante el amor de ese hijo que no puede procla- 
mar como tal, que quisiera designar como heredero 
antes de partir á guerrear contra los Partos. La 
madre vacila mucho antes de resolverse á confesar 
ella misma su desliz, su deshonra, y César le dice : 

Tú no amas á tu hijo... 

... Por conservar intacta 
Esa opinión en que tu orgullo goza, 
Porque tu vida obscura y solitaria 
Sus encantos no pierda, á Bruto quieres 
En ella consumir, cortar las alas 
A su impetuoso genio, de su padre 
Ahogar las halagüeñas esperanzas, 
Y lo que es más, el porvenir de Roma I 

Estos sentimientos inverosímiles en aquel hombre 
y en aquella situación, las vacilaciones de Servilia, 
el modo como se resuelve al fin á firmar el perga- 
mino en que reconoce la paternidad de César, perga- 
mino que decide al Dictador á ir al Senado el día de 



VENTURA DE LA VEGA 227 

los idus de Marzo, á despecho de los agüeros y de 
los avisos contrarios, y que apretaba todavía en la 
mano al caer asesinado, son en verdad recursos 
ingeniosos, pero más bien de melodrama, que no 
permiten alcanzar la severa majestad de otras obras 
parecidas, de las tragedias romanas de Corneille, de 
su Cinna ó de su Horacio. Tampoco tiene La Muerte 
de César tanta vida y movimiento como otros dra- 
mas inferiores por el estilo, como el Calígula de 
Alejandro Dumas, en el que hay por lo menos la 
apariencia, la ilusión de exacto colorido local. 

Tal es la tragedia ; veamos ahora la comedia, que 
completa el triple legado de Vega como hombre de 
teatro á la posteridad, pues fuera de eso solamente 
compuso piezas de circunstancias, aunque alguna, 
como la Crítica del Sí de las niñas, es un juguete 
cómico bien cincelado que verán siempre con gusto 
los admiradores de Moratín, es decir, cuantos com- 
prendan la literatura castellana. 

Es sin duda El Hombre de Mundo lo más notable 
de cuanto Vega produjo, elévase entre todos sus 
escritos y ahí se mantiene, monumento solitario, 
verdadera y única obra maestra. 

Las tres piezas, drama, tragedia y comedia, tienen 
en grado eminente una cualidad común : la elegan- 
cia, la corrección, el atildamiento de la forma lite- 
raria. Si no llega ésta á la facilidad, la infinita varie- 
dad y abundancia de lenguaje de Bretón de los 
Herreros, grandemente le supera en pureza y a ti-* 
cismo. Escribía Vega, no hay que olvidarlo, muy 



228 EL ROMANTICISMO EN ESPAÑA 

lentamente, tardaba años en terminar lo que en 
semanas llevaba á cabo su fecundo contemporáneo, 
y revisaba minuciosamente lo que escribía. Verdad 
es que cuando se revisa, se corrige y se pule para 
ofrecer al público joya de estilo y versificación como 
el Hombre de Mundo, la ocupación merece encomio 
y admiración sin tasa. Moratín, autor de El Sí de 
las niñas, comedia en prosa que, considerados el 
género á que pertenece y el momento de su apari- 
ción, es de una perfección de forma maravillosa, 
nunca en verso llegó á la altura á que Vega se elevó 
en su comedia; el discípulo en esa vía se adelantó y 
subió adonde el maestro no podía alcanzar. No debe 
por otra parte olvidarse tampoco que media entre 
ambas obras un espacio de cuarenta años, durante 
el cual todo en España había cambiado, y que eran 
al alumno permitidas y aun exigidas una libertad 
de movimiento y una franqueza de expresión desusa- 
das en 1806. 

En otras cosas, igualmente esenciales, no aven- 
taja al maestro. La lección moral á que pretende no 
es más elevada y no están los caracteres del conti- 
nuador más profundamente estudiados. Su « hombre 
de mundo » es simplemente un antiguo seductor 
de mujeres que, después de casado, teme que otros 
hagan con él lo que tantas veces él mismo había 
hecho con inconsciente ferocidad. La acción des- 
ciende, se vulgariza un poco á causa de la inter- 
vención excesiva que en su desarrollo tienen los 
criados de la casa; si esa familiaridad entre amo 



VENTURA DE LA VEGA 229 

y camarero en materias tan graves é íntimas, era 
verosímil y aceptable en la época de la comedia, lo 
cual ignoro, ciertamente hoy sorprende y choca, 
aunque no sea cosa de desvirtuar su gran mérito. 
El éxito en el teatro fué inmediato v se mantiene 
hasta nuestros días, porque los efectos escénicos se 
hallan muy bien preparados, se suceden con opor- 
tuna prontitud y llevan la pieza en rápido movi- 
miento á su desenlace natural. ¿Qué le falta, pues, 
para merecer calificarla de obra de primer orden? 
El Sr. Menéndez y Pelayo lo ha dicho : « Si algo se 
» echa de menos en ella... es un modo más elevado 
» de considerar la pasión y el deber... el hábito de 
» tomar la vida por lo serio, que es en el fondo el 
» modo más poético de tomarla » (1). Sólo así, en 
efecto, me parece que se escribe la gran comedia ; 
sólo así pudo el gran poeta cómico francés crear, en 
el centro del cuadro en que tan gráficamente describe 
la sociedad de cortesanos, alegre, frivola y vacía, 
del siglo de Luis XIV, la figura inolvidable de su 
Misántropo, « ronco, áspero, sombrío, que pasa 
entre el grupo de sombras festivas con un efecto de 
verdad que hiela » (2). 

Con tales limitaciones y tales prendas de autor 
dramático es claro que no podía estarle reservada 
fortuna extraordinaria en la poesía lírica. Había en 

(1) Antología de poetas hispano-ameñcanos. Madrid, 1895. 
Tomo IV, pág. clviii. 

(2) Studies in Literature by, John Morley (London, 1877.) 
Pág. 90. 



230 EL ROMANTICISMO EN ESPAÑA 

su carácter demasiada inclinación á la pereza, exce- 
siva indolencia, para sentir fuertemente el ardor y 
adquirir el Ímpetu sin el cual no hay vuelo lírico y 
falta el acento personal indispensable. Ninguna de 
sus composiciones sueltas tiene el temple fino y 
sonoro que tan poderosamente vibra en las canciones 
de Espronceda, ni tampoco la riqueza de imagina- 
ción ó la rotundidad de los versos de la Avellaneda 
y de Tassara. La Agitación, la mejor de todas, 
escrita á los veinticinco años, en los días del mayor 
entusiasmo romántico, expresa con algún vigor la 
inquietud, la incertidumbre de su espíritu en un 
momento crítico de la vida, pero adolece de confu- 
sión en el plan, y después de haber sido muy reto- 
cada conserva pasajes demasiado afectados, en que 
el acicalamiento excesivo de la frase se trueca en 
obscuridad. Éste, por ejemplo : 

Mi planta no, mas de mi pecho ciego 
Llegó un lamento á penetrar su oído, 
Y en sus trémulos labios tocó el fuego 
De mi ardiente gemido. 

Escribía también en prosa, como he indicado, con 
suma elegancia; aquellas entre sus numerosas tra- 
ducciones del francés para el teatro, que cuidó un 
poco, son modelos de buen lenguaje. Lucha sin 
enorme desventaja con Moratín, como estilista, en la 
Crítica del Sí de las niñas, y figurando en ella va- 
rios de los personajes mismos de La Comedia Nueva 
y otras obras del maestro, nos parece á menudo que 
oímos la misma prosa admirable, premiosa á veces 



VENTURA DE LA VEGA 231 

y pulida hasta el exceso, pura siempre y rebosando 
en gracia suavemente irónica. 

Para Vega como para Bretón mismo y como para 
todos, no fué el cultivo de las letras suficiente á pro- 
porcionarle los medios de vivir ; como otros tuvo 
que buscar y desempeñar empleos públicos retribuí- 
dos, que también le quitaban inexorablemente cuando 
caía del poder el partido político que lo nombraba. 
En 1856 por fin obtuvo el puesto de director del 
Conservatorio de música y declamación, muy en 
consonancia con sus gustos y su talento, y logró 
guardarlo hasta lo último. Hallóse siempre perfecta- 
mente relacionado entre la alta sociedad de la capital 
española, favorecido en ella por su carácter amable y 
cortesano y sus grandes dotes para la lectura en alta 
voz y la declamación, que lo hacían huésped muy 
apreciado en las grandes casas y en las funciones 
aristocráticas de aficionados al teatro. En una de 
éstas acompañó en la escena á la Condesa de Teba,. 
después Emperatriz de los franceses, encumbramiento 
que fué para él motivo de la más intensa satis- 
facción; es de creerse que las ideas conocidas de 
Napoleón III sobre el papel histórico de Julio César, 
sobre la democracia imperial romana y los hombres 
providenciales lo animaron á sostener en su tragedia 
y en otros de sus versos opiniones parecidas. Pero la 
salud del elegante poeta, nunca robusta, había co- 
menzado á decaer desde muy temprano, y una con- 
sunción lenta y penosa hizo tristes en extremo sus 
últimos días. Falleció en 1865. 



232 EL ROMANTICISMO EN ESPAÑA 

No logró ver en manos del público el tomo con 
sus obras principales, por él mismo preparado para 
complacer á un amigo, como él español americano, 
que quiso costear la impresión. Entregó listos los 
materiales en Agosto y murió en Noviembre. El vo- 
lumen, de elegante tipografía, pero con numerosas 
faltas de impresión, salió á luz en 1866. 

Unos cuatro años después se publicó su traducción 
del canto primero de la Eneida (1), grata ocupación 
del período final, fragmento acogido por los amigos 
con el gran favor que obtuvo, desde cierta época, 
cuanto escribió. Nada añade á su reputación; son 
endecasílabos sueltos, con frecuencia prosaicos, aun- 
que bien construidos, pero con muy poco de la di- 
vina elocución del original. La traducción italiana de 
Anníbal Caro en metro idéntico al de Vega es muy 
superior, y las octavas castellanas de Miguel An- 
tonio Caro conservan y comunican mucho más de la 
poesía virgiliana. 

(1) Hállase en las Memorias de la Academia Española junto 
con el Elogio fúnebre por Pezuela. 



VIII 
GERTRUDIS GÓMEZ DE AVELLANEDA 



I 



La Avellaneda es considerada (némine discrepante, 
me parece) como la primera de cuantas mujeres 
han escrito versos en lengua castellana. No hay en 
la dramática y la lírica española otra que la iguale; 
además ocupa indisputablemente puesto importante, 
en primera fila, entre los que durante el periodo ro- 
mántico cultivaron en España la poesía. Fué, como 
Ventura de la Vega, don de la América á la madre 
patria; fuélo mucho más, pues Vega salió en la in- 
fancia de Buenos Aires y se educó enteramente en 
España, mientras la Avellaneda contaba ya veintidós 
años de edad cuando abandonó la isla de Cuba, sus 
gustos y su carácter se hallaban de un todo forma- 
dos y tuvo por primer modelo, por primer maestro, 
á un gran poeta cubano, José María Heredia, primo 



234 EL ROMANTICISMO EN ESPAÑA 

hermano del otro poeta que con sus Trofeos ha 
cubierto de nueva gloria el mismo nombre. 

De padre español como el de Vega y de madre na- 
tural del país, nació el año de 1814 en la ciudad in- 
terior de Puerto Príncipe, cabecera importante de 
toda una región en el centro de la isla, poco poblado 
todavía en esa época. El padre, oficial de marina, 
ocupaba puesto no insignificante en la organización 
militar de la comarca, pero murió dejándola en la 
niñez. La madre se unió en segundas nupcias á un 
coronel de ejército oriundo de Galicia, para donde, 
al cabo de algún tiempo, se embarcó toda la familia 
en 1836. Dijo adiós la joven poetisa á su patria por 
medio de un soneto, más afectuoso, no menos bueno, 
que el de Ventura de la Vega al dejar partir la nave 
que debía llevarlo y al decidir quedarse en España 
para siempre. Ninguno de ambos olvidó el suelo en 
que « rodaron sus cunas » ; pero Buenos Aires era 
ya entonces república independiente, tras lucha san- 
grienta separada, y todavía sin relaciones diplomáti- 
cas establecidas con España, mientras Cuba, atada 
como colonia á la voluntad de su metrópoli, mante- 
nía necesariamente con ella trato y comercio ince- 
santes; hallóse por tanto la Avellaneda siempre en 
contacto no interrumpido con los hombres y las 
cosas de su país. De la Coruña pasó luego con su 
hermano de padre y madre á Andalucía, á visitar el 
solar de sus abuelos paternos, y en Cádiz se publica- 
ron sus primeros versos el año de 1839 bajo la pro- 
tección del que fué después crítico celebrado, aunque 



GERTRUDIS GÓMEZ DE AVELLANEDA 235 

nunca de gran iniciativa, Manuel Cañete, director de 
un periódico titulado La Aureola. Nuestra poetisa, 
que allí se tenía aún por forastera, firmaba con el 
seudónimo de La Peregrina. 

A fines de 1840 llegó á Madrid. Era el período 
más brillante del renacimiento literario, no hacía 
mucho que había terminado la guerra civil y persis- 
tía el sacudimiento, la intensa agitación, la fecunda 
actividad que ella produjo y favoreció. Vivían y es- 
cribían todos los adalides de la revolución literaria, 
Larra solamente había desaparecido, y aún estaban 
en pie prohombres gloriosos del pasado como Quin- 
tana, Gallego, Martínez de la Rosa. La recién llegada 
poetisa, aplaudida, laureada antes en concursos ce- 
lebrados en Sevilla y otras ciudades andaluzas, era 
también de antemano conocida de los literatos ma- 
drileños por sus versos publicados en Cádiz. Reunía 
en su persona dotes que no podían pasar inadverti- 
das en parte alguna : juventud, hermosura, talento 
poético de primer orden y, como era de esperarse, 
la sociedad culta de la capital y los diversos círculos 
literarios la recibieron con agasajo y la aclamaron 
con entusiasmo. Un año después de su llegada apa- 
reció en un pequeño volumen la primera colección 
de sus poesías con prólogo de Gallego, muy favora- 
ble, pero no exagerado en la alabanza. Su reputación 
quedó desde ese momento asegurada y su nombre 
repetido junto con el de los mejores escritores de la 
nación. 

Esas poesías de 1841, retocadas, corregidas lige- 



236 EL ROMANTICISMO EN ESPAÑA 

ramente sin alterarlas demasiado, reaparecieron 
acompañadas de muchas otras en 1850, formando 
volumen mayor, el cual contiene en suma cuanto de 
ella hoy importa recordar como poetisa lírica. Débe- 
sele juzgar conforme á ese tomo únicamente, porque 
en la edición mal llamada « completa » de Obras 
Literarias, ordenada y publicada largo tiempo des- 
pués en Madrid (5 volúmenes, 1869-71), quedaron 
varias de las mejores composiciones, por malaven- 
turado empeño de corregirlas, debilitadas y desfigu- 
radas (1). Después de 1850 había sin duda continuado 
escribiendo ; contiene esa edición final numerosas 
composiciones nuevas cuyo estilo revela el firme 
pulso de siempre, aunque la inspiración haya de- 
caído; pero no volvió su genio á brillar con esplen- 
dor igual al de la colección preciosa de 1850, cuya 
última poesía por cierto lleva este triste título : El 
último acento de mi arpa. 

Nadie tuvo, nadie conservó siempre de su arte idea 
más alta, respeto más profundo, y magníficamente 
lo expresó desde muy temprano en su oda Á la Poe- 
sía y en las robustas octavas El Genio poético, dedi- 
cadas á Gallego : 

La gloria de Marón el orbe llena, 
Aún suspiramos con Petrarca amante, 

(l) «Me hallo en la tarea ele corregir, y hasta de refundir, 
mis Ensayos literarios, que pienso publicar coleccionados du- 
rante esta próxima primavera », escribía ella misma á M. An- 
toine de Latour en caria inédita que, junto con otras, de que 
después me serviré, debo al sabio hispanista, mi amigo, M. Al- 
fred Morel-Fatio. 



GERTRUDIS GÓMEZ DE AVELLANEDA 237 

Aún vive Mílton y su voz resuena 
En su querube armado de diamante. 
Rasgando nubes ele los tiempos truena 
El rudo verso del terrible Dante, 
Y desde el Ponto hasta el confín Ibero 
El son retumba del clarín de Homero. 

Versos de este temple hacía Espronceda cada vez 
que quería; Tassara de cuando en cuando; son muy 
abundantes en la Avellaneda. 

Representa esta poetisa en la lírica española del 
siglo xix la fusión hábil, completa del arte clásico, 
del arte de Quintana y Gallego, con el lirismo ro- 
mántico de Byron, Lamartine y Víctor Hugo. Sién- 
tese que ama ella, que igualmente admira ambas 
formas de poesía, que las estudia y sigue con sim- 
patía idéntica, mucho mayor que la de Espronceda 
hacia sus antecesores castellanos; y tomando de una 
la forma rotunda, la entonación siempre elevada, 
el firme dibujo, y de la otra la nota bien personal, 
la emoción profunda y la infinita variedad de colores 
de su riquísima paleta , crea algo muy suyo , al 
mismo tiempo que parecido á lo que en su mismo 
tiempo Tassara, después de ella Núñez de Arce, hi- 
cieron brillantemente en línea no mucho más avan- 
zada. 

La oda de la Avellaneda, á La Cruz, como las de 
Quintana al Mar ó á la Invención de la imprenta, es 
una rápida y elocuente generalización histórica en 
que sigue á grandes pasos con mirada penetrante 
las etapas más famosas del viaje de la humanidad á 
través de los siglos. Quizás ni Quintana mismo hu- 



238 EL ROMANTICISMO EN ESPAÑA 

biera osadamente aventurado en España, en aquellos 
días, la serena y magnífica alusión á la separación de 
las colonias : 

Dio un paso el tiempo, y á su influjo vario, 
Que lan pronto derroca como encumbra, 
No es ya de un mundo el otro tributario... 
Mas inmutable al signo del Calvario 
El sol del Inca y del Azteca alumbra. 

Tampoco Quintana, y esto es más seguro, se hu- 
biera atrevido á cambiar súbitamente de metro y 
emplear las estrofas de versos de nueve sílabas, que 
con tanta novedad cierran la composición. 

Á tina Acacia, elegía gravemente melancólica, de 
una tristeza solemne, no muy íntima ni profunda, 
como no lo es tampoco la bella Despedida de la 
juventud del mismo Quintana, como ésta también se 
distingue por un encanto sobrio, especial, que no se 
borra ni se olvida. Este final de estrofa : 

La suerte 
De tu pompa fugaz también alcanza 

A mis dichas mezquinas, 
Y el astro sin calor que alumbra inerte 

Tus míseras ruinas, 
Imagen es del pálido recuerdo 
De aquel amor que para siempre pierdo, 

es reminiscencia de una poesía de Byron, Sun of the 
sleepless, Sol del desvelado, que ella misma tradujo 
hábilmente un año después titulándola A la Luna : 

Oh, cuánto te semejas 
De la pasada dicha 



GERTRUDIS GÓMEZ DE AVELLANEDA 239 

Al pálido recuerdo, que del alma 
Sólo hace ver la soledad sombría! 

Traducir en verso era para ella grata tarea que 
siempre brillantemente desempeñó. Tradujo no sólo 
á Byron varias veces, sino también á Hugo, á La- 
martine sobre todo, no menos bien que Andrés Bello, 
aunque con sistema diferente. La % meditación » de 
Lamartine titulada Bonaparte parece mejor quizás 
en castellano que en francés. La forma del original 
sin duda es más artística, son estrofas métricamente 
iguales todas y la de la Avellaneda es silva sin es- 
quema fijo de rima ; pero la sonoridad del lenguaje, 
el ímpetu sostenido del movimiento lírico, el vigor 
de la expresión abrillantan la traducción y animan 
el tono demasiado monótono de la oda original, la 
cual no es después de todo más que una paráfrasis 
de // Cinque Maggio de Manzoni, como notó César 
Cantil en sus Reminiscenze. La refundición que de 
su primera versión hizo la Avellaneda en la edición 
de 1869, es una de las que más alteran, sin mejo- 
rarla, la redacción anterior. 

La nota tierna, hondamente patética, la que poco 
se oye en la poesía Á una Acacia y tan deliciosamente 
vibra, por ejemplo, en la de Espronceda A una Es- 
trella, resuena débilmente por lo general en la lira 
de la Avellaneda. Sin duda por eso se ha dicho y 
repetido que es más bien un poeta que una poetisa : 
paradoja que en realidad ni expresa ni puede signi- 
ficar gran cosa. Fué mujer, muy mujer, en todos 
sus escritos, como en sus cartas privadas, como en 



240 EL ROMANTICISMO EN ESPAÑA 

su vida entera ; pero mujer del tipo y carácter de 
que ha debido haber tantas otras : altiva, orgu- 
llosa, de corazón entero, que difícilmente se doblaba 
á sentimientos de amor dulces y apacibles. El amor 
pasión no bastaba á ocupar toda su alma y embargar 
su voluntad, no podía ser genio inspirador de su 
poesía, como en Safo. El amor humano, ardiente, 
dominador, castamente expresado, profundamente 
sentido, como lo sintieron y expresaron otras mu- 
jeres, Elizabeth Barrett Browning, Marceline Des- 
bordes-Valmore, en nada recuerda, en nada se parece 
al que la Avellaneda revela en las muy pocas com- 
posiciones amorosas que se encuentran entre sus 
obras. Las alusiones esparcidas aquí y allí en algu- 
nas otras son generalmente vagas, sin sello perso- 
nal, como — prescindiendo del gran valor artístico, 
— hubiera podido hacerlas cualquiera, hombre lo 
mismo que mujer. 

Dos solas poesías (1) entre todas las suyas pueden 
considerarse verdaderamente amorosas, ambas titu- 
ladas A Él, separadas entre sí por un intervalo de 
cinco años. La primera es tan poco real, tan poco 
sentida en la expresión, que hay de ella dos textos 
completamente diferentes : el primero en los volú- 
menes publicados en 1841 y 1850, el segundo en el 

(1) No cuento entre las amorosas la titulada Amor y Orgullo. 
Es la breve historia ele una mujer que sacrifica su orgullo al 
amor ; pero la poetisa misma, al final, pone en duda que al 
hacerlo haya acertado : 

¡ Feliz si en el sepulcro de su gloria 
Su amor también no deja sepultado! 



GERTRUDIS GÓMEZ DE AVELLANEDA 241 

de 1869, alterado hasta el punto de convertirse en 
obra absolutamente nueva. Es una verdadera refun- 
dición, ejecutada cuando contaba la autora cincuenta 
y cinco años, de tamaño doble del de la primera ver- 
sión y que conserva de ésta solamente unas tres ó 
cuatro frases cortas y un símil, pero éste mismo con 
palabras diferentes. No es pues tal versión tardía la 
que nos ha de comunicar los sentimientos de la poe- 
tisa á los veinticinco años. 

La segunda de las dos composiciones, publicada 
por primera vez en 1850, titulada A..., reaparece en 
la edición final sin cambio alguno, salvo el título, 
que ahora es : Á Él, como la otra. Puede lógica- 
mente suponerse, pues nada tuvo que agregarle ni 
quitarle, que es la realmente sincera, la que traduce 
con verdad un estado de su ánimo. Jamás mujer 
despechada ha respondido, al desaire ó á la traición, 
porque el motivo inspirador no está bien indicado, 
en términos más indignados, más llenos de concen- 
trada energía. La poetisa abandonada por su amante 
exclama : 

Te amé, no te amo ya, piénsolo al menos ; 
¡ Nunca si fuere error, la verdad mire ! 
Que tantos años de amarguras llenos 
Trague el olvido ; el corazón respire ! 

Lo has destrozado sin piedad : mi orgullo 
Una vez y otra vez pisaste insano ; 
Mas nunca el labio exhalará un murmullo 
Para acusar tu proceder tirano. 



No era tuyo el poder que irresistible 
Postró ante ti mis fuerzas vencedoras. 



14 



242 EL ROMANTICISMO EN ESPAÑA 

Quísolo Dios y fué : ¡ gloria á su nombre ! 
Todo se terminó : recobro aliento; 
¡Ángel de las venganzas! ya eres hombre; 
Ni amor ni miedo al contemplarte siento. 

El sentimiento que da vida á estos hermosos ver- 
sos en nada recuerda los fragmentos que bajo el 
nombre de Safo nos quedan, ni los sonetos de Victoria 
Colonna (1); su autora no pertenece al número de 
mujeres que la pasión ha inmortalizado como Eloísa 
ó la Marquesa de Pescara ó la Religiosa Portuguesa, 
Fué más grande artista literaria que las dos prime- 
ras y nada tuvo de común con la tercera. En la oda, 
en la elegía, en el género dramático especialmente, 
campo de sus mayores glorias, lograron su inspira- 
ción vigorosa, su dicción enérgica, su grandilocuen- 
cia, su amor de lo grande y de lo bello, combi- 
narse y fijarse en obras que no morirán. Pero no 
pertenece por otra parte al grupo de obreros pacien- 
tes de la palabra escrita, amantes fieles de la forma 
perfecta exquisitamente cincelada, nunca demasiado 
numerosos en el arte español ; su estilo es más ro- 
busto que delicado, su dicción se contenta á veces 
con epítetos insuficientes ó insulsos, consonantes 
débiles, expresiones poco precisas : cadáver frío, si- 
lencio mudo, humo leve, etc., pequeños lunares que 

(1) La opinión contraria, en desacuerdo á mi modo de ver 
con la impresión que dejan todos sus escritos y con la historia 
de su vida, ha sidosostenida por Don J.Valera en un artículo 
de la Revista de España (1869), repioducido en sus Juicios 
Literarios. 1 vol., Madrid, 1890. 



GERTRUDIS GÓMEZ DE AVELLANEDA 243 

han quedado en algunas de sus mejores composicio- 
nes, á pesar de la atenta revisión de la edición final, 
y que no es injusto señalar al mismo tiempo que se 
encarecen sus méritos extraordinarios. La única no- 
table poetisa moderna de que á veces me acuerdo 
leyendo á la Avellaneda es Louise-Victoire Acker- 
mann : en ambas la energía, el vigor, la elocuencia 
son dotes predominantes, hasta en el estilo tienen 
alguna semejanza. Pero la Avellaneda buscó y halló 
en la religión consuelos que la poetisa francesa, lo 
mismo que su contemporánea inglesa George Eliot, 
juzgaba narcótico indigno de su sombrío y doloroso 
pesimismo filosófico. 

Su vida en Madrid, donde obtuvo siempre res- 
petuosa admiración, donde tan grandemente triunfó 
varias veces en el teatro, no fué venturosa sin em- 
bargo. Tocóle parte más que ordinaria de la calami- 
dad humana, agravada por natural pesimismo de 
su ánimo, soportada empero con resignación, gra- 
cias á su profunda é inalterable confianza en los 
consuelos de la Iglesia. Unióse en matrimonio, á los 
treinta y dos años, más por sentimiento heroico del 
deber que por amor, á un joven de esperanzas, ya 
personaje político en Madrid. Así lo anunció ella 
misma al marido futuro en unos cuartetos que poco 
antes del enlace le dirigió, contestando á unos versos 
en que pretendía él hacer su retrato : 



Yo como vos para admirar nacida, 
Yo como vos para el amor creada, 



244 EL ROMANTICISMO EN ESPAÑA 

Por admirar y amar diera mi vida, 
Para admirar y amar no encuentro nada! 

Yo no puedo sembrar de eternas flores 
La senda que corréis de frágil vida ; 
Pero si en ella recogéis dolores 
Un alma encontraréis que los divida. 

Dentro de un mismo año se casó y enviudó. En- 
cerrada en un convento de Burdeos pasó los prime- 
ros meses de su luto y lamentó su triste suerte en 
dos dolorosas elegías. Los versos siguientes son de 
la primera : 

De juventud, de amor, de fuerza henchido, 
Su porvenir cuan vasto parecía!... 
Mas la mañana terminó su día! 
¡ Ya del tiempo no es! 
Al golpe atroz que me desgarra el pecho 
No quiere Dios que mi valor sucumba ; 
Mas con los restos que tragó esa tumba 
Se hundió mi corazón. 



Nueve años después volvió á casarse, con un coro- 
j nel de artillería esta vez. Como en el primer caso, 
de esposa se vio pronto transformada en enfermera, 
por haber sido su esposo gravemente herido de una 
puñalada á traición en pleno día, al dirigirse á pie 
al Congreso de diputados, de que era miembro. Mucho 
tiempo estuvo él entre la muerte y la vida, repúsose 
lentamente sin recobrar enteramente la salud y acep- 
taron luego ambos la invitación de acompañar á 
Cuba al general Serrano, nombrado Capitán General 
de la isla. De ese modo volvió ella á su patria al 



GERTRUDIS GÓMEZ DE AVELLANEDA 245 

cabo de veintitrés años de ausencia. Fué muy bien 
recibida por sus paisanos y coronada públicamente 
en una gran función de teatro, organizada expresa- 
mente con ese objeto por una sociedad literaria y de 
recreo. Pero ni aun la dulzura de aquel clima pudo 
alargar mucho la vida del marido, y se halló viuda 
segunda vez. El golpe cayó aún más rudo que el 
anterior. Retornó á España más triste y desconso- 
lada que nunca. Nada importante produjo ya desde 
esa fecha. Á vista del Niágara, en el viaje de vuelta, 
improvisó unas estrofas con ese título, en que hay 
algunos versos buenos, y consagró un recuerdo ge- 
neroso á José María Heredia : 

¡ Oh ! si la esquiva musa, 
Que al desaliento su favor rehusa, 
Por un instante me otorgara ahora 
Del gran vate ele Cuba el plectro ardiente!... 

Casi no escribía ya más que versos religiosos y 
su « desaliento » aumentaba cada día. En carta de 
17 de Septiembre de 1866 escribía á su amiga Cecilia 
Bóhl, la ilustre mujer que firmaba sus novelas con 
el seudónimo de Fernán Caballero, estas palabras 
desoladas : « Mi bello ideal es acabar en un convento 
esta triste vida. Si no he intentado ya, hace tiempo, 
realizar tal deseo, es quizá por miedo de perder mi 
última ilusión, mi última esperanza de felicidad en 
la tierra. » Nuevos motivos de tristeza surgieron para 
amargar más su situación : la muerte de un hermano 
querido, desgracia de que habla en carta á M. de 

14. 



246 EL ROMANTICISMO EN ESPAÑA 

Latour, de Enero de 1869 : « Era mi único hermano 
de padre y madre, mi compañero inseparable en to- 
das las vicisitudes de mi vida, y puede usted figu- 
rarse qué impresión me habrá hecho este golpe, 
después de tantos otros con que la divina Providen- 
cia ha querido poner á* prueba el valor y fortaleza 
de mi espíritu. Gracias á la misma divina Provi- 
dencia me sostienen todavía esas cualidades, poco 
comunes en mi sexo. » La revolución de Octubre de 
1868, la fuga y destronamiento de Isabel, la crítica 
situación de los Duques de Montpensier, á quienes 
trataba y estimaba sobremanera, afligían su ánimo 
también, hasta el punto de escribir al mismo Latour, 
un mes después de la carta anterior, en estos tér- 
minos : « Le aseguro, mi estimado amigo, que va 
entrándome grandísimo desaliento respecto á la cosa 
pública, pareciéndome que este pobre país español 
lleva en lo más íntimo de su naturaleza el germen 
mortal... Mucho desearía arreglar aquí mis nego- 
cios para poderme marchar á Portugal ó Francia, 
aunque á decir verdad no creo que en este último 
punto se vea el horizonte más claro que por acá. » 
Buscó distracción en medio de sus penas coleccio- 
nando y corrigiendo sus Obras, y no pudo dar cima á 
la tarea; debieron ellas formar seis tomos; pero sobre 
las últimas páginas del quinto 

cadde la stanca man. 

Asida más ansiosamente cada vez del auxilio de la 
religión, tan enferma de cuerpo como da espíritu, 



GERTRUDIS GÓMEZ DE AVELLANEDA 247 

vivió hasta el primer día de Febrero de 1873. Fal- 
tábanle pocas semanas para entrar en los sesenta 
años. 



II 



Alfonso Munio, * tragedia en cuatro actos », repre- 
sentada en 1844, fué el gran debut de la Avellaneda 
en el teatro, donde tantas victorias le aguardaban. 
Es sólo un ensayo, trabajo imperfecto, pero lleno de 
vida poética, que prometía y anunciaba mucho más. 
El argumento, aunque interesante, apenas alcanza á 
ocupar los cuatro actos ; es una tragedia en esqueleto 
y, fuera de Munio y su hija Fronilde, los caracteres 
no se hallan más que indicados, ligeramente bos- 
quejados; pero el acto penúltimo, que termina con 
la muerte de Fronilde , produce efecto aterrador. 
Hábilmente preparada la ilusión dramática, va creán- 
dose la impresión ansiosa de algo tremendo que ha 
de suceder, y cuando Munio reaparece, entre relám- 
pagos y truenos, saliendo del aposento donde ha 
entrado tras de su hija para matarla, y grita enaje- 
nado : « Horrible tempestad, desata un rayo! » (1), 
el efecto es de una osadía romántica sublime. Distin- 
güese la obra sobre todo por su estilo poético, mara- 
villa de fuerza y espontaneidad, así como por la 
rotundidad y vigor de la versificación. Todo esto, sin 
disputa su mérito principal, ha quedado por desgracia 

(1) « i Mándame un rayo! », dice la edición original; pero 
es preferible esta vez el texto de la edición de 1869-71. 



248 EL ROMANTICISMO EN ESPAÑA 

muy menguado en la refundición á que sometió la 
autora su obra en 1869. No alteró en nada el plan, 
en casi nada los detalles de las escenas ; cambió por 
Munio Alfonso el nombre del protagonista y el título 
de la obra ajustándose así mejor á la tradición his- 
tórica, según luego averiguó, pero desfiguró estilo y 
lenguaje sin necesidad, para darnos escrito en su 
manera ya debilitada de 1869 lo que había tanto 
agradado en la forma juvenil de su glorioso es- 
treno. Substituyó, por ejemplo, estos valientes versos 
del final : 

Con el riego 
que prepara mi mano, la cosecha 
de invictos héroes brotará abundante 
tu suelo venturoso... 

por estos otros, inferiores, el último positivamente 
vituperable : 

Marchemos á aplacar los caros manes 
con torrentes de sangre sarracena, 
á cuyo riego — ¡ el alma me lo anuncia ! — 
de héroes la España cogerá cosecha... 

Un año después de esta primera y feliz tentativa 
dio á la escena otras dos obras, que con mejor 
acuerdo calificó de « dramas trágicos » : El Príncipe 
de Viana y Egilona, renunciando así de una vez al 
nombre de tragedia que había dado á Alfonso Munio. 
No son aquellos dos dramas mejores que el primogé- 
nito de su ingenio, pero se mantuvieron bien en es- 
cena y no perdió la autora nada del terreno ganado t 



GERTRUDIS GÓMEZ DE AVELLANEDA 249 

Saúl, « drama bíblico » en la edición completa; 
« tragedia bíblica » en la primera impresión, leído 
públicamente en el Liceo de Madrid el año de 1846, 
reformado después para ser representado en el Tea- 
tro Español en 1849, obtuvo mediano éxito. No 
deja por eso de ser composición de muy alto vuelo, 
en la que lucha á sabiendas con predecesor de tanta 
fuerza como Alfieri, á quien supera en la parte lírica 
de la obra. La autora misma reconoce que recibió 
el impulso que la animó á escribirlo de las dos tra- 
gedias, de Alfieri y de Soumet, sobre el mismo asunto 
— que por cierto inmerecidamente coloca á un mismo 
nivel — y cuyas diferentes cualidades intentó armo- 
nizar en su trabajo. Nada tiene éste de la severa 
sencillez y la sobriedad sistemática del trágico ita- 
liano, pero atrae más, seduce por su vivo penetrante 
perfume poético, su riqueza de melodía y su variedad 
rítmica. Los trozos líricos en la pieza española son 
notables : el canto de Micol, la hija de Saúl, esposa 
de David, en el acto último, lamento pavoroso, pré- 
sago de ruina y muerte, tal como se encuentra en la 
primera edición, es una joya (1). 

Continuó escribiendo para el teatro en los años 
siguientes. En 1852 una comedia, La Hija de las 
flores, muy aplaudida, muestra de la flexibilidad de 
sus facultades. Luego dos curiosas traducciones en 
buenos versos de originales franceses : la Aventurera 
de E. Augier y el Catilina, drama en prosa de A. Du- 

(1) Mutilado, con otro carácter y diferente puesto, en la 
revisión para la edición de 1869-71. 



250 EL EOMANTICISMO EN ESPAÑA 

mas y A. Maquet. En 1852 también una adaptación 
felicísima en forma de drama histórico español y con 
el título menos feliz de La Verdad vence apariencias, 
del argumento mismo de novela que sirvió á Byron 
para componer su Werner. El drama de la Avella- 
nada, cuya acción pasa en el siglo xiv, primero 
durante la noche del día en que tuvo lugar la batalla 
de Nájera entre Pedro el Cruel y su hermano Enri- 
que, luego bajo el reinado de este mismo después de 
Montiel, está construido con habilidad, conserva pal- 
pitante hasta el fin el interés, con más exacto colo- 
rido local que muchas otras piezas románticas de la 
época. 

Por último, en 1858 apareció, como esfuerzo su- 
premo, á todo lo demás superior, Baltasar, la obra 
que coloca y siempre mantendrá entre el de los pri- 
meros de la época el nombre de Gertrudis Gómez de 
Avellaneda. 

Baltasar, drama oriental : así creyóse que era 
voluntad de la autora llamarlo, pues así está impreso 
en la primera edición, y en todas, inclusa la de 1869, 
pero por simple distracción, porque la fe de erratas del 
tomo II advierte que debe leerse : drama original, lo 
que es mejor, pues no basta que la escena pase en 
Asia para determinar la naturaleza de una obra, má- 
xime cuando no es oriental más que por lo que tiene 
de histórico. Como había siempre mostrado la autora 
conocer mucho á Byron, traducido varias de sus 
poesías y tomado para su uso el argumento del Wer- 
ner, era de preverse que desde luego se sospecharía 



GERTRUDIS GÓMEZ DE AVELLANEDA 251 

alguna semejanza entre su nuevo drama y el Sar- 
danapalo del bardo británico. Parécense sin género 
alguno de duda, pero no se encuentra en parte alguna 
de la obra española punto especial que pueda seña- 
larse como imitación directa y real. Si fué Byron, y 
es muy probable, quien le sugirió la idea de poner 
en escena ese personaje de monarca oriental, sumido 
en los placeres, despreciador de sus semejantes, que 
á despecho de todo su egoísmo y afeminación des- 
pliega en la hora final valor y energía para sucumbir 
heroicamente, no va la semejanza mucho más allá 
de esos rasgos generales y no merma la originalidad 
de quien á su manera y con recursos propios desen- 
vuelve asunto parecido. 

El interés en Sardanapalo es más humano, más 
patético por consiguiente. La Avellaneda misma dice 
en la dedicatoria de su drama que es una inspira- 
ción religiosa. Termina con la profecía de Daniel, el 
plazo de las setenta semanas de años y el anuncio de 
la reconstrucción del templo, que « oirá la voz del 
Mesías ». Baltasar, en lucha con la omnipotencia di- 
vina, tenía forzosamente que sucumbir; la catástrofe, 
prevista, inevitable, independiente de la voluntad de 
los hombres, convierte la muerte de Baltasar y el 
incendio final en detalle de menor importancia. Ñi- 
tocris, arrojando el hacha con que incendia el palacio 
para perecer allí con los « restos fríos » de su hijo, 
es pálida figura comparada con la Myrrha de Byron, 
la interesante esclava griega, que con gesto igual 
enciende la pira y se lanza á las llamas para morir 



252 EL ROMANTICISMO EN ESPAÑA 

abrazada al monarca asirio. No cabía por de contado 
en el plan del Baltasar escena equivalente á la larga 
y magnífica en que Myrrha y Sardanapalo completan 
los fúnebres preparativos y dicen melancólico adiós 
á la vida, escena de poesía grandiosa, una de las 
mejores de todo el teatro de Byron ; pero el drama 
español es en conjunto menos monótono, más rico y 
variado de forma. Baltasar también no es una abs- 
tracción, es un personaje real, como Sardanapalo, 
que vive, agitado por sentimientos que, si á veces 
parecen modernos, románticos en demasía, no son 
ajenos á la situación y dejan impresión profunda de 
bárbara grandeza. 

Nada he dicho aún de sus escritos en prosa, que 
llenan dos tomos de la edición definitiva. Son no- 
velas y cuentos principalmente, pues no recoge de 
sus trabajos sueltos de periódicos más que una serie 
corta de artículos titulados La Mujer, amenos pero 
muy superficiales, escritos en 1860, con objeto de 
probar que « la fuerza moral é intelectual de la mu- 
jer se iguala, cuando menos, con la del hombre », 
y en los que parece revivir el dolor que le causó su 
fracaso ante la Academia Española, cuando, á ins- 
tancias de muchos, se presentó solicitando en vano 
el honor de sentarse en la silla vacante, que había 
ocupado Nicasio Gallego. La Academia votó « por 
exigua mayoría » , como cuestión previa, que no 
admitiría personas de su sexo. 

Éntrelas novelas faltan las primeras que escribió: 
Sab y Dos Mujeres, Guatimozín, de argumento ame- 



GERTRUDIS GÓMEZ DE AVELLANEDA 253 

ricano la primera y la tercera. Sab, curiosa sobre 
todo por ser el protagonista un mulato esclavo en 
Cuba, que en la adversidad de su condición y su 
fortuna halla ocasión de desplegar heroicos senti- 
mientos. Mas la pintura del régimen odioso, que lo 
explota y que lo humilla, no tiene aquí el carácter 
trágico que tan vigorosamente hizo resaltar diez años 
después en otra novela otra célebre mujer americana. 
Brilla más el talento de la Avellaneda en cuentos y 
leyendas poéticas que en novelas de alguna exten- 
sión, y en prosa siempre infinitamente menos que 
en verso. Pero el acento de sinceridad es uno mismo 
en ambos casos, 'aunque recursos y resultados sean 
tan diferentes. 



15 



IX 
CAMPOAMOR 



En el mismo año que Zorrilla, Tassara y Rodríguez 
Rubí, como ya he hecho notar, el annus mirábilis 
de 1817, nació también, en un pueblo de Asturias, 
Ramón de Campoamor y Campoosorio, que á todos 
sus compañeros había de sobrevivir, y moriría al 
fin, colmado de años, de aplausos y de gloria, 
en 1901. Terminó por tanto su educación, llegó á, 
edad de hombre, en los días en que más brillante- 
mente florecía el romanticismo en España y produjo 
sus primeros versos líricos al mismo tiempo que 
Zorrilla y que Tassara. 

Hay sin embargo, antes de pasar adelante, que 
exponer una duda, formular una interrogación : 
¿puede, debe contarse á Campoamor entre los ro- 
mánticos? — No pudo evitar ser de su época, recibir 
la impresión de las circunstancias del momento; pero 
fué romántico por muy corto tiempo solamente, no 



256 EL ROMANTICISMO EN ESPAÑA 

más allá de la cuarta década del siglo, cuando con 
voz todavía gemebunda cantaba Ternezas y Floi*es 
ó daba Aijes del Alma, nombres de sus dos primeras 
colecciones de versos. En aquel momento Zorrilla 
era dueño de la atención general, del entusiasmo 
público; sus endechas y sus odas, sus leyendas y 
sus dramas formaban en torno de su frente pálida, 
de su larga y negra cabellera romántica, aureola 
fulgente que apagaba á todos los rivales. Campoamor 
no pudo evitar imitarlo como los demás, es decir, 
ponerse al mismo tono, buscar efectos parecidos. 
Estos versos de las Ternezas y Flores pudieran ser 
de Zorrilla en sus momentos menos buenos : 

Errante sol de aromas circundado, 
Tu ardiente lumbre tenue debilita, 
Que ya mi corazón de arder cansado 
Negro sus alas moribundo agita. 

Y Zorrilla mismo hubiera gustoso prohijado quintillas 
como las de Tu Boca ó La Beata de máscara. 

Pero Campoamor vio pronto que, para distin- 
guirse y salir del montón, debía cambiar de ruta, 
pues no era capaz de vencer á semejante adversario 
en su propio terreno, y resueltamente se encaminó 
por otro rumbo muy diverso, casi diametralmente 
opuesto. Abandonó á Zorrilla, el « bardo divino », 
como le llama, la poesía objetiva, el mundo de la luz 
y los colores, y reservóse para sí mismo la poesía 
filosófica, (( el campo de las impresiones subjetivas, 
íntimas, completamente personales ». Esta explica- 



CAMPOAMOR 257 

ción, que con sus mismas palabras repito, fué dada 
más adelante, ex post fado, en el libro titulado El 
/Personalismo, que publicó en 1855. Abrióse su propia 
senda, exploró nuevo terreno, hizo cuanto pudo para 
dejar de ser romántico. Convencido de poseer el se- 
creto de su organización poética, de la tendencia real 
de su talento natural, creyó poder inventar algo 
nuevo ; inventó por lo menos desde luego una pa- 
labra nueva, dolor a; y con ese nombre, ó con otros, 
que en puridad venían á ser uno mismo : pequeño 
poema, humorada, cantar (distinguiéndose entre sí 
principalmente los tres por su diferente extensión 
material) emprendió animosa y confiadamente su 
carrera, y en efecto no tardó en tocar la meta, en 
lograr precisamente lo que quería. La anhelada glo- 
riosa reputación, el aplauso que tan vigoroso y con- 
tinuado esfuerzo merecía, vinieron pronto y fueron 
tales y tan grandes como los i había buscado (1). 

(1) Pocos escritores han sido en vida más celebrados, y 
ediciones hay, como la de Baudry, en París, muchas veces 
reimpresa, que á más de la biografía, naturalmente encomiás- 
tica, llevan varios prólogos, no menos favorables. Entre las 
biografías publicadas después, sobresale la escrita por Doña 
Emilia Pardo Bazán en 1893, que Campoamor mismo aprobó, 
pues, como en ella se dice, la leyó de antemano y le expidió 
el exequátur. Contiene datos interesantes, pero en los elogios 
es demasiado exagerada, sobre todo por empeño de llevarse 
de encuentro á los franceses. Hablando de la Poética, defensa 
de Campoamor pro domo sua, dice : « Saluden otra vez los 
franceses; ¿cuándo ninguno de ellos se ha defendido 7 así? » 
del mismo modo que antes había dicho con motivo de la 
Currila de Pequeneces: « Mal año para Balzac. » Con objeto 
de subir todavía más el diapasón del encomio, trae á colación 



258 EL ROMANTICISMO EN ESPAÑA 

De la palabra dolora dio muy al principio, desde 
la primera edición de las Doloras en 1846, la defi- 
nición ; es, dijo, « una composición poética, en la cual 
se debe hallar unida la ligereza con el sentimiento 
y la concisión con la importancia filosófica ». Defi- 
nición vaga y notante, que si bien se ajusta al plan 
de muchas de las composiciones con ese título, lo 
mismo podría aplicarse á algunas de sus fábulas, 
escritas antes, y á número infinito de epigramas, 
cantos ó Heder alemanes, conocidos con antelación 
al nuevo título. 

Lo mejor, lo más justo siempre será juzgarlas con- 
forme á su valor intrínseco, como cualquiera otra 
colección de versos, y dejar al género, si género 
nuevo hay, correr su fortuna hasta ver lo que el 
tiempo hace de él, — lo cual hasta la fecha no pa- 
rece ser gran cosa. Títulos y definiciones son por- 
menores de valor escaso; nadie, por ejemplo, ha 
insistido mucho en el sentido preciso del término 
Orientales, que usó Víctor Hugo para un volumen 
entero de composiciones que tenían ciertos rasgos 
comunes, aunque no todas trataban del Oriente ; 
hubo entera conformidad en aceptarlo, y Orien- 

luego á Víctor Hugo y cuenta que E. de Ochoa oyó una vez, 
en París, decir á Hugo mismo que intentaba competir con las 
Doloras, por lo que al año próximo se descolgó el poeta 
francés con las Chansons des Rúes et des Bois. Éstas, como 
es sabido, se publicaron en 1865, y Hugo estuvo ausente de 
París desde 1851 hasta 1870. La semejanza, además, entre las 
Doloras y las Chansons es puramente quimérica, forma y fondo 
absolutamente diferentes ; y en lo que respecta á quilates de 
poesía, la no-semejanza es aún mayor. 



CAMPOAMOR 259 

tales escribieron después, con carácter parecido, Zo- 
rrilla, Arólas y otros poetas españoles. 

Las Doloras, bien ó mal llamadas así, ni son, ni 
pretendieron nunca ser poesía romántica ; su inventor 
mismo siempre lo ha declarado. Están en abierta 
contradicción con la doctrina romántica, que atribuye 
á la perfección de la forma importancia muy grande, 
que impone á la dicción poética reglas mucho más 
estrictas que las aceptadas en todo tiempo por otras 
escuelas, por Campoamor mismo, tan poco admi- 
rador de recónditas delicadezas de la forma, que hasta 
el ñn fué, como en la Poética con satisfacción lo 
confiesa, lector asiduo y complacido de versos tan 
secundarios y tan llanos como los de J. B. Arriaza. El 
verdadero romántico evita cuanto puede el prosaísmo 
del estilo, y á falta de novedad en las ideas, cualidad 
que no á todos es dado conseguir, trata siempre de 
conservar á la poesía todos los recursos prosódicos, 
su riqueza musical, su esencia cantante, para lograr, 
por medio del ritmo y de la rima y de vocablos curio- 
samente escogidos, una impresión de antemano defi- 
nida y solicitada, Todo esto en las Do toras se halla 
relegado al segundo plano, subordinado de propó- 
sito al empeño de filosofar, de presentar, bien en 
forma dialogada ó semidramática, bien á modo de 
apólogo ó de narración, reflexiones morales, lecciones 
de experiencia, sentencias filosóficas. La dolora así 
viene á ser como una fábula común, pero fábula en 
que nada compensa la falta de naturalidad, de sen- 
cilla bonhomie, que por otro lado pierde, y que tanto 



260 EL ROMANTICISMO EN ESPAÑA 

realza á las de La Fontaine : cualidad singular, inapre- 
ciable, que en el fabulista francés es un triunfo de 
grande artista, que apenas si existe en Samaniego, 
en Hartzenbusch, en Campoamor, en muchos otros. 

El prosaísmo es el defecto capital de las Doloras, 
la roca á flor de agua contra la cual á veces se 
estrellan, ó el banco de arena sobre el cual otras 
veces quedan encalladas. La dicción poética en Cam- 
poamor, que frecuentemente es sobria é ingeniosa, 
aunque raras veces original, á menudo también acaba 
batiendo en vano sus alas fatigadas, sin lograr as- 
cender hasta donde quisiera, sin fuerza suficiente 
para cernerse en las alturas. Es verdad que suele el 
poeta tener algo que decir ; es muy cierto que piensa 
por su propia cuenta, que medita sus planes larga- 
mente, y que cuando se encuentra bien dueño de la 
inspiración, cuando la idea y la vestidura concuerdan 
y se ajustan cabalmente, produce entonces doloras 
como / Quién supiera escribir! el Gaitero de Gijón 
y otras cuatro ó cinco más, verdaderamente no- 
tables, así como cuadros descriptivos vigorosos y 
variados en el Tren Expreso y en algún otro de los 
Pequeños Poemas. 

Sin embargo no en balde nació en el año de 1817, 
y no inútilmente vivió y creció entre románticos, 
respirando el ambiente en revolución de aquella 
época. En el fondo de su talento, aun después de 
formado enteramente y cuando con razón se tenía ya 
por jefe de nueva escuela predicando con el ejemplo 
una poética suya, propia, diferente de la que había 



CAMPOAMOR 261 

triunfado en las obras de Espronceda, Zorrilla y los 
demás, que es la que de viva voz expuso en el Ateneo 
de Madrid y publicó poco después aparte, en forma 
de libro, — no estaban enteramente borradas todavía 
las huellas de las primeras impresiones literarias, 
de las lecciones recibidas en la juventud. No fué 
Víctor Hugo, — que le llevaba quince largos años 
de edad y había ya llegado al apogeo de su órbita 
inmensa, — quien había de ponerse, ya sexagenario, 
á imitar las Doloras, que muy probablemente ni 
siquiera comprendería bien, pues al fin de su vida no 
entendía tan corrientemente el castellano, como al- 
gunos han creído. El poeta de las Chansons des 
Rúes et des Bois ocupaba ya alturas desde donde no 
se imita y con nadie se compite, á pesar de lo que 
pareció á E. de Ochoa haberle oído decir. Todo lo 
contrario es lo que acaeció, pues abundan en los 
escritos de la madurez de Campoamor pruebas de 
que éste leía, con frecuencia y con cuidado, al gran 
poeta francés, pues alguien ha entresacado de ellos 
y publicado gran número de frases y pensamientos 
casi literalmente copiados de las obras de Hugo. 
Publicáronse en 1873 en un periódico de Madrid, 
El Globo, y trabáronse polémicas, acusando unos de 
plagiario al poeta español, defendiéndolo otros, pero 
todos, incluso Campoamor mismo en la citada Poé- 
tica, reconociendo implícita ó abiertamente e} hecho, 
— que mejor para su fama sería que no hubiese sido 
exacto (1). 

(1) El caso es tan grave que el mejor de sus abogados, Don 

15. 



262 EL ROMANTICISMO EN ESPAÑA 

Pero no es aquí el lugar de esta cuestión. Importa 
sólo fijar ahora que fué Campoamor hombre de su 
época, de la época de su educación, únicamente 
hasta donde no pudo evitarlo ; que se rebeló muy 
pronto contraías influencias del medio y el momento 
en que primero le tocó florecer, y que su enérgica 
voluntad, su laboriosidad, el respetable empeño de 
crear un género, fundar escuela y armonizar sus 
recursos, lo convirtieron en el poeta de las Doloras; 
de ahí en adelante no hizo más que doloras, bajo 
diferentes títulos y dimensiones, revolucionando así, 
según confiesa, el fondo y la forma de la poesía 
(Poética, pág. 35), pero siendo siempre, para usar 
también sus propias palabras-, « un aficionado á las 
letras más bien que un escritor de profesión ». 
(Ibid., pág. 126.) 

Vio y presintió la reacción que había forzosamente 
de producirse contra el lirismo palabrero, que en Zo- 
rrilla, y en sus imitadores sobre todo, llegó á tan mi- 
serables exageraciones, exageraciones en que él mis- 
mo no pudo evitar el caer. Supo escoger el momento 

Juan Valera, aborda la cuestión en esta forma extraña : « Las 
» cien frases tomadas á Víctor Hugo y otras ciento más que 
» se me citen no me hacen variar de opinión. Casi le tengo 
» ahora (á Campoamor) en mejor concepto, porque yo no le 
» hubiera perdonado jamás que de su propia cosecha hubiese 
» sacado las absurdas rarezas ó los pensamientos hueros é 
» hinchados que se citan, mientras que, siendo de Víctor 
» Hugo, ya se los perdono como una niñada disculpable. Al 
» fin la gloria de tan celebrado escritor pudo deslumhrar hasta 
» ese extremo ». Disertaciones y Juicios literarios. Madrid, 
1890. — Pág. 190. 



CAMPOAMOR 263 

oportuno, aprovechar el cansancio del público empa- 
lagado por el abuso de tanta melodía sin sentido y 
sin valor ; pero infortunadamente pasó al extremo 
opuesto, y por huir del vago sonsonete empezó casi 
inmediatamente á escribir prosa rimada. La primera 
de las Doloras en el orden cronológico, titulada 
Cosas de la edad, revelaba ya el peligro, pues basta 
escribir unos tras otros los versos de la quintilla 
primera, para que parezca transformada en prosa., 
sin necesidad de cambiar vocablo ni destruir hipér- 
baton. Así empezó y así continuó; á la misma 
prueba pueden someterse otras con idéntico resul- 
tado. Una de las más ingeniosas y celebradas co- 
mienza de este modo : — « Pobre Carolina mía ! — 
Nunca la podré olvidar! — Ved lo que el mundo 
decía — Viendo el féretro pasar. » — Es demasiado 
fácil versificar de esa manera. 

El éxito vino lenta, pero seguramente. Cuando allá 
por 1850 se veía palidecer la gloria de Zorrilla, 
ascendía brillante sobre el horizonte, del lado opuesto, 
la estrella de Campoamor. Sucedíanse las ediciones' 
rápidamente, en Europa al mismo tiempo que en 
América, y sería difícil contarlas hoy con exactitud. 
Campoamor también, según la ya citada biografía, 
otorgaba generosamente á todo librero que lo pedía, 
el derecho de publicar sus versos nuevos y viejos», 
las doloras principalmente, que era lo que el público 
más buscaba, y las ediciones por tanto pululabaa. 

Era claro, sin embargo, que los admiradores del 
fundador del nuevo arte de hacer versos líricos no 



264 EL ROMANTICISMO EN ESPAÑA 

podían ser los mismos que con tanto gusto habían 
saboreado, y aplaudido con tanto entusiasmo, las 
composiciones de los grandes románticos. No era 
de creerse que una misma persona amase con igual 
fervor á Campoamor y á Espronceda juntamente, 
son dos polos opuestos, y el sinnúmero de lectores 
que, en España como en el resto del mundo donde 
se hablaba el español, surgía aumentando constante- 
mente, tenía que componerse de personas diferentes, 
entrarían á formarlo en muy fuerte proporción aque- 
llos elementos sociales importantes que sienten por 
la poesía en sí misma muy moderada afición, porque 
le piden algo ajeno á su esencia, algo que no puede 
ella ofrecer sin rebajar su carácter, sin alterar su 
perfume exquisito ; es decir, truismos de filosofía 
casera formulados á manera de oráculos, ó máximas 
de profundidad aparente en lenguaje afectadamente 
llano y común. Para reunir copioso surtido de am- 
bas cosas, basta recorrer el índice de un tomo de 
Doloras, y sin salir de las primeras veinticinco, he 
aquí algunos : Quien vive olvida, No hay dicha en 
la tierra, Vanidad de la hermosura, Todo se pierde, 
Quien más pone pierde más... y así sucesivamente. 
Fernando de Herrera, Quintana, fueron objeto 
siempre de especial antipatía para Campoamor, como 
probablemente lo serían también Espronceda y 
cuantos supieron hacer grandes versos líricos, lo 
mismo clásicos que románticos. No es sólo el len- 
guaje estudiadamente humilde lo que separa á Cam- 
poamor de esos modelos; algo más hay que señalada- 



CAMPOAMOR 265 

mente de ellos lo distingue : su prosodia defectuosa. 
Nunca llegó á poseer bien y emplear con variedad y 
con gracia las delicadezas del metro y el ritmo acen- 
tual. Juez tan competente como Miguel Antonio Caro 
ha podido decir, en nota á la Poética de Andrés 
Bello, que no sabe « si atribuir á pronunciación 
asturiana, ó á que haya experimentado alguna modi- 
ficación en el oído », combinaciones tan impronun- 
ciables como éstas : 

Me dijo el Redentor: «presente ó ausente... » 
Engañosa ó engañada hasta aquel día... » 

Pertenecen ambos versos á El Drama Universal y 
encuéntranse allí otros muchos de la misma especie. 
Es un extenso poema en cinco jornadas, publicado 
en 1869, más interesante sin duda que el lánguido, 
casi ilegible Colón, que dio á luz unos diez años 
antes. El Drama Universal es composición fantás- 
tica, de vastas proporciones, á la manera de la se- 
gunda parte del Fausto de Goethe, que encierra toda 
una filosofía, que condensa la historia entera de la 
humanidad junto con ideas extrañas sobre la trans- 
migración de los seres y el origen de los cultos, pero 
donde no están ni Fausto ni Mefistófeles ni Elena. 
Los personajes principales, Honorio, Soledad, Pala- 
ciano, son nombres ó sombras ; no viven^ no inte- 
resan, no deben al poeta la inmortalidad del arte. El 
estilo es extremadamente descuidado y desigual, con 
numerosos versos débiles ó inarmónicos, como los 



266 EL ROMANTICISMO EN ESPAÑA 

citados, al lado, es verdad, de otros llenos de vigor, 
como éstos que señala Rafael Pombo : 

Y es siempre para el alma la materia 
De su elerno pecar eterna excusa. 

En torno de lo claro y definido 
Vuela algo indefinible y misterioso. 

Como el castigo á toda falta llega, 
Le llega á cada pena su esperanza. 

Por no turbar, la madre, resignada, 
Tal vez el sueño ó la quietud del hijo, 
Al umbral de la puerta, acurrucada, 
Hasta mañana aguardaré, — se dijo. 

He aquí cómo aprecia el mismo Pombo esta obra, 
lo de más importancia que nos queda de Campoa- 
mor : « Si el Drama Universal á nuestro juicio no es 
un poema ni un drama, es sin embargo obra de 
poeta; de armazón débil, pero rica en preciosos 
materiales, germen quizá de poemas futuros... Hay 
que reconocer en él la percepción délo ideal, notable 
ingenio, la preocupación, no muy en uso, por el 
fondo y la enseñanza del canto, y aun en ocasiones 
la inspiración de los incidentes sublimes. Aunando 
tales dotes es muy de deplorarse que quiera conven- 
cernos de que carece del instinto de la forma, la plás- 
tica del lenguaje, el don de abrir al manantial de las 
ideas un cauce limpio, natural y gracioso por entre 
las asperezas de la palabra » (1). 

(1) El Mundo Nuevo, periódico ilustrado. (Enrique Piñeyro, 
director.) Nueva York, Abril 10 de 1872. Tomo I, pág. 274. 



CAMPOAMOR 287 

De tal modo juzgaba Pombo : un poeta á otro 
poeta, en el año de 1872. Campoamor vivió, como 
va dicho, hasta 1901, cerca de treinta años más, y 
el fallo hoy no puede ser muy diferente. Antes al 
contrario, con el tiempo ciertas mejores cualidades 
menguaron, y los últimos Pequeños Poemas son mar- 
cadamente inferiores al Tren Expreso, que apare- 
ció el primero. También fueron borrándose más 
y más las huellas que de su albor romántico le 
habían quedado. Por esta razón me reduzco, hablando 
de él, á estas ligeras, descosidas observaciones, pues 
estoy aquí tratando del romanticismo en España, y 
pertenece Campoamor á otra escuela y áotro mundo. 

Sea dicho empero todo esto sin dejar de reconocer 
su puesto y su importancia en el conjunto de la mo- 
derna literatura española, puesto elevado á que es 
acreedor por su prosa tanto como por sus versos. 
Hay veces que, leyendo su Personalismo, sus Polé- 
micas, su Poética, donde tanto abundan la gracia, 
el desenfado, con frecuencia la más encantadora natu- 
ralidad, me pregunto si no es verdad que como pro- 
sista reúne cualidades más difíciles de poseer, más 
capaces de durar. En la Poética, de la primera á la 
última línea, se halla retratado el hombre con pre- 
cisión de facciones, con expresión de carácter, in- 
tensas y vivas, como en las Doloras y los Poemas 
no lo encuentro. 



X 
DII MINORES 



Francisco Martínez de la Rosa. 

Con motivo de Larra y su Macías, á quien pre- 
cedió, he dedicado ya algunas palabras al drama de 
Martínez de la Rosa La Conjuración cíe Venecia. 
Aunque no mucho más, algo es necesario añadir 
aquí, por lo que hubo de romántico en las obras de 
este eminente literato, famosas en su tiempo, hoy ya 
bastante olvidadas. 

Andaluz de Granada, nacido en 1788, recibió su 
educación conforme á los principios de clasicismo 
estrecho que entonces imperaban y fué naturalmente 
admirador de Meléndez, imitador de Moratín, tra- 
ductor en verso y comentador del Arte poética de 
Horacio. Por vicisitudes de la política vivió varios 



270 EL ROMANTICISMO EN ESPAÑA 

años desterrado en París durante el último período 
del reinado de Fernando VII, y allí, en medio déla 
tempestuosa revolución literaria, que renovaba todas 
las manifestaciones del arte en esos momentos, re- 
cibió fuerte sacudida su flexible y cultivada inteli- 
gencia. La sacudida no llegó hasta las raíces mismas 
de ideas ya demasiado profundamente entradas en su 
espíritu, y que permanecieron en lo esencial idén- 
ticas hasta el fin; mas el que había desde los albores 
de la juventud cultivado el arte dramático y escrito 
comedias y tragedias, no había de mirar sin curio- 
sidad y estudiar sin interés las innovaciones, que 
eran el tema de conversación, y también para mu- 
chos el escándalo, de París en esa época. Por des- 
gracia suya sin embargo, como inevitable resultado 
de cuarenta años de estudios anteriores por sendas 
diferentes, concentró toda su simpatía en lo que 
era nuevo solamente en apariencia, hacia lo que con 
ligero barniz de historia y unas gotas de esencia 
extraída, al través de Ducis y Letourneur, del drama 
de Shakespeare, y mezcladas con otras directamente 
tomadas de las tragedias de Byron, ponía entonces 
en escena el autor de Luis XI y de las Vísperas sici- 
lianas. Deesa simpatía nacieron dos dramas semirro- 
mánticos en prosa, Aben Humeya y la Conjuración 
de Venecia. Por ellos, y sólo por ellos, no es lícito 
hablar del romanticismo en España sin mencionar 
á Martínez de la Rosa. 

En el prólogo á la edición de poesías líricas que 
publicó en 1832, año siguiente al de su vuelta á Es- 



FRANCISCO MARTÍNEZ DE LA ROSA 271 

paña, formuló Martínez su profesión de fe, diciendo 
que se sentía « poco inclinado á alistarse en las ban- 
» deras de los clásicos ó de los románticos », y que 
tenía « como cosa asentada que unos y otros llevan 
» razón, cuando censuran las exorbitancias y dema- 
» sías del partido contrario, y cabalmente incurren 
a en el mismo defecto, así que tratan de ensalzar su 
» propio sistema ». Ahí está el programa de toda su 
vida, en literatura como en política ; así fué román- 
tico sin dejar de ser clásico ; así se vio tachado de 
« pastelero » por los liberales de 1821, al mismo 
tiempo que mal querido por Fernando, sin desmen- 
tir ni en uno ni en otro caso la sincera nobleza de su 
carácter. 

Aben Eumeya, escrito en lengua francesa por el 
mismo poeta español y representado en el teatro de 
la Porte Saint-Martin, fué acogido en París con res- 
petuosa simpatía, pues todos los periodistas y Hom- 
bres públicos, y la mayor parte de los literatos lo 
conocían, personalmente ó de nombre, y sabían que 
por el honor de haber representado á Granada en las 
Cortes de 1812 había pasado varios años en un pre- 
sidio de África, y que había sido luego ministro 
liberal como adalid de la revolución que en 1820 se 
impuso al monarca, manteniéndose corto tiempo en 
el poder, á la manera de un domador que por medio 
de sonrisas contiene por un lado al león y por el 
otro á la hiena dentro de la misma jaula, es decir, 
de una parte el pueblo de Madrid encolerizado y de 
la opuesta el rey con su índole tan maligna como 



272 EL ROMANTICISMO EN ESPAÑA 

hipócrita. La empresa era desesperada y, aun antes 
de ser restablecido definitivamente el absolutismo, 
tenía ya él perdida su popularidad y había emigrado 
á Francia. 

Al ponerse en escena luego Aben Humeya en 1836, 
un año después de la Conjuración de Venecia, pare- 
ció llegar demasiado tarde. Larra, que tan cordial- 
mente había elogiado el primero de los dos dramas 
que se representó, trató el segundo con dureza, aun- 
que en realidad sin grande injusticia; y lo que se 
quiso presentar como victorioso en Francia resultó 
ser franca derrota en España. Es una composición 
más estudiada que el episodio de la conspiración en 
Venecia antes puesto en escena, pero la acción es 
menos dramática é interesante. Está por supuesto 
muy elegantemente escrito, pues era él prosista atil- 
dadísimo ; pero nótase alguna afectación en el estilo 
y carece el lenguaje, aun en los mejores momentos, 
de la concisión y energía que demanda el teatro. Esta 
frase de Aben Humeya á sus parciales antes del com- 
bate : « tenemos que vengar en breves instantes 
» medio siglo de esclavitud », valdría más y produ- 
ciría mayor efecto descargada de las tres palabras 
subrayadas, que nada importante añaden al sentido. 
También es rebuscada esta otra, de mucho más efecto 
sin embargo que la anterior : « ¿Ves este reguero 
» de sangre?... Ese es el camino del trono. » Ni en 
éstas ni en las demás del mismo se encuentra el 
acento profundamente conmovedor de las buenas 
escenas de la Conjuración de Venecia. 



FRANCISCO MARTÍNEZ DE LA ROSA 273 

La versificación de Martínez de la Rosa se ajustó 
siempre á los ejemplos y preceptos del gusto clásico; 
pero la blandura de su corazón, de su alma, más sen- 
sible que la de Meléndez mismo, le inspiró en ciertos 
pedazos de su Edipo, pálido reflejo del de Sófocles, 
versos llenos de penetrante melancolía, que no deben 
olvidar los compiladores de antologías, que sobrena- 
darán, junto con los endecasílabos libres de la carta 
que escribió al duque de Frías 

Desde las tristes márgenes del Sena. 

Esa epístola y las dos admirables elegías de Gallego 
y de Quintana, verdaderas siemprevivas de la corona 
fúnebre que en honor de la Duquesa tejieron los lite- 
ratos españoles en 1830, son obra de tres poetas, 
clásicos de gustos y de educación, en cuyo acento 
esa vez se adivina algo indefinible que anuncia el 
cambio en la poesía lírica española. La de Martínez 
de la Rosa no es inferior á las de sus dos grandes y 
famosos contemporáneos; es más patética que la 
muy solemne y elocuente de Quintana, menos de- 
clamatoria que la muy hermosa y viril de Gallego. 
Los tres poetas que con su espléndida inspiración 
iluminaron el final de un ciclo literario, pusieron 
quizás en esas poesías, sin buscarlo, sin quererlo 
expresamente, algo de la melancolía romántica que 
por diversos lados penetraba ya en España. 



II 



Antonio Gil y Zarate. 



Fué Gil y Zarate hombre que á fuerza de constan- 
cia y energía se formó casi por sí solo y llegó á ob- 
tener como autor dramático una gran reputación, 
superior á su mérito verdadero. Ejerció además grande 
influencia en la marcha de su país como director ge- 
neral de Instrucción pública y organizador de un plan 
de estudios universitarios. Pero no es decir que 
realmente recibiese educación tardía ó incompleta, 
antes al contrario ; fué la suya mucho más sólida y 
variada que la que lograron obtener Bretón, García 
Gutiérrez y varios otros. Hijo de actores apreciados 
del público en sus días, nació en San Lorenzo del 
Escorial el año de 1793(1), estudió en Francia las pri- 

(1) Ferrer del Río (op. cit., pág. 113), Valmar y otros, dicen 
que nació en 1793; sin embargo, Blanco García, agustino, 
profesor en el Escorial, que declara haber visto la partida 
bautismal, pone en su libro ya citado la fecha de Diciembre 
de 179G, probablemente por descuido, no salvado en la fe de 
erratas; pues la fecha primera aparece confirmada por el mar- 



ANTONIO GIL Y ZARATE 275 

meras letras y á Francia volvió todavía después, á 
perfeccionar y completar asignaturas superiores en 
ciencias y letras. 

Tuyo ciertas dotes de escritor dramático, pero ni 
fué poeta ni llegó á formarse en verso ó prosa estilo 
propio notable. Cuanto escribió parece producto de 
la voluntad, de un esfuerzo enérgico y continuado, 
con muy poco auxilio de la inspiración. No obstante 
dos de sus obras de teatro, Carlos II el Hechizado y 
Guzmán el Bueno, gozaron de extraordinaria popula- 
ridad, y en el auge y fervor del romanticismo pasa- 
ron para muchos por tan buenas como el Trovador 
ó los Amantes de Teruel, y no fueron menos aplau- 
didas y frecuentemente representadas que Don Alvaro 
ó el Zapatero y el Rey. Hoy privadas del brillo de la 
novedad han descendido á su justo nivel, ajeno ya 
el público á las pasiones políticas que enardecían los 
ánimos durante la minoría de Isabel II. Carlos II, 
sobre todo, se tiene ya por lo que es : melodrama 
violento, que halagó pasiones más violentas todavía 
de una crisis pasajera, en el que un personaje famoso 
de Víctor Hugo, Claudio Frollo , el arcediano de 
Notre-Dame de París, reaparece en la escena española 
con la figura y el nombre del confesor del monarca 
hechizado, Froilán Díaz, personaje histórico que no 

qués de Valmar, con el testimonio de Gily Zarate mismo, en el 
artículo biográfico citado más adelante. 

El P. Francisco Blanco García, nacido en 1864, autor de la 
Historia de la literatura española en el siglo XIX, varias veces- 
citada antes, (3 vols. Madrid, 1891-1894) falleció prematura- 
mente, hallándose en el Perú, en Diciembre de 1903. 



276 EL ROMANTICISMO EN ESPAÑA 

parece haber sido tan malo y libidinoso como el autor 
nos lo presenta. Es una pieza de gran movimiento, 
construida por quien conocía bien los recursos del 
arte escénico. Aun sin los arranques de entusiasmo 
revolucionario que la subieron mucho más alto del 
lugar que le correspondía, hubiera sido siempre apre- 
ciada y aplaudida como alarde sincero de infamar y 
poner en la picota una faz odiosa del más inhumano 
fanatismo, en medio de un cuadro histórico y román- 
tico hábilmente concebido. No es el haber desfigurado 
un personaje real ni la violencia exagerada de la 
acción lo que ha hecho envejecer y caer la obra en 
el olvido, sino la inseguridad del estilo, la mediocri- 
dad de la versificación. 

No era Gil y Zarate precisamente un joven citando, 
á fines de 1837, hizo representar ese drama, pues 
pasaba de los cuarenta años; pero fué el momento 
en que lo dio á luz uno de esos períodos esencial- 
mente juveniles, es decir, osados, tumultuosos, en 
que la política y la literatura en fecunda fermenta- 
ción tienden á crecer, precipitarse y arrollar barreras 
que pretenden débilmente sujetarlas. Las masas po- 
pulares luchaban por derribar la oligarquía que desde 
la muerte de Fernando había casi continuamente go- 
bernado en nombre de su hija, y el romanticismo, 
triunfante en el teatro, rompía las últimas trabas y 
juzgaba lícitos todos los excesos. Carlos II el Hechi- 
zado obedecía á esas condiciones y lo aclamaron espec- 
tadores que buscaban sensaciones fuertes y daban 
escasa importancia á delicadezas de forma artística. 



ANTONIO GIL Y ZARATE 277 

No es de extrañar, por consiguiente, que más ade- 
lante el grave, sesudo director de Instrucción pública, 
alarmado él mismo por el efecto persistente de su 
drama, deplorase haberlo escrito. Así parece que su- 
cedió (1) ; pero la supuesta retractación in articulo 
mortis, que anunció después la prensa de propa- 
ganda religiosa en 1861, fué prontamente desmentida 
por los familiares del difunto poeta (2). 

Guzmán el Bueno es mejor obra de arte, menos 
melodramática y también más cuidadosamente es- 
crita. La hazaña popularmente famosa del padre que 
echa por el muro la cuchilla antes que rendir la 
plaza por salvar la vida de su hijo, ha sido, esta vez 
solamente, puesta en escena de manera aceptable, 
y el público la acogió con satisfacción, no olvidando 
volverla á aplaudir cada vez que el patriotismo busca 
pábulo en el teatro. Gil y Zarate solicitó deliberada- 
mente el fácil triunfo prodigando versos como éstos : 

¿ Españoles no sois? pues sois valientes. 
A fuer de castellanos sois leales... 

Para el género cómico tuvo quizás más felices dis- 
posiciones, pero la fortuna de Bretón lo arrolló y 
empujó por otro rumbo. 

(1) Según el marqués de Valmar {Autores dramáticos con- 
temporáneos, Madrid, 1882, vol. II, pág. 224) pidió, siendo 
subsecretario de la Gobernación, á su jefe don G. Nocedal, que 
prohibiese en todo el reino la representación de la malhadada 
obra, pero el ministro no accedió á ello. , 

(2) Así lo reconoce el P. Blanco García en su libro, im- 
parcialidad que es doblemente de aplaudir en este caso. 

16 ■ 



278 EL ROMANTICISMO EN ESPAÑA 

Militó también en el partido moderado, como Ri- 
vas, Martínez de la Rosa, Rretón, Vega, Larra mismo 
al fin de su corta vida ; y subió ó bajó del poder según 
las oscilaciones de la política. El triunfo de O'Donnell 
en 1858 lo dejó cesante : « Demasiado altivo », dice 
la autobiografía, "citada por el marqués de Val mar, 
« para hacer súplicas y gestiones que me habrían 
rebajado... no he querido volver á tomar parte ni en 
la política ni en la literatura ». Murió en 1861. 



III 



Enrique Gil y Carrasco 



Enrique Gil es el más tierno, el más sinceramente 
afligido y melancólico de los poetas españoles de un 
período en que la tristeza, ó real, ó fingida, fué 
rasgo común entre los cultivadores de la poesía 
seria. Su vida toda empezó y acabó en acuerdo per- 
fecto con el tono plañidero de sus versos; tocóle en 
suerte una existencia de penas y privaciones ; nació 
pobre, vivió pobre, y desde temprano, al llegar á 
edad de hombre, se sintió desfallecer, presa de una 
tisis pulmonar, hasta morir á los treinta y un años, 
lejos de la patria y la familia, y ser enterrado en el 
cementerio católico de Berlín, donde un amigo com- 
pasivo le erigió modesto túmulo, circundado de plan- 
tas y de flores, como él lo había deseado. Esas flores 
y esas plantas, pronto marchitadas y consumidas 
por el clima septentrional, fueron, al menos dos 
veces, renovadas por poetas hermanos, que expre- 
samente visitaron el camposanto con ese objeto : uno 



280 EL ROMANTICISMO EN ESPAÑA 

de ellos, Eulogio Florentino Sanz, al mismo tiempo 
que buscaba entre las inscripciones alemanas ese 
único epitafio en lengua castellana, recordaba y 
recitaba en voz baja los versos de Gil Á la violeta : 

Quizá al pasar la Virgen de los valles, 
Enamorada y rica en juventud, 
Por las umbrosas y desiertas calles 
Do yacerá escondido mi ataúd, 

Irá á cortar la humilde violeta 

Y la pondrá en mi seno con dolor 

Y llorando dirá : « pobre poeta! 
Ya está callada el arpa del amor ! » 

Nació en el año de 1815 en un pueblo de la pro- 
vincia de León, junto á los confines de Galicia; edu- 
cóse primero en Astorga, « la sombría ciudad de 
Astorga », como dice su hermano y biógrafo (1), 
luego corto tiempo en Valladolid y terminó sus 
estudios en Madrid. Obtuvo aquí desde el principio 
la amistad de Espronceda, y bajo su ala empezó á 
publicar poesías en los periódicos, logrando con una 
de las primeras, Una Gota de rocío, inserta en El 
Español á fines de 1837, llamar la atención y ganar 
el aplauso de los aficionados á las letras. En ésta, 
como en casi todas las suyas, es muy ingenioso y 
variado el metro, llegando á menudo á efectos deli- 
cadísimos de ritmo y armonía. Empieza así : 

Gota de humilde rocío 
Delicada, 

(i) Obras de Enrique Gil, Poesías Líricas. Madrid, s. a 
(1873), 1 vol. (Medina y Navarro, editores). 



ENRIQUE GIL Y CARRASCO 281 

Sobre las abitas del río 

Columpiada; 
La brisa de la mañana 

Blandamente, 
Como lágrima temprana 

Transparente, 
Mece tu bello arrebol 

Vaporoso 
Entre los rayos del sol 

Cariñoso. 
¿Eres, di, rico diamante 

De Golconda, 
Que, en cabellera flotante, 

Dulce y blonda, 
Trajo una sílfide indiana, 

Por la noche, 
Y colgó en hoja liviana 

Como un broche ? 

El ejemplo de Espronceda contribuyó directa y 
favorablemente á formar su dicción y, á pesar de la 
gran diferencia de temperamento artístico, no está 
siempre muy lejos de ciertas poesías de su modelo 
como la Serenata, las canciones del Sancho Saldaña 
y aun de la titulada A Una Estrella, que es de las 
buenas de Espronceda, aunque no de las de primer 
orden. 

No debe olvidarse que las poesías de Gil se reunie- 
ron y publicaron en volumen más de un cuarto de 
siglo después de su fallecimiento, sin que él nunca 
las hubiese retocado ó revisado. Tales como están 
superan infinitamente á las de otros poetas que, como 
Selgas, gozaron de mucho mayor reputación, culti- 
vando el mismo género exactamente. Ni como pintor 
de la naturaleza ni como suave cantor de sentimientos 

16. 



282 EL ROMANTICISMO EN ESPAÑA 

íntimos ó de impresiones tristes, puede pretender el 
autor de La Primavera y El Estío haber llegado á la 
misma altura que Enrique Gil. El lenguaje de Selgas 
es más correcto, su estilo por lo general de más sos- 
tenida elegancia, pero tiene siempre mucho menos 
que decir y nunca alcanza el grado de intensidad de 
sentimiento de su infortunado predecesor. 

Mantúvose Gil modestamente dentro del género 
apacible á que se creía llamado, raras veces aspiró 
á vuelo lírico más encumbrado, salvo una vez, con 
motivo de la muerte de Espronceda, que le inspiró 
una dolorosa elegía, en la que quiso dar á la nota 
desolada y característica de su voz más fuerza y volu- 
men de lo que solía obtener. Compara al gran poeta 
á un águila que « hasta el sol subía « á beber los 
torrentes de su luz; y dando á su llanto acento per- 
sonal, exclama : 

¡Y yo te canto, pájaro perdido, 
Yo, á quien tu amor en sus potentes alas 
Sacó de las tinieblas del desierto, 
Que ornar quisiste con tus ricas galas, 
Que gozó alegre en tu encumbrado nido 
De tus cantos divinos el concierto 1 

Una vez reunidos los versos que dejó Gil desper- 
digados por los periódicos, no es posible que vuelva 
á caer en injusto olvido el autor de tan delicadas y 
conceptuosas poesías. 

No vale menos como prosista. Su novela El Señor 
deBembibre es, después del Doneel de Larra, la mejor 
del período romántico. Compréndese, sin embargo, 



ENRIQUE GIL Y CARRASCO 283 

que debió perjudicarle desde el primer momento el 
recuerdo de la Novia de Lammermoor. El señor de 
Bembibre trae á la memoria, hasta en el nombre y el 
modo frecuente de emplear el título, al señor de Ra- 
vensiuood, the Master of Ravenswood, como también 
Scott llama siempre á su protagonista. Las grandes 
líneas del argumento son parecidas, y la situación, 
la crisis de la acción, idéntica. No es justo ni exacto 
decir que ha hecho Gil una imitación directa ó indi- 
recta; nada tiene de inverosímil pensar que el plan 
tomó forma en la mente del autor sin el propósito de 
rivalizar con el novelista escocés, sin darse cuenta 
de que en realidad traía á España y ligaba con suce- 
sos de su historia algo en el fondo y en la forma 
semejante á la hermosa y dramática composición de 
Scott, la cual sin duda conocía, porque era popular 
en castellano y porque en 1844, cuando publicó Gil 
su obra, estaba aún más popularizado el argumento 
en virtud de la ópera deDonizetti, uno de los grandes 
triunfos de la música italiana, puesta en escena en 
Madrid constantemente. 

Nada empero sufriría en definitiva por causa de 
esa semejanza El Señor de Bembibre, si no fuese 
insuficiente y débil precisamente en todo aquello que 
distingue é inmortaliza á la novela escocesa. Las 
cualidades que añaden quilates á los versos de Gil, 
la ternura conceptuosa, la melancolía sostenida, la 
melodía triste continuada, lentamente repetida, en 
este otro caso no agregan, sino quitan fuerza é inte- 
rés al cuadro dramático de su novela, que langui- 



284 EL ROMANTICISMO EN ESPAÑA 

dece en los momentos mismos en que la acción impe- 
riosamente pide, necesita mayor vigor, Doña Beatriz 
de Ossorio cede, falta á la palabra empeñada al 
amante ausente y al plazo en que se ha comprome- 
tido á aguardarlo, sin los motivos abrumantes que 
hacen sucumbir á la pobre y desvalida Lucía, víc- 
tima de su inflexible y dominante madre. Cuando 
vuelve su prometido, Don Alvaro Yáñez, y se encuen- 
tran, por accidente, al aire libre, todos los actores 
de la tragedia, falta á la escena la concentrada ener- 
gía que imprime tan grande y conmovedor efecto á 
la aparición de Ravenswood en el acto de firmarse el 
contrato nupcial de Lucía. De ahí en adelante corre 
la novela inglesa, tremenda, fatal, como una tra- 
gedia de Esquilo, á su inevitable desenlace, mientras 
que en la obra de Gil mengua cada vez el interés y 
termina laboriosamente, sin nada que equivalga al 
cuadro desgarrador de los funerales de Lucía, á la 
salida de Edgardo de su mansión y la muerte en la 
temblante arena de la costa. 

En cambio Gil, que con sus ojos velados por las 
lágrimas veía y tan poéticamente sabía reproducir el 
paisaje melancólico de las tardes de otoño y de in- 
vierno en su tierra natal, á las orillas del Sil, á la 
sombra lejana de las montañas de Galicia, engasta á 
menudo en medio de su narración, con frases suaves 
como caricias, delicadas como pinceladas de minia- 
turista, paisajes naturales exquisitos. No sabía Scott 
componer prosa como la de este trozo de Gil, que 
tomo, entre muchos, como ejemplo : 



ENRIQUE GIL Y CARRASCO 285 

« Las primeras lluvias de la estación, que ya ha- 
bían caído, amontonaban en el horizonte celajes 
espesos y pesados, que adelgazados á veces por el 
viento y esparcidos por entre las grietas de los pe- 
ñascos y por la cresta de las montañas, figuraban 
otros tantos cendales y plumas abandonadas por los 
genios del aire en medio de su rápida carrera. Los 
ríos iban ya un poco turbios é hinchados, los paja- 
rillos volaban de un árbol á otro sin soltar sus trinos 
armoniosos, y las ovejas corrían por las laderas y 
por los prados, recién despojados de su yerba, ba- 
lando ronca y tristemente. La naturaleza entera pare- 
cía despedirse del tiempo alegre y prepararse para 
los largos y obscuros lutos del invierno. » 

Hanse reunido también artículos literarios de Gil 
muy juiciosos, llenos de excelentes observaciones, 
que pueden todavía leerse con placer y con provecho. 
Sobre la Doña Mencía deHartzenbuseh, la traducción 
de Macbeth por García de Villalta, las poesías de 
Espronceda anteriores al Diablo Mundo y otras obras 
notables de la época, nos ha dejado estudios sagaces : 
buena crítica de poeta que penetra las intenciones y 
sabe reconocer lo realmente inspirado (1). 

De Barcelona salió en Mayo de 1844 con direc- 
ción á Marsella, y de ahí á recorrer los diferentes 
Estados de la Confederación Germánica, con objeto 

(1) Encuéntranse todos, junto con la novela y otros trabajos, 
coleccionados bajo el título de Obras en Prosa, % vols. 8 mayor, 
Madrid, 1885. Buena y elegante edición, muy superior á la de 
las Poesías. 



286 EL ROMANTICISMO EN ESPAÑA 

de informar detenidamente al ministerio de Estado 
acerca de las mutuas relaciones políticas de esos 
países confederados y sobre su situación social, in- 
dustrial é intelectual. Contaba para vivir solamente 
con su trabajo, y la misión, que tenía carácter diplo- 
mático, estaba muy de acuerdo con sus gustos, á 
más de satisfacer su vivo deseo de estudiar profun- 
damente la literatura alemana ; pero iba ya muy ade- 
lantada la cruel enfermedad en su pecho, el clima 
frío debía exacerbarla y al fin llevarlo al sepulcro, 
menos de dos años después de salir de España, en 
Febrero de 1846. 



IV 



Gabriel García y Tassara 



Ante la posteridad aparece Tassara como poeta 
lírico únicamente. En prosa escribió mucho, pero 
sólo artículos en periódicos políticos, sobre temas 
de política militante, de los que generalmente no se 
coleccionan después, y que debieron ser un poco 
obscuros y demasiado llenos de pretensiones dogmá- 
ticas, á juzgar por la única prosa suya que conozco : 
el prólogo á la edición de sus versos hecha en Ma- 
drid en el año de 1872. Su poesía misma corrió 
riesgo de quedar inédita, ó por lo menos, como la 
de Gil y Carrasco, de no ser exhumada de los perió- 
dicos en que por primera vez apareció, hasta después 
de la muerte del autor. Verdad es que en tierra his- 
pano-americana, en Bogotá, se recogió alguna parte 
de ella, sin intervención, ni anuencia, ni conoci- 
miento del poeta, sin recibir por tanto la última 
mano, y que el folleto que la contiene circuló bas- 
tante por esas tierras, hasta llegar un día á los ojos 



288 EL ROMANTICISMO EN ESPAÑA 

de Tassara mismo, quien al recibirlo es fama que 
exclamó : « En Sudamérica me tienen por poeta, 
mientras en España nadie lo sabe ! » (1). 

Eso dijo el eminente vate, en Washington, siendo 
Ministro de España en los Estados Unidos. Afortu- 
nadamente para las letras llegó un momento en que 
se retiró, mejor dicho, en que dejó de tomar parte 
activa en política y en diplomacia, y dióse así pro- 
porción y vagar para reunir, limar y publicar sus 
obras poéticas. 

No hay de él, valga la frase > historia personal que 
relatar aquí. Nació en Sevilla en 1817 y murió en 
1875: lo demás de su vida y el desenvolvimiento 
de sus ideas, que en esencia siempre fueron las 
mismas, se halla en sus versos, en los cuales, como 
en su prosa de periódico, se mostró combatiente 
enérgico, batallador. Tres grandes acaecimientos de 
su época le fueron profundamente antipáticos é hi- 
cieron fuertemente bullir su indignada inspiración : 
la revolución francesa de 1848 con todas sus con- 
secuencias europeas hasta el golpe de Estado de Luis 
Napoleón ; la española de 1868, y la guerra franco- 
alemana 'de 1870. La impresión que cada uno de 
esos tres sucesos transcendentales produjo en su es- 
píritu, registrada está en el tomo de sus versos y 
sirvió de estímulo poderoso para impulsar su genio 
hasta mayor altura. 

(1) El Mundo Nuevo. Nueva York, Tomo I, pág. 23. Ar- 
tículo escrito por Rafael Pombo en el número de 2o de Junio 
de 1871. 



GABRIEL GARCÍA Y TASSARA 289 

Fué gran poeta lírico, único quizás entre los mo- 
dernos españoles (fuera de Núñez de Arce en los 
Gritos del combate, y éste en grado y con estro 
algo menor) que supo hacer sátiras políticas con 
arranque lírico, á lo Víctor Hugo, ó mejor dicho, á lo 
Augusto Barbier. Esa era la tendencia natural de su 
talento. Así empezó y así acabó. Desde el año de 1839, 
cuando la guerra encendida en Oriente por la ambi- 
ción y la audacia soberbia de Mehemet Alí, el « ex- 
celso Bajá », como él lo llama, amenazaba arrastrar 
también á las potencias de Europa, compuso vigo- 
roso canto, de que publicó espléndidos fragmentos, 
en que exalta al caudillo egipcio, y se indigna de que 
lo califiquen de rebelde, de que la Europa se ligue 
contra él : 

Esta Europa sin fe, que al recostarse 
En la tumba de cien generaciones, 
Quisiera inocular en las naciones 
El germen de su propia destrucción... 



El ruso y el inglés, los dos colosos 
Que aprietan á la Europa entre sus brazos, 
La Francia tricolor que hace pedazos 
Cuanto la empresa de los siglos fué, 
En pos caminan al fatal despojo... 

Ese modo de presentar la historia, la del pasado 
y la contemporánea, en busca de motivos para indig- 
narse y para desesperar, se agravó en él durante 
los años de 1848 á 1852. Las agitaciones en Francia 
y en Europa sacudieron y revolvieron hasta el fondo 
todos sus instintos de « conservador » — nombre 

17 



290 EL ROMANTICISMO EN ESPAÑA 

que él mismo se atribuye en el prólogo citado antes 
— y desahoga luego, en unas epístolas célebres en 
verso, una « especie de poema », como lo llama, co- 
piosa y magníficamente, en torrente de lirismo, de 
humorismo y de elocuencia, la indignación y el miedo 
y la lástima y la cólera que le inspira la revolución. 
Como otro Dante, un « mísero Dante », que así mo- 
destamente se apellida, se juzga llamado á cantar á 
Europa « la Divina Comedia de su muerte » y á 
gritar en nombre de Dios 

á los pueblos que su brazo alcanza : 
Lasciate ogni speranza, ogni speranza! 

La inscripción en la puerta del infierno, la obra 
entera del bardo italiano, es la fuente en que va á 
amamantar y nutrir su irremediable pesimismo. 
Forman también parte de ese mismo poema, que 
intituló primero Luzbel, luego Un diablo más, unos 
tercetos robustos á Dante ; he aquí una muestra : 

Tu infierno es este mundo ¡ oh padre Dante ! 
Encima del dintel de nuestra vida 
La tremenda inscripción ya está delante. 

El mal hizo en la tierra su guarida ; 
ETbien no es más que idealidad suprema 
Entre obscuros crepúsculos perdida. 

Víctima de un recóndito anatema, 
Huérfana, de su Dios abandonada, 
Gomo las sombras de tu gran poema, 

La humanidad ¡ oh Dante ! desespera, 
Dobla la sien en la doliente mano, 
Y abandona el timón á la onda fiera. 

No inquiere ya el arcano. No hay arcano. 
No pide ya venganza. No hay venganza. 



GABRIEL GARCÍA Y TASSARA 291 

No hay más que el himno del dolor humano 
Y el sempiterno adiós á la esperanza. 

La caída de Isabel II en 1868 aumentó sus tris- 
tezas. Intentó volver á la vida pública, fué candi- 
dato á la diputación, quedó (para usar sus propios 
términos) « desahuciado en Sanlúcar y en Carmona, 
muerto electoralmente », y sus negros presentimien- 
tos encrudecieron : 

¡ Ah ! La patria otra vez, la patria cara 
Que, á la merced del popular sufragio, 
A optar hoy se prepara, 
Como entre el rudo escollo y el naufragio, 
Entre la dictadura y la anarquía... 

La guerra de Francia y Alemania le pareció te- 
rrible confirmación de todos sus presagios : 

¿Ni qué añadir podría 
Si cumplida ya está la profecía ? 
¿ Si vino Atila, si murió la Francia, 
Si tras la Francia morirá la Europa... 

Ese Atila, ese nuevo Atila, lo había ya previsto y 
anunciado en 1851 : 

Cuya guedeja hirsuta, 
Cuya férrea armadura mal enjuta, 
Aun la sangre magnánima destila 
Del romano universo debelado. 

Pero leídas hoy, á tantos años de distancia, esas 
feroces invectivas y esas fúnebres profecías pierden 
bastante de su misma fuerza de expresión. La Eu- 



292 EL ROMANTICISMO EN ESPAÑA 

ropa, tantas veces dada por muerta, sigue su mar- 
cha sinuosa de siempre, pasando la supremacía de 
una nación á otra conforme á los azares de las gue- 
rras, transformándose y renovándose, como en tantos 
otros casos de su larga historia. Sin embargo, con- 
densadas en versos tan bien fabricados conservan 
aún la grandiosa entonación y el vibrante lenguaje. 
Tampoco España ha caído en la dictadura ni en la 
anarquía profetizadas. Son declamaciones, sálvanlas 
solamente el estilo poético y el don de artista que 
domina su instrumento y le arranca amplias y llenas 
armonías. 

Á cada paso ofrece Tassara frases nuevas, pensa- 
mientos originales, imágenes vividas que se quedan 
en la memoria, toques de color que iluminan y abri- 
llantan su vigoroso estilo. En los cuartetos á Mira- 
beau, sólidos, compactos como hierro martillado, 
comienza llamándolo : 

A un tiempo Cicerón y Catilina, 

y después de preguntarse : 

Mirabeau ! Napoleón ! Oh ! ciiíál nicas grande ? 

responde que en los dos altos frontispicios « del des- 
mantelado monumento » legado por la Revolución, 
« cuya soberbia armazón yace desnuda », 

Sus linderos guardando de consuno 

Gomo dos centinelas inmortales, 

Os alzáis en robustos pedestales 

El grande Emperador y el gran Tribuno. 



GABRIEL GARCÍA Y TASSARA 293 

De Quintana, su maestro, su modelo, dice que 
removía en las Odas patrióticas 

con versos como espadas 

de España las entrañas ulceradas. 

En estos últimos dos versos la vocal repetida pro- 
duce un efecto de armonía particular, buscado, so- 
noro como el unísono de violines de la Africana. 
Hay en la dicción de Tassara muchos rasgos felices 
del mismo género. 

Otras veces abusa, es verdad, de la aliteración ; 
también, y sobre todo, de la costumbre de repetir 
una misma palabra, y resulta monótono su estilo 
con frecuencia. No se encuentra quizás una sola 
entre sus poesías que no lleve, como marca de fá- 
brica, alguna palabra puesta así dos veces en un 
mismo verso. Con toda su grandilocuencia son sus 
versos frecuentemente rudos, ásperos, pedregosos ; 
la Avellaneda le gana en lisura, en lustré igual de 
la forma; con rareza logra sostener largo tiempo la 
perfección técnica de la versificación de Quintana. 
Espronceda en todos sus buenos momentos se eleva 
fácilmente á mayor altura. 

La parte mayor de sus composiciones fué escrita 
entre 1839 y 1842, pero en 1851, como excitado 
por los latigazos de la convulsión política que desde 
1848 tenían su ánimo en constante fermentación, 
produjo lo mejor acaso de cuanto salió de su pluma: 
el poema humorístico ya citado, con la parte iné- 
dita que sólo vio la luz en 1872, y los trozos antes 



294 EL ROMANTICISMO EN ESPAÑA 

publicados, El Nuevo Aula, A Dante. Además tres 
poesías admirables, que por sí solas justifican su 
reputación : los Recuerdos de la juventud, dedicados 
á su antiguo compañero S. Bermúdez de Castro, y 
las odas á Quintana y á Mirabeau. Vuelven esos Re- 
cuerdos embalsamados por una melancolía, una 
emoción íntima, en él no muy frecuente, que ni 
aun en los aplaudidos versos Á Laura llega á ser 
tan honda, tan comunicativa. Pocas veces describió 
objetos con tan sobria poesía y tanta exactitud : • 

Volemos, ay ! volemos 
A aquellos campos de la edad primera : 
Naturaleza nos dará un abrazo : 
¿Quién sabe, Salvador, si aún no hallaremos, 
Flor de aquella celeste primavera, 
Palpitante de amor algún regazo? 

Mira el feliz ribazo, 
Los bellos sauces, la enramada umbría, 
La barca leve, las serenas olas. 
¿Qué falta allí de cuanto fuera un día 
Sino ellas dos con nuestro amor á solas ? 

Sombra, silencio, calma, 
La blanca luna, Aznalfarache al lejos 
Y el aura que recorre las colinas. 
Amor, misterio, inspiración... 

El que cantó en este tono, al mismo tiempo que, 
asustado por las afectaciones socialistas de Luis Napo- 
león, hacía exclamar al hombre del Dos de Diciembre, 

De pie sobre el cadáver de las leyes : 

e Yo soy Proudhon, Emperador de Francia », 

es figura demasiado original é interesante del período 
romántico, para que lleguen nunca sus versos y 
su nombre á caer en el olvido. 



Tomás Rodríguez Rubí 



Entre cuantos escribieron comedias y dramas en 
la primera mitad del siglo xix, y bien pudiera 
agregarse, en el siglo entero, fué Rubí « el más 
aplaudido de todos » : así lo dijo autoridad tan bien 
informada como Hartzenbusch (1). Adviértelo simple- 
mente, sin comentarios, aunque sintiendo bien, 
como es de suponer, la ironía del caso, pues Rubí, 
literariamente juzgado, es de los más endebles de 
todos los que dieron piezas aplaudidas al teatro du- 
rante ese período. Diríase que el público en nuestro 
tiempo es menos exigente que en el de Lope de Vega 
y que se le da satisfacción, plena satisfacción, con 
algo indigno de ponerse en parangón con lo que 
para « darle gusto » producía y calificaba de « ne- 
cio », en el siglo xvn, el gran dramaturgo. Tal vez 
baste para explicarlo recordar que en el xix han su- 

(1) Obras de... Bretón de los Herreros. Madrid, 1883. 
Tomo I, pág. lvi. 



296 EL ROMANTICISMO EN ESPAÑA 

bido y se mantienen en la superficie capas antes 
más profundas de la sociedad, que los teatros son 
más numerosos y que está más extendida la afición 
y la costumbre de frecuentarlos. Sea de ello lo que 
fuere, hay que respetar ahora la voz del pueblo y 
colocar á Rodríguez Rubí entre los dioses menores 
del romanticismo español. 

No vale negarlo ni deplorarlo, el hecho es cierto : 
la Rueda de la Fortuna, Borrascas del Corazón, 
Isabel la Católica, composiciones dramáticas que 
nos parecen y se tienen hoy como medianas, ó me- 
nos que medianas, obtuvieron desde su aparición 
éxito más ruidoso y, para el agraciado, más prove- 
choso, que el que Rretón ó Vega, Gil y Zarate ó 
Hartzenbusch nunca alcanzaron. Fué un triunfo com- 
pleto; creó Rubí, por así decirlo, el público que nece- 
sitaba^ tan completamente lo pervirtió que, al venir 
tras él otro poeta dramático, Francisco Camprodón, 
que reunía en cierto modo sus mismos méritos y 
defectos, pero éstos en escala mayor y aquéllos mucho 
menores, logró en seguida, por medio de un drama 
íntimo á la manera de Borrascas del Corazón ó de 
la Trenza de sus Cabellos, éxito aún más grande, 
siendo representado infinito número de veces en Eu- 
ropa y en América, aplaudido y llevado hasta las 
nubes en todas partes. Ignoro si alguien ha contado 
las ediciones que de Flor de un día, que es el drama 
de Camprodón á que ahora aludo, se hicieron en 
ambos continentes; pero consta que fueron muchas. 

Personalmente, como hombre público y como 



TOMÁS RODRÍGUEZ RUBÍ 297 

particular, no tuvo Rubí más que amigos, y pon- 
deraban todos á una sus prendas de cumplido caba- 
llero; así logró fácilmente en política y en literatura 
cuanto pudo desear, habiendo durado breve término 
su noviciado. Nació en Málaga el año de 1817, fué 
á establecerse en Madrid desde muy joven y debió á 
su origen andaluz el comienzo de su reputación, por 
medio de poesías jocosas, en dialecto andaluz, si se 
permite la palabra; muy estimadas por la exactitud 
y gracia con que reproducían el modo de hablar y 
pronunciar de Andalucía. Militó siempre en el par- 
tido moderado, el de casi todos los literatos espa- 
ñoles más salientes de la época, desde Larra y Martí- 
nez de la Rosa hasta Tassara y Campoamor, partido 
que este último llamaba « oligarquía de la inte- 
ligencia », y á que se había afiliado por « delicadeza 
de estómago ». De puesto en puesto administrativo 
llegó, antes de la caída de la Reina, á ser Ministro 
de Ultramar, cartera reservada en el Consejo gene- 
ralmente para los neófitos y especialmente para los 
poetas, pues también la obtuvieron después de él 
López de Ayala y Núñez de Arce. Más adelante, res- 
taurada la dinastía, acaecimiento en cuyo favor hizo 
cuanto pudo asociado al Conde de Valmaseda, fué 
enviado á la Habana con título de Comisario Regio 
y encargo de sacar del abismo en que se encontraba 
la hacienda pública de la isla de Cuba, en plena 
insurrección : misión extraña para confiada á un 
poeta dramático. Nada logró allí y renunció correc- 
tamente el empleo apenas perdieron el poder sus 

17. 



298 EL ROMANTICISMO EN ESPAÑA 

amigos en Madrid, lo que no tardó en suceder. Mu- 
rió, ya de antemano apartado de la vida pública, 
en 1890. 

Entró la voluntad como elemento primordial en la 
formación del talento poético ele Rubí, lo mismo que 
en el de Gil y Zarate. Á costa de larga aplicación, á 
fuerza de vencer dificultades, logró dominar el arte 
de la versificación y adquirir un cierto grado de 
superficial facilidad. Nunca empero llegó á escribir 
notablemente y sus páginas mejores están siempre 
salpicadas de huecos, agujeros mal rellenados y des- 
igualdades. En el drama Borrascas del Corazón, 
obra « la más querida (dice la dedicatoria) de cuan- 
tas se elaboraron por mi pobre ingenio », en una de 
las escenas capitales, entre el Marqués de los Vélez 
y la mujer en cuyo corazón pasan las borrascas, 
ambos protagonistas de la pieza, al pronunciar el 
Marqués un elogio del amor, comienza con redondi- 
llas de esta laya : 

... Amor es conjunto 
de lo bello y es también 
de las glorias del Edén 
el más cumplido trasunto. 



Es la fuente de venturas, 
y el amor en conclusión 
es la primera pasión 
de las pasiones más puras. 
Mas con prendas tan divinas. 
si le contemplamos bien, 
ese amor tiene también, 
como las rosas, espinas. 



TOMÁS RODRÍGUEZ RUBÍ 299 

En las comedias escribe poco más ó menos lo 
mismo; pero el tono familiar oculta, no impone 
tanto desde el primer instante los defectos esen- 
ciales : la vulgaridad de los pensamientos y la vague- 
dad de la expresión. Proporcionábale el género 
cómico además terreno libre donde explayar el ta- 
lento de observador y el don del chiste de que tan 
buenas muestras tenía desde temprano dadas en los 
cuentos andaluces. No podía competir ventajosa- 
mente con Bretón en el campo mismo en que éste, 
al comenzar Rubí, tenía ya ganado el triunfo tantas 
veces. Poco á poco fué descubriendo, explorando 
terreno diferente, á propósito, para fijarse en él sin 
miedo de rival poderoso ya establecido : el terreno 
de la llamada « alta comedia », que parte, bien de 
una base histórica ó seudohistórica, como en La 
Rueda de la Fortuna, Bandera Negra (que intituló 
innecesariamente drama), Dos Validos y otras; bien 
de una situación política, con intenciones franca- 
mente satíricas, para poner en ridículo escenas de la 
vida contemporánea, sin escrúpulo de llevarlas hasta 
la exageración, hasta la caricatura, como en El Gran 
Filón, último de sus triunfos, aunque ya muy ate- 
nuado, á pesar de que es para muchos su mejor 
comedia. Entre esos dos extremos se mantuvo, pro- 
veedor de las compañías teatrales durante treinta y 
tantos años, con fecundidad menor sin duda que la 
de Scribe, pero casi siempre solo, sin colaboradores, 
casi siempre también prefiriendo el verso á la prosa ; 
y sus versos, por pedestres que fueran, no lo eran 



300 EL ROMANTICISMO EN ESPAÑA 

mucho más que los versos y la prosa del autor del 
Vaso de Agua, Bertrand y Ratón ó los libretos de las 
óperas de Meyerbeer. 

Circunstancias accidentales contribuyeron fuerte- 
mente á acrecer su fortuna. Cuando escribía sus me- 
jores piezas, en la quinta década del siglo, la estre- 
lla de Bretón de los .Herreros, del gran hablista, 
empezaba á palidecer, el público á mostrársele más 
y más indiferente. Era también el momento de mayor 
auge de las comedias y vaudevilles de Scribe, tradu- 
cidos y constantemente representados en los teatros 
de Madrid, y el público, más amigo de versos que 
de prosa, como todo auditorio español, acogió con 
particular satisfacción las obras de ese Scribe nacio- 
nal que, en sus reducidas proporciones, contaba la 
ventaja de escribir en lengua musical que hechizaba 
los oídos. Tuvo, por último, la fortuna de encontrar 
para sus dramas en Matilde Diez una actriz excep- 
cional y actor tan notable como Julián Romea para 
sus comedias. Sin la Diez es muy probable que ni 
Borrascas del Corazón ni Isabel la Católica hubie- 
ran parecido tan buenas como en su estreno las 
creyeron, y es seguro que no habría escrito La 
Trenza de sus Cabellos y otros dramas, cortados 
precisamente á la medida de las facultades de esa 
actriz. 

He ahí por qué cultivó con aplauso y triunfó igual- 
mente en géneros tan diversos entre sí. Pero no debe 
tampoco olvidarse que, á falta de dotes artísticas 
superiores, reunía otras dos de valor inapreciable : 



TOMÁS RODRÍGUEZ RUBÍ 301 

sinceridad y convicción. Aspiraba á lo mejor que á 
su alcance estuvo y creía realmente contribuir á me- 
jorar y corregirlas costumbres por medio del teatro. 
Todo ello bien se ve en el discurso que leyó al tomar 
asiento en la Academia Española el 17 de Junio 
de 1860. 



VI 



Eulogio Florentino Sanz 



E. F. Sanz, que por la fecha de su nacimiento, 
en Marzo de 1825, puede ser considerado como el 
último romántico, es célebre sobre todo como autor 
del notable drama en verso Don Francisco ele Que- 
vedo. Fuera de esa obra muy curiosa, escribió poe- 
sías líricas originales, otras traducidas del alemán, 
de Heine principalmente, pero no muy numerosas y 
que él mismo no se dignó reunir en colección ; ade- 
más otro drama, Achaques de la Vejez, inferior al 
Quevedo, pero que vale más que cualquiera de los de 
Rubí, aunque no esté su argumento muy sólida- 
mente construido ni sea muy grande el interés que 
despierta. Nada más produjo, á pesar de haber vi- 
vido hasta Abril de 1881, y de que sus dos obras 
dramáticas datan de 1848 y 1854 respectivamente. 
Dicen todos que juzgándose mal apreciado, injusta- 
mente tratado y olvidado, desdeñó continuar escri- 
biendo y pasó los últimos veinte años de su vida 



EULOGIO FLORENTINO SANZ 303 

profundamente agriado, disgustado de todo (1). No 
llegó á ser miembro de la Academia, porque no quiso 
rebajarse á solicitarlo, requisito que era entonces 
indispensable, y no perteneció pues á la corporación, 
como tampoco fueron de ella ni Larra ni Espronceda 
ni Tassara ni Enrique Gil ni otros. De todos modos 
Sanz, último de los románticos, que contribuyó con 
su Quevedo á la gloria de la escuela con algo muy 
suyo, diferente de lo que los otros habían hecho, se 
distingue también de todos por ese carácter original 
de orgullosa, enigmática independencia, que nos 
deja sin saber qué pensar : si calló por empobreci- 
miento precoz del numen, ó por ingénita amargura é 
inconsolable desesperanza. 

Don Francisco de Quevedo es un drama bastante 
original, que marcadamente se aparta de la fórmula 
romántica hasta entonces imperante, pero que no 
puede en verdad clasificarse todavía como realista. 
La inspiración es demasiado literaria. El famoso 
poeta contemporáneo de Felipe IV aparece en él, 
quizás por primera vez, de una manera que sin ale- 
jarse excesivamente de lo verosímil, sin hallarse en 
abierta contradicción con lo que de él sabemos y la 
impresión que nos producen sus escritos, lo con- 
vierte en personaje altamente poético, lleno de 
suprema distinción, sin los resabios de bufón que 



(1) Véanse los discursos leídos ante la Academia « en la 
recepción pública del Excmo. Sr. D. Antonio M. Fabié ». 
Madrid, 1891. 



304 EL ROMANTICISMO EN ESPAÑA 

tan desapiadadamente otros le atribuyen, incluso 
Bretón mismo en su ¿ Quién es ella ? 

El drama, representado por Romea, la Diez y la 
Lamadrid, obtuvo desde el primer día éxito grande, 
mas no puede decirse que llegara á hacerse real- 
mente popular ; está demasiado cuidadosamente 
escrito para ser enteramente del gusto del público, 
que tanto aplaudía entonces la versificación sin con- 
sistencia y sin precisión de los dramas de Rubí. Pero 
el vivo aprecio de los amigos verdaderos de las letras 
plenamente lo obtuvo y nunca lo ha de perder. El 
estilo poético de Sanz, laborioso por partes, robusto 
y firme siempre, sin hojarasca y sin música verbal 
privada de toda significación exacta, recuerda el de 
Hartzenbusch en sus buenos momentos, y nunca 
desciende al nivel de arte inferior en que se quedaron 
los sucesores de Rubí, como Camprodón, Eguilaz, el 
hijo de Larra, Olona y los libretistas de zarzuelas, 
tan amados y aplaudidos. Su muy rico vocabulario y 
el temple vigoroso de su frase le permiten crearse 
una forma especial, más sobria, concisa y expresiva 
de la que generalmente usaban los románticos ; pero 
el diálogo en general peca por exceso de artificio, por 
abuso del epigrama y la ironía. 

Unos versos de la admirable Canción moral, com- 
puesta porQuevedo pocos meses antes de su muerte, 
sirven de epígrafe á la obra : 

Yo soy aquel mortal que por su llanto 
Fué conocido, más que por su nombre 
Ni por su dulce canto, 



EULOGIO FLORENTINO SANZ 305 

versos muy oportunamente citados, pues el héroe de 

Sanz es un Quevedo melancólico y sombrío, cuyos 

chistes 

gotas son 
de la hiél del corazón 
que les escupe á la cara ; 

á quien sin cesar preocupa é irrita la falsa idea que 
de él ha de formarse la posteridad, temor que en otro 
lugar le hace exclamar « con risa sangrienta » : 

Sí, Quevedo, los hombres ¡ oh ventura ! 

allá en la edad futura, 

te honrarán... ¡con chacota y alborozo! 

Y al ver tu calavera, alegre risa 
llamarán á su gesto, y, por laureles, 
al son de un tamboril, después de misa, 
ceñirán á su frente blanca y lisa 
corona... de juglar... ¡con cascabeles! 

Ese subido color de luto, de tristeza y de sarcasmo 
es rasgo bien romántico, como lo es igualmente la 
pasión profunda, el amor sin esperanza, que doloro- 
samente siente por la Infanta Margarita, 

dama de la sangre real... 
por el Rey gobernadora 
del reino de Portugal, 

tan infinitamente encima de él por su posición so- 
cial y tan lejos por sus virtudes. 

No está por de contado la historia más escrupu- 
losamente respetada aquí de lo que era común entre 
los románticos desde los días primeros de Dumas y 
Víctor Hugo. Aun concediendo 'que hubiera en el 



306 EL ROMANTICISMO EN ESPAÑA 

Quevedo de la realidad algo de lo mucho que le atri- 
buye el artista, ciertamente no era Olivares tan malo 
ni tan desprovisto de inteligencia y de astucia como 
nos le presenta, ni cayó del poder tan ignominiosa- 
mente como en el drama. Sanz, como todos, no se 
escatima el derecho quidlíbet aadendi. Cuando dejó 
de ser ministro Olivares, estaba Quevedo, viejo y 
enfermo, muy lejos de Madrid, en León, encerrado 
en un convento de la orden de Santiago. La caída del 
valido le valió la libertad, pero tenía sesenta y tres 
años, y « como quien ha terminado su papel en el 
mundo, no hizo más que languidecer. Arruinada la 
salud, enconadas sus heridas por la humedad del 
calabozo y las privaciones, no obstante sobrevivió 
dos años » (1). 

La protección de Romea valió al autor « la hon- 
rosa deferencia », como al frente del drama lo reco- 
noce, de ver puesto tan pronto en escena su primer 
ensayo, que siji duda revela la experiencia limitada 
de un joven de veintitrés años. Los dos motivos ó 
resortes principales de la acción, la lucha entre Que- 
vedo y el Conde-Duque y el amor de la Infanta y de 
Quevedo, no están cabalmente enlazados y fundidos 
en el desarrollo de la pieza, marchan aparte y re- 
quieren al final desenlazarse en escenas diferentes. 
Pero después del coup de théátre, violento, inespe- 
rado, no ajustado á la verdad histórica en sus. de- 
talles esenciales, de la carta del Rey despidiendo á 

(1) Essai sur la vie el les ceuvres de Francisco de Quevedo, 
par Ernest Mérimée. París, 1886, page 121. 



EULOGIO FLORENTINO SANZ 307 

su favorito como á un criminal y amenazando en- 
viarle su verdugo, es grata, deliciosa compensación 
la escena tan poética, tan patética de los dos gene- 
rosos amantes platónicos, que se separan, se alejan 
para siempre; él para volver á su villa, ella para 
entrar en un convento : 

Queyedo. Y allí con honda querella 

diré á mi suerte cruel : 

¿por qué me separas de ella? 

Y vos... 
Margarita. Yo diré á mi estrella : 

¿por qué me separas de él? 
Quevedo. (Con amargura.) 

¡ Adiós ! 
Margarita. ¡Adiós! 

Ahí debiera el drama concluir, sin necesidad de 
hacer volver el cortejo de caballeros con el trío de 
inevitables cortesanos á la cabeza, que reaparece 
muchas veces en el curso de la obra, que dice siem- 
pre poco más ó menos las mismas cosas, y tampoco 
tiene algo importante que agregar en esta última 
ocasión. 

Como primer ensayo nada podía darse más rico de 
promesas, era comenzar con algo de grandes pro- 
porciones, cual hicieron García Gutiérrez y Hartzen- 
busch. Por desgracia, de ahí no pasó. No puede de- 
cirse que le faltara enteramente quien lo ayudase á 
levantarse, á subir, á prosperar, pues á raíz, del 
triunfo liberal de 1854 estuvo de Encargado de Ne- 
gocios de España en Berlín y pudo así, todavía 
joven, ensanchar sus horizontes y cultivar las letras 



308 EL ROMANTICISMO EN ESPAÑA 

en Alemania, como se vio en algunas muy felices 
traducciones en verso que allí ejecutó. Residía en 
Berlín en 1856 cuando escribió la epístola á Calvo 
Asensio en que describe la tumba abandonada de 
Enrique Gil, á que ya he aludido antes. Son dignos 
de recordarse los siguientes tercetos, en que des- 
aprueba los cementerios de España, como eran enton- 
ces, tristes, áridos, compuestos de muros y de nichos, 
tan diferentes de los jardines que en Alemania y 
otras partes adornan las mansiones de los muertos. 
Esta cita completa la anterior, y todas juntas dan 
quizás idea bastante aproximada del talento y estilo 
de este vate, malogrado por su propia culpa : 

Dentro de* nuestros muros funerales 
jamás brota una flor... Mal brotaría 
de ese alcázar de cal y mechinales , 

índice de la nada en simetría, 
que á la madre común roba los muertos 
para henchir su profana estantería... 

De tierra sobre tierra levantadas, 
más solemnes quizás por más sencillas, 
las del santo jardín tumbas aisladas, 

Con su césped de flores amarillas, 
se elevan... no muy altas... á la altura 
del que llore, al besarlas, de rodillas. 

Mas sola allí... sin flores... sin verdura 
bajo su cruz de hierro se levanta 
de un hispano cantarla sepultura... 

¡No tienes una flor! — ¿Ni á qué dolores 
una flor de tu césped respondiera 
con aromas y jugos y colores? 

Sólo al riego de lágrimas naciera... 
y de tu fosa en el terrón ajeno 
¿quién derramó una lágrima siquiera? 



XI 
DONOSO CORTÉS 



Ya dije antes que, después de Larra, el prosista 
más brillante y original de cuantos nacieron y escri- 
bieron durante el periodo romántico, es Juan Donoso 
Cortés, conocido también bajo el nombre de Marqués 
de Valdegamas. Paréceme indudable que, fuera de 
estos dos hábiles y elocuentes escritores, en ningún 
otro halló entonces la prosa española el valoré impor- 
tancia á que había llegado en las mejores épocas de 
su historia. Las composiciones líricas de Espronceda, 
de la Avellaneda, de Tassara y de Zorrilla, los dramas 
de Rivas, García Gutiérrez y Hartzenbusch, las come- 
dias de Bretón y Vega, valen á su manera tanto como 
las églogas de Garcilaso, las odas de Herrera ó las 
liras horacianas de Luis de León; casi tanto en con- 
junto como los dramas y comedias de Lope de Vega 
y sus continuadores. Pero la prosa narrativa del 
Conde de Toreno y Alcalá Galiano, del Marqués de 



310 EL ROMANTICISMO EN ESPAÑA 

Pidal y de Modesto Lafuente, la prosa filosófica de 
Balmes, la prosa arcaica de Estébanez Calderón ó 
semiarcaica de Ferrerdel Río, los cuentos y novelas 
de Fernán Caballero ó de Fernández y González, los 
artículos de costumbres, en fin, de Mesonero Roma- 
nos y otros, ni con mucho equivalen á las historias 
de Mariana, de Mendoza ó de Solís, á las medita- 
ciones de los místicos ó á la gracia mordaz y el rea- 
lismo de las novelas picarescas. 

Donoso Cortés añadió algo nuevo á la literatura 
romántica española, se* formó un estilo, de la fami- 
lia del de Larra, que sin dejar de ser español y ca- 
racterístico, recuerda vivamente la « manera » de 
Chateaubriand, de J. de Maistre, de Lamennais y de 
Lerminier por la brillante solidez ; estilo oratorio, 
florido, repleto de imágenes, principio de una 
escuela, que Emilio Castelar se encargó luego de po- 
pularizar, exagerar y por último perder entre la 
hojarasca de un lirismo excesivo. 

Nació Donoso en un lugar de Extremadura en 
1809, se educó en Salamanca y estudió con gran 
lucimiento jurisprudencia en Sevilla, pero sin que 
su precocidad y aplicación pudieran prácticamente 
servirle de mucho en ese camino, pues por falta de 
la edad entonces necesaria no logró el título de abo- 
gado hasta el año de 1833. Su gran talento de ora- 
dor, que también desde muy temprano comenzó á 
desplegarse, halló empleo desempeñando una cáte- 
dra de literatura en Cáceres, y á falta de otro campo 
dieron las letras espacio y estímulo á la gran activi- 



DONOSO CORTÉS 311 

dad de su espíritu, mientras aguardaba la hora en 
que por fin desaparecería con Fernando VII el apaga- 
dor sistema de gobierno que sofocaba, consumía 
inútilmente, todo el vigor de la juventud española. 

Compuso versos en que hay algo más que espon- 
táneo calor juvenil, como se ve en los dos princi- 
pales ejemplos que pueden citarse : la elegía con 
motivo de la muerte de la Duquesa de Frías y un 
ensayo épico, El Cerco de Zamora, escrito para un 
concurso abierto por la Academia. Este último es el 
único spécimen de poesía incluido en los cinco gran- 
des volúmenes de sus Obras, ordenadas y publicadas 
por Tejado, Madrid, 1854 ; aquélla se encuentra donde 
aparecía por primera vez, en la Corona Fúnebre en 
honor de la Duquesa, impresa en 1830. Hay en el 
ensayo de epopeya trozos descriptivos de algún va- 
lor. La elegía, muy inferior por supuesto á las tres 
inmortales de Gallego, de Quintana y de Martínez de 
la Rosa, es tal vez la mejor de todas las otras que 
contiene la Corona; á pesar de reminiscencias clási- 
cas y del tono artificial con que principia, pronto pa- 
rece surgir de ella en algunas de las estrofas un pri- 
mer esbozo del futuro orador vehemente y apasio- 
nado : 

Alto procer de Iberia... 

exclama al final, dirigiéndose al Duque de Frías, 
también poeta : 

La musa es el dolor, vate el que llora. 
Guando en torno á su frente laureada 



312 EL ROMANTICISMO EN ESPAÑA 

Nube espantosa pálida se mece, 

Y del rayo humeante acompañada 

El mortal que la mira se estremece, 

Alza la voz, y el sublimado acento 

Lleva sonando el viento 

Hasta el abismo obscuro : 

El abismo le escucha ensordecido : 

La destrucción le inspira : 

La destrucción también suene en tu lira! 



Apenas murió el monarca, entró resueltamente 
Donoso en la vida política para sostenerlos derechos 
de Isabel y la regencia de su madre. Era él entonces 
liberal, muy liberal, había pasado parte de su juven- 
tud al lado de Quintana aprendiendo á serlo, y había 
sacado del estudio déla historia el convencimiento de 
que sólo por medio de la libertad se podría regenerar 
España y destruir los efectos del régimen pasado. 
Comenzó inmediatamente á proclamarlo así, desde 
1834, en uno de sus primeros papeles impresos, de- 
fendiendo el derecho revolucionario, el derecho de 
las « revoluciones, dijo, que serían el mayor azote 
de los pueblos, si no las hubieran hecho necesarias 
los tiranos » ; llamando á la Santa Alianza « alianza de 
tigres, que enseñó cómo podía formarse una alianza 
de hermanos », y justificando la revolución española 
de 1820 con estas bellas frases : 

i< España desenterró el estandarte que había tremolado en 
Cádiz, que libre é independiente había conservado en otros 
días el depósito ele la existencia nacional y el esplendor in- 
maculado de su gloria. La revolución, abandonando después 
la escena del mundo á la Santa Alianza, no había renunciado 
ni á la existencia ni á la victoria, y se refugió en las entrañas 



DONOSO CORTÉS 313 

de las sociedades para crecer en silencio, para aparecer es- 
pontáneamente en el día señalado por la Providencia. La au- 
rora de este día había ya brillado en el horizonte de España 
y su luz se dilató como por encanto por otros países, dispues- 
tos también á saludarla, porque en la escuela del infortunio 
habían aprendido á conocerla, y entre los hierros que la opri- 
mían le habían erigido un altar » (I). 



Un año después, en 1835, conservaba todavía fe 
profunda en la libertad, estudiaba la historia á la 
luz de ideas liberales para explicarla elocuentemente : 
« En el seno de las Universidades, ligado, pero no 
vencido, por el yugo de Roma, crecía el principio de 
la razón independiente, Hércules que había de pur- 
gar la tierra de monstruos y á quien la tierra había 
de llamar su soberano y ceñir una diadema, cuando 
subiese al trono que le tenían preparado los que ya 
le adoraban en su cuna. » En el final de una frase, 
en dos palabras, condensa su juicio de entonces 
sobre la Revolución francesa de 1789, para él tér- 
mino del drama de la emancipación del mundo, « el 
gran drama que comienza en la crucifixión de Jesús 
para concluir con la expiación de Luis » (2). 

Muchas de estas ideas se transformaban ya en 
1837. El motín militar de la Granja con sus tristes 
consecuencias : « el aterrador carácter del movi- 
miento revolucionario de las provincias », como dijo 

(1) Consideraciones sobre la diplomacia y su influencia en 
el estado político y social de Europa. Madrid, 1834. 

(2) La ley electoral considerada en su base y en su relación 
con el espíritu de nuestras instituciones. Madrid, 1835. 

18 



314 EL ROMANTICISMO EN ESPAÑA 

un amigo y apologista de Donoso (1), dejaron en su 
espíritu indeleble huella, perdió gran parte de su 
antigua confianza en la práctica de la libertad y co- 
menzó ya á predicar públicamente la necesidad de la 
resistencia desde su cátedra del Ateneo : 

« La historia de los gobiernos que resisten es la historia de 
los gobiernos tutelares : la de los que en vez de resistir, inva- 
den, es la historia de los gobiernos tiránicos : la de los que 
en vez de resistir, ceden, es la historia de los gobiernos im- 
béciles. Los primeros, al pasar, dejan en pos de sí una huella 
luminosa : los segundos, una huella de sangre : los últimos, 
una huella de lodo. Sobre el sepulcro de los primeros cantan 
un himno las naciones : sobre el de los segundos, escriben los 
hombres una maldición indeleble y un anatema terrible : sobre 
la losa funeral de los últimos se deposita el desprecio de todas 
las generaciones que pasan » (2). 

Mas en filosofía, y aun en religión, no cambiaron 
tan aprisa sus ideas. En la misma lección de donde 
saco el párrafo anterior, menciona con encomio 
todavía á Wiclef y á Juan de Huss, cerrando el inciso 
con esta frase : « Lutero no comenzó, concluyó sí, 
la grande obra de la secularización de la inteligen- 
cia t humana. » — ¡Qué distancia enorme necesitó 
recorrer en pocos años para lanzar después, en su 
obra principal, el Ensayo sobre el catolicismo, el 
liberalismo y el socialismo, aquellas absolutas tre- 
mendas, que grabó en frases como medallas, en las 
que nos parece hoy ver hondamente estampado 

(1) Joaquín Francisco Pacheco, Discurso en la Academia 
Española. Noviembre, 27 de 1853. 

{%) Lecciones de Derecho político. Madrid, 1837. 



DONOSO CORTES 



315 



su perfil de asceta irreconciliable, aforismos en que 
todavía se nos figura oir vibrar la voz del orador, el 
acento de pesimista iluminado, de profeta de desgra- 
cias, que tantas veces resonó dentro de los muros 
del Congreso de Diputados : « Entre la verdad y la 
razón humana ha puesto Dios una repugnancia in- 
mortal y una repulsión invencible... La razón sigue 
al error á donde quiera que va, como una madre ter- 
nísima sigue á donde quiera que va, aunque sea el 
abismo más profundo, al fruto amado de su amor, al 
hijo de sus entrañas » (i). 

El largo espacio de su vida, los quince años que 
separan entre sí opiniones tan diversas, puntos de 
vista tan opuestos, los pasó adherido al partido mo- 
derado, defendiendo con calor contra los progresistas 
los intereses de Cristina, la Reina regente, á quien 
como secretario particular acompañó algún tiempo 
en el destierro. Dos sucesos diferentes, inesperados, 
para él igualmente penosos, precipitaron ese avalar 
final, esa última encarnación de su espíritu : la lenta 
agonía y muerte cristiana de un hermano queridí- 
simo en 1847 y la revolución francesa de 1848. 

La evolución fué completa, extraordinaria, de ex- 
tremo á extremo remoto, algo así como la de Lamen- 
nais, aunque en sentido contrario. El abate francés, 
el más fuerte é intrépido campeón que tuvo el lia— 

(i) Ensayo sobre el catolicismo, el liberalismo y el socia- 
lismo considerados en sus 'principios fundamentales, por 
Don Juan Donoso Cortés, Marqués de Yaldegamas. Madrid, 
1851, pág. 137. 



316 EL ROMANTICISMO EN ESPAÑA 

mado ultramontanismo « después de los grandes 
papas y doctores de la Edad Media », el autor del cé- 
lebre libro Sobre la indiferencia en materia de reli- 
gión, sentábase en 1848 entre los más avanzados 
republicanos y socialistas de los bancos de la Mon- 
taña, como en esta revolución llamaban también á la 
cumbre de la extrema izquierda; al mismo tiempo 
que Donoso, el alumno y antiguo amigo de Quin- 
tana, se convertía en el fogoso controversista del 
Ensayo, atento á la tarea de desmoronar, de reducir 
á polvo con idéntica exaltación ideas moderadas de 
doctrinarios liberales, como lo había él sido, y afir- 
maciones atrevidas de Proudhon, del mismo Lamen- 
nais y de los demás socialistas. Al fin de la vida, al 
término de la ascensión que hacia cumbres tan dife- 
rentes cada uno hizo, ambos creyendo con perfecta 
buena fe remontarse hacia la luz de la justicia y de 
verdad, el punto de llegada se ofreció á cada uno 
bajo bien distinto aspecto : Donoso se vio colmado 
de honores, con un título de nobleza, un alto puesto 
diplomático, cohortes de amigos ; mientras Lamen- 
nais, que como escritor y como hombre de saber valía 
mucho más, que acababa de purgar en la cárcel la 
sinceridad de sus convicciones, pasó sus últimos 
días en la pobreza, solo, en una vieja casa de un 
barrio obscuro, abandonado por todos, perseguido 
hasta el fin por la policía de Napoleón III y por el 
rencor de la entonces triunfante sociedad ultramon- 
tana. 

Sin entrar ahora á discutir las ideas del Ensayo, 



DONOSO CORTÉS 317 

cosa enteramente ajena de mi propósito, tócame ha- 
blar tan sólo del valor literario de ese último libro 
suyo, monumento insigne de prosa romántica espa- 
ñola, más interesante que el de ningún otro con- 
temporáneo. El estilo de Donoso, como en los pá- 
rrafos ya citados bien se ve y se observa aún más 
en todo el Ensayo, es un estilo de orador, con las 
ventajas y los inconvenientes inevitables en el gé- 
nero de oratoria que especialmente cultiva : brillante, 
grandioso, abundante en imágenes poéticas, pero 
monótono, declamatorio con frecuencia y sin medias 
tintas, sin matices delicados, sin que la sonrisa más 
fugaz desarrugue el ceño y suavice el acento lúgubre 
del profeta. Dueño siempre de su palabra, provisto 
de la fuerza y el ímpetu del polemista que se cree en 
posesión de la verdad absoluta é indiscutible, fáltale 
empero la argumentación viva, penetrante, persua- 
siva, que sin pretensiones exageradas de abrumar 
y desmenuzar al adversario enarbolando la clava 
formidable, lo hostiga, lo punza en parte muy sen- 
sible, poco á poco lo debilita, y prepara bien la esto- 
cada recta, definitiva, que pone término al duelo, 
dejando al mismo tiempo á los espectadores pren- 
dados de la elegante habilidad del vencedor. 

El libro se anuncia desde el primer renglón como 
especialmente encaminado á refutar doctrinas de 
Mr. Proudhon, como lo llama unas veces, y más á 
menudo, « el ciudadano Proudhon », con aristocrá- 
tico desdén. En aquellos días precisamente Proudhon, 
como antes Lamennais, cumplía la pena de tres años 

18. 



318 EL ROMANTICISMO EN ESPAÑA 

de prisión, que le había valido uno de sus escritos, 
mientras acababa y daba á luz Donoso su Ensayo. 
Hoy muy pocos en Francia se acuerdan del en un 
tiempo temido autor de la Filosofía de la Miseria, y 
en España, si se lee el Ensayo, debe ser principal- 
mente por la brillantez de su estilo. Alegorías tan 
largas, tan sostenidas y pomposas como ésta, por 
ejemplo, hallarán siempre admiradores en toda tierra 
hispánica : 

« Tended los ojos por toda la prolongación de los tiempos, 
y veréis cuan turbias y cenagosas vienen las aguas de ese río 
en que la. humanidad viene navegando... en el ancho buque 
que no tiene capitán, con espantoso y airado clamoreo, como 
de tripulación sublevada. Y no saben ni á dónde van ni de 
dónde vienen, ni cómo se llama el buque que los lleva, ni el 
viento que lo empuja. Si de vez en cuando se levanta una voz 
lúgubremente proíética, diciendo : ;Ay de los navegantes ! ;ay 
del buque ! ni se para el buque ni la escuchan los navegantes, 
y los huracanes arrecian, y el buque comienza á crujir, y 
siguen las danzas lúbricas y espléndidos festines, las carcaja- 
das frenéticas y el insensato clamoreo, hasta que en un mo- 
mento solemnísimo todo cesa á la vez, los festines espléndidos, 
las carcajadas frenéticas, las danzas lúbricas, el clamoreo 
insensato, el crujir del buque y el bramar de los huracanes. 
Las aguas están sobre todo, y el silencio sobre las aguas, y 
la ira de Dios sobre las aguas silenciosas. » 

Murió Donoso Cortés en París el 3 de Mayo de 
1853, tan santamente y tan en consonancia con las 
tendencias de su obra, que al recordarlo exclama el 
Sr. Menéndez y Pelayo en su Historia de los Hete- 
rodoxos españoles: « Dios nos conceda morir así, 
aunque no escribamos el Ensayo ! » Su asiento de la 
Academia fué ocupado en Noviembre de ese mismo 



DONOSO CORTÉS 319 

año por el hijo de Venezuela Rafael M. Baralt, tan 
conocido y apreciado en toda América por su 
Resumen de la Historia de Venezuela, tanto ó más 
que en España por su Diccionario de Galicismos. 
En la recepción solemne del nuevo académico, 
el discurso del neófito y el de contestación por 
Joaquín Francisco Pacheco fueron, cosa que no 
siempre acontece, dedicados únicamente á juzgar y 
elogiar al difunto predecesor, y es lo cierto que en 
ninguna otra parte se ha presentado estudio tan 
completo, imparcial y sagaz de Donoso, del orador 
y del prosista, como el que hizo Baralt en su dis- 
curso, uno de los mejores á mi juicio entre cuantos 
se han leído en recepciones públicas de la Academia 
de la lengua (1). 

No se empeña Baralt en señalar galicismos come- 
tidos por Donoso Cortés en sus escritos, á pesar de 
que, educado éste en libros franceses principalmente, 
en los de Bonald, su verdadero maestro, lo mismo 

(1) En la obra Neuf Ans de Souvenirs d'un Ambassadeur 
d'Autriche á París por el Conde de Hubner, acabada de publi- 
car (Plon, París, 1904), describe el autor, que era entonces 
Barón de Hubner, los últimos momentos de Donoso Cortos, 
en estos términos : 

« Le malade regut Textréme-onction en pleine connaissance. 
Toutes les fois que le nom de Jésus-Christ fut prononcé, il 
leva les mains vers le ciel. La foi se peignait sur sa figure 
émaciée, mais transfigurée par l'expression d'une ineftable 
clouceur. Dans les tout derniers moments, il embrassa le cru- 
cifix avec ferveur. Deux ibis il me serra la main ayant l'air de 
mereconnaitre... II expira quelques minutes aprés mon départ, 
Vcrs six heures du soir. » 



320 EL ROMANTICISMO EN ESPAÑA 

que en todos los de la escuela neocatólica francesa 
desde Chateaubriand y el Conde José de Maistre 
hasta Luis Veuillot, y habiendo residido además 
largo tiempo en Francia, no es de extrañar que se 
descubra en la trama de su lenguaje y en las cua- 
lidades de su estilo mucho de la influencia, del corte 
y del sabor de esas obras francesas, que larga y 
atentamente estudió. No lo dice Baralt explícita- 
mente, lo da á entender más bien, cuando advierte 
que su estilo « no posee la deleitosa naturalidad 
que avalora la grande y genuina prosa española »; 
pero en cambio es más claro cuando luego la 
emprende contra los que llama « pretensos imi- 
tadores de Don Juan Donoso Cortés, que se arrogan 
el título de reformadores y originales porque, envi- 
leciendo y descoyuntando el idioma, truecan de 
buen grado su inimitable soltura, gracia y lozanía, 
por la pobre sintaxis y pueriles afeites de idio- 
mas extranjeros ». Aquí resuella el severo, el nimio 
autor del Diccionario de Galicismos ; no sé bien 
á qué sucesores de Donoso se refiere, puesto que 
en 1853 Castelar aún no era conocido, y porque 
de todos modos el anatema sería excesivamente duro 
é injusto, aplicado hoy al autor de los Recuerdos de 
Italia, 

La contestación de Pacheco es interesante por 
ciertos datos biográficos que contiene, pues fué él 
condiscípulo de Donoso en Sevilla y siempre su 
amigo. Muy verosímilmente supone que el ger- 
men de la dolencia física que tan prematura- 



DONOSO CORTÉS 321 

mente lo arrebató á los cuarenta y cuatro años, re- 
sidía y crecía en su organismo desde la juventud, al 
cual quizás débase mucho de lo que al fin parece 
verse de mórbido y exaltado en sus ideas y en sus 
palabras... En esa dolencia halla Pacheco « el se- 
creto de sus variaciones aparentes » . 

Talento altísimo acompañado de carácter natural- 
mente tímido y de constitución débil y enfermiza : 
esto explica, aclara para la posteridad mucho de la 
vida así como el conjunto de los escritos del escla- 
recido orador, del fogoso controversista, del propug- 
nador infatigable, atrincherado dentro del dogma 
católico estricta y literalmente interpretado ; sobre 
quien L. Veuillot y los redactores de YUnivers en 
París ejercieron influencia demasiado grande, deter- 
minando al fin el rumbo de su existencia. Mucho de 
lo más agresivo é intolerante de su último libro 
nació de esas relaciones con la fracción militante de 
partidarios de todas las exageraciones, á cuya cabeza 
estaba el apasionadísimo Veuillot. Lo mimaron y 
colmaron de elogios, tradujeron pronto el Ensayo, 
animaron, empujaron cuanto pudieron al aplaudido 
autor por el camino que tomaba, satisfechos de llevar 
ellos de ese modo en el mismo viaje, en aquel año 
revuelto de 1851, cuando se veía venir el golpe de 
estado de Luis Napoleón Bonaparte y el triunfo de 
la restauración cesárea, á tan conocido y distinguido 
personaje oficial. 



XII 
BALMES 



« Jaime Balmes, Presbítero », como firmaba él 
siempre y como se lee al frente de casi todas sus 
obras; hijo de Vich, Cataluña, donde nació en 1810, 
era por consiguiente dos años más joven que Donoso 
Cortés, y murió antes, sin haber cumplido treinta y 
ocho años de edad, dejando gran nombre y gran 
vacío en su patria, España, y en Cataluña, su pro- 
vincia. Respecto de Donoso, á despecho de la dife- 
rencia de fechas señaladas, debe más bien ser consi- 
derado como un precursor, pues cuando en 1847 
transformaba Donoso sus ideas en sentido del gran 
paso, del salto que daba hacia el tradicionalismo y 
el neocatolicismo, ya tenía Balmes escritos todos sus 
libros y estaba herido de muerte por el mal que 
debía llevárselo en Julio de 1848. Salvo el fondo de 
la mayor parte de las ideas, que es en ambos natu- 
ralmente el mismo, tienen en el desarrollo de su 



324 EL ROMANTICISMO EN ESPAÑA 

vida intelectual muy poco de común. Balmes, catalán 
lento, estudioso, sin gran fulgor de imaginación, no 
tuvo más título ó dignidad externa que su traje talar 
de sacerdote, su reputación de filósofo católico y su 
pluma de periodista, mientras que su contemporá- 
neo, extremeño ardoroso, brillante, elocuente con la 
pluma y con la palabra, ejerció, por medio de ésta 
sobre todo, influencia constante y directa, dentro y 
fuera del Parlamento, en el gobierno y la marcha 
del país. Las opiniones de los dos, es decir, las de 
Donoso en sus últimos años y las de Balmes durante 
toda su vida, si bien nunca dominaron completa- 
mente en las esferas del poder, fueron penetrando 
poco á poco en ellas y conduciendo la monarquía de 
Isabel II, por la influencia de las camarillas de pala- 
cio, á las exageraciones de lamentable reacción que 
precipitaron la catástrofe de 1868. 

Es curioso recordar la opinión de Balmes acerca 
de las facultades oratorias de Donoso Cortés. Dióla 
en 1845, con motivo de los debates en el Congreso 
sobre devolución de los bienes del clero. Donoso no 
aprobaba enteramente esa devolución ; pedía ciertas 
atenuaciones, defendiendo los intereses creados por 
el transcurso del tiempo á la sombra de la primitiva 
confiscación, razón por qué debiera tomarse cum 
grano salís lo que en esa ocasión dijo Balmes ; 
pero éste era incapaz de cometer á sabiendas una in- 
justicia aun en materia literaria, y el juicio en reali- 
dad es exactísimo: « En todo lo que "habla ó escribe 
» el Sr. Donoso hay osadía de imaginación, hay 



BALMES 325 

» exuberancia de ingenio, hay pompa de estilo, 
» hay énfasis y solemnidad en el tono. Sus palabras 
» no son nunca vacías, siempre envuelven un pen- 
» Sarniento; la lástima está en que á veces este pen- 
» Sarniento envuelto en la palabra no es más que 
» una imagen hermosa ó la brillante chispa que 
» brota de un contraste... Es tal la afición que tiene 
» á la magnificencia y esplendor de las formas, 
» que con frecuencia se olvida del fondo... No sabe 
» qué hacerse con una idea, por grande que se la 
» suponga, si está sola; necesita otra que contraste 
» con simetría. » 

Es positivo por otra parte que en cuanto Balmes 
escribe no abundan las imágenes grandiosas y que 
nunca supo obtener de la antítesis efectos deslum- 
brantes, como los que en Donoso son demasiado 
frecuentes. El estilo de Balmes, fuerza es decirlo sin 
miedo de injustamente denigrarlo, es á veces pesado, 
redundante hasta sacrificar la elegancia por la cla- 
ridad, tautológico á fuerza de analítico, y en mul- 
titud de ocasiones ni corrige ni condensa bastante, 
como si le faltase tiempo para pulir, poseído por la 
apasionada sinceridad de su razonamiento. Su in- 
fluencia en España y en América, como pensador y 
como prosista, ha sido siempre grande, sus libros 
se han leído y aprendido en muchas universidades ; 
pero si su ejemplo no ha podido enseñar á escribir 
muy bien, ha enseñado á muchos á pensar por 
medio de su librito admirable El Criterio, pequeño 
tratado de lógica concebido, al alcance de los más 

19 



328 EL ROMANTICISMO EN ESPAÑA 

jóvenes, con suma claridad, redactado con extraor- 
dinaria amenidad. 

En el corto espacio que desgraciadamente ocupó 
su vida activa de filósofo y publicista — - unos nueve 
años apenas, desde la primera obra sobre « el celi- 
bato del clero », que fué, como la de Rousseau, un 
discurso escrito para un certamen y en él también 
premiado, — hasta la muerte precoz en 1848, no 
tuvo, es claro, tiempo material de escribir mucho. 
Dejó, sin embargo, gracias á su infatigable laborio- 
sidad, más de veinte volúmenes impresos, todos 
interesantes. En el año último de su vida fué elegido 
miembro de la Academia Española; pero, ya perdida 
la salud y engolfado entonces en traducir al latín su 
Filosofía Elemental, no pudo llegar á tomar asiento, 
ni aun volver á Madrid ; de modo que realmente no 
asumió esa dignidad, única que en su vida obtuvo. 
Había fracasado, siendo muy joven, en sus oposi- 
ciones á la canongía magistral de la catedral de Vich, 
su ciudad natal, y quedó siempre como simple 
presbítero. 

Su obra científica principal, la Filosofía Funda- 
mental, publicada en cuatro volúmenes el año de 
1846, revela constante empeño de armonizar en lo 
posible sus creencias de firme católico con doctrinas 
de la filosofía moderna, cartesiana y escocesa prin- 
cipalmente, — aunque sin dejar de atacar fuerte- 
mente á Descartes cuando su punto de vista lo 
requiere. Es en conjunto un tratado ecléctico, no 
ciertamente á la manera de los de Víctor Cousin, 



BALMES 327 

escrito con mayor amplitud de miras y más impar- 
cialidad, más templanza en la forma de lo que á 
menudo se observa entre otros expositores de esas 
cuestiones espinosas y tan controvertidas, aunque 
no pueda de él decirse que sea de los que evitan 
problemas sobre que otros pasan como sobre ascuas. 
Las mismas doctrinas en forma más breve encerró 
luego en el tratado de Filosofía Elemental, pero no 
es bastante sencillo ni rigurosamente metódico para 
obra de texto. El estilo peca de discursivo en dema- 
sía, no deja impresión bien definida ninguna de sus 
partes, y la última, reservada á la historia de la 
filosofía antigua y moderna, resulta en extremo defi- 
ciente. 

Su obra maestra en el concepto universal, aquella 
á que debió su reputación fuera de España y que ha 
sido traducida á varios idiomas, es la titulada El 
Protestantismo comparado con el Catolicismo en 
sus relaciones con la Civilización europea. Nació 
del propósito declarado de refutar ciertas opinio- 
nes de Fran^ois Guizot en las lecciones que ruidosa- 
mente profesó éste en la Sorbonne, de 1828 á 1830, 
sobre la Historia de la Civilización en Europa y que 
se publicaron al mismo tiempo. Balmes concluyó de 
imprimir su obra en 1844. 

Hoy, como entonces, el que lea ambos libros, el 
francés y el español, se convence desde luego de que 
es inconciliable é insoluble la divergencia de apre- 
ciación que los separa. Cada uno traza á grandes 
rasgos un cuadro filosófico de la historia de la hu- 



328 EL ROMANTICISMO EN ESPAÑA 

inanidad desde el establecimiento del cristianismo, 
interpretando los hechos conforme á ideas preconce- 
bidas, el uno en favor del catolicismo puro de los 
Papas y los Concilios, el otro en loor de la Reforma 
luterana, insistiendo ambos solamente, durante la 
brillante y rápida ojeada histórica, en aquello que 
responde á su deseo, en aquello que se le presenta 
coloreado de cierto modo al través de anteojos espe- 
ciales. Todo esto en vez de disminuir acrece su valor 
literario. En Balmes particularmente rebosan de tal 
manera el entusiasmo y la fe en cada una de sus 
páginas, siéntesele tan genuina, tan sinceramente 
dominado por su convicción, que interesará siempre 
á cuantos lo lean aun sin estar preparados de ante- 
mano á sentirlo y admirarlo, sin dejar por eso de 
observar la superficialidad de la instrucción histórica 
del autor y el tono general de improvisación, tono 
que también existe en la obra de Guizot, agravado 
por su forma primitiva de curso universitario, á des- 
pecho de la vasta y profunda erudición del profesor. 
El Ensayo de Donoso, que en parte refuta igual- 
mente las mismas lecciones de Guizot, conserva 
mejor del principio al fin su unidad de obra de 
arte. 

Cuanto á mí, confieso que hay otros trabajos de 
Balmes que leo hoy con más interés, á pesar de los 
sesenta años transcurridos desde que se escribieron : 
refiérome á los artículos que insertó en dos revistas, 
La Civilización y La Sociedad, y á la larga serie de 
notas y disertaciones políticas que componen el 



BALMES 329 

grueso volumen de 808 páginas, que publicó en 
1847 con el título de Escritos Políticos. Constituyen 
éstos principalmente el resultado de su asidua cola- 
boración en un periódico semanal, El Pensamiento 
de la Nación, que inspirado por él salió en Madrid 
de Enero de 1844 á Diciembre de 1846, tres años 
durante los cuales ni una sola semana, dondequiera 
que estuviese, en París, en Bruselas ó en Barcelona, 
dejó de escribir y enviar el artículo ofrecido, princi- 
pal atractivo del papel. 

El estilo, no más galano ni más cuidado que an- 
tes, muestra sin embargo mayor animación, empeño 
real de amoldarse á la situación, de hacer al go- 
bierno justa y moderada oposición acomodándose en 
lo posible á las necesidades prácticas y al espíritu 
de la época. Forzado además á escribir dentro de 
plazo improrrogable, á menudo sin libros, con fre- 
cuencia lejos de Madrid, sírvele esto como de es- 
puela para excitarlo á mayor rapidez, más variedad, 
vigor mayor en sus movimientos, sin perder la gra- 
vedad y templanza habituales, logrando así algo de 
más duración que la vida fugaz de un día, triste 
condición de la literatura periodística. 

La historia política de España en los tres años que 
vivió El Pensamiento de la Nación, puede verse, en 
esos editoriales de Balmes, vivida, no infielmente re- 
tratada. Sostuvo tenaz campaña en favor del matri- 
monio de Isabel con el hijo mayor del Don Carlos 
de la guerra civil, porque él, como la corte de Roma, 
como la casi unanimidad del clero nacional, hubiera 



330 EL ROMANTICISMO EN ESPAÑA 

querido salvar los intereses de la Iglesia envueltos 
en el programa carlista, conservando al mismo tiempo 
la enseña liberal bajo que pelearon y vencieron los 
defensores de la hija de Fernando. La campaña, man- 
tenida con habilidad y gran tesón, debía fracasar; su 
triunfo equivaldría á anular el único resultado prác- 
tico y permanente de la sangrienta contienda de siete 
años. Cuando quedó resuelto el enlace de la Reina y 
de su hermana con un infante de España y con un 
hijo de Luis Felipe, cesó de publicarse el Pensa- 
miento. Raimes perdió la partida y se condujo en 
beau joiienr. El largo artículo de Diciembre 31 de 
1846, en que dice adiós á sus lectores, es magistral 
exposición del estado político de la patria, y su lec- 
tura no será inútil á cuantos quieran escribir la histo- 
ria de ese tiempo. Pero al noble pensador, que tan 
dignamente abandonaba así la pluma de periodista, 
que contaba sólo treinta y seis años de edad, quedá- 
banle diez y ocho meses de vida nada más. 

He aquí, para concluir, una muestra de su estilo 
en esos trabajos. Pertenece á un artículo de La Civi- 
lización, de Agosto 1 .° de 1841 , en que relata la cons- 
piración de generales que en ese año intentó apode- 
rarse de la Reina y derribar la regencia de Espartero : 

« El general Concha, al frente de algunas compañías suble- 
vadas que ha sacado del cuartel, llega á Palacio, acuden al 
mismo punto varios jefes, y entre ellos el general Léon con 
su gallarda presencia y su corazón de treinta años. Va vestido 
de húsar, de grande uniforme, lujosamente ataviado, como si 
fuera á una magnífica parada. En el momento decisivo, al 
salir de su casa diciendo : vamos allá, ¿ quién sabe lo que le 



BALMES 331 

diría su corazón ? Aquellas marciales galas con que se ador- 
naba, ¿ habían de servir para realzar su triunfo, ó para hacer 
más trágico su suplicio ? ¡ Desgraciado ! ¡ Se ataviaba para 
marchar al cadalso !... 

» Pero todo se deshizo como el humo : el general León 
había creído que la estrella de Espartero se eclipsaría en la 
noche del 7 ; que le abandonaría la fortuna que de muchos 
años á esta parte le está prodigando sus favores ; pero el ge- 
neral León se engañó; Espartero continúa Regente y él perdió 
la vida en un suplicio. ¡ Triste resultado de ios trastornos po- 
líticos, que así perezcan los hombres, aun después de conse- 
guido el triunfo de la causa que defendían ! ¡ Quién se lo dijera 
al general León en Villarrobledo y en Belascoaín ! : «A poco 
tiempo de concluida la guerra con Don Carlos, reinando en 
Madrid Isabel II, ¡ serás arcabuceado ! » 

Estos y otros párrafos, iguales ó mejores, que 
pudiera citar, prueban que no sólo fué Balmes el 
único escritor filosóíico español digno de nota des- 
pués de Donoso, sino que también, como periodista 
y como essayist, no son muchos los que en el mismo 
período le superan. 



XIII •- 
PROSISTAS, POETAS, ORADORES 



Fernán Caballero. — Fernández y González. — 
Trueba. — Ruiz Aguilera. — Arólas. — Pastor 
Díaz. — Hurtado. — Cabanyes. — Piferrer. — 
Quadrado. — Mora. — Molins. — Alcalá Galiano. 
— Ferrer del Río. — Lafuente. — J. M. López. — 
Olózaga. — Bermúdez de Castro. — Castelar. — 
Aparisi. — M. de los Santos Álvarez. — Esco- 
sura. — García de Quevedo. — J. M. Díaz. 

La novela, que es, después del teatro, el terreno en 
que el romanticismo, por todas partes, ha desplegado 
más libremente su novedad y sus caracteres pecu- 
liares, fué cultivada en este período, además de los 
autores cuyas obras he analizado ó simplemente 
mencionado, — Larra y Espronceda, Enrique Gil, 
Villalta, Escosura, — por otros dos escritores que á 
ella casi exclusivamente se dedicaron y dieron á luz 

19. 



334 EE ROMANTICISMO EN ESPAÑA 

crecido número de composiciones muy leídas, real- 
mente populares. 

El primero, por la fecha del nacimiento, la agudeza 
de la observación y la extensión de su fama, es Fer- 
nán Caballero, nombre bajo el cual se ocultaba al 
escribir para el público la hija del erudito alemán 
Bóhl de Faber, cónsul de Hamburgo en el Puerto de 
Santa María. Trajo éste á España muy temprano algo 
del perfume* de la esencia romántica que tan abun- 
dantemente exhalaba la literatura moderna alemana, 
y se empeñó en que saltasen los españoles, en sus 
estudios y su culto literario más allá del siglo xvm, 
fijasen sólo su atención en el casi olvidado teatro 
del siglo xvii ? teatro que en aquel momento los ale- 
manes admiraban más que los mismos españoles, 
como también en la riquísima poesía de la Edad 
Media, los cantares y romances anónimos que tan 
gráfica y vigorosa pintura de la vida nacional con- 
tienen, monumentos casi desconocidos sobre los que 
acababa entonces el gran Jacobo Grimm de verter la 
luz de su erudición, de su pasmosa perspicacia. 

Carolina Bóhl de Faber, su hija, que iba á hacer 
famoso dentro y fuera de España el seudónimo que 
tomaba, nació en Suiza por accidente el año de 1796, 
pasó en España casi toda su vida y murió en Sevilla 
en 1877, siendo por sus gustos, educación y sim- 
patía, así como por el carácter de su talento y la 
fidelidad con que siempre mantuvo allí su residencia, 
andaluza, puede decirse, hasta la médula de los 
huesos. Sus novelas, sus cuentos y cantares por ella 



PROSISTAS, POETAS, ORADORES 335 

misma recogidos entre el pueblo, son la más exacta, 
si no la más artística, pintura de la vida en esa gran 
provincia española, En ellos, mejor que en las pri- 
meras poesías de Rubí ó en las Escenas de Estébanez 
Calderón, están admirablemente retratadas, sin ca- 
ricatura, sin pedantismo verbal, las costumbres 
andaluzas y trazadas con encantadora naturalidad. 
Si hubiese Fernán Caballero puesto en su estilo 
igual esmero, ninguno quizás de cuantos vinieron 
después le hubiera vencido en ese género de novela 
semirealista y de cuento popular. Desdeñó más de lo 
permisible la gracia y la perfección literaria, dejó su 
sencillez convertirse demasiado á menudo en des- 
aliño, hasta en vulgaridad. Más adelante quiso agran- 
dar su horizonte, buscó ex professo otros temas, 
argumentos un poco más complicados, «que inventó 
sin detenerse á observar » como el de La Gaviota* ó 
creó personajes que son « maniquís sin expresión, 
como el Sir Jorje Percy de Clemencia » (1). Esas dos 
novelas son, no obstante, para muchos, de lo mejor 
que compuso. El afán de formular lecciones de moral 
y de religión, de predicar la buena doctrina, la fué 
alejando del arte puro é independiente, y la que 
hubiera podido ser, sin ocultar sus creencias y su 
devoción religiosa, una George Sancl española, nos 
aparece hoy en la historia literaria como una figura 
de contornos inciertos que van rápidamente palide- 
ciendo, 

(1) Fitzmaurice-Kelly, Historia de la literatura española, 
traducida del inglés por A. Bonilla. Madrid, s. a., pág. 517. 



336 EL ROMANTICISMO EN ESPAÑA 

Manuel Fernández y González (1821-1888), más 
fecundo y más popular en toda España que la autora 
de los Cuadros de Costumbres, por la abundancia 
de su imaginación y la incansable laboriosidad, 
hubiera debido en su patria llegar á ser algo com- 
parable á lo que fué en Francia Alejandro Dumas. 
Organizó como éste una fábrica de novelas, casi todas 
históricas, algunas interesantes, y no se valió para 
ella de tantos colaboradores como el francés. Jactá- 
base también de tener sobre el yunque varios tra- 
bajos, que iban juntamente publicándose, y es posi- 
tivo que las entregas sucesivas eran aguardadas con 
ansiosa curiosidad, aunque no ganó millones ni 
construyó palacios de Montecristo. Pocos se acuerdan 
ya de él, no porque haya pasado la moda, pues es de 
las que de cuando en cuando resucitan, sino porque 
carecían las obras de la robustez indispensable para 
vivir más tiempo. 

Antonio de Trueba (1819-1889) (1), hijo de Viz- 
caya, escribió, como Fernán Caballero, Cuentos y 
Cantares y pintó también con emoción é intensa 
simpatía, las costumbres de su provincia. Cantares 
y Cuentos en verso, así como narraciones en forma 
de Proverbios, compuso también otro contemporáneo 
suyo, Ventura Ruiz Aguilera, nacido en Salamanca 
(1819-1881), y llevan ambos sobre Fernán Caballero 
la ventaja de escribir igualmente bien en verso y 

f l) Aunque así está en la fe de bautismo, dijo él que se tenía 
por «un año ó dos más viejo ». Ilustración Española y Ame- 
ricana, Madrid, Enero 30 de 1889. 



PROSISTAS, POETAS, ORADORES 337 

prosa. Los dos tienen algo de Campoamor en sus 
poesías, por lo que parecen en cierto modo salir y 
alejarse del grupo romántico, pero no intentaron 
crear género nuevo como el de las Dolor as, ni menos 
innovar formándose adrede un estilo poético con- 
trario al que hasta entonces predominaba. Los tres, 
Campoamor, Trueba y Ruiz Aguilera, cultivaron el 
campo poético frisando sin cesar con el borde que lo 
separa del prosaísmo ; Campoamor lo evita más 
fácilmente, merced á su inteligencia superior, á 
que tiene casi siempre algo que merece decirse. El 
sentimiento en cambio es mucho más profundo en 
Ruiz Aguilera, dotado, diríase, de mayor amplitud y 
generosidad de ideas, aunque también sin la variedad 
y la intención filosófica de las Doloras y los Pequeños 
Poemas, sin alas para llegar á concepciones de tanto 
vuelo como ciertas partes del Drama Universal. 
Nunca Campoamor lloró en verso tan dolorosamente 
como Aguilera en las Elegías á la muerte de su hija, 
ni tiene versos tan melodiosamente tristes como 
éstos : 

Ayer cuando la nieve 
En copos muda y lenta descendía, 

ó como estos otros de la misma composición, titu- 
lada La Limosna, al contarnos el efecto que le pro- 
ducían notas desacordes del instrumento con que 
imploraba caridad el viejo mendigo : 

A su triste armonía, 
A ese rocío de dolor sediento 



338 EL ROMANTICISMO EN ESPAÑA 

Mi corazón se abría... 

Así el agua de Mayo el campo inunda 

Y los dormidos gérmenes fecunda. 



En los Cuentos de Trueba, en los de Color de rosa, 
en los de Varios colores y en los demás, falta mor- 
diente, falta algo que vigorice el optimismo y lo 
armonice más exactamente con las realidades de la 
vida. Su observación rara vez penetra bien hondo, 
salvo, por ejemplo, al mostrarse declarado enemigo 
del abandono de sus hogares por tantos vasconga- 
dos, que corrían en busca de fortuna á establecerse en 
otras partes. Muestra en ello conocer y deplorar el 
inmenso deterioro del carácter nacional causado por 
esas emigraciones lejanas, á Cuba sobre todo, cuando 
Trueba escribía ; cuando allí desembarcaban con el 
sentimiento de amos que llegan á sus fundos, con- 
vencidos de traer cada uno grabado en la frente el 
signo de la supremacía, que les reconocía derechos 
de que estaban privados los que habían nacido en 
aquel suelo : error lamentable de tristes consecuen- 
cias para todos. 

El autor de las Escenas Andaluzas, Serafín Esté- 
banez Calderón (1799-1867), más conocido bajo el 
« nombre de pluma » de El Solitario, tuvo en vida 
reputación de hablista y costumbrista, y después 
hizo cuanto pudo por mantenérsela Cánovas del Cas- 
tillo, su pariente (1). El lenguaje de Estébanez es á 

(l) « El Solitario » y su tiempo, Biografía... por Don An- 
tonio Cánovas del Castillo, 2 vols. Madrid, 1883 ; trabajo lleno 



PROSISTAS, POETAS, ORADORES 339 

veces demasiado arcaico, otras demasiado andaluz, á 
menudo por tanto obscuro y artificioso ; y su estilo 
afectado en extremo. La falta de naturalidad en cua- 
dros de costumbres es defecto mortal. Conocía muy 
bien la lengua, sin embargo, y fué de los que más 
lucharon por defender su pureza. El día de su 
muerte (cuenta Cánovas del Castillo), recibida ya la 
Extremaunción y retardándose un poco el momento 
final, « quiso todavía oir, antes de dar á Dios su 
alma », algunas páginas del Don Quijote. Escribió 
además versos, una corta novela histórica, Cristia- 
nos y Moriscos, y una historia de la Conquista y 
Pérdida de Portugal, publicada ésta por el mismo 
Cánovas, en 1883 : todo ello de no subido valor. 

Roca de Togores, Marqués de Molins (1812-1889), 
figuró en política tanto ó más que en literatura. Fué 
siempre uno de los miembros más activos de la Aca- 
demia de la lengua, á la que perteneció desde 1837 ; 
y como político, después de A. Cánovas del Castillo 
entre los civiles, de Martínez Campos entre los mi- 
litares, ninguno contribuyó más eficazmente que él, 
por medio de sus relaciones sociales y su incesante 
tarea de opositor, á hacer fracasar el reinado de. 
Amadeo y reponer á los Borbones en el trono. 

En la historia literaria hará probablemente menos 
papel que en la otra, á pesar de que escribió mucho. 
Compuso poesías líricas de toda especie, y además 

de datos, escrito con cierta pesadez y monotonía, como todo lo 
de este célebre hombre de Estado. 



340 EL ROMANTICISMO EN ESPAÑA 

leyendas como Zorrilla, romances históricos como 
Rivas, doloras como Campoamor : todo ello con al- 
guna facilidad, con bastante elegancia, aunque á 
menudo con sabor arcaico inoportuno. Su obra más 
notable, la que más ruido hizo y más aplausos ob- 
tuvo, es el drama en verso Doña María de Molina, 
representado en 1837. El argumento es en el fondo 
idéntico al de La Prudencia en la mujer de Tirso de 
Molina; más escrupulosamente ajustado á las cróni- 
cas y las tradiciones antiguas, pero no con grado 
mayor de verosimilitud poética. Queda Molins en 
definitiva respecto al predecesor en posición parecida 
á la de Martínez de la Rosa respecto á Sófocles con 
su Edipo. Compréndese que Martínez de la Rosa, á 
tantos siglos de distancia y en lenguaje tan dife- 
rente, intentase, como Voltaire, ante otro público y 
ante otras costumbres, renovar el argumento griego; 
pero Molins, sobre hallarse tan cerca todavía del 
famoso modelo, escribe en el mismo idioma, con- 
forme á métrica igual, para el mismo pueblo, y viene 
su obra inevitablemente á ser una modesta refundi- 
ción, aunque técnicamente no se llame así y aunque 
haya él pretendido otra cosa. Estudió con escrupu- 
loso esmero la historia de Castilla en el siglo xm y 
concibió su drama bien empapado en su espíritu y 
su memoria ; no vale sin embargo Doña María de 
Molina tanto en absoluto como La Prudencia en la 
mujer. Pero en relación al desarrollo del drama his- 
tórico español de la época romántica representa, 
encierra algo especial, algo propio y característi co c 



PROSISTAS, POETAS, ORADORES 341 

distinto en ciertos rasgos á lo que antes de él hi- 
cieron García Gutiérrez y Hartzenbusch, que no per- 
mitirá pasar por alto el nombre del autor. Esto, y 
no más. Cuando se puso en escena, ante auditorio 
cuya inmensa mayoría no había seguramente leído 
la crónica dramática de Tirso, la grandeza del ar- 
gumento histórico bastó para levantar y entusiasmar 
al público. Hoy, que ya no se ve en el teatro, léenlo 
sólo críticos ó aficionados curiosos, los que no pue- 
den dejar de establecer la comparación, ante la cual 
forzosamente sucumbe la obra moderna. 

Hay tres poetas más, uno de ellos prosista notable 
también, que apenas he mencionado todavía, que 
pertenecen por la fecha en que florecieron y por el 
carácter de sus escritos al período romántico y que 
no es posible pasar en silencio. 

Arólas (1805-1849), nacido en Barcelona, el 
P. Juan Arólas, como se le llama en la edición pos- 
tuma de Valencia, 1883, donde están reunidas todas 
sus poesías, merece especial recordación por sus 
Orientales; pero escribió también, como Zorrilla, 
leyendas tradicionales que se leen todavía con inte- 
rés, En las Orientales, saltando por cima de las 
obras de Zorrilla y del que de éste fué primer mo- 
delo, Víctor Hugo, va á los poetas del Oriente ver- 
dadero, en busca de temas bien característicos, como 
« el encendido amor de Sacuntala », y de imágenes 
bien luminosas y resplandecientes, como Zorrilla 
mismo apenas tuvo, antes de consagrarse al poema 



342 EL ROMANTICISMO EN ESPAÑA 

sobre Granada. El amor sensual, ardientemente 
concebido y expresado, el aire cargado de perfume de 
los serrallos, el existir monótono de la mujer ence- 
rrada y el desprecio constante de la vida engendrado 
por el fatalismo, prestan suficiente color local, bas- 
tante sabor exótico, arábigo, á estas composiciones, 
las mejores á mi juicio del poeta, quedando así, me 
parece, sin exacta significación aquel bonito verso 
de Balaguer : 

los bells cantar s lamartinians d' Arólas, 

pues no se descubre bien la semejanza entre este 
poeta y el elegiaco cantor de Jocelyn y las Medi- 
taciones. 

Nicomedes Pastor Diaz nació en Galicia el año 
de 1811 y murió en Madrid en el de 1863. Estudió 
para abogado, cultivó siempre las letras con amor, 
pero con poco tiempo que dedicarles en suma, pues 
fué estadista, repúblico ilustre, investido en el curso 
de su no larga vida de multitud de cargos públicos 
hasta llegar á ser Plenipotenciario de España en el 
Piamonte y en Portugal, y dos veces Ministro de la 
Corona. Hay en sus versos, llenos de pompa y colo- 
rido, aunque á veces demasiado sombríos, imágenes 
magníficas. Escritos casi siempre en el mismo tono 
y en la misma clave son monótonos á menudo, pero 
también alcanzan con frecuencia un grado de bri- 
llantez y resonancia singular. Acaso no haya quien 
lea su composición titulada La Sirena sin conservar 
siempre en la memoria, cual sucedió á Hartzenbusch 



PROSISTAS, POETAS, DRADORES 343 

des Je la primera vez que la oyó leída por el autor 
mismo en el Liceo de Madrid, la estrofa final : 

No más oí de la gentil sirena 
el concierto divino, 
sino el tumbo del mar sobre la arena 
y. el bronco son del caracol marino. 

Fué ésa una de sus primeras poesías aplaudidas; 
luego escribió otras de las que podrían tomarse 
ejemplos iguales de sonoridad vibrante ; pero creo 
que la obra más notable de Pastor Díaz está en 
prosa. 

Titúlase : De Villahermosa á la China, Coloquios 
íntimos. La parte primera se publicó en un perió- 
dico y diez años después las tres siguientes, re- 
unidas todas en un volumen, Madrid, 1858. Abstú- 
vose de propósito de calificarla como novela, pues la 
acción se desenvuelve muy lenta y son pocos los 
personajes. Es más bien un poema en prosa, em- 
papado en melancolía profunda, que da al autor 
ocasión de desahogar el alma de sus más íntimos 
sentimientos, sin afectación de escepticismo, sin 
ostentación excesiva de hastío. El protagonista, 
Javier, es un Werther ó un Jacopo Ortis, más viril, 
que no se suicida, que tiene fe y va á morir á China 
en el martirio como misionero, después de haber 
hecho cuanto le era dable para remediar las conse- 
cuencias de la pasión ardiente que ha despertado y 
á que no puede corresponder. 

Está hermosamente escrito, y lucha victoriosa- 



344 EL ROMANTICISMO EN ESPAÑA 

mente á menudo contra las grandes dificultades que 
ofrece el idioma para llegar á expresar con clari- 
dad y precisión estudios delicadísimos de pasión, 
análisis de sentimientos sutiles y profundos. Puede 
formarse idea de lo que le costó por el siguiente 
fragmento de una de sus cartas á A. de Latour, 
aquélla con que acompañaba el envío de la obra : 
(( Esta lengua española no está hecha al análisis 
íntimo del corazón ; nuestros autores antiguos, los 
prosistas digo, eran exteriores, objetivos, no descen- 
dían al examen íntimo de la conciencia. Ustedes los 
franceses tienen la frase hecha para todas esas me- 
dias tintas y su lengua es menos exigente y más 
servicial. La nuestra es indómita, como un órgano de 
muchos registros. Ella, es verdad, canta y llora, 
suspira, gime, aulla, silba, grita, murmura y se 
presta á todos los tonos como á todos los afectos; 
pero se revienta uno al manejar esas teclas de piedra 
que corresponden á tubos de bronce , siempre se oye 
un poco del teclado, y el fuelle. Además yo escribí 
ese libro enfermo y luego no le pude corregir. » 

El libro, á pesar de su mérito y la notoriedad del 
autor, pasó casi inadvertido, desengaño que al 
autor afectó bastante. « Veré (decía al mismo Latour) 
si puedo aún escribir algo. Helas! ¡qué reflexiones 
tan tristes ! ¿Para qué escribir? Cuando publiqué mi 
libro, no tuve más felicitación que la de usted. Por- 
que me han dado una cinta y un puesto de Senador 
y Consejero, tengo una resma de cartas de parabién. 
¿No es triste verlo y palparlo, sobre todo cuando no 



PROSISTAS, POETAS, ORADORES 345 

hay más que dos meses de una cosa á otra? » (1). 

Vivió cinco años más, muy enfermo ya en los 
últimos, y sucumbió á un padecimiento del corazón, 
el mismo mal que llevó á la tumba á Donoso Cortés. 

Antonio Hurtado (1823-1878) se distinguió como 
lírico y como dramático. En el Romancero de Hernán 
Cortés demostró ser uno de los más inspirados con- 
tinuadores de los Romances históricos del Duque de 
Rivas. Tampoco está lejos de su modelo en la colec- 
ción de leyendas que publicó con el título de Madrid 
Dramático; en ella sucesos de la vida de Lope de 
Vega, de Cervantes, de Quevedo, de Villamediana, 
de Moreto, alternan con otros episodios masó menos 
históricos de la tradición nacional, como base de 
leyendas en verso, parecidas á las de Zorrilla. En el 
teatro obtuvo también Hurtado bastante éxito : su 
primer drama, El Anillo del Rey, y otro escrito más 
de quince años después. La Maya, son interesantes, 
románticos todavía, con signos ya de decadencia. 
Hacia el fin de su vida trocóse en espiritismo su 
romanticismo y lo puso en escena, sin éxito, bajo 
el título de El Vals de Venzano. 

Manuel de Cabanyes, nacido en Cataluña en 1808, 
vivió aún menos que Larra, pues falleció en 1833, y 
debe á la temprana muerte, tanto como á su talento 
muy distinguido, el gran renombre que entre sus 

(1) Debo conocer estas cartas, enteramente inéditas lo 
mismo que las otras citadas antes en la biografía de la Ave- 
llaneda, ala bondad de M. Alfred Morel-Falio. 



346 EL ROMANTICISMO EN ESPAÑA 

paisanos conserva. Balaguer leyó su apología en la 
Academia Española, á la cual naturalmente no tuvo 
tiempo de pertenecer, y su ciudad natal, Villanueva 
y Geltrú, le ha levantado una estatua. Sus versos no 
son enteramente clásicos ni verdaderamente román- 
ticos, y aunque parece probable que, á haber vivido 
más, habría continuado en el sentido de la reforma 
poética, por lo que nos ha dejado sólo es lícito con- 
siderarlo como una esperanza malograda. Fué, eso 
sí, ferviente admirador de Horacio y puso en caste- 
llano con marcada habilidad versos del gran lírico 
latino. La pequeña colección de sus poesías, Prelu- 
dios de mi Lira, indica bien por su título lo que con- 
tiene : primeros y gratos acordes de un buen ins- 
trumento, que la muerte demasiado pronto destroza. 
En torno de Balmes no pudo menos de formarse 
en Cataluña un grupo de literatos, amigos y admira- 
dores del gran controversista ; en él descuella Pablo 
Piferrer, muerto casualmente en el mismo mes y año 
que Balmes, pero aún más joven, de treinta años so- 
lamente. Escribió en verso medianamente, en prosa 
mucho mejor, prosa romántica y pintoresca que pa- 
recía anunciar algo así como un John Ruskin espa- 
ñol. No pudo terminar la obra monumental que em- 
prendió, Recuerdos y Bellezas de España, en la cual 
describe é interpreta con exuberante riqueza de estilo 
los monumentos y ruinas artísticas de las Baleares 
y el Principado, únicas partes que pudo trabajar, y 
aun la de Cataluña no está completa. José María 
Quadrado, polígrafo balear, amigo también de Bal- 



PROSISTAS, POETAS, ORADORES 347 

mes, en sentido artículo necrológico que dedicó á los 
dos eminentes compatriotas, Balmes y Piferrer, des- 
aparecidos al mismo tiempo, dice que la obra de éste 
es un poema, un Childe Harold artístico. Recorrió 
el autor en efecto para escribirla, paso á paso, toda 
la provincia, y al mismo tiempo que formulaba el 
juicio estético, evocaba recuerdos históricos y des- 
entrañaba el sentimiento profundo de todo lo que 
veía. Compuso de este modo una obra de arte y de 
grande erudición al mismo tiempo. En Piferrer, como 
en Cabanyes, perdió el romanticismo español dos 
legítimas esperanzas. 

Tócame hablar ahora aquí de José Joaquín de Mora, 
precisamente el individuo que escogió la Academia 
para sentarse en la silla que Balmes no pudo ocupar. 
Nació ese ilustre hijo de Cádiz el año de 1783, escri- 
bió las Leyendas Españolas y fué personaje tan 
conocido en América como en Europa. Las Leyendas 
fueron empezadas en 1835, residiendo el autor en 
La Paz, Bolivia, concluidas durante su viaje devuelta 
á Europa en 1838 y publicadas en Londres y París 
en 1840. Fué la primera mitad de su vida una serie 
de peregrinaciones y aventuras, que no es posible 
relatar aquí detenidamente. Prisionero varios años 
en Francia durante la guerra contra Napoleón, aban- 
donó luego la patria al caer el régimen constitucional 
de 1820 para establecerse en Londres, entonces asilo 
de los liberales españoles y centro activo de recursos* 
de todo género para los hispano-americanos en lucha 



3'l8 EL ROMANTICISMO EN ESPAÑA 

por la independencia, centro tan eficaz casi como lo 
fué Nueva York medio siglo después para Cuba 
levantada contra la metrópoli. Mora, á ejemplo del 
célebre José María Blanco, abrazó públicamente la 
causa separatista americana, puso talento y pluma á 
su servicio, ayudóla activamente y, tres años des- 
pués, llamado por el Presidente Rivadavia, se em- 
barcó para Buenos Aires. Al cabo de otro año, caído 
Rivadavia, aceptó ofertas iguales del gobierno de 
Chile y por tierra se trasladó á Santiago. Residió aquí 
tres años ; en la Plata había tomado parte en la política 
local en favor del partido más liberal y, vencido éste, 
tuvo que salir del país; en Chile pasó lo mismo, pero 
lo supusieron complicado en una conspiración para 
tratarlo peor. « Es insoportable », dijo el Mercurio 
de Valparaíso, diario adicto al gobierno, « que un 
» español, nuestro enemigo nato, un aventurero des- 
» preciable, tenga la osadía de conspirar contra la 
» República » (1). Había prestado grandes servicios 
á la educación del país, mas fueron implacables. No 
existió semejante conspiración, pero ocupaban el 
poder aquellos contra quienes había sostenido vio- 
lentas polémicas y fué encarcelado primero, después 
ignominiosamente expulsado. No tenían allí la mano 
ligera : lo mismo habría sucedido á Andrés Bello, su 
rival, si hubiese triunfado el partido contrario. Mora 
se refugió en Lima, donde fué cordialmente recibido 

(1) Véase Don José Joaquín de Mora, Apuntes biográficos 
por Miguel Luis Amunátegui. — Santiago de Chile, 1888, 
pág. 257. 



PROSISTAS, POETAS, ORADORES ¿49 

y, ora en el Perú, ora en Bolivia, permaneció hasta 
que, siete años más adelante, se dio á la vela para 
Londres en calidad de cónsul general de la Confede- 
ración Perú-Boliviana é investido de toda la confianza 
del presidente Santa Cruz. Pero á los pocos meses 
tuvo lugar la batalla de Yungay, desapareció la Con- 
federación, triunfó Chile, cuyos gobernantes y cuyo 
régimen político detestaba, y comenzó á pensar en 
la vuelta á España. 

No lo recibió mal la patria, todo lo contrario. 
Nadie le hizo cargos por haberse puesto, diez y 
siete años antes, del lado de las colonias rebeladas, 
pues libres ya todos de la pesadilla de esas guerras 
tan dolorosamente sangrientas, establecido el go- 
bierno representativo cuando ya las colonias eran 
independientes, no había interés en remover esas 
cenizas, y casi nadie recordaba ó sabía los porme- 
nores de esa historia. Hoy mismo parece ser así, pues 
escritor tan bien informado como el P. Blanco 
García dice en su Literatura Española del siglo XIX 
(vol. H, pág. 141) que « Baralt en España comenzó 
y concluyó su carrera de escritor », sin duda por no 
haber llegado á su noticia la existencia de la His- 
toria de Venezuela (3 vols., París, 1841 ; 2. a edi- 
ción, Curazao, 1887), tan conocida y estimada en 
toda América. 

De Cádiz, donde estuvo al frente de un cole- 
gio, pasó á establecerse en Madrid. Aquí escribió 
mucho en los periódicos, entró, ya lo dije, en la 
Academia de la lengua, publicó en 1853 la colección 

20 



350 EL ROMANTICISMO EN ESPAÑA 

de sus otras poesías, y vivió tranquilo, sin ene- 
migos, pues no tomó parte activa en política, gene- 
ralmente apreciado por la amenidad de su carácter 
tanto como por su talento, hasta morir en Enero 
de 1864. 

Para la posteridad, Mora poeta está todo en las 
Leyendas Españolas; en realidad se puede prescin- 
dir de cuanto contiene el grueso volumen de 1853; 
muéstrase en él, cual siempre, excelente versifi- 
cador, sólo en las Leyendas verdadero poeta. Hizo 
en éstas algo original, algo suyo sólo, fundiendo 
en la trama de su estilo el sarcasmo y la gracia 
humorística del Beppo y otras ohras de Byron con 
el interés sostenido de la narración. Prodiga digre- 
siones, como el poeta inglés, algunas muy felices, 
que aprovecha para depositar en ellas las lecciones 
de su experiencia, las amarguras de sus desengaños. 
Fáltale, es verdad, el estro de Espronceda y no llega 
á Byron en la elocuencia del sentimiento; mantúvose 
sabiamente en terreno más humilde, dando cuanto 
podía á la narración un tono, un acento personal 
propio, que se distingue del de los otros poetas de la 
época. Busca gustoso también las mayores dificul- 
tades métricas para tratar de vencerlas, como en las 
bellas octavas de octosílabos de la leyenda Pedro 
Niño, que su antiguo émulo en Chile citó y celebró 
en el año mismo de su publicación (1), como hizo 

(1) En el periódico El Araucano, 1846. Obras Comple- 
tas de Don Andrés Bello, Santiago de Chile, 1884. Tomo VII, 
págs. 301-311. 



PROSISTAS, POETAS, ORADORES 351 

también con otros versos de Mora en sus excelentes 
Principios de Ortología y Métrica. 



* 



Muerto Larra, no hubo en España juez literario 
tan sagaz ni tan asiduamente consagrado al ejer- 
cicio de la crítica. Nunca faltaron artículos críticos 
á intervalos más ó menos regulares en los perió- 
dicos, pero nadie volvió á conseguir la notoriedad, 
menos aún la autoridad de Fígaro. La política todo 
lo absorbía y el público sólo en el teatro manifes- 
taba verdadero interés en la evolución de la nueva 
escuela. No hay crítico eminente que citar, aunque 
sí muchos apreciables : Gil y Carrasco, Villalta, 
Ochoa, Ferrer del Río, el mismo Lista que, sin 
renunciar á los viejos cánones, no fué enemigo 
irreconciliable de los nuevos, y nunca olvidó que 
habían sido discípulos suyos Espronceda y varios 
de los románticos menores. Alcalá Galiano, que co- 
menzó más intransigente que Lista rompiendo lan- 
zas contra Bóhl de Faber por los grandes elogios que 
á la zaga de los Sehlégel hacía éste de Calderón 
y el antiguo teatro, se convirtió en la emigración 
y escribió el prólogo sin firma que lleva el Moro 
Expósito del Duque de Rivas. Es, como el prefacio 
del Cromwell de Víctor Hugo, una especie de mani- 
fiesto literario, sin el tono juvenil y militante de la 
obra francesa, sin su riqueza de ideas é imágenes y 
su esplendor de estilo. Redactado, por el contrario, 



352 EL ROMANTICISMO EN ESPAÑA 

en tono de viejo maestro, sus párrafos se desenvuel- 
ven lenta y laboriosamente para venir en suma á 
proclamar con timidez é inútiles precauciones lo 
que ya en su fecha (1834) estaba ganado y asegu- 
rado, concluyendo por hacer decir al autor que su 
nuevo poema no es clásico ni romántico, divisiones 
arbitrarias en cuya existencia no cree. Era no 
creer en la evidencia. Galiano, que según testimonio 
unánime de propios y extraños, fué maravilloso 
orador é improvisador en la tribuna de las arengas, 
vale mucho menos como crítico é historiador. 

Crítico é historiador fué también Antonio Ferrer 
del Río, Su estilo y lenguaje eran afectados y con 
deslices frecuentes de mal gusto (1); pero sus libros 
se apoyan en fondo sólido y son interesantes. La 
serie de biografías de contemporáneos, que pu- 
blicó bajo el título de Galería de la Literatura Es- 
pañola, conserva menos esos defectos, sin duda 
por haber sido, como advierte, rápidamente escrita. 
Tiénenlos demasiado sus dos obras principales : la 
historia de Las Comunidades de Castilla (1850) y 



(1) Algunos increíbles. En las primeras líneas de su discurso 
de entrada en la Academia (Mayo de 1853), después de expre- 
sar su gratitud por el honor recibido, agrega : « Pero como 
entre las flores nacen espinas, y las venturas de la tierra no 
son cabales, amarga hoy Ja mía, con ser tanta, la reflexión 
triste de que, para penetrar en este venerando recinto, estampo 
forzosamente la huella sobre la losa de un sepulcro » . Esta 
última rebuscada frase significa simplemente que sucede á un 
difunto, lo que generalmente acontece á todos los Académicos. 
El difunto era J. N. (Tallero. 



PROSISTAS, POETAS, ORADORES 353 

la del Reinado de Carlos 111 (1856). En aquel episo- 
dio famoso del tiempo de Carlos I creía ver Ferrer el 
principio de la Decadencia de España, y así, para 
causar sensación, lo puso en el título. La segunda 
obra, por él preparada durante mucho tiempo como 
término y corona de su vida de historiador, fué 
publicada bajo los auspicios y la protección del Rey 
consorte y no puede disfrazar cierto olor de histo- 
riografía áulica, en el epílogo, verbigracia, cuando 
enumera desaciertos y atentados de la época de 
Carlos IV sin mencionar el escandaloso favor de 
que dispuso Godoy. No conozco, sin embargo, nada 
mejor y más completo que el libro de Ferrer sobre 
ese período, ese único paréntesis, relativamente 
luminoso, de la triste historia de los Borbones de 
España. 

Salvador Bermúdez de Castro, el amigo de Tassara 
— que con tanto afecto habló de él : 

Tus versos, Salvador, que amé cual míos, — 

publicó, antes que Mignet, en 1841, una biografía de 
Antonio Pérez, que se deja leer como una animada 
novela. Aunque en puntos dudosos supone ó inventa 
explicaciones, que en nada se apoyan, — como ya 
observó Mignet en su libro sobre el mismo tema, — 
estudió atentamente la época y se valió de documen- 
tos antes desconocidos. Más adelante, en 1862, el 
Marqués de Pidal, que ya en esa fecha contaba se- 
senta y tres años, dio á luz una extensa Historia de 
las Alteraciones de Aragón en el mismo período, 

20. 



354 EL ROMANTICISMO EN ESPAÑA 

menos dramáticamente escrita, más sólidamente tra- 
zada, pero con el objeto declarado de blanquear el 
rostro y defender los actos de Felipe II. 

La única Historia general de España, extensa é 
importante, publicada en este período, es la que 
empezó Modesto Lafuente en 1850 y completó en 
quince años hasta formar veintinueve volúmenes. 
El autor, nacido en la provincia de León el año de 
1806, fué escritor satírico en prosa y verso antes de 
consagrarse á estudios históricos y ponerse á escribir 
su obra. La vena jocoseria de su talento, que por 
largos años explotó, le trajo en su patria reputación 
y popularidad superiores á las que pudo conseguir 
como historiador. Fray Gerundio y Tirabeque el 
lego, personajes que creó y en cuya boca puso sus 
burlas y sus sátiras, políticas principalmente, en 
lenguaje llano, al alcance del pueblo, llegaron á 
tener vida propia, y por algún tiempo la publicación 
periódica de Lafuente (dos « capilladas » semanal- 
mente) obtuvo éxito extraordinario. Su sátira es 
tosca, vulgar, de propósito humilde, pero chistosa é 
intencionada. Como le falta la poesía y no alcanza á 
la. superioridad de inspiración que tan fácilmente 
logra Larra, no puede ya hoy interesar ni apenas 
explicarse el gusto con que los contemporáneos la 
saborearon. Pero estaba bien al nivel de las masas, 
su influencia mientras duró el interés absorbente de 
la guerra civil fué bastante grande, y el esfuerzo en 
favor de la libertad y la regeneración de la patria 
muy de guardarse en cuenta. Mostróse además en 



PROSISTAS, POETAS, ORADORES 355 

esa publicación muy á menudo versificador ingenio- 
sísimo. 

Por patriotismo igualmente siguió con ardiente 
empeño el proyecto de escribir la historia general de 
España, historia que no existía, que todos deseaban, 
pues no podía llenar esa necesidad la obra del Padre 
Mariana, escrita en los últimos años del siglo xvi, 
sin más valor ya que el que le prestaban la clásica 
excelencia de su lenguaje, el vigor de su estilo 
amplio y magnífico. Pero la tarea era inmensa en 
los días de Lafuente, algo así como cosechar en un 
desierto, crear un oasis en medio del Sahara. No había 
ni bastantes documentos coleccionados, ni catálogos 
completos ó índices en los archivos, ni monografías 
abundantes, y el autor mismo por desgracia no había 
tenido ocasión en la juventud de prepararse conve- 
nientemente. Lanzóse impávido, sin titubear, y con 
tesón infatigable trabajó durante quince años sin 
levantar mano, hasta hacer alto al morir Fernando y 
acabar su reinado, aunque había ofrecido ir un poco 
más lejos. La parte realmente difícil, el dilatado 
espacio que va desde la caída del Imperio romano 
hasta finalizar el siglo xiv, encerrada en menos de 
siete volúmenes de los veintinueve, es en extremo 
deficiente, de cualquier modo y por cualquier lado 
que se mire. Para lo demás rastreó y estudió docu- 
mentos en los archivos, aclaró algunos puntos obscu- 
ros, trazó con firme pulso ciertos períodos y la obra 
en suma adquirió valor permanente. El estilo, en 
general algo redundante, maleado por la manía de 



356 EL ROMANTICISMO EN ESPAÑA 

parecer decir algo más de lo que realmente sabía y 
tenía quedecir. es fácil y elegante, la narración clara 
y de sostenida entonación. Precédela un extenso dis- 
curso preliminar, que llena la mayor parte del pri- 
mer tomo, rápido, brillante, buen trabajo oratorio, 
lo mejor de toda la obra literariamente considerada. 
Murió en 1866. 

Antes de 1833 sólo hubo campo en España para 
la oratoria política en dos momentos : el breve 
paréntesis de las Cortes de Cádiz y los tres años que 
convulsivamente duró la revolución de 1820. Pero 
en esos dos períodos tumultuosos vivir fué una 
angustia constante; todos se sentían en situación 
extraordinaria, excepcional, sin poder calcular lo 
que al término de aquel vasto esfuerzo la fortuna 
les reservaba. Promulgado en 1834 el Estatuto, ini- 
ciado, aunque tímidamente, un régimen represen- 
tativo, reaparecieron en la arena los antiguos lucha- 
dores de la palabra, Martínez de la Rosa, Arguelles, 
Alcalá Galiano, gastados ya por el infortunio en la 
emigración, con poca fe en la libertad y menos toda- 
vía en la aptitud del pueblo para comprenderla y 
ejercerla. Hablaban siempre bien, pero ejecutaban 
mal, sufrieron nuevos amargos desengaños y poco 
á poco fueron perdiendo el prestigio, sin que se 
recuerde de ellos hoy un discurso, una frase memo- 
rable que salve su elocuencia del olvido. 

Joaquín María López y Salustiano Olózaga, naci- 
dos en 1802 y 1805 respectivamente, fueron des- 



PROSISTAS, POETAS, ORADORES 357 

pues los que primero se elevaron á grande altura en 
los debates de las Cortes. En torno brillaron Cortina, 
González Bravo, Ríos Rosas, Pacheco, este último 
el más literato de todos, los demás principalmente 
abogados como Cortina, ó periodistas, como Gon- 
zález Bravo, que se improvisó orador para promover 
ó cubrir con discursos los golpes de Estado y los 
pronunciamientos de los generales. 

Los discursos de López que, como los de Olózaga, 
han sido reunidos en volumen, leídos hoy no resisten 
á esa prueba; ni siquiera las arengas no políticas 
del primero (el discurso ante el cadáver de Espron- 
ceda, por ejemplo) guardan perfecta relación con la 
reputación que le dieron sus contemporáneos. En 
un momento crítico de su vida tuvo Olózaga oca- 
sión de pronunciar un gran discurso, de interés más 
vivo y patético que las escaramuzas de la guerra de 
partidos. Era Presidente del Consejo de Ministros, 
había obtenido la firma de la Reina, niña de trece 
años de edad, para disolver las Cortes, y cuando 
más seguro se creía del triunfo, encontró que sus 
adversarios, jefes de la mayoría en el Congreso, 
poseían una declaración oficial en que la soberana 
solemnemente afirmaba que la rúbrica del decreto 
de disolución le había sido arrancada á la fuerza, 
violentamente, por el desatentado ministro : crimen 
de lesa majestad que se expía en el cadalso, que se 
paga con la cabeza! Todo probablemente exagerado, 
si no inventado, por la camarilla de palacio. Pero la 
mayoría era hostil al primer ministro, no quería ser 



358 EL ROMANTICISMO EN ESPAÑA 

disuelta, y conociendo el temple de carácter de Oló- 
zaga lo consideraban muy capaz de haberse propa- 
sado hasta ese punto. Olózaga se defendió hábil y 
elocuentemente, aunque no con la sobriedad y el 
patético vigor de Strafford en ocasión parecida 
ante la Cámara de los Lores. Su situación era muy 
delicada, pues tenia por falsa la declaración de la 
Reina, y no podía agravar su situación desmintién- 
dola así ante sus resueltos adversarios. Llegó un 
instante en que, perdida la voz, interrumpió el dis- 
curso, ahogado por los sollozos; pero era empresa 
desesperada tratar de apiadar á sus jueces, como 
tampoco Strafford lo consiguió. Para salvarse debió 
esconderse en Madrid al terminar la sesión y huir 
luego á Francia, hasta que se amortiguaron las iras 
délos parciales de Narváez y González Bravo. Éste 
hizo veces de acusador en el Congreso y fué el 
mayor triunfo oratorio de su vida. 

El verdadero orador romántico, ya lo he indicado, 
fué Donoso Cortés, como fué uno de sus más brillan- 
tes escritores, lo uno y lo otro al mismo tiempo y 
del mismo modo. Sus discursos condensados equi- 
valdrían á capítulos del Ensayo sobre el catolicismo, 
como en éstos á cada paso imagina fácilmente el 
lector el gesto y piensa oir el acento del orador an- 
sioso de aplausos y aclamaciones. Las imágenes ve- 
nían á su boca abundantes y magníficas, aun en 
medio de asuntos áridos y arduos, y vióse frecuen- 
temente á amigos y adversarios, á los que profesa- 
ban opiniones parecidas y á los que desaprobaban 



PROSISTAS, POETAS, ORADORES 359 

sus alardes de fanatismo, á cuantos tenían en fin la 
fortuna de escucharlo, aplaudir con entusiasmo, 
arrebatados por la vibrante sonoridad de su palabra, 
subyugados por la fuerza y sinceridad de sus convic- 
ciones. 

A su ejemplo formáronse otros oradores, como 
Aparisi y Guijarro ; mas para hallar el legítimo su- 
cesor, igual al maestro en riqueza de imágenes, supe- 
rior en facilidad, en variedad de recursos y en ampli- 
tud de ideas y sentimientos, sería preciso ir al campo 
republicano en busca de Emilio Castelar. Pero éste, 
nacido en 1832, está ya fuera de los lindes en que 
se encierra el presente trabajo. 

Entorno de Espronceda, además de Enrique Gil y 
de Villalta, de quienes ya se ha hablado, giraron 
otros de menor magnitud, como Patricio de la Esco- 
sura y Miguel de los Santos Álvarez, que heredaron 
algo de su popularidad, que conservaron algo del 
brillo de su memoria. 

Álvarez (1817-1892) intentó débilmente continuar 
el Diablo Mundo, y parece haber sido tan vivo su 
culto de la memoria del ilustre amigo, que para re- 
cordarlo conservó la costumbre de visitar á aquella 
que con el nombre de Jarifa inspiró á Espronceda 
una de sus poesías más hermosas y características. 
Jarifa era para Álvarez el recuerdo vivo del poeta 
desaparecido, del amigo incomparable : 

En ti le encuentro yo, Jarifa mía! 
En ti le encuentro yo, yo que le adoro 



3G0 EL ROMANTICISMO EN ESPAÑA 

Con más dolor del alma cada día 
Y hago de su recuerdo mi tesoro. 

Estos versos, como los demás, no pasan, es claro, 
de cierta medianía. Más que el que los escribió hizo 
por todos ellos Espronceda mismo al poner una 
octava del poema, ó parte de poema, María, de 
Álvarez, como epígrafe del Canto á Teresa, y al vol- 
ver á citar después el primer verso : 

Bueno es el mundo! bueno ! bueno! bueno ! 
Ha cantado un poeta amigo mío... 

verso único que llevará el nombre de Miguel de los 
Santos Álvarez á lejana posteridad. 

En prosa escribió mejor, con verdadera elegancia 
á veces, « con candoroso desenfado », ha dicho últi- 
mamente Valera (1). La Protección de un Sastre, uno 
de sus Cuentos en prosa, merecerá siempre leerse y 
guardarse en las antologías por la gracia y la natu- 
ralidad de la ironía. 

Escosura (1807-1878), que fué militar algo revol- 
toso, como era común en la época, y se retiró de co- 
ronel, condiscípulo, biógrafo y por afinidad pariente 
de Espronceda, escribió poesías líricas, algunas en 
sus días muy celebradas, y románticas de veras, 
como El Bulto vestido del negro capuz, leyenda en 
versos de arte mayor, escabrosos, inarmónicos á 
menudo, de que ya nadie se acuerda; dramas que 
obtuvieron algún éxito, como La Corte del Buen 

(1) Florilegio de Poesías castellanas, por Juan Valera. 
Tomo V. Madrid, 1904. Pág. 214. 



PROSISTAS, POETAS, ORADORES 361 

Retiro, Bárbara de Blomberg y diez ó doce más que 
ya no se representan. En verso casi nunca deja de 
ser incorrecto y descuidado, cual lo es también, 
aunque mucho menos, su prosa de novelista, de 
trama más sólida ; en definitiva es la novela el gé- 
nero literario en que mostró y desplegó más talento: 
Ni Rey ni Roque, novela á que ya he aludido al tra- 
tar del drama de Zorrilla que versa sobre el mismo 
asunto del falso rey Don Sebastián, escrita en la 
juventud, tiene vida y se recorre todavía sin fa- 
tiga. Al cerrar el tomo no puede uno menos de 
pensar que hubiera podido el autor llegar mucho 
más lejos, si hubiese cuidado mejor sus planes y 
acicalado su estilo. Después imitó con menos felici- 
dad á Eugenio Sue en El Patriarca del Valle, y al 
cabo de muchos años silenciosos comenzó á dar á 
luz recuerdos interesantes de la historia de su vida 
bajo el título de Memorias de un Coronel retirado. 

Zorrilla, que nunca se mezcló en política y no 
tenía las mismas ventajas y prendas personales, 
no reunió en torno suyo grupo tan numeroso de 
alumnos poéticos ó amigos literarios como Espron- 
ceda; pero es imposible dejar de mencionar al vene- 
zolano José Heriberto García de Quevedo (1819-1871), 
quien vivió también muy unido á Rafael María 
Baralt y con él contendió en el certamen abierto por 
el Liceo de Madrid en honor de Cristóbal Colón ; en 
él se otorgó el premio á la oda de Baralt. 

García de Quevedo substituyó á Zorrilla en la com- 
posición de la Corona poética de la Virgen María, 

21 



362 EL ROMANTICISMO EN ESPAÑA 

así como en otros trabajos por Zorrilla empezados 
y no acahados : Un-, cuento de amores, Pentápolis. 
Más de las tres cuartas partes de Mana son obra 
exclusiva del substituto. Llegó á imitar, á pasticher 
con tanta habilidad el estilo y lenguaje de Zorrilla, 
que, sin saberlo de antemano, no se descubre 
siempre la solución de continuidad en esas obras 
escritas en común, pareciéndose sobre todo á su 
modelo, cual era de preverse, en los defectos : la 
profusión de adjetivos y la vaguedad de las ideas. 
Escribió mejor por su propia cuenta, produjo piezas 
de teatro y novelas, unas y otras sin gran valor; 
pero sus versos líricos son á menudo excelentes, 
como la oda Á Italia, en heptasílabos y esdrújulos 
alternados, á la manera de II Chique Maggio; como 
algunos trozos del poema Delirium, el cual, sin em- 
bargo, en conjunto es una narración desordenada, 
más de acuerdo con su título de loque el poeta mis- 
mo quizás imaginaba. Siempre ocuparon su alma 
las ideas más generosas y exaltadas, y murió, según 
se dice, de resultas de una herida que le infirieron 
desde una barricada en París durante los terribles 
sucesos de 1871 (1). 

No sería justo olvidar á José María Díaz, que ayudó 
á Zorrilla á escribir las escenas principales, las me- 
jores, del acto segundo de Traidor, Inconfeso y Már- 
tir. En el curso de larga vida compuso Díaz multi- 
tud de piezas dramáticas en verso, unas románticas, 

(i) Diccionario Biográfico Americano por José Domingo 
Cortés. París, Í875. Pág, 198« . . , 



PROSISTAS, POETAS, ORADORES 363 

otras de forma se m ¡clásica, que recuerdan las inde- 
cisiones de Delavigne más bien que las tragedias di 
Ponsard y la reacción ruidosa y efímera que sucedió 
en Francia al dudoso éxito de los Burgraves. Vaciló, 
pues, entre los extremos del arte, sin fijarse definiti- 
vamente, en busca siempre del favor del público, 
que sólo muy moderadamente obtuvo. Pero fué tra- 
bajador infatigable y evitó cuidadosamente vulga- 
rizar ó prostituir la Musa. 

La muerte de Miguel de los Santos Álvarez prece- 
dió dos meses nada más á la de Zorrilla. El último 
de los grandes jefes y el último de los epígonos des- 
aparecieron así, á un mismo tiempo casi. Hay, sin 
duda, en las relaciones persistentes, confesadas tan 
públicamente, de Álvarez con Jarifa, igual que en 
los versos citados antes y otros de esa misma com- 
posición en memoria de Espronceda, algo de mór- 
bido y anormal, que indica demasiado bien que se 
llega al término de lo que fué una escuela, una 
forma nueva del arte literario, y no es ya más que 
una moda que envejece, una manía extraña, una 
jiose que se pierde en el ridículo. Lo que encantó 
y deslumhró como eflorescencia de brillante prima- 
vera, pierde poco á poco sus vivos colores, se mar- 
chita y acaba, víctima de la fatalidad común, por 
secarse y corromperse. 



índice alfabético 



Abén-Humeya, 270, 271, 272. 
Abogado de pobres (El), 218. 
Acacia (A una), 238, 239. 
Achaques de la Vejez, 302. 
Ackermann (M me L.), 243. 
Adieux au comptoir (Les), 7. 
Africana (La), 293. 
Agitación (La), 230. 
Aguilera (V. R.), 336, 337. 
A la vejez viruelas, 10, 200, 

202. 
Alcalde Pionquillo (El), 182. 
Alcedo (C), 73. 
Alcibíacles, 151. 
Alfieri (V.), 249. 
Alfonso el Casto, 134. 
Alfonso Munio, 247. 
Aliatar, 52. 
Alvarez (M. de los S.), 359, 

360, 363. 
Amadeo I, 339. 
A Madrid me vuelvo, 5, 204. 
Amantes de Teruel (Los), 2, 

24, 29,30, 31,48, 98, 117, 



120, 121, 12t, 130, 275. 

Amor venga sus agravios, 168. 

Amor y Orgullo, 240. 

Amunátegui (M. L.), 348. 

Angulema (Duque de), 53, 201 . 

Anillo del Rey (El), 345. 

Animas del Purgatorio (Las), 
30, 71, 73, 190. 

Aniversario (El), 91. 

Antillón (I.), 38. 

Antología de poetas hispano- 
americanos, 229. 

Antony, 25, 32. 

Año [después de la boda (Un), 5. 

Aparisi y Guijarro (A.), 359. 

Apuntes para una biblioteca, 
29. 

Araucana (La), 56. 

Araucano (El), 350. 

Argote de Molina, 17. 

Arguelles (A.), 38, 58, 150, 
154, 356. 

Arias Gonzalo, 59. 

Aristófanes, 41, 58. 



366 



índice alfabético 



Armamento de las Provincias 
(El), 141. 

Arólas (P. J.), 259,341, 342. 

Arriaza (J. B.), 259. 

Arte Poética, 269. 

Artieda (Rey ele), 123. 

Asensio (Calvo), 308. 

Asonada (La), 82. 

Ateneo (El), 55, 73, 261. 

Augier (E.), 249. 

Aureola (La), 235. 

Autores dramáticos contempo- 
ráneos, 107, 277. 

Avellaneda (G. G. de), 230, 
233-253, 293, 309, 345. 

Aventurera (La), 249. 

A vista del Niágara, 245. 

Ayes del alma (Los), 256. 

Azucena milagrosa (La), 91, 
92. 

Azucena silvestre (La), 92, 
180, 181. 



Balaguer (Y.), 342, 346. 
Ballesteros (F.), 201. 
Balines (J.), 310, 323-331, 

346, 347. 
Baltasar, 250, 252. 
Balzac (H. de), 257. 
Bandera negra, 299. 
Bandidos (Los), 98. 
Baralt (R. M.), 319, 349,361. 
Bárbara de Blomberg, 361. 
Barbier (A.), 289. 
Barrett Browning (E.), 240. 
Batelera de Pasajes (La), 211, 

213. 
Beata de Máscara (La), 256. 
Beaumarchais (G. de), 9, 11. 



Bello (A.), 181, 239, 265,348, 

350. 
Beppo, 350. 

Béranger (J. P.), 32, 147. 
Bermúdez de Castro (S.), 294, 

353. 
Bertrand y Batán, 300. 
Bible in Spain (The), 81. 
Blanca de Borbón, 168. 
Blanca de Castilla, 52, 140. 
Blanco (J. M.), 348. 
Boabdil, 197. 
Bocaccio, 123. 
Bóhl de Faber, 334, 351. 
Bóhl de Faber (C), 245, 334. 
Boileau (N.), 118. 
Bonald (A. de), 319. 
Bonaparte, 239. 
Bonilla (A.), 335. 
Borrascas del Corazón, 296, 

298, 300 
Borrow (G.), 81. 
Braganza (M. de), 145. 
Bretón de los Herreros (M.), 

5, 6, 7, 9,10, 48, 199-220, 

227, 231, 274, 277, 278, 

295, 296, 299, 300, 304, 

309. 
Bretón de los Herreros, 7, 202. 
Buenas noches, 43. 
Bulletin Hispaniqiie, 189. 
Bulto vestido del negro capuz 

(El), 360. 
Bürger (G. A.), 15. 
Bur graves (Les), 363. 
Burlador de Sevilla (El), 189. 
Busto de mi esposa (Al), 129. 
Bvron (G.), 61, 64, 74, 87, 
"i.34, 139, 140, 144, 146, 

147, 156, 159, 160, 161, 



índice alfabético 



367 



164, 179, 188, 237, 238, 
239,250,251/252,270,350. 

Caballero (F.), 245, 310, 334, 

335, 336. 
Cabanyes (M.), 345, 347. 
Cada cual con su razón, 182. 
Cadalso (J.), 35. 
Café (El) ó La Coinedia ¡Sueva, 

10, 230. 
Calderón de la Barca, 27, 61, 

62, 66, 83, 85,87, 98,118, 

119, 171, 179, 182, 205, 

212, 351. 
Calentura (La), 186, 187, 189. 
Calígula, 96, 227. 
Cama de matrimonio {ha), 129. 
Campana (La), 129. 
Campoamor (R.), 140, 255- 

267, 297, 337, 340. 
Campo-Alanje, 46. 
Camprodón (F.), 296, 304. 
Cancionero de Baena, 18. 
Cánovas del Castillo (A.), -.188, 

338, 339. 
Cantares, 335. 
Cantar primitivo, 63. 
Canto á Teresa, 140, 162, 165, 

360. 
Canto del Cruzado, 168. 
Cantú (C), 239. 
Cañete (M.), 52, 55, 63, 72, 

87, 235. 
Capitán Montoya, 172, 179. 
Carlos V, 89, 176, 353. 
Carlos IV, 353. 
Carlos II el Hechizado, IM1, 

275, 276. 
Carlos (Príncipe don), 36, 39, 

42, 90, 153,329,331. 



Carlyle (T.) vm. 
Carnerero (J. M.), 22. 
Caro (A.), 232. 
Caro (M. A.), 232, 265. 
Carta de Fígaro á un Viajero 

inglés, 50. 
Cartas Españolas (Las), 13. 
Castelar (E.), 310, 320, 359. 
Castellano viejo (El), 13. 
Castro (G. de), 61, 135. 
Catalina (M.), 194. 
Catalina Howard, 32, TI, 209. 
Catilina, 249. 

Cerco de Zamora (El), 311. 
Cervantes (M. de), 2, €, 35, 

171, 345. 
Chansons des Rúes et des Bois 

(Les), 258, 261. 
Chateaubriand (F. A.), 434, 

310, 319. 
Childe Harold, 347. 
Cienfuegos (N. A.), 54, 199. 
Cinna, 227. 
Cinq-Mars, 19, 20. 
Cingue Maggio (II), 239, 362. 
Civilización (La), 328, 330. 
Clarendon (Lord), 81. 
Clemencia, 335. 
Colón (C), 66, 361. 
Colón, 265. 
Colonna (V.), 242. 
Color de rosa, 338. 
Combate de Trafalgar (El). 

141. 
Comunidades de Castilla, 352 . 
Concha (M.), 330. 
Conde (J. A ), 63. 
Conde Claros, 20. 
Conde Fernán González, 50 . 
Condesa de Castilla (La), 54. 



368 



índice alfabético 



Conjuración de Venecia (La), 
22, 24, 77, 182, 269, 270, 
272. 

Conquista y Pérdida de Por- 
tugal, 339. 

Consideraciones sobre la di- 
plomacia, 313. 

Cooper (F.), 15. 

Copa de Marfil, 179. 

Córdoba y Burgos en el siglo X, 
62. 

Corneille (P.), 118, 135, 227. 

Coronado (C), 168. 

Corona poética de la Virgen 
María, 361. 

Correo nacional (El), 171. 

Corsario (Ei), 64, 156. 

Corte del Buen-Retiro (La), 
360. 

Cortés (J. Domingo), 362. 

Cortés (J. Donoso), 2, 177, 
309-321, 323, 324, 325, 
328, 332, 345, 358. 

Cortina, 357. 

Cosas de la edad, 263. 

Cousin (V.), 326. 

Crisol de la lealtad (El), 85. 

Cristianos y Moros, 339. 

Cristo de la Vega (El), 172. 

Criterio (El), 325. 

CríticadelSídelasNiñas,%21, 
230. 

Cromwell, 61, 351. 

Crónico del tiempo de Car- 
los IX, 20. 

Crónica General, 63. 

Cruz (A La), 237. 

Cuadros de Costumbres, 336. 

Cuarto de hora (El), 207, 213, 
216. 



Cuentas atrasadas, 206. 
Cuento de amores (Un), 362. 
Cuento de cuentos, 195. 
Cuentos, 336, 338. 
Cuentos en prosa, 360. 
Cuervo (R. J.) V, 137. 
Cueto (L. A.), 55, 72. 
Curioso parlante (El), 13. 

Dama del lago (La), 64, 67. 
Dante, 17, 290. 
Dante (A), 294. 
Dávila (I. EL), 222. 
Decadencia de España, 353. 
Decamerón (El), 123. 
De Gibr altar á Lisboa, 143. 
Delavigne (C), 22, 48, 203, 

363. 
Delincuente honrado (El), 9. 
Delirium, 362. 
Desborcles-Valmore (M.), 240. 
Descartes (R.), 326. 
Desengaño en un sueño (El), 

85, 86, 88. 
Despedida (La), 129. 
Despedida de la juventud, 

238. 
Desvergüenza (La), 217, 218. 
Deucalión, 54. 
Diablo más (Un), 290. 
Diablo Mundo (El), 140, 145, 

156, 161, 162, 163, 165, 

170, 196, 285, 359. 
Día de di\untos de 1836, 45. 
Día sin sol (El), 172. 
Díaz (J. M.), 362. 
Díaz (N. Pastor), 55, 71,177, 

342, 343. 
Diccionario biográfico Ame- 
ricano, 362. 



ÍNDICE ALFABÉTICO 



369 



Diccionario de Construcción 
y Régimen de la lengua 
castellana, 137. 
Diccionario de Galicismos, 

319,320. 
Diccionario Geográfico-histó- 

rico, 75. 
Diderot (U.), 9. 
Dieulafoy (M.), 7, 8. 
Diez (M.\ 300, 304. 
Dios nos asista, i- 3. 
Disertaciones y juicios litera- 
rios, 24*2, 263. 
Divina Comedia, 17, 290. 
Doloras, 258, 259, 261, 262, 

263, 267, 337. 
Don Alvaro, 30, 44, 51, 52, 
54, 55, 65, 70, 72, 73, 74, 
77,85, 88, 96, 98, 99,102, 
117, 119, 275. 
Doncel de Don Enrique el 
Doliente {YA), 2, 16,19,20, 
282. 
Don Femando de Antequera, 
224. 
. Don Francisco de Quevedo, 
302, 303. 
Don Giovanni, 189. 
Donizetti (G.), 283". 
Don José Joaquín de Mora, 

348. 
Don Juan (Byron), 140, 162, 

164, 166. 
Don Juan (Moliere), 189. 
Don Juan de Maraña, 30, 96, 

189. 
Don Juaft Tenorio, 30, 98, 

174, 175, 178, 182, 187. 
Donosa Cortés (véase Cortés). 
Don Quijote, 137, 339. 



Doña María de Molina, 340. 
Doña Mencía, 131, 132, 134, 

135, 170, 285. 
Dos de Mayo (Al), 156, 168. 
Do i Mujeres, 252. 
Dos Validos, 299. 
Dramaturgia de Hamburgo, 

33. 
Drama universal (El), 265, 

266, 337. 
Ducange (V.), 74. 
Ducis (J. F.). 270. 
Duelo á muerte (Un), 108. 
Duende de Valladolid (El), 

95. 
Duende satírico (El), 6, 12. 
Duguesclin (B.), 184. 
Dumas (A.), 22, 25, 26, 27, 

30, 32, 96, 103, 178, 188, 

189, 190, 209, 227, 249, 

305, 336. 
Duque de Rivas (El), 52. 
Duran (A.), xv. 

Echegaray (J.), xvn. 

Edipo, 273, 340. 

Egilona, 248. 

Eguilaz (L.), 304. 

El (A), 240,241. 

Elegías, 337. 

Elena, 208. 

Eliot (G.), 243. 

Ella es él, 214. 

Emerson (R.W.), 139. 

Emilia Galotti, 108. 

Empeños y desempeños, 13. 

Encubierto de Valencia (El), 

104, 106, 109. 
Eneida (La), 232. 
Enrique VIH, 209. 

21. 



370 



índice alfabético 



Enrique III y su corte, 26. 

Ensayo sobre el catolicismo, 
el liberalismo y el socialis- 
mo, 314, 315, 316, 317, 
318, 321, 328, 358. 

Escenas andaluzas, 335, 338. 

Escenas Matritenses, 13. 

Escosura (N. de la), 209. 

Escosura (P. de la), 21, 142, 
143, 144, 151, 167, 168, 
192, 333, 359, 360. 

Escritos políticos, 329. 

Escuela del matrimonio (La), 
215. 

España, 141. 

Español (El), 170, 280. 

Españoles pintados por si 
mismos, 95. 

Espartero (B.), 82, 154, 213, 
330, 331. 

Espinosa (G.), 192. 

Espronceda de Escosura (B.), 
167. 

Espronceda (J. de), 1, 21, 
80, 97, 139-168, 169, 170, 
172, 174, 178, 179, 221, 
230, 237, 239, 261, 264, 
280, 281, 282, 285, 30,3, 

309, 333, 350, 351, 357, 
359, 360, 361. 

Espronceda. Su tiempo, su 
vida y sus obras, 142. 

Esquilo, 284. 

Essai sur la vie et les ceuvres 
de F. de Queuedo, 306. 

Estébanez Calderón (S.), 208, 

310, 335, 338. 
Estrella (A una), 239, 281. 
Estudiante de Salamanca 



(El), 140, 156, 158, 161, 

170, 172, 179, 196. 
Exequias del conde deCampo- 

Alanje (Las), 46. 
Expédition des Almuganares, 

111. 



Fabié (A. M.), 303. 

Faro de Malta (Al), 59. 

Fausto, 63,87/163,165,265. 

Felipe II, 52, 89, 3&4. 

Felipe IV, 215, 303. 

Fernán Caballero, 334, 335. 

Fernández - Guerra y Orbe 
(A.), 123. 

Fernández y González (M.), 
310, 336. 

Fernando II, 90. 

Fernando VII, 3, 14, 36, 37, 
38, 39, 45, 52, 53, 57, 90, 
132, 142, 147, 149, 150, 
202, 270, 271, 276, 311, 
330, 355. 

Ferrer del Río (A.), 29, 97, 
103, 104, 106, 142, 167, 
274, 310, 351, 352. 

Fígaro, 11, 13, 40, 120, 351. 

Fígaro de vuelta, 43. 

Filosofía Elemental, 326, 327. 

Filosofía Fundamental, 326. 

Filosofía de la Miseria, 318. 

Fitzmaurice-Kelly (J.), 335. 

Flaubert (G.). 

Flor de un día, 296. 

Florilegio de Poesías caste- 
llanas, 360. 
Florinda, 54, 145. 
Francesca da Rimini, 124. 
Frere (J. H.), 58, 59, 62,64. 



ÍNDICE ALFABÉTICO 



371 



Frías (Duquesa de), 28, 273, 

311. 
Frías (Duque de), 152, 273, 

311. 

Gaceta oficial (La), 107, 120. 
Gaitero de Gijón, 260. 
Galería de Literatura Espa- 
ñola, 29, 332. 
Galiano (Alcalá), 19, 58, 61, 

71, 72, 73, 80, 81, 150, 

309, 351, 352, 356. 
Gallego (J. N.), 218, 235, 

236, 237, 252, 273, 311, 

352. 
García (F. Blanco), 116, 142, 

274, 275, 277, 349. 
García Gutiérrez (A.), 1, 2, 

21, 29, 31, 71, 95-116, 

119, 129, 172, 179, 182, 

189, 274, 307, 309, 341. 
García de Que vedo (J. H.), 

361. 
Gaviota (La), 335. 
Genio poético (El), 23 : 6. 
Gerundio (Fray), 208. 
Gil y Carrasco (E.), 19, 21, 

70, 171,279-286,287,303, 

308, 333, 351, 359. 
Gil y Zarate (A.), 5, 6, 102, 

131, 274-278, 296, 298. 
Globo (El), 261. 
Gloria y orgullo, 178. 
Godoy (M.), 353. 
Goethe, 15, 61, 63, 87, 118, 

163, 164, 265. 
Golpe en vago (El), 170. 
Góngora, 83. 
González Bravo (L.), 357, 

358. 



Gorostiza (E.), 10, 201. 
Gota de rocío (Una), 280. 
Gracia de Dios (La), 107. 
Granada, 173, 179, 180, 194. 
Gran Filón (El), 299. 
Grimaldi (J.), 96. 
Grimm (J.), 84, 334. 
Gritos del combate, .289. 
Grumete (El), 108. 
Guatimozin, 252. 
Guerra Junqueiro, 188. 
Guevara (A.), 83. 
Guizot (F.), 327, 328. 
Guzmdn el Bueno, 112, 275, 
277. 

Hartzenbusch (J. E.), 1, 2, 
21, 29, 31, 71, 77, 108, 
117-137, 172, 179, 202, 
260, 285, 295, 296, 304, 
307, 309, 341, 342. 

Hauser (K.), 165. 

Heine (EL), 302. 

Heredia (J. M.), 233, 245. 

Hermite de la Chaussée d'An- 
tin (L'), 12. 

Herraosilla (J. G. de), 83, 
221, 224. 

Hernani, 27, 32, 48, 98. 

Herrera (F.), 56, 264, 309. 

Hija de las flores (La), 249. 

Hijos de Eduardo (Los), 48, 
203, 205. 

Historia de la Literatura Es- 
pañola, 335. 

Historia de las Alteraciones 
de Aragón, 353. 

Historia de los Heterodoxos 
Españoles, 318. 

Historia de Venezuela 349. 



372 



índice alfabético 



Hoffmann (A.), 188. 

Hombre de Mundo (El), 6, 
227, 228. 

Homero, 64. 

Horacio, 269, 346. 

Horacio, 227. 

Horas de invierno, 46. 

Hoz y Mota(J.), 183. 

Hübner (Conde), 319. 

Huerta (V.), 35. 

Hugo (A.), 61. 

Hugo (V.), 16, 22, 32, 47, 
61, 98, 147, 172, 178, 
181, 183, 205, 237, 239, 
258, 261, 262, 275, 289, 
305, 341, 351. 

Huracán (El), 154. 

Hurtado Velarde (A.), 62, 
345. 

Huss (J.), 314. 

Ilustración Española y Ame- 
ricana, 336. 

Infanticida (La), 129. 

Inocencia perdida (La), 54. 

Introducción, 140. 

Invención de la imprenta 
(A la), 237. 

Iriarte (T.), 35. 

Isabel la Católica, 66, 176. 

Isabel la Católica, 112, 296, 
300. 

Isabel II, 3,39,211,246,275, 
291, 324, 329, 332. 

Tstúriz (F.), 58, 61, 80, 153. 

Italia (Á), 362. 

Ivanhoé, 16, 19. 

Janin (J.\ 33. 



Jarifa en una orgía (A.), 156, 

158, 170, 359, 363. 
Jenofonte, 60. 
Jocelyn, 342. 
José Bonaparte, 199. 
Jouy (E.), 12, 13. 
Jovellanos (G. M.), 9, 38. 
Juan Lorenzo, 102, 106, 110, 

113, 114, 116. 
Juicio crítico de los poetas 

españoles contemporáneos, 

104. 
Jura en Santa Gadea (La), 

135. 
Justicias del rey Don Pedro, 

183. 

Keats (I.), 146. 
Kenilivorth, 16. 

La Fontaine (J.), 260. 

Lafuente (M.), 40, 310, 354, 
355. 

Lamadrid (T.), 304. 

Lamartine (A.), 32, 47, 237, 
239. 

Lamennais(F.), 39, 310,315, 
316, 317. 

Lamentación, 82. 

Lanuza (Blasco de), 122. 

Lanuza, 52, 54. 

Larra (M. J.), 1-50, 52, 77, 
99, 119, 120, 121, 152, 
168, 169, 183, 206, 208, 
214, 235, 269, 272, 278, 
282, 297, 303, 309, 310, 
333, 345, 351. 

Larra (L.), 304. 

Latour (A), 236, 246, 344. 

Laura (A), 294. 



índice alfabético 



373 



Laverde(G.), 167, 168. 

Lebrun (E.), 205. 

Lecciones de Derecho político, 

314. 
Leconte de Lisie (Ch. M.), 197. 
León (Luis de), 157, 309. 
León (General), 330, 331. 
Leonor y 15. 

Lerminier (J. L. E.), 310. 
Le Sage (A. R.), 9. 
Lessing(G. E.), U, 108,109. 
Letourneur (P.), 270. 
Ley de raza (La),, 136. 
Ley electoral considerada en 

su base (La), 313. 
Leyenda de los Infantes de 

Lar a, 19. 
Leyenda de Muhamed Al-Ha- 

mar, 19o. 
Leyendas Españolas, 347, 350. 
Libro de Montiría, 19. 
Limosna (La), 337. 
Lista (A.), xiv, 142, 144,146, 

147,152,174,221,224,351. 
Literatura española en el si- 
glo XIX, 116, 349. 
Littré (E.), 36. 
López (E. Moreno), 168. 
López (J. M.), 356, 357. 
López de Ayaía (A.), 184, 297. 
Lucrecia Borgia, 103. 
Luis XI, 270. 
Luis Felipe I, 147, 148, 149, 

330. 
Luna (A la), 238. 
Lutero (M.) f 314. 
Luzbel, 290. 
Luz y Tinieblas, 95. 

Macaulay (Th. B.). 



Macbeth, 170, 285. 

Maclas, 2, 21, 23, 28,29, 48, 

77, 96,102, 117, 119, 120, 

124, 182, 208, 269. 
Madame Bovary, xvn. 
Madre de Pelayo (La), 136. 
Madrid dramático, 345. 
Maigron (L.), 20. 
Maistre (J. de), 310, 319. 
Maldonado, 91. 
Manfredo, 87, 134. 
Manzoni (A.), 239. 
Maquet (A.), 250. 
Mar (Al), 237. 
Marcela ó A cuál de los tres, 

204, 205, 207, 213, 216. 
Margarita de Borgoña, 96. 
Margarita la Tornera, 179, 

180. 
María, 360, 362. 
María Cristina, 82, 153, 154, 

315. 
María Estuardo, 205. 
Mariana (J. de), 34, 63, 186, 

310, 355. 
Marino Fallero, 22. 
Marión Delorme, 205. 
Marivaux(P.), 9. 
Marmión, 64, 67. 
Martínez Campos (A.), 339. 
Martínez de la Rosa (F.), 10, 

21, 22, 23, 24, 28, 42, 52, 

54, 150, 152, 153, 201, 

235,269-273,278,297,311, 

340, 356. 
Másamelo, 89, 91. 
Matos Fragoso (J.), 62. 
Maura (A.), 107. 
Maximiliano, 174. 
I Maya (La), 345. 



374 



ÍNDICE AI.PABETICO 



Médecin malgré lui (Le) ,203. 
Médico á palos (El), 10. 
Meditaciones, 342. 
Mehemet-Alí, 239. 
Meléndez (J.), 83, 269, 273. 
Meló (F. M.), 90. 
Melón (A.), 203. 
Memorias de la Academia 

Española, 39, 221, 232. 
Memorias de un Coronel reti- 
rado, 361. 
Memorias de un setentón, 3, 

4, 12. 
Méndez Vigo, 149. 
Mendigo (El), 156, 157. 
Mendizábal (J. A.), 97. 
Mendoza (D. H.j, 90, 310. 
Menéndez y Pelayo, 18, 183, 

186, 229, 318." 
Menéndez y Pidal (D. R.), 19, 

63, 68. 
Mensajero de las Cortes (El), 

80. 
Mérimée (E.), 188, 189, 306. 
Mérimée (P.), 20, 30, 71, 72, 

76, 184, 190. 
Mérope, 136. 
Mesonero Romanos (-R.), 3, 

4, 6, 12, 13, 49, 310. 
Meyerbeer (G.), 300. 
Michelet (J.), xi. 
Mignet, 353. 
Mina, 149. 

Mirabeau (G. H.), 292, 294. 
Mi secretario y Yo., 214. 
Mojigata (La), 202. 
Moliere, 10, 11,47,118,189, 

190. 
Molina (Tirso de), 123, 190, 

205, 340, 341. 



Molins ( Roca de Togores , 

marqués de), 7, 49, 202, 

203, 215, 219, 221, 339, 

340. 
Mommsen, 226. 
Montalván (J. P.), 123. 
Montañés Juan Pascual (El), 

183. 
Montpensier (Duque de), 246. 
Mora (J. J.), 347-351. 
Morales (A.), 63. 
Moratín (L. F.), 9, 10, 11, 

35, 47, 60, 199, 200, 201, 

202, 203, 204, 205, 224, 

227, 228, 230, 269. 
Moratín (N. F.\ 54. 
Morel-Fatio (A.), 236, 345. 
Moreto (A.), 179, 182, 205, 

345. 
Morisca de Alajuar (La), 85. 
Morley iJ.), 229. 
Moro Expósito, 19, 52, 54, 

55, 59, 60, 62, 64, 67, 70, 

73, 78, 82, 91, 351. 
Morte de Don Joao (La), 188. 
Mozart (W.), 189. 
Muérete ¡ y verás! 208, 216. 
Muerte de César (La), 225, 

227. 
Mujer (La), .252. 
Mundo Nuevo (El), 266, 288. 
Munio Alfonso, 248. 
Muñoz (F.), 154. 
Musset (A. de), 47, 147, 162, 

167, 188. 

Napoleón I, 3, 37, 70, 141, 

149, 288, 294, 347. 
Napoleón III, 231, 316, 321. 
Narváez (R. M.), 82, 358. 



ÍNDICE ALFABÉTICO 



375 



Naves de Cortés, 54. 

Neuf ans de Souvenirs d'un 

Ambassadeur d'Antriche a 

París, 319. 
Nicolás I, 119. 
Ni el tío ni el sobrino, 168. 
Ni Rey ni Roque, 192, 361. 
Nobleza de Andaluzia, 17. 
Nocedal (C), 277. 
Nochebuena de 1836 (La), 

46. 
Noche de Octubre, 162. 
No hay dicha en la tierra, 

264. 
No más mostrador, 7. 
Notre-Dame de París, 20, 275. 
Novia de Lammermoor (La), 

21,127,283. 
Novio á pedir de boca (Un), 

206. 
Novio para la niña (El), 206. 
Nuevo Atila (El), 294. 
Nuevo Teatro Crítico, 177. 
Núñez ele Arce (G.), 237, 289, 

297. 

Ochoa (E. de), 29, 32, 48, 
124, 221, 258, 261, 351. 

O'Donnell (L.), 278. 

Olivan (A.), 81. 

Olivares (Conde-Duque de), 
306. 

Olona (L. de), 304. 

Olózaga (S.), 356, 357, 358, 

Oración por todos (La), 181. 

Orientales (Les), 61, 172, 
178, 258. 

Orientales, 341. 

i Pablo (De), 147, 148. 



Pacheco (J. F.), 314, 319, 

320, 357. 
Paje (El), 103. 
Palabras de un creyente, 39. 
Panorama Matritense, 13. 
Pardo (F.), 221, 223. 
Pardo Bazán (E.), 177, 257. 
Paso honroso (El), 54, 55, 56. 
Patria (A la), 147. 
Patriarca del Valle (El), 361. 
Pedro de Castilla (Don), 183. 
Pedro Niño, 350. 
Pelayo, 54, 145. 
Pelayo, 144. 
Pelo de la dehesa (El), 210, 

213, 216. 
Pellicer (J. L.), 50. 
Pensamiento (El), 143. 
Pensamiento de la Nación 

(El), 329, 330. 
Pentúpolis, 362. 
Pequeneces, 257. 
Pequeños Poemas, 260, 267, 

337. 
Pérez (A.), 353. 
Périer (Casimir), 149. 
Personalismo (El), 257, 267. 
Pezuela (J. de la), 151, 221, 

222, 232. 
Pidal (Marqués de), 310, 353. 
Piferrer (P.), 346, 347. 
Pío IX, 90. 

Pirata (El), 145, 147, '156. 
Pobrecito Hablador (El), 4, 

12, 13, 14, 15. 
Poema del Cid, 58. 
Poesía (A la), 236. 
Poésie castillane contempo- 

raine (La), 176. 
Poética, 265. 



376 



índice alfabético 



Poética (de Campoamor), 
257, 259, 261,262, 267. 

Polémicas, 267. 

Pombo (R.), 266, 267, 288. 

Ponchada (La), 213. 

Ponsard (F.), 363. 

Ponte (L. da), 190. 

Porfiar hasta morir, 24. 

Portrait de Michel Cervantes 

(Le), 7. 
Portraits littéraires, 61. 
Pouchkine, 188. 
Preludios de mi lira. 346. 
Primavera (La) y el Estío, 

282. 
Primero yo, 135. 
Princesa Doña Luz, 180. 
Principe de Viana, 248. 
Principios de Ortología y Mé- 
trica, 351. 
Protección de un Sastre (La), 

360. 
Protestantismo comparado 

con el Catolicismo (El), 327. 
Proudhon (P. J.), 316, 317. 
Proverbios, 336. 
Prudencia en la Mujer (La), 

340. 
Puñal del Godo (El), 186, 

187, 189. 

Quadrado (J. M.), 346. 

Quesada, 44. 

Quevedo (F.), 49, 83, 214, 

215, 304, 305, 306, 307, 

345. 
I Quién es ella? 214,215,304. 
Quien más pone pierde más, 

264. 
; Quién supier aescribir! 260. 



Quien vive olvida, 264. 

Quintana (M. J.), 38, 54,141, 
147, 152, 154, 235, 237, 
238, 264, 273, 293, 294, 
311, 312, 316. 

Quintín Durward, 19. 

Racine (J.), 118. 

Ramiro el Monje, 104. 

Recuerdos, 294. 

Recuerdos de Italia, 320. 

Piecuerdos del tiempo viejo, 
169, 170, 172, 174, 186, 
189, 194. 

Recuerdos y Bellezas de Es- 
paña, 346. 

Redactores de « El Español » 
(A los), 50. 

Reinado de Carlos III (El), 
352. 

Reinoso (F.), 54. 

Religiosa Portuguesa (La), 
242. 

Retó (El), 172. 

Reminiscenze , 239. 

Rene, 134. 

Reo de muerte, 147, 156. 

Resumen de la historia de 
Venezuela, 319. 

Revilla (M.), 188. 

Revista de España, 24*2. 

Revista Española, 40, 168. 

Revista satírica de costum- 
bres. 

Rey Monje (El), \03, 104,106, 
109. 

Riego (R.), 143, 200. 

Rimas Americanas, 222. 

Ríos Rosas (A.), 357. 

Rivadavia (B.), 348. 



índice alfabético 



377 



Rivadeneyra, 137. 

Rivas (Duque de), 1, 19, 30, 

44, 51-93, 97, 119, 145, 

150, 179, 184, 278, 309, 

340, 345, 351. 
Roderic,the last oftheGotlis, 

187. 
Rojas Zorrilla (F.), 182. 
Romancero (El), 61-62. 
Romancero de Hernán Cor- 
tés, 345. 
Romances históricos, 52, 55, 

56, 61, 65, 82, 91, 345. 
Román historique (Le), 20. 
Romea (.!.), 193, 205, 300, 

304, 306. 
Romeo y Julieta, 124. 
Rosas (J. M.), 105. 
Ros de Olano (A.), 152, 168. 
Rostand (E.), xvn. 
Rousseau (J. J.), 326. 
Rubí (T. Rodríguez), 112, 186, 

208, 255, 295-301, 302, 

304, 335. 
Rueda de la Fortuna (La), 

296, 299. 
Ruskin (J.), 346. 

Sab, 252, 253. 
Safo, 240, 242. 
Sainte-Beuve (C.-A.), 47, 61. 
Salammbó, xvn. 
Samaniego (F. M.), 260. 
Sancho García, 182. 
Sancho Saldaría, 140, 151, 

182, 281. 
Sand (G.), 163, 335. 
San Miguel (E.), 58. - 
Santa Cruz (A.), 349. 
Santillana (Marqués de), 17. 



Sanz (E.F.), 280, 302-308. 

Sarcey (F.), 33. 

Sardanapalo, 251. 

Saúl, 249. 

Schiller (F.), 15, 61, 98,118, 

129, 205. 
Schlegel (A.), 61, 351. 
Schlegel (F.), 61, 351. 
Schlumberger (G.), 111. 
Scott(W.), 2, 15, 16, 18,19, 
20, 21, 50, 61, 64, 67, 
146, 171, 180, 197, 283, 
284. 
Scribe(E.), 7, 8, 11,205,299, 

300. 
Sebastiáu (Don). 
Sedaine (M. J.), 9. 
Segovia (A.), 208. 
Selgas (J.), 281, 282. 
Senra y Palomares (L.), 168. 
Sentidos corporales (Los), 215, 

218. 
Señor de Bembibre (El), 21, 

282, 283. 
Sepúlveda (L.), 83. 
Serenata, 281. 
Serrano (F.), 244. 
Shakespeare, 61, 118, 170, 

225, 270. 
Slielley «,P. B.), 146. 
Sí de las Niñas (El), 9, 10, 

201, 203, 228, 230. 
Siglo (El), 152. 
Simón Bocanegra, 96, 104, 

106. 
Sirena (La), 342. 
Sitio de Corinto (El), 64. 
Sobre la indiferencia en ma- 
teria de religión, 346. 
Sociedad (La), 328. 



378 



ÍNDICE ALFABÉTICO 



Sófocles, 79, 273, 340. 
Sofronia, 179. 

Solaces de un prisionero, 85. 
Solís (E. Rodríguez), 34, 90, 

142, 143, 168, 310. 
Solitario (El), 338. 
Solitario y su tiempo (El), 338. 
Sorpresa de Sahara , 194. 
Soumet (A.), 249. 
Southey (R.), 186, 189. 
Staél (Baronesa), 15. 
Strafford (Concíe), 358. 
Studies in Liter ature, 229. 
Sublevación de Ñapóles, 89. 
Sue (E.), 361. 
Sun of the sleepless, 238. 

Taine (H.), 65. 
Tannenberg (B.), 176. 
Tanto vales cuanto tienes, 59. 
Tassara (G. García y), 140, 

330, 237, 255, 287-294, 

297, 303, 309, 353. 
Tasso (T.), 145. 
Teba (Condesa), 231. 
Tercero en discordia (\Jn) , 206. 
Teresa, 32. 

Ternezas y Flores, 256. 
Timoneda (J.), 83. 
Todo se pierde, 264. 
Toreno (Conde de), 153,309. 
Torrepalma (Conde de), 54. 
Torrijos, 147, 149, 201. 
Tour de Nesle (La), 32, 77, 

96, 103. 
Traidor, Inconfeso y Mártir, 

191, 362. 
Tren Expreso, 260, 267. 
Trenza de sus cabellos, 296, 

300. 



Tres poetas contemporáneos, 

143. 
Tristán é Isola, 124. 
Trofeos, 234. 
Trovador (El), 2, 29, 30, 31, 

96, 97, 98, 102, 106, 109, 

114, 117, 128, 275. 
Trovatore (II), 101. 
Trueba (A.), 336, 337, 338. 
Tu Boca, 256. 
Tur car et, 9. 

Ultimo acento de mi arpa, 236. 
Último rey moro de Granada, 

194. 
Una de tantas, 213. 
Ünivers (V), 321. 

Valdegamas (Marqués), 309, 

315. 
Valdés (C), 38, 149. 
"Va-lera (J.), 55, 72, 73, 87, 

171, 242,262, 360. 
Valero, 26. 
Valmar (Marqués), 58, 87, 

274, 275, 277, 278. 
Valmaseda (Conde), 297. 
Vals de Venzano (El), 345. 
Vanidad de la hermosura, 264. 
Varios colores, 338. 
Vaso de agua (El), 30O. 
Vega (Garcilaso), 309. 
Vega (Lope), 18, 24, 61, 83, 

98, 118,171,180,183,205, 

295, 309, 345. 
Vega (Ventura), 5, 6, 48, 97, 

152, 201, 203, 221-232, 

233, 234, 278, 296, 309. 
Venganza catalana, 102, 106, 

108, 110, 112, 113, 114. 



índice alfabético 



37 í> 



Verdad vence apariencias (La) 

250. 
Verdi (G.), 101. 
Vergniaucl (P. V.), xi. 
Veuillot (L.), 319, 321. 
Vida del autor, 71. 
Vida es sueño (La), 85. 
Vigilias del Estío, 178. 
Vigny (A.), 19, 47. 
Villahermosaá la China (De). 

343. 
Villalta (García de), 21, 156, 

167, 169, 170, 285, 333. 

351, 359. 
Villamediana (Conde de), 345, 
Villergas (J. M.), 104, 208. 
Violeta (A la), 280. 
Virgen de Lendinara (A la), 

60. 
Virgilio, 145. 
Vísperas sicilianas (Las), 22. 

270. 



Viuda de Padilla, 54. 
Voltaire, 10, 136, 145, 225, 

340. 
Vuelta del Cruzado (La), 168. 
Vuelva Vd. mañana, 13. 
Vyasa, 64. 

Wallenstein, 205. 
Waverley, 21. 
Werner, 250. 
Wiclef, 314. 

Zamora (A.), 189, 190. 
Zapatero y el Rey (El), 174, 
183, 184, 186, 190, 



54 



182, 
275. 

Zoraida, 

Zorrilla (J.), 
98, 119, 
255, 256, 
263, 309, 
361, 362, 



1, 30, 49, 92 

140, 169-198 

259, 261, 262 

340, 341, 345 

363. 



ÍNDICE DE MATERIAS 



Introducción vn 

Mariano José do Larra t . . . . 1 

El Duque de Rivas 51 

Antonio García Gutiérrez 95 

Juan Eugenio Hartzenbusch 117 

Espronceda. 139 

José Zorrilla * 169 

La Comedia durante el período romántico : 

Bretón de los Herreros 199 

Ventura de la Vega 221 

Gertrudis Gómez de Avellaneda 233 

Campoamor 255 

Mi minores : 

F. Martínez de la Rosa 269 

Antonio Gil y Zarate 274 

Enrique Gil y Carrasco 279 

Gabriel García y Tassara 287 

Tomás Rodríguez Rubí 295 

Eulogio Florentino Sanz 302 

Donoso Cortés 309 

Balmes 323 



382 ÍNDICE DE MATERIAS 

Prosistas, poetas, oradores : 

Fernán Caballero. — Fernández y González. — 
Trueba. — Ruiz Aguilera. — Arólas. — Pastor 
Díaz. — Hurtado. — Gabanyes. — Piferrer. — 
Quadrado. — Mora. — Lista. — Alcalá Galiano. 
Ferrer del Río. — Lafucnte. — J. M. López. — 
Olózaga. — Donoso Cortés. — Castelar. — Apa- 
risi. — M. de los Santos Alvarez. — Escosura. 
— García de Quevedo. — J. M. Díaz 333 

índicealfabético 365 



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